El tentador calor de las llamas Capítulo 13
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Capítulo 13

García prefirió ir en persona al chalé de las afueras de Madrid apenas una hora después de la llamada de Paula, que le esperaba junto a Alicia en los límites de la propiedad.

—Esto está a tomar por saco —dijo a modo de saludo—, he tenido que dejar a los niños con su madre y no está nada contenta, ya hace dos meses que no les llevo al fútbol cuando me toca.

Paula asintió en silencio y sonrío al inspector jefe con cierta lástima.

La vida en una posición como la suya no era fácil, mucho menos si el compromiso con la profesión es lo primero de la lista.

Un matrimonio que no sea a prueba de balas y sociópatas no aguanta la presión.

Se preguntó si su vida estaba destinada a seguir un camino tan deprimente.

—Hemos encontrado un cuaderno lleno de jeroglíficos y un montón de libros sobre gnosticismo egipcio que estaban en varias cajas abiertas del desván —atajó para centrarse—. También tenemos una fotografía de Agustín Somoza de joven, junto a otros hombres.

—¿Hemos?

Paula no contestó de inmediato.

—Bueno, Alicia lo ha encontrado por casualidad en el desván.

García observó a la joven con gesto serio.

—Ten cuidado, si la dejas, llegará donde no conviene.

—Eso no pasará —contestó Paula, algo ofendida.

El inspector desvió la mirada y se giró en dirección a la casa. Colocó una mano en su frente a modo de visera y elevó los ojos para ver mejor la construcción en su conjunto

—Te dejas enredar con mucha facilidad por esta chica —dijo enfilando hacia el camino de grava que llevaba a la entrada.

Paula siguió a su jefe algo contrariada, pero prefirió no decir nada. Alicia desvió la vista y caminó a cierta distancia, estaba segura de que si García se detenía en ella percibiría que ocultaba algo.

Con razón.

Mercedes tardó varios minutos en reunirse con los policías en el salón donde se produjo la primera entrevista.

La universitaria se quedó en una esquina para no llamar la atención.

En cuanto la mujer se hubo sentado, con gesto contrariado por haber sido interrumpida en su descanso, García se aproximó al butacón que ocupaba y, sin ninguna ceremonia, colocó delante del rostro de la anciana la foto que habían encontrado.

—¿Conoce a alguno de estos hombres?

La viuda sacó del bolsillo de su chaqueta unas gafas de aumento, se las colocó en el puente de la nariz y observó la fotografía con los ojos entrecerrados. Tras unos instantes, que al inspector le parecieron eternos, Mercedes se recostó de nuevo en el sillón.

—El del centro, con chaqueta clara y pajarita, es Agustín de joven. Al resto no los he visto en toda mi vida.

—Parecen amigos o colegas, ¿está segura de que no les reconoce?

Mercedes suspiró y se quitó las gafas, guardándolas con parsimonia en su bolsillo.

—Si esos hombres eran sus amigos, debieron dejar de serlo antes de que yo le conociera.

—Supongo, entonces, que las siglas del reverso no le dicen nada.

Mercedes dio la vuelta a la foto, pero apenas posó un segundo sus ojos sobre las letras escritas a lápiz. Negó con la cabeza.

El inspector esbozó una mueca de disgusto mientras le tendía la foto a Paula, que la guardó en una bolsa de pruebas sin mediar palabra.

—En su desván hemos encontrado algunas cosas que nos gustaría estudiar con detenimiento.

—En vida de mi esposo nunca tuve interés en el contenido de esas cajas, en las actuales circunstancias, mucho menos. Pueden hacer con ellas lo que quieran.

García le dio las gracias a Mercedes, se disculpó por las molestias y regresó junto a Paula, que ya recogía el material que pudiera serles útil junto a dos agentes de uniforme.

Alicia se quedó a solas con la viuda.

—Te agradezco tu paciencia, no debe ser fácil.

—Ellos solo hacen su trabajo, todo en lo que yo pueda colaborar será poco.

La joven se mordió el labio, sentía que debía de insistir sobre el tema de la foto. No pudo o no quiso resistirse.

—Puede que esos chicos solo fueran compañeros de facultad y que después perdieran el contacto.

Mercedes ladeó la cabeza antes de sonreír.

—Eres obstinada, como tu padre.

—Eso dicen.

—No me resulta familiar la cara de ninguno de esos hombres, si fueron compañeros de carrera, lo ignoro. Mi matrimonio con Agustín se basó siempre en el respeto mutuo, a él no le gustaba hablar de su pasado y yo no he sido nunca una chismosa. Sé que para ti es decepcionante, pero es lo que hay.

Alicia no tuvo tiempo de añadir nada más, Filomena apareció en el salón portando una bandejita de plata con un vaso de agua y unas pastillas que Mercedes tragó sin protestar.

Puede que el tema de la foto no los llevase a ningún lado, incluso podía ser que lo que ella creía haber visto no significase nada y que su imaginación, junto con las ganas de ayudar en el caso, la hubiese conducido a conclusiones equivocadas.

Al cabo de quince minutos la policía había terminado de cargar todas las cajas en los coches y regresaron al salón para despedirse. Alicia le dio un beso a Mercedes y salió de la casa siguiendo los pasos de Paula. García se quedó rezagado a propósito.

—Encontraremos al desgraciado que ha hecho esto, no descansaremos hasta conseguirlo. Se lo prometo.

El inspector dijo aquellas palabras con convencimiento, pero a Mercedes no pareció afectarle su aparente determinación.

—Cuidado con lo que promete, inspector.

Al llegar al parking de la central, García se giró para encarar a Alicia.

—Muchas gracias por habernos ayudado con la viuda de Agustín y a cargar las cajas. A partir de aquí, quiero que dejes esto a los mayores.

Aunque el tono paternalista que el inspector usó la irritó, a Alicia no le sorprendieron esas palabras, las había estado esperando todo el día.

Tuvo la tentación de pedirle a Paula que se reunieran más tarde para explicarle sus apreciaciones sobre la fotografía que había encontrado, pero se dio cuenta de que antes de hacer aquello debía estar segura de que sus ojos no le habían jugado una mala pasada.

—Me preguntaba si sería posible que me facilitaseis una copia de la foto en la que aparece Agustín de joven.

García ya había empezado a dar media vuelta para entrar en el edificio, pero se detuvo para procesar aquella extraña petición.

—Forma parte de una investigación, ¿para qué la quieres?

La estudiante dudó unos segundos, debía resultar convincente.

—El edificio que está detrás de ellos me resulta familiar.

—Dime de qué edificio crees que se trata y nos ocuparemos.

La terquedad del inspector comenzó a desesperar a Alicia, aunque comprendía su reticencia. Iba a intentarlo de nuevo con otro argumento, pero él la cortó en seco.

—Desde que te conozco tengo la impresión de que tramas algo, pero creo que es mejor no intentar averiguar de qué se trata. Lo que tengo claro es que ni la foto, ni una copia, saldrá de dependencias policiales. Ahora, si nos disculpas, tenemos mucho que hacer.

El tono de García no dio pie para que Alicia intentara insistir. Paula se encogió de hombros, aunque lo hizo con una expresión que no dejaba espacio a la duda: estaba de acuerdo con la postura de su jefe.

—Lo siento, no podemos seguir saltándonos las normas.

Alicia se abstuvo de protestar, no tenía ningún sentido. De hecho, ni siquiera estaba molesta. Ya era raro que hubiera podido reptar hasta allí sin ser detenida por haber ignorado cualquier tipo de prudencia.

Desde ahí tendría que seguir por su cuenta.

En cuanto los perdió de vista Alicia echó mano de su teléfono y buscó en la galería de imágenes.

Sintió una punzada de culpabilidad por haber mentido una vez más: había sacado una fotografía de la antigua instantánea.

Una copia escaneada en buena calidad hubiera sido mucho mejor; y menos ilegal, pero, llegados a ese punto, ya no le importaba.

Sin pensar demasiado en que aquello podía meterla en un lío de los gordos, guardó el móvil, se metió en el metro y buscó la mejor combinación para llegar a Ciudad Universitaria.

Al llegar a la mole de hormigón gris que más parecía un búnker con gigantismo que una facultad, se cruzó con un compañero de clase que se detuvo para saludarla.

Inmersa como estaba en sus pensamientos ni siquiera reparó en su presencia y dejó al pobre muchacho con el brazo levantado y la cara congelada.

Fue directa a la pequeña sala de la gaceta universitaria de la que formaba parte y buscó con la mirada a Luis, el redactor jefe de aquel coladero de noticias del campus, que se centraba casi con exclusividad en los recortes a los que se veían sometidos con cada vez menos disimulo.

Su amigo y superior en aquel lugar, un estudiante de último año, se encontraba al fondo de la sala charlando con el ilustrador de la tira cómica. Nada más verla aparecer le dedicó una sonrisa torcida.

—Me debes un artículo —dijo a modo de saludo.

Alicia arrugó la nariz y dejó caer su bolsa sobre una de las sillas.

—Perdona, he estado muy liada con temas importantes del despacho de mi padre.

Luis dejó el papel que tenía en la mano, hizo una reverencia artificiosa y habló con todo engolado.

—Dichosos los ojos, su excelencia. Hace semanas que no se la ve en la corte, espero que sus asuntos de estado no hayan sido demasiado engorrosos. —Al erguirse la miró con los ojos entrecerrados—. Vuestra vuecencia me debe un artículo.

—De verdad que me ha sido imposible, no te miento.

—Si no me dices que ya tienes al menos quinientas palabritas redactadas me voy a echar llorar.

El tono de Luis no consiguió borrar el gesto sombrío de Alicia. Él abandonó al juglar que llevaba dentro al sospechar que algo no iba bien y la invitó a acompañarle a la cafetería para hablar en privado.

Lejos de las miradas y oídos del resto de integrantes de la revista, Alicia le contó a Luis todo lo que había sucedido, aunque omitió los detalles más escabrosos y los que sabía que no debía desvelar a un periodista con hambre de noticias.

Luis era un buen amigo, pero Alicia sabía que ante una buena noticia los cariños y lealtades de un reportero de investigación pueden diluirse.