Capítulo 12
Paula conducía en silencio. Alicia estaba incómoda y, para distraerse, se concentró en las voces distorsionadas provenientes de la radio de la policía, aunque no fue capaz de entender demasiado.
Tras la conversación que mantuvieron el día anterior, dado que parecía que el asesino actuaba impulsado por motivos concretos, García se reafirmó en su determinación de buscar alguna posible conexión entre los secuestrados.
Debían indagar en la vida de las víctimas, su pasado, amigos, trabajos, escarbar en todos los detalles posibles para establecer un vínculo entre ellos.
Agustín Somoza era el último de los asesinados y el primer paso era hablar con su viuda.
Alicia puso sobre la mesa los años de confianza que tenía con Mercedes y el grado de amistad que las unía.
Eso facilitaría que la mujer se abriera con ella, charlara de forma más relajada y no se sintiera intimidada por la policía.
El irrefrenable interés de la universitaria por participar en la investigación en principio se dio de bruces con la negativa de García, pero su tesón fue más fuerte y al final él claudicó, aunque dejó claro que nadie, excepto ellos tres, debían conocer el grado de implicación de la joven.
El inspector jefe, además, solo aceptó que ella allanara el camino para hablar con la viuda.
Más allá de eso, sus órdenes fueron claras: se apartaría sin rechistar y les dejaría hacer su trabajo.
—Cojo el siguiente desvío, ¿verdad? —dijo Paula.
La pregunta cogió a Alicia distraída y, antes de que pudiera contestar, la inspectora ya había salido de la autopista.
—Como copiloto no tienes desperdicio —ironizó sonriendo.
—Perdona, estaba con la cabeza en otra parte. —Alicia posó sus ojos en el camino. Aunque hacía años que no iba por allí recordaba bien la ubicación de la casa de Agustín y Mercedes—. Coge la rotonda y gira a la derecha, la entrada a la urbanización es la primera salida, luego ya te iré indicando.
—Vale.
Llegaron al hogar de los Somoza cinco minutos después.
Al apearse del coche en la entrada a Alicia le embargó cierta sensación de aprensión.
Hasta ese instante no se había planteado cómo abordaría a la esposa de Agustín y, solo con imaginarse la escena de congoja que la esperaba, le dieron ganas de dar media vuelta.
Pero, aunque aquel asunto tocara su fibra sensible, no podía dejarse llevar por los sentimientos tras haber conseguido participar en aquello, algo que aún no terminaba de creerse.
Paula la observó un instante y se acercó a ella con paso calmado.
—Estas cosas no son agradables, mucho menos si existe implicación personal, ¿estás segura de que quieres hacerlo?
Alicia asintió con la cabeza y dio media vuelta, encarándose con aquel enorme chalé. Paula pulsó el botón de llamada del telefonillo.
Mercedes las recibió sentada en un butacón de piel, en el salón biblioteca de la casa, una habitación donde el olor madera vieja y libros antiguos dominaba los sentidos.
Vestía un sencillo traje de chaqueta negro, llevaba el fino y canoso cabello recogido en un moño y, de forma inconsciente, se retorcía las manos sin cesar.
Las arrugas propias de una mujer de setenta y tres años, cuidada y mimada por un estilo de vida acomodado, se habían acentuado.
Unas profundas ojeras enmarcaban sus ojos, enrojecidos por horas de llanto.
Al verlas entrar en la sala, Mercedes se disculpó con ellas por no levantarse, estaba agotada. Alicia se inclinó para darle un abrazo y Paula le estrechó la mano antes de acomodarse en el sofá que quedaba enfrente de la viuda.
—Cuando me llamaste, no pensé que vendrías acompañada —dijo Mercedes con un hilo de voz casi inaudible.
—Sí, lo siento. Ella es Paula Relaño, inspectora de la Policía Judicial, forma parte del equipo que lleva el caso de Agustín.
—Entiendo —musitó la anciana.
—Esta es una investigación prioritaria para nosotros —terció la inspectora con tono suave.
—Aún me resulta difícil asimilarlo —dijo la viuda bajando el rostro.
Las tres permanecieron en silencio unos segundos. Alicia no sabía si tomar la palabra o dejar que Paula dirigiera la conversación. Fiel a su personalidad tan directa como una apisonadora, optó por lo primero.
—Mercedes, estamos aquí porque necesitamos saber algunas cosas sobre Agustín.
—Pensé que todo el tema de sus casos ya lo habrían hablado con tu padre —contestó la viuda con tono cansado.
—Bueno —intervino Paula—, conocemos detalles relativos a su trabajo, pero a nivel personal creemos que, como su esposa, usted podrá aportarnos diferentes perspectivas al conocerlo mejor.
Mercedes dibujó una sonrisa triste y observó a la inspectora ladeando la cabeza de forma casi imperceptible.
—Conocer a Agustín… Creo que nadie llegó a conseguirlo del todo, ni siquiera yo.
Paula y Alicia se miraron de reojo sorprendidas.
—Mi marido era un abogado brillante, un amigo correcto, un compañero atento y cariñoso… Más allá de eso, no dejaba que nadie se acercara demasiado.
—¿No erais felices? —Alicia dejó en el aire aquella pregunta con gesto perplejo. El recuerdo que tenía de él era muy diferente al que Mercedes estaba proyectando.
—Supongo que alcanzamos cierto grado de felicidad, pero, sobre todo, nos respetábamos.
Ambos habíamos sobrepasado la edad de la credulidad en los cuentos de hadas cuando nos casamos, éramos personas adultas, profesionales en nuestros campos, no buscábamos quimeras.
En ese sentido, la relación que mantuvimos fue franca y muy cálida, pero cada uno aceptó las parcelas de privacidad del otro.
—¿Esas parcelas incluían secretos? —preguntó Paula con prudencia.
—Bueno, como directora de un colegio exclusivo femenino no he tenido demasiados secretos a lo largo de mi vida.
Agustín, en cambio… No sé, siempre tuve la sensación de que permanecía alerta en todo momento, algo que siempre achaqué a su profesión y el tipo de personas con las que se relacionaba en sus inicios.
—¿Nunca le preguntaste si había algo que le perturbara? —intervino Alicia.
Mercedes observó a la joven, de nuevo con esa mirada condescendiente pero carente de fuerza.
—Siempre he sido una persona práctica. Nunca pensé que fuera a sincerarse conmigo así que, ¿para qué molestarme en preguntar?
—bajó la vista y se estiró con calma la falda para cubrirse bien las rodillas—.
Me convencí de que todas sus preocupaciones provendrían del despacho.
Mercedes suspiró con profundidad. Un brillo acuoso empañó sus ojos, pero disimuló la reacción desviando la mirada.
Para ganar tiempo, se atusó unos pelillos indómitos que habían querido escapar del moño.
—He tenido una vida plena con Agustín y estoy segura de que, a su manera, él también se sintió colmado.
La conversación llegó a un punto en el que Alicia se quedó sin preguntas. Paula se apresuró a rellenar el silencio.
—¿Tenía su marido un despacho privado?
Mercedes observó a la inspectora con seriedad.
Aquella mujer mayor, de apariencia frágil y afectada por la muerte de su esposo, aún era capaz de traspasar con su mirada una pared de hormigón armado.
—Si lo que quiere es registrar las pertenencias de mi esposo no se ande por las ramas.
—¿Eso significa que sí lo tenía? —insistió Paula con una expresión amable.
Mercedes se echó hacia atrás en el butacón y cruzó los brazos sobre el pecho. Sus labios, pintados de un rosa pálido, se arquearon dibujando lo que parecía un amago de sonrisa.
—Me gusta esta chica —dijo mirando a Alicia—. Si todos los que forman parte de su equipo son parecidos me quedo más tranquila.
—Nuestro objetivo es detener al que haya hecho esto cuanto antes.
Aquella vez, Paula no hizo uso de efectismos. Tanto su voz, como su rostro, dejaron muy clara la seriedad con la que trataba el tema.
—Bien —dijo Mercedes—. El despacho de Agustín está en la primera planta, pero me he ocupado en persona de revisarlo. Allí no encontrarán más que declaraciones sobre la renta, extractos bancarios, cartas de su club de golf y cosas por el estilo.
—¿Jugaba al golf?
Mercedes asintió con la cabeza y agitó una huesuda mano en el aire.
—De vez en cuando, y no muy bien.
—¿Sabe de alguien que le acompañara con regularidad?
—Agustín nunca se relacionó con nadie del club, al menos que yo sepa. Jugaba solo en horas de poca afluencia, pero hace unos diez años lo dejó, la artritis le impedía practicar un swing decente.
—¿Alguna otra afición?
La viuda negó con la cabeza.
—No creo que pueda ayudaros mucho más, aunque, si queréis, podéis husmear también en el desván. Agustín guardaba allí recuerdos y cachivaches. No me he acercado a ese sucio cuartucho en años, pero dudo mucho que encontréis algo que pueda serviros, aunque podéis intentarlo.
—Agradecemos su colaboración.
Paula se levantó del sofá dando por terminada la entrevista, y Alicia la imitó.
—Filomena os abrirá el despacho y el desván. Yo voy a retirarme a descansar un poco.
—Gracias, Mercedes —susurró Alicia al oído de la Mujer antes de darle un beso en la mejilla.
La viuda de Somoza se despidió de la inspectora y se dirigió hacia la puerta con pasos pequeños y cansados, pero antes de cruzar el umbral, dio media vuelta y miró a la universitaria por encima del hombro.
—Por cierto, hace algunas semanas creí verte en la puerta. Pensé que entrarías a saludar, ¿necesitabas algo?
Alicia la miró extrañada, no recordaba haber estado allí desde que era una adolescente.
—Hace mucho que no vengo a esta zona, ¿cuándo me viste?
—Poco antes de marcharme a Estambul.
La joven procuró hacer memoria, pero estaba segura de que Mercedes se equivocaba.
—Debiste confundirme con alguien.
Ella dudó un instante, pero, acto seguido, se giró de nuevo y abrió la puerta de la sala.
—Voy a avisar a Filomena.
Las amigas se quedaron a solas en la habitación. Alicia percibió una mirada interrogante en los ojos de Paula, aunque no preguntó nada.
—Si quieres, nos repartimos el trabajo.