Capítulo 11
Alicia no podía moverse. Tenía la sensación de haber corrido una maratón en sueños.
Se incorporó despacio, algo mareada. Gracias a la luz que se filtraba a través de las persianas, casi bajadas, intentó adivinar qué hora del día sería.
Aún tenía los ojos nublados y los sentidos abotargados.
Alargó el brazo para alcanzar el teléfono móvil que descansaba sobre su mesilla de noche. Las once y media.
Debería haberse presentado en la redacción del periódico de la universidad hacía más de una hora. Luis, el redactor jefe, no estaría muy contento, llevaba mucho retraso con el artículo que le había encargado.
Hacía ya treinta días que había desaparecido Agustín, treinta días desde que le desvelaron la terrible verdad, treinta días preparándose y temiendo que, en cualquier momento, Paula telefonearía a su padre para comunicarle la noticia, cada vez más plausible, del hallazgo del cuerpo de aquel simpático hombre.
Al notar la vibración del móvil en su mano y ver el nombre de Paula en la pantalla, descolgó con tristeza anticipada.
—Hemos llamado a tu padre, pero no le localizamos. Ha aparecido otro cuerpo. Por el estado del cadáver no podemos asegurar que se trate de Agustín Somoza hasta realizar la autopsia y las pruebas de ADN, pero…
—Comprendo.
Alicia apenas si emitió un leve hilo de voz. Los oídos comenzaron a pitarle y le costó escuchar lo que Paula dijo a continuación.
—Vamos a esperar a los resultados de las pruebas, en cuanto tengamos confirmación volveremos a contactar.
—Gracias.
Alicia colgó sin esperar contestación y sus siguientes acciones fueron tan mecánicas que su cerebro ni siquiera se molestó en procesarlas como recuerdos a conservar.
El funeral de Agustín se celebró sin su cuerpo presente.
Aunque a los pocos días la policía obtuvo confirmación de su identidad, aún tenían los restos retenidos al ser parte de una investigación en curso.
Mercedes, su mujer, mostraba un aspecto lamentable.
Desmadejada, aguantaba como podía el llanto apoyada en el hombro de Lucía.
Timoteo parecía entero, pero su hija percibió que, roto por dentro, saludaba a los asistentes como un autómata.
Aunque de los allí presentes, solo Alicia, su padre y la viuda, conocían los detalles del estado en el que apareció el cadáver, todos sabían que habían matado a Agustín y a nadie le cabía en la cabeza la razón de semejante crimen.
Una común sensación de perplejidad dominaba el ambiente, ni siquiera cuando el cura comenzó a hablar, cesaron los murmullos.
Durante la misa, Alicia apenas prestó atención. Comenzaba a gestarse una obsesión en su cabeza y sabía que no podría librarse de ella. Debía averiguar lo que le había sucedido a Agustín y, en esa ocasión, ni su padre ni la policía serían capaces de frenarla.
Paula estaba reunida con varios agentes. Su semblante era sombrío y su jefe tampoco mostraba mejor humor. Llevaba la misma camisa que el día anterior y ya ni se molestaba en ponerse la chaqueta.
La habitación estaba tan concurrida que nadie advirtió que Alicia acababa de pararse en el umbral de la puerta. Paula y el inspector García estaban de pie, cada uno a un lado de un tablón de corcho, con las fotos de las víctimas, cuando aún estaban vivas, colgadas con chinchetas.
—Bonifacio León, encontrado cuarenta días después de su secuestro, Francisco Pujalde, cuarenta y dos días, Aurelio Correa, cuarenta y uno, José Luis Hernández, cuarenta y uno, Agustín Somoza, cuarenta.
Señores, ya son cinco los cadáveres que hemos hallado en similares circunstancias, han pasado más de siete meses desde el primero y no tenemos nada.
El asesino se toma su tiempo, debe planearlo todo al milímetro, pero nadie es perfecto.
No nos queda otra que volver a revisar todas las pruebas, algo se nos tiene que estar escapando.
García miró uno a uno a todos los asistentes antes de continuar.
—Carlos, encárgate de seguir con el rastro de las vendas de lino, no son comunes y en algún sitio habrá tenido que dejar alguna pista.
Pilar, tú ocúpate de volver a revisar la compra y venta de natrón: importaciones, cuánto cuesta, donde se distribuye, para qué se utiliza, todo.
Bermúdez, céntrate en las piedras, volved a analizarlas, averiguad toda posible procedencia, Leo, el tráfico de órganos…
Los semblantes de los oficiales encargados de cada parte de la operación distaban mucho del entusiasmo. Paula percibió la desidia de sus compañeros.
—Sabemos que no habéis podido sacar nada en claro de ninguna de estas líneas de investigación, pero os pedimos que redobléis el esfuerzo, volváis sobre ello e intentéis profundizar un poco más. Es lo único que tenemos por ahora.
—El comisario comienza a impacientarse y los de más arriba no os cuento lo que están presionando —advirtió García—, solo es cuestión de tiempo que todo esto se filtre a la prensa, me extraña que no haya sucedido ya, así que ¡a trabajar!
Los agentes comenzaron a salir del despacho y desfilaron delante de Alicia. Tan solo uno de ellos reparó en su presencia, la rozó al pasar y se limitó a mirarla de soslayo. García, de espaldas a la joven, siguió a lo suyo.
—Tú y yo continuaremos con las víctimas, tenemos que dar con posibles conexiones. Si ese loco los escoge al azar, estamos jodidos.
—Tienen una edad similar y buena posición socioeconómica, aparte de eso…
—Eso no nos sirve de mucho, debe haber cientos de hombres en Madrid con esas características, sería como buscar una aguja en un pajar.
—El inspector frunció el ceño y se pasó la mano por su tupida cabellera negra—.
Me irrita reconocerlo, pero estamos atascados, puede qué si volvemos a hablar con Timoteo Mendoza o su hija nos ayuden a conectar de algún modo a las víctimas.
—Pues podemos empezar ahora mismo.
Paula, por fin, había visto a Alicia en el vano de la puerta. Forzó una sonrisa e hizo un gesto con la mano, invitándola a entrar en la habitación. García se dio la vuelta y, perplejo, vio como aquella joven rubia entraba en la sala sin pedir permiso y meneando su cola de caballo en cada paso.
El inspector jefe titubeo tan solo un instante, segundos que Paula aprovechó para sortearlo y rodear los hombros de Alicia con el brazo. La condujo a una de las sillas y tomó asiento a su lado.
—¿Cómo está tu padre?
—Mal —se encogió de hombros y emitió un hondo suspiro—, aunque trata de que no se le note.
García se apoyó en uno de los escritorios y cruzó los brazos sobre el pecho. Estaba enfadado y no tenía intención de ocultarlo.
—¿Cuánto tiempo llevas escuchándonos?
—Un rato.
—¿Cuánto rato? —insistió el inspector.
Alicia dibujó en su rostro una sonrisa torcida. El jefe de su amiga estaba de malas pulgas y, en ese momento, supo que no le convenía contrariarle aún más.
—No era mi intención, pero he escuchado bastante de lo que habéis hablado.
—¿Cómo has entrado?
—He dicho en el mostrador que me esperabais y que conocía el camino. Aparte de pedirme el DNI y escanear mi bolso no me han preguntado mucho más.
—¡Menuda seguridad de mierda! —escupió García levantando los brazos—. Cualquier día se cuela algún loco y nos mata a todos.
—Es probable que la vieran conmigo el otro día —intervino Paula.
—También te ven con muchos detenidos y no por eso les dejan pasear por aquí a sus anchas.
A Alicia aquel intercambio inútil le estaba provocando jaqueca. Y era en ese tipo de situaciones cuando su vena cortante entraba en escena.
—Vengo del funeral de Agustín, si quiere usted echarme la bronca mejor déjelo para otro día.
García sonrió de lado. Aquella chica le gustaba, pero también le provocaba escalofríos. Se limitó a adoptar un terco silencio, aunque mantuvo su mirada inquisitiva sobre ella. Alicia sostuvo su gesto y no apartó los ojos, desafiándolo en un callado e incómodo duelo.
—Vamos a tomar un café —terció Paula para calmar los ánimos caldeados—, lejos de estas cuatro paredes podremos hablar con mayor tranquilidad.
El inspector jefe asintió con la cabeza, en el fondo tenía curiosidad por saber el motivo por el que la estudiante se había colado en la comisaría para verlos.
Mientras Paula pedía tres cafés con leche en la barra de una cafetería cercana, García escogió una mesa al fondo, lejos de oídos curiosos. La joven aguardó en silencio a que el tozudo inspector se decidiera a decir algo.
—Este caso es una mierda —escupió García tratando de adoptar un tono amigable—. Ese cabrón no deja rastro, nada con lo que podamos trabajar.
—En algún momento cometerá un error y le pillaréis —contestó ella en tono neutro.
El inspector le pegó un sorbo al café que Paula le había puesto delante. Continuaba estudiando sus gestos, quería averiguar qué tramaba y para ello era necesario continuar con la conversación.
—Eso solo pasa en las películas. Si el asesino no ha dejado ninguna pista aprovechable después de cinco crímenes y tantos meses, dudo mucho que vaya a empezar ahora. Además, para poder avanzar tendríamos que esperar a que apareciera otro cadáver… Lo que digo, una mierda.
—Vamos, jefe —intervino Paula en tono conciliador—, no podemos dejarnos llevar por el desánimo, nuestro trabajo consiste en no rendirnos nunca. Además, estoy de acuerdo con Alicia, esos cerdos se relajan cuando ven que no les cogen.
—La impotencia me cabrea.
Alicia se mordió el labio inferior. Se moría de ganas por acribillar a aquellos dos a preguntas, su instinto se lo pedía a gritos. Optó por un ataque directo, pero fue prudente para no contrariar de nuevo a ese hombre.
—Por lo poco que he oído antes, mi primera impresión fue correcta, los cuerpos fueron momificados.
—Creo que el hecho de que estuvieran vendados de pies a cabeza pudo darte una ligera idea —contestó Paula con sorna.
—Eso es evidente, pero no me refiero a ese punto en concreto. La piel de los cadáveres está seca y os he escuchado decir que debéis buscar alguna pista sobre el natrón. Los antiguos egipcios lo usaban en sus rituales de preparación de los muertos para evitar que los cadáveres se descompusieran.
García arrugó la frente y miró a Alicia con curiosidad.
—Sabes mucho de esas cosas.
—¿Y los órganos? —continuó la universitaria ignorando el comentario.
Los policías se sorprendieron por la pregunta, pero simularon no alterarse. García adoptó un tono solemne al tomar de nuevo la palabra.
—No podemos contestar a tus preguntas. De hecho, muchos de los detalles que ya sabes no deberían haber salido de la comisaría, podríamos procesarte por colarte y escucharnos.
—Solo pretendo ayudar.
—Ya, pero si te doy más información la utilizarás de forma errónea.
—Si cree que voy a venderle la exclusiva a la prensa, está muy equivocado.
—Eres aspirante a periodista, no sería descabellado pensarlo, pero no es eso. Lo que me da miedo es que indagues por tu cuenta y te metas en un lío… O lo que es peor, que nos fastidies la investigación.
Alicia resopló. Comprendía a aquel hombre, estaba en una posición delicada, pero la impotencia de no saber era más fuerte que ella y no pudo menos que insistir.
—Le aseguro que no me creo Wonder Woman . Sé que no soy más que una estudiante y que si me encontrara con ese asesino cara a cara no tendría ninguna posibilidad, no soy idiota.
El inspector jefe sopesó las palabras de Alicia. Aunque su sentido común decía a gritos que guardara silencio, un asomo imprudente le empujó hacia el lado contrario. Había algo en el semblante de esa muchacha que le indicaba que sabia más de lo que aparentaba. Eso le intrigaba.
—Muy bien, a ver si puedes decirme algo que no sepamos. Todos los cadáveres estaban casi vacíos por dentro. Faltaban los órganos internos y los rellenaron con una especie de aserrín.
—¿Y no hallasteis ningún recipiente con los órganos?
—Al encontrarnos los cadáveres en ese estado, indagamos en el tema. Conocemos la antigua costumbre egipcia de guardar los órganos de las momias en vasijas dentro de las tumbas, los vasos Canopos. Pero nosotros no encontramos nada cerca de los cuerpos.
—Es raro, si se ha tomado tantas molestias en reproducir el ritual, no encaja que haya omitido un detalle tan importante.
—Bueno, tampoco hemos encontrado los cuerpos en tumbas antiguas decoradas con tipos de perfil.
Alicia esbozó una mueca. Aunque no le convencía el argumento, evitó replicar.
—Otra cosa que no encaja con ese ritual es que hurgaran en su interior cuando aún estaban con vida —García se mordió la lengua, estaba tan concentrado en desarmar a la estudiante entrometida y averiguar qué pretendía, que se había pasado de frenada.
Al escuchar la afirmación del inspector, Alicia no pudo evitar imaginarse a Agustín luchando por su vida, envuelto en su propia sangre y cegado por un dolor insoportable. Se le revolvieron las tripas.
—Espero que Agustín se desmayara o muriera rápido…
García miró a Paula algo incómodo, pero ella se limitó a posar una mano en la de la universitaria para intentar reconfortarla antes de hablar.
—Es lo más probable, aunque no podemos estar seguros de nada. Al no haber órganos que analizar los forenses no pueden determinar cuál fue la causa exacta de cada muerte.
—¿No tenían corazón?
—Ya te hemos dicho que no había órganos —intervino García intentando no volver a perder el control de la conversación.
—¿Ninguno? —insistió Alicia con evidente sorpresa.
Los inspectores negaron a la vez, en un intento por acabar con lo que les parecía una conversación inútil, pero la joven les observó con una expresión cercana a la emoción.
—Al momificar a sus muertos, los egipcios extraían el estómago, los intestinos y los pulmones, que era lo que metían en los vasos Canopos, también sacaban el cerebro metiendo una especie de gancho por la nariz, removiendo y sacándolo poco a poco.
Pero siempre dejaban el corazón en su sitio, no debía separarse de su cuerpo, pues era el lugar donde residían los sentimientos, la conciencia y la vida.
Ellos creían que al llegar al más allá el dios del inframundo, Anubis, lo pesaría en una balanza para conocer la pureza y bondad de su portador y así decidir su destino: el valle de juncos y la eternidad, o ser arrojado a las fauces del monstruo Ammit, un engendro con cabeza de cocodrilo.
Sin corazón no podías ser juzgado y no tenías posibilidad de acceder al paraíso, por lo que te convertías en una especie de alma en pena, los dioses no te reconocían y eras olvidado.
—Joder —gruñó Paula.
Alicia movió la cabeza para asentir. García se echó hacia delante, apoyó casi medio cuerpo sobre la mesa y puso voz a lo que los tres estaban pensando.
—El asesino es meticuloso, ha efectuado el ritual a la perfección, ha cuidado los detalles, utilizado los materiales precisos, ha esperado el tiempo de… Digamos el «tiempo de secado» de los cuerpos con paciencia. No creo que se le haya escapado ese punto, tiene que haberlo hecho a propósito.
—Eso solo significa una cosa —dijo Paula—: si cree qué, quitándoles el corazón, sus víctimas no van a ir al paraíso, es que les ha castigado por algo concreto. El asesino actúa movido por algo muy personal.