Capítulo 12 #2
Paula no contestó de inmediato. Miró su reloj de pulsera y sopesó el ofrecimiento.
—No creo que sea buena idea, llamaré a comisaría para que envíen a un agente.
—Mientras pides ayuda y vienen hasta aquí, vas a perder horas.
—Es el procedimiento.
Alicia se cruzó de brazos contrariada, pero no tiró la toalla.
—Deja que sirva de algo que haya venido hasta aquí. Si me dejas me ocupo del desván, seguro que allí no hay más que trastos y te ahorro tragar polvo.
Paula puso los ojos en blanco y maldijo entre dientes.
—¡Madre mía! ¡Qué insistente eres!
Alicia se limitó a dibujar su más encantadora sonrisa.
—Está bien, ponte esto. —Le tendió unos guantes desechables—.
Pero, por lo que más quieras, no le digas a García que te he permitido ayudarme.
Limítate a meter todo en cajas e ir bajándolas para que el agente que venga se las lleve a comisaría y no se rompa la cadena de custodia.
Tienes que ser meticulosa, no te dejes ningún detalle, por tonto o superfluo que te parezca.
Y si ves algo que te llame mucho la atención, déjalo donde lo encuentres y me avisas, ¿entendido?
—Lo prometo —aseguró ella mientras aceptaba los guantes.
Al cabo de un minuto, apareció Filomena, ama de llaves de Mercedes, y les pidió que la siguieran a los pisos superiores.
Paula se quedó en el despacho de Agustín para revisar toda la estancia y su ordenador personal, donde era más probable encontrar algo de provecho.
Alicia se dejó conducir por la sirvienta hasta el desván.
Filomena se paró ante la única puerta visible e introdujo una enorme llave que giró con esfuerzo.
Cuando por fin consiguió hacer funcionar el mecanismo, Alicia se encontró con una escalera de madera, con el barniz desgastado, que conducía a un altillo sin iluminación.
—¿No hay luz ahí arriba?
Filomena se encogió de hombros, sin emitir una sola sílaba. Alicia le dio las gracias con resignación y subió los escalones.
Le costó un rato acostumbrarse a la oscuridad de aquel lugar, pero al poco fue percibiendo una leve claridad que se filtraba por un ventanuco del fondo, lleno de polvo y casi oculto por unos bártulos cubiertos con sábanas.
Retiró los obstáculos y, con un trapo sucio que encontró en el suelo, limpió parte de la costra de suciedad que había convertido el cristal de la ventana en una superficie casi opaca.
Gracias a la ingrata operación, que le provocó más de un estornudo, consiguió la suficiente luz para distinguir las formas y dimensiones de aquel habitáculo.
No era grande, unos quince metros cuadrados como mucho.
El techo abuhardillado estaba formado por vigas de madera vista, en los laterales era tan bajo que se elevaba apenas unos centímetros del suelo.
El contenido del desván estaba formado casi en su totalidad por unas treinta cajas de cartón cerradas con cinta de embalar, a excepción de algunos muebles protegidos por telas que se amontonaban cerca de la pared del fondo.
Alicia suspiró ante la tarea. No iba a ser cómodo cargar con cada caja hasta el piso de abajo, hubiera sido más fácil rebuscar entre todas aquellas cosas alguna pista, aunque en realidad no sabía lo que debía encontrar.
Se quitó la chaqueta, la dobló del revés y la dejó sobre uno de los muebles cubiertos, se remangó la camisa y comenzó a apilar todas las cajas en un mismo punto, cerca de la puerta.
Al observar el montón le sobrevino la desagradable sensación de que Paula estaba haciendo lo mismo que su padre, mantenerla ocupada para quitarla de en medio.
Aunque era incapaz de enfadarse con la inspectora; su mirada castaña de pestañas infinitas lo impedía, la certeza de que sus sospechas eran ciertas inclinó la balanza hacia la imprudencia.
Se sentó en el suelo y con la ayuda de las llaves de su casa, rompió de forma longitudinal la cinta de la primera caja.
Pasados treinta minutos solo había logrado acumular un intenso dolor de espalda y cervicales.
Se asomó varias veces a la escalera para comprobar que nadie subía, pero se percató de que no podía tardar mucho más en bajar las cajas si no quería que Paula descubriera que no las había encontrado abiertas, como ya estaba la mayoría.
Ya había revisado veinte cajas repletas de viejos discos de vinilo, novelas baratas editadas cuarenta años antes, ropa apolillada y fotos en blanco y negro, casi todas muy pequeñas, que retrataban la niñez y adolescencia de Agustín.
Se levantó para estirarse un momento y sacudió sus tejanos, casi blancos por el polvo. Se sentía igual de frustrada que al revisar la documentación del sótano de su padre, con la coincidencia, además, de sentirse encerrada en estancias incómodas y pequeñas que sirvieron para tenerla callada.
«Mierda, esto no es mucho más grande que un armario… Y yo que pensaba que eso ya lo tenía superado».
Aún le quedaban unos cuantos bultos por revisar y, aunque temía ser descubierta y comenzaba a dudar que fuera a encontrar algo de provecho, echó mano de su terquedad y se sentó de nuevo, esa vez sobre una de las cajas ya revisadas.
Lo primero que vio al abrir la siguiente fue una camisa de franela estampada de cuadros granates y verdes, manchada con lo que parecía grasa endurecida. Al retirar la prenda, justo debajo, se topó con un pequeño cofre metálico con tapa de bisagra, de unos treinta centímetros de lado.
Alicia extrajo aquel estuche con cuidado y lo posó sobre sus rodillas.
Dentro, en primer término, encontró un cuaderno de cuero.
Al ojearlo, no entendió gran cosa, pero se le aceleró el corazón al reconocer, dibujados con tosquedad, jeroglíficos egipcios.
Miró todas las páginas, repletas de aquellos signos ancestrales.
Parecían ejercicios de traducción, frases sueltas, problemas de comprensión y gramática, no encontró rastro de algo que pudiera resultar esclarecedor.
Dejó la libreta a un lado y continuó examinando la cajita de metal.
El siguiente objeto era una fotografía en blanco y negro, tamaño cuartilla, que mostraba a seis jóvenes con gesto serio ante la puerta de un edificio.
Dio la vuelta a la fotografía y observó que, en una esquina, escrito a lápiz, había unas siglas: A.E.A.
Giró de nuevo la instantánea y volvió a mirar con atención al grupo de personas que salían en el retrato.
Al principio aquella imagen no le dijo nada, pero al cabo de unos segundos, al estudiar con detenimiento cada rostro de la fotografía, Alicia recibió un impacto en su cerebro tal, que cayó de la caja donde estaba sentada.