Capítulo 8
Los días pasaban lentos. Demasiado. La tentación de acelerar el proceso y lanzarse hacia su nuevo objetivo era enorme, pero debía ser paciente. Si intentaba abarcar demasiado el trabajo se volvía descuidado, cometía errores y no cumplía con diligencia su labor.
Como un tigre enjaulado paseó de manera frenética de un lado a otro de la habitación. Se ahogaba. En la nave había más espacio, pero no podía ir allí más de lo necesario. Había iniciado el viaje, ahora debía esperar a que el resto viniera solo.
Le dolía la cabeza y, aunque ya había eliminado con delirante obsesión cualquier rastro de inmundicia de su cuerpo, persistía con la absurda creencia de que olía mal.
El hedor de los fluidos corporales continuaba alojado en sus fosas nasales.
Se tragó un analgésico sin ayuda de ningún líquido y metió su cuerpo bajo el agua de la ducha.
La calidez aliviaba un poco la tensión de sus articulaciones, pero el continuo chorreo del líquido transparente sobre el cuerpo trajo de nuevo a su memoria el poder destructivo que encerraban sus manos.
Cerró de golpe el grifo y comenzó a secarse con una actitud que rayaba la histeria.
Terminó por acurrucarse contra la pared.
La inseguridad descontrolaba sus impulsos.
Eso era algo que no podía permitirse. Algunos de sus actos asqueaban su parte más humana, pero en cuanto uno de aquellos pensamientos acudía a su cabeza, la voz regresaba, convirtiéndose en una letanía insoportable que lograba que volviera a claudicar ante sus deseos más oscuros.
Se convencía de que sus acciones estaban dirigidas por algo superior a las miserias del mundo, cada vez más podrido.
Había escogido su mano como ejecutora, otorgándole ese inmenso privilegio, no podía ni debía cuestionarlo.
La voz ordenaba y, en ese momento, disponía que esperara.
En poco tiempo, si se mantenía firme, volvería a salir de caza.