El tentador calor de las llamas Capítulo 7
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Capítulo 7

Sangre por todas partes. En las manos, en la ropa.

Repugnancia, un intenso deseo de escapar, pero no puede, no debe.

Lo que maneja su mente es fuerte, no es capaz de resistirse.

Quiere correr, pero tiene las piernas ancladas mientras en sus manos chorrea el líquido vital.

Siente pesar, aunque también placer, sabe que su destino es realizar esa tarea.

Sus dedos manejan un instrumento cortante que penetra en una superficie blanda. Un grito ahogado. Más sangre .

Mete sus manos bajo un fuerte chorro de agua, percibe el intenso olor del jabón que intenta eliminar el rojo tinte que las cubre…

El agua se convierte en algo blanco, duro como la roca, que se rompe con un golpe contundente.

Poco a poco se distingue lo que hay debajo, una superficie seca, brillante, parecida al cuero .

La toca, la siente, frágil, suave.

Se aparta, vomita.

Alicia despertó sobre la mesa con la cabeza encima de las carpetas marrones.

Había tenido una pesadilla angustiosa que le dejó una sensación dolorosa en la boca del estómago.

Intentó levantarse para irse a la cama, pero sus extremidades no respondieron.

Se encontraba inmóvil, incapaz de variar la posición de su cuello sobre los papeles, el brazo que tenía bajo la cabeza o el que le colgaba a un lado del cuerpo.

Y entonces la vio. Una sombra con forma semihumana que acechaba desde una esquina del trastero.

Cerró los ojos con fuerza esperando que se tratase de un efecto de la luz sobre las sombras del sótano, pero cuando volvió a despegar los párpados estaba aún más cerca, se acercaba con lentitud, pero sin pausa.

Quiso chillar, pero solo lo hizo en su mente, su garganta no emitía ningún sonido audible.

La respiración se le aceleró al mismo ritmo que la figura reducía los metros que la separaban de ella.

Durante un instante, la oscuridad se detuvo mientras parecía observarla con el humo oscilante que formaba su cuerpo.

Y fugaz como un rayo, se desplazó a toda velocidad hasta rozar su rostro.

En esa ocasión, Alicia sí escuchó sus propios gritos. Cayó al suelo desde la silla, dando manotazos al aire mientras el corazón le latía tan fuerte que parecía que iba a salirse del pecho. Al ser consciente de su entorno, buscó con la mirada a la amenazante figura, pero ya no estaba.

Le llevó un par de minutos calmarse y convencerse de que lo que acababa de experimentar no había sido más que una parálisis del sueño, una de esas experiencias en las que el cerebro se despierta antes que el cuerpo y provoca visiones entre los sueños y la realidad.

Con nudo en la garganta subió a su antiguo cuarto y se tumbó en la cama, pero no pudo volver a dormirse.

Tenía náuseas y un ensordecedor barullo en la cabeza.

Se levantó, se lavó la cara con agua helada y observó su rostro en el espejo del baño.

Parecía un fantasma, estaba pálida y tenía una expresión asustada.

De vuelta en su cama, acurrucada bajo las sábanas, no consiguió deshacerse de una sensación irracional de miedo intenso.

El día despertó más caluroso y soleado que el anterior.

Alicia se había acostado demasiado abrigada y, al abrir los ojos, sintió que le ardían las piernas.

Se deshizo de la ropa de cama a patadas y quedó tumbada mirando al techo.

La zozobra de la noche había desaparecido y se sintió un poco tonta al haberse dejado inquietar de aquella forma por una simple pesadilla vívida.

Desayunó sola y pasó la mañana enfrascada de nuevo en los informes del archivo del sótano.

No encontró nada que suscitara alarma, ni siquiera un leve indicio que pudiera relacionar aquellas letras mecanografiadas con la desaparición de Agustín.

Comenzaba a impacientarse, un rasgo muy acentuado en ella, pero se obligó a respirar hondo, como en muchas otras ocasiones.

El sonido de su móvil la sobresaltó. No reconoció el número.

—Dígame.

—Hola Alicia, ¿qué tal?

En un primer momento no identificó a la dueña de la voz al otro lado del teléfono, pero, después de unos breves segundos, sonrió de oreja a oreja. No podía creer que la llamara tan pronto.

—Hola, Paula, ¿cómo lo llevas?

—Hasta arriba de trabajo.

—Ya me imagino.

Las dos guardaron un silencio algo incómodo. Paula se apresuró a rellenar el hueco.

—Oye, lo prometido es deuda. Te llamo para ver si puedes quedar esta tarde a tomar algo.

—Sí, claro. Dime sitio y hora.

—¿Te parece que quedemos en la cervecería que hay enfrente de la salida del metro de Tribunal, a las ocho y media?

—Perfecto, está cerca de mi piso —dijo omitiendo que se encontraba en casa de sus padres.

—Hasta esta tarde, entonces.

Alicia colgó algo confundida. Paula había sido muy directa y, aunque no era el tipo de persona que se anduviera por las ramas, su tono le sonó algo raro.

Pero la ocasión y el objetivo merecían la pena. Tenía curiosidad por saber más sobre ella, pero sobre todo por terminar de certificar algo que comenzaba a resultarle evidente: la admiración que siempre había sentido por esa chica había mutado en algo muy diferente.

Ya eran las nueve cuando cruzó la puerta de la cervecería. Oteó el espacio entre la multitud y la vio al fondo, sentada frente a un gran barril que hacía las veces de mesa. Al comprobar que no estaba sola tuvo que batallar entre la alegría y la decepción.

Nada más verla, Carmen se levantó y caminó a su encuentro. Perpleja, Alicia ni siquiera alzó los brazos para corresponder al potente abrazo de su amiga.

—Pero, ¿tú no estabas en Italia?

Sin contestar, Carmen la condujo de una mano hacia la mesa, donde Paula las esperaba sonriente.

—Vaya horas —bromeó Paula—. Pensábamos que ya no vendrías.

—El tráfico —dijo ella a modo de disculpa mientras llamaba la atención del camarero con la mano.

Al sentarse delante de las hermanas, Alicia sintió una punzada de tristeza.

Durante su primer año de universidad, mientras Carmen repetía el último curso de instituto, habían continuado en contacto, pero las ocupaciones de los dos años posteriores impidieron que se vieran con tanta asiduidad como antes.

A comienzos de ese curso Carmen se marchó de Erasmus a Roma para continuar con su carrera de Bellas Artes y, desde entonces, sus encuentros se limitaban a charlas por videollamada que cada vez iban espaciándose más en el tiempo.

—¿Te has tomado un descanso de los italianos?

—Volví hace unos días, me encantó saber que Paula y tú os habíais encontrado por casualidad.

—¿Por qué no me dijiste que venías?

—Bueno, es que el ambiente en casa de mis padres está un poco tenso, si no llega a ser por esta —señaló a su hermana con el pulgar—, no habría podido venir.

El rostro de Paula se ensombreció.

—Bastante suave está para lo que has hecho.

Alicia tuvo miedo de preguntar, no quería contribuir a que la situación se volviera incómoda, pero Carmen no era una persona a la que le gustara recrearse demasiado en el misterio.

—Mis padres me tienen presa, y todo porque me fui de viaje a Ámsterdam con unos amigos y no les avisé. No es para tanto.

—¿Qué no es para tanto? —A Paula parecía que se le iban a salir los ojos de las órbitas— ¡No supimos dónde estabas durante más de tres días y te gastaste el dinero que te ingresaron para seis meses!

—Ya os he dicho que me lo robaron.

Paula se abstuvo de responder. Resopló con rabia contenida y se levantó de la mesa para dirigirse al servicio. En cuanto despareció de su vista, su hermana pequeña bajó la voz entre el barullo del local.

—Te juro que ni siquiera fui consciente del tiempo que pasó.

—¿Y en serio te robaron?

Ella se encogió de hombros.

—Es lo más probable, estuve en un festival y en un par de raves donde comí bastantes setas, me fumé alguna que otra cosilla y creo que también cayeron algunas pastis … No sé.

Carmen emitió una risa traviesa, pero Alicia no la imitó.

—Eso no mola, tía.

—Si, ya —reconoció borrando la sonrisa de su cara—, y lo peor es que me han retirado la beca por no aparecer por clase ni hacer los exámenes.

Alicia puso los ojos en blanco, pero no tuvo tiempo de decir nada más. Paula apareció de nuevo acompañada de alguien que tampoco esperaba ver allí.

Marcos había cambiado mucho, estaba más alto y fuerte. Si no fuera por su expresión de permanente chiste puede que Alicia no le hubiera reconocido, y así se lo hizo ver.

—Tú sí que has cambiado —apreció Marcos con los ojos sobre los suyos—. Ya no eres aquella chica con cara de listilla.

—Vaya, no sé si ofenderme o darte las gracias.

Alicia se sentó de nuevo y Marcos la imitó. Paula llamó al camarero y pidió otra ronda de cervezas.

—Perdona, no me malinterpretes. Has cambiado para mejor, ya me había avisado Paula de que estás muy guapa.

La aludida levantó una ceja y Alicia, algo incómoda, le dio un nuevo sorbo a su caña.

—¡Brindemos! —dijo Marcos levantando la copa que acababan de traerle.

Los cuatro chocaron sus vasos y apuraron casi de un trago su contenido. A partir de ese momento, todo fueron bromas, recuerdos, ambiente relajado y cerveza, mucha cerveza.