Capítulo 10
Recorrió el camino a través de un sueño. No prestó atención al tráfico, por fortuna escaso, de aquella zona periférica, y alcanzó su destino sin apenas darse cuenta.
Por fin se acercaba el momento. En poco tiempo podría contemplar su nueva obra y terminar con ella.
Anochecía. Aunque el lugar estaba casi abandonado tuvo la precaución de observar la calle antes de salir del vehículo y comprobar que no se veía ni un alma.
Empezó a llover. Con incómoda impaciencia abrió los candados de la puerta de la nave industrial que protegían la entrada a su pequeño universo controlado.
Una vez dentro, cerró todos los postigos y descendió al nivel inferior. Chasqueó la lengua al comprobar que había dejado restos de barro en las escaleras. Tendría que limpiar eso antes de irse.
Hacía más frío que de costumbre. Miró el termostato del sistema de refrigeración, pero indicaba la temperatura y humedad correctas.
Se puso la chaqueta que llevaba anudada a la cintura y encendió las luces que iluminaban la mesa de operaciones.
El natrón había formado una costra. Iba a ser laborioso, pero sabía que no supondrá mucho esfuerzo retirarlo.
Con un instrumento contundente practicó una abertura en uno de los lados y, enseguida, una enorme grieta se abrió paso desprendiendo un gran trozo del caparazón blanco que cubría la piel de aquel desgraciado.
Tardó una hora en retirarlo todo. Ya no tenía frío y se quitó la chaqueta mientras observaba la piel encuerada de su víctima.
Se giró hacia la mesa auxiliar y cogió un viejo cofre de madera tosca. Lo abrió y lo colocó cerca de la cabeza, que aún conservaba el pelo y la barba. Levantó con asco uno de los brazos, temiendo que fuese a romperse entre sus manos, y comenzó a vendarlo.
Tenía que acometer la tarea con sumo cuidado, sin olvidarse de ningún detalle. De ello dependía el éxito de su encargo.
Era necesario alcanzar la perfección.