El tentador calor de las llamas Capítulo 9
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Capítulo 9

La noche del domingo llegó casi sin que Alicia pudiera darse cuenta y, por desgracia, aparte del asunto de Poleskin, no encontró en los archivos nada que pudiera suscitar sospechas de estar relacionado con el secuestro de Agustín.

Completó el relato de su padre con un par de detalles omitidos en su conversación, pero dudaba que fueran determinantes.

Había trabajado sin descanso en aquel oscuro agujero durante cinco días.

Una pérdida de tiempo. Sospechó que Timoteo sabía que allí no hallaría nada de provecho y que su objetivo desde el principio fue mantenerla alejada.

Contrariada, guardó todos los papeles y documentos en el armario metálico y echó la llave.

Tomó una frugal ensalada en compañía de su madre. La conversación fue más bien parca. Los ánimos, por la falta de buenas noticias, estaban por los suelos. Tras varios minutos en silencio, la voz de Lucía sonó con firmeza.

—No has encontrado nada en el archivo del sótano, ¿verdad?

Alicia intentó disimular su perplejidad, pero sus esfuerzos por evitar tragarse una hoja de lechuga sin masticar no ayudaron demasiado.

—¿Qué archivo?

—Venga, hija, que no soy idiota. Siempre he sabido lo que había ahí abajo, pero cuando llegaste el otro día con tanto secretismo, no te quise desilusionar.

Alicia torció el gesto y dejó el tenedor en el plato. Tenía la mala costumbre de subestimar a su madre.

—No he encontrado nada de provecho, la verdad.

—Bueno, no hay mal que por bien no venga, ahora sabéis dónde no hay que buscar.

—Ya.

—No le digas a tu padre que sé lo de su armario. Le encanta mantener una parcela de misterio conmigo.

—Descuida.

Lucía sonrió y continuó comiéndose la ensalada. Alicia la imitó. No hablaron mucho más.

El lunes a las nueve Alicia tenía recogidas todas sus cosas.

Apenas si había podido charlar con su padre durante el fin de semana.

Timoteo se dejó caer por la casa solo para darse una ducha y regresar al despacho justo después.

Alicia le pudo comentar la infructuosa búsqueda en el archivo, algo que no le sorprendió lo más mínimo.

A todas luces derrotado, le dijo a su hija que compartiera la información de los archivos con la policía. Ella intentó protestar.

—Tú no has encontrado nada que pueda ayudarnos, pero es posible que ellos si lo hagan, son profesionales.

—Entonces, ¿por qué me has hecho buscar, encerrada como una rata, si tenías pensado dárselo todo?

Timoteo se frotó la cara con las manos y trató de adoptar un tono tranquilo.

—Hace cinco días tenía la esperanza de que encontraran a Agustín, o al menos alguna pista sobre su paradero, pero ahora sé que no tienen nada. Ya me da igual lo que esos archivos supongan para la firma, quiero ayudar en todo lo que pueda.

Comprendiendo la desesperación de su padre, Alicia cerró la boca.

—Ya que, por lo que parece, esa inspectora es amiga tuya, habla con ella, por favor, yo estoy cansado de hacerlo. Voy a apagar el móvil el resto del día.

Alicia asintió y no dijo nada más, ni siquiera cuando él dio media vuelta para desaparecer por la puerta de entrada a la casa.

No le llevó ni medio segundo echar mano de su teléfono.

La voz de Paula sonó ronca al contestar.

—Mi padre me ha pedido que te llame para comentarte que he revisado unos archivos de casos antiguos.

No he encontrado nada relevante, aparte del asunto de un traficante de armas que seguro ya conocéis, pero él quiere que os diga que el material está a vuestra disposición, si queréis echarle un vistazo.

Paula se tomó unos segundos antes de contestar.

—Sí, de acuerdo, gracias.

—Está cansado, triste, creo que esto empieza a superarle —Alicia tuvo una idea fugaz y temeraria. Si lo hubiera pensado mejor no habría pronunciado las palabras que dijo a continuación—. También me ha pedido que sea yo la que trate esto con vosotros los próximos días.

Paula le pidió que esperara en la línea unos segundos. La voz que escuchó después no era la de su amiga.

—Buenos días, señorita —dijo el inspector Armando García con voz cansada—. A ver si lo estoy entendiendo bien, ¿dice que su padre le ha encargado que sea nuestra interlocutora?

—Algo así.

—Me cuesta creerlo, la verdad.

—Solo necesita unos días para asimilar toda esta historia y poner en orden los asuntos del despacho. Si tiene nueva información, dénmela a mí, yo se la transmitiré.

—¿Y si necesitamos hablar con él?

—Me lo dicen y yo le localizo, no se preocupe.

De nuevo silencio. Alicia estaba segura de que aquel tipo no la había creído, y con razón, ella era una universitaria en la veintena, él un inspector curtido. Aun así, decidió subir la apuesta.

—El móvil de mi padre permanecerá apagado y no sé cuándo volverá a encenderlo. Si no me cree, intente localizarlo aunque, si lo consigue, no le hará mucha gracia.

—No crea que me asusta que su padre se enfade conmigo.

Alicia resopló, aquel inspector era un borde.

—Mire, yo solo quiero ayudar, si no le parece bien, esperen entonces a que él esté localizable, a mí me da igual.

Durante unos segundos Alicia solo escuchó la respiración de García al otro lado de la línea, luego, sintió un golpe, como si hubiera dejado caer el auricular. La voz que oyó a continuación volvió a ser la de Paula.

—Si no te importa, pásate por la comisaría central y nos traes los archivos.

—¿Todo? Eso es imposible, es un armario entero lleno de expedientes.

—Bueno, de momento nos interesa lo relativo a Poleskin. Ya pasaremos a por el resto en cuanto sea posible.

—Vale, creo que podría llegar en una hora, si te parece bien.

—Perfecto, aquí te espero. Gracias.

Alicia estaba bastante exaltada cuando cruzó las puertas de la comisaría.

Si su padre descubría la maniobra para conseguir información le retiraría la palabra de por vida.

Se obligó a respirar hondo y tranquilizarse mientras pasaba los controles de acceso.

Preguntó por la inspectora Relaño al oficial de guardia y, al cabo de cinco minutos, Paula salió a recibirla.

Con absoluta formalidad, se estrecharon la mano.

—Vas a tener que disculpar al inspector García, ha tenido que salir un momento, supongo que no tardará en regresar.

Alicia se limitó a asentir con la cabeza, le quedó claro que aquel hombre no tenía intención de tomarla en serio.

Acto seguido, caminaron por los pasillos de entrada, subieron unas escaleras y se metieron en un pequeño despacho, cuyo mobiliario consistía en dos mesas enfrentadas, dos PC con pantalla plana bastante decentes y una maceta de plástico apoyada en el alfeizar de la ventana, con una plantita de hojas oblongas, verdes y blancas.

—Te presento a Marcelina —dijo Paula señalando la maceta en la que crecía una pequeña lengua de suegra.

Alicia la miró divertida. Aquel acto desenfadado contribuyó a que su forzada tranquilidad se volviera algo más real.

Tras coger la pila de expedientes que le traía y dejarla sobre la mesa, la inspectora se sentó en el borde con una pierna colgando.

La actitud informal de Paula la relajó un poco más.

—Antes que nada, quiero tener clara una cuestión.

—Tú dirás.

—Entendemos que tu padre esté cansado, pero comprenderás que nos sorprenda que te envíe a ti para tratar con nosotros.

—Ya se lo he dicho antes a tu jefe, no es que me haya nombrado su representante ni nada por el estilo, solo me ha pedido que te facilitara los archivos que he estado revisando y que hablara con vosotros por si hay novedades.

Mi padre es un controlador, pero está agotado.

Ten por seguro que en un par de días estará llamándoos él mismo aunque, por ahora, os pido que me transmitáis a mí cualquier avance, quiero que él trate de no pensar en esto, aunque sea por unas horas.

Paula guardó de nuevo silencio. Parecía sopesar las palabras de Alicia. Elevó el rostro, posando los ojos en el techo. Suspiró antes de continuar.

—Entiendo que tu padre te ha puesto al corriente de lo que sabemos hasta ahora.

Alicia asintió. De nuevo una mentira. Si seguía así se iba a convertir en una costumbre. En cuanto Timoteo se enterara de lo que estaba haciendo, la desheredaría.

—Nada de lo que te enseñe puede salir de este despacho.

La advertencia de Paula inquietó a la estudiante, aquello iba en serio. La inspectora cogió una gruesa carpeta verde que tenía sobre la mesa.

—Sabemos que vuestra primera opción fue pensar que algún caso antiguo podría ser el origen del secuestro. Aún no lo descartamos del todo, pero nosotros nos centramos en otra línea de investigación.

—Si me lo hubieras dicho antes me habría ahorrado un montón de lectura aburrida.

—Lo que tenemos entre manos es complicado, no podemos pasar nada por alto.

La inspectora balanceó la carpeta que aún sostenía como si quisiera adivinar su peso, después de unos segundos la dejó caer sobre la mesa.

—Como ya sabéis, el secuestro del socio de tu padre no es un caso aislado.

La joven se inclinó hacia delante, pero se cuidó de mostrar sorpresa.

—Pero no han pedido rescate.

La inspectora negó con la cabeza.

—Ni creemos que lo hagan, esa hipótesis la conoce tu padre desde la semana pasada… Puede que no te haya trasladado todos los detalles.

Paula levantó una ceja y estudió la reacción de Alicia, que se mordió el labio con rabia por haber sido torpe.

—Valoro tu disposición y lo que nos has traído — dijo Paula mientras se ponía en pie.

Alicia notó alarma en las tripas, si no reaccionaba rápido perdería la oportunidad, una que no volvería a presentarse. Decidió echar mano de su intuición, y le decía a gritos que si estaban tan seguros de que no iban a pedir dinero era porque la situación ya se había repetido antes.

—Lo que sí me ha dicho mi padre es que Agustín no ha sido el único.

La inspectora la analizó de nuevo, no estaba segura de lo que buscaba aquella muchacha de mirada profunda, tanto que podía perderse en ella.

—Lo que hemos averiguado hasta ahora —dijo apartando la vista de sus ojos azules—, información que también hemos trasladado a tu padre, es que todos los secuestrados tienen más o menos la misma edad que Agustín, son de familias acomodadas y profesiones de éxito.

Alicia sonrió para sus adentros, en ese punto estaba casi segura de lograr que sus preguntas delatasen menos su verdadera posición.

—Pero, solo con esos datos, ¿cómo podéis estar seguros de que los casos están conectados?

Paula metió las manos en los bolsillos del pantalón y se quedó mirando la calle desde la ventana.

El tráfico era denso a esas horas de la mañana y el martillo perforador que un operario manejaba en unas obras de la acera de enfrente provocaba un molesto ruido en el ambiente.

Sin cambiar de postura, su tono fue contundente.

—Ya sabes que mi jefe y yo no nos ocupamos de casos de secuestros, somos de homicidios.

Alicia percibió un desagradable hormigueo en la boca del estómago y se reprendió en silencio. Tendría que haber comprobado ese punto.

—La relación que existe entre esos hombres es que, menos el socio de tu padre, todos han aparecido asesinados de la misma forma.

Alicia tuvo que buscar una silla para tomar asiento.

Enseguida le vino a la memoria el rostro amable de Agustín y cómo, cuando ella era una niña, le daba a escondidas docenas de caramelos cada vez que se veían.

Tuvo que contenerse para no dejar escapar unas lágrimas.

Entendió, aún más, la creciente angustia que exhibía su padre en todo momento.

—Pero no tiene por qué ser lo mismo —protestó ella con un tono casi infantil—, has dicho que los demás están muertos, pero ya hace más de una semana que secuestraron a Agustín, puede que se trate de otra cosa.

Paula no contestó. Retiró la vista de la ventana se acercó a Alicia y posó una mano en su hombro. El tono que escogió fue suave, pero firme.

—Entiendo que tu padre no haya querido contarte esta parte, sería mejor que lo dejaras estar.

Alicia frunció el ceño y clavó sus ojos en los de la inspectora.

—Ahórrame el trago de ir a preguntarle, por favor.

Paula tragó saliva y, antes de que pudiera decidir, su boca había echado a andar.

—Sospechamos que el cuerpo de Agustín aparecerá dentro de unos treinta días.

Las palabras de la inspectora retumbaron en el cerebro de Alicia. En milisegundos imaginó la reacción de su padre, su madre y, sobre todo, de Mercedes, la esposa de Agustín. El mundo de aquella mujer se rompería en mil pedazos.

Tras unos instantes, la estudiante consiguió desterrar de su cerebro aquellas imágenes de rostros compungidos y asimiló por completo la información que Paula le había transmitido.

—¿Cómo sabéis que aparecerá el cadáver en ese plazo?

La inspectora se agachó hasta quedar en cuclillas y colocó su rostro a la altura del de ella.

—Porque todos los cuerpos fueron encontrados alrededor de cuarenta días después de su secuestro.

—Entonces, aún hay tiempo de encontrar a Agustín con vida —Alicia trataba de agarrarse a algún tipo de esperanza, pero su pecho amenazaba con hacer estallar el llanto.

Paula se irguió, negando con la cabeza. Al llegar hasta la mesa, echó mano de la carpeta.

—Las autopsias han revelado que los sujetos perdieron la vida tan solo unas horas después de su desaparición.

Alicia se sumió en un profundo silencio. El cerebro bullía de actividad, había algo que rascaba para salir. Levantó la cara cansada.

—Cuarenta días es lo que tardaban los egipcios en preparar a sus muertos antes de sepultarlos.

Paula levantó las cejas, sorprendida. Alicia se arrepintió en el acto de haber dejado que sus labios expresaran de forma automática aquella tontería que su cabeza se había empeñado en rescatar.

—Vaya, va a tener razón Carmen cuando te llama empollona.

Alicia abrió la boca para replicar, pero se contuvo al percatarse de que era mejor que Paula siguiera hablando sin interrupciones.

—Encontramos a cada uno de los secuestrados en diferentes lugares, bastante apartados entre sí.

Lo que tenían en común es que, además de aparecer cuarenta días después de su secuestro, estaban vendados de pies a cabeza y presentaban una posición idéntica: brazos cruzados sobre el pecho, extremidades inferiores juntas y extendidas y cuello estirado hacia atrás.

Una vez que los forenses les liberaron de los vendajes, descubrieron que las víctimas presentaban un aspecto…

—Momificado —murmuró Alicia.