El tentador calor de las llamas Capítulo 6
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Capítulo 6

Antes de ir a casa de sus padres y ponerse manos a la obra, fue directa a su piso con la intención de coger algo de ropa.

Consideró que, dado el poco tiempo del que disponía para revisar toda la documentación, lo más inteligente sería quedarse a dormir allí hasta el lunes.

Conducir treinta y cinco kilómetros de ida y otros tantos de vuelta cada día, habría resultado una pérdida de tiempo.

Aunque abril estaba tocando a su fin, al apearse del coche en la entrada del chalé sintió frío.

El clima estaba como loco ese año. Miró al cielo, unos nubarrones negros provenientes del monte avanzaban con rapidez cubriendo el sol.

Aún quedaban rastros de incendio de hacía dos años, una desgracia que dejó los alrededores como un paisaje lunar que aún no había sabido recuperarse del todo.

Se abrochó la fina cazadora vaquera que se había puesto sobre la camisa y tocó el timbre. Fue su madre la que la recibió en la puerta.

—Es increíble que vengas a verme dos días seguidos —dijo como saludo.

—No seas mala, mamá, no tengo la culpa de que viváis tan lejos del centro.

Lucía desvió la vista hacia la bolsa que Alicia traía consigo.

—¿Y eso?

Ella no contestó de inmediato. Había llegado el momento de mentir, y eso la incomodaba.

—No tengo clase hasta el lunes, he pensado quedarme a estudiar aquí unos días.

Lucía dibujó una amplia sonrisa en su rostro de porcelana y, conmovida, abrazó a su hija.

Alicia se sintió fatal. Tras una breve charla con su madre, subió a su antigua habitación para dejar las pocas pertenencias que había llevado consigo.

Dejó la bolsa en el suelo y se sentó en la silla frente a su viejo escritorio.

La mesa de madera de pino le pareció más pequeña que lo que recordaba y aún estaba repleta de cosas.

Esa fue su débil excusa.

Lucía la miró como si estuviera loca cuando le dijo que quería instalarse en el sótano.

En la casa había multitud de espacios donde podía estudiar sin ser molestada y con todas las comodidades, no entendía por qué quería bajar a una estancia oscura y con humedad.

Queriendo evitar una discusión, Lucía consintió de mala gana porque Alicia sacó a pasear su terquedad, aunque al acabar la conversación se marchó farfullando lo poco que comprendía aquella actitud inflexible, sin duda heredada de su padre.

En cuanto Alicia encendió el interruptor de la luz compartió las reticencias de su madre.

Una solitaria bombilla iluminaba la parte izquierda de la estancia, dejando la derecha casi en penumbra, que era justo dónde se hallaba el armario con los archivos de Timoteo.

Con alivio, al menos constató que la habitación subterránea estaba más ordenada que el caos que ella recordaba.

Sin duda, su madre habría tenido mucho que ver con aquel cambio, pues había varios armarios de conglomerado de madera chapada en blanco que no recordaba haber visto antes.

Lo primero que hizo fue comenzar a montar su lugar de trabajo.

Despejó algunos bártulos situados cerca del archivador y dejó el suficiente espacio para instalarse.

Buscó entre los miles de cosas allí olvidadas y descubrió un tablero y un par de borriquetes llenos de polvo, con los que improvisó una mesa no muy estable, pero de tamaño aceptable.

En el otro extremo, pegadas a la pared, había una docena de sillas de jardín plegadas.

No parecían muy cómodas, pero con un cojín sería soportable.

Alicia subió al piso superior para hacerse con el flexo de la mesa de su dormitorio y una lámpara de pie del despacho de su padre. Cuando lo tuvo todo dispuesto observó el resultado. Aquel lugar continuaba siendo un agujero oscuro lleno de arañas patilargas, pero tendría que servir.

Por fin se puso a trabajar. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón, cogió la llave y la introdujo en la cerradura del armario.

Estaba oxidado por la falta de uso y le costó bastante girarla, con miedo de quedarse con un trozo en la mano, consiguió abrir la puerta chirriante.

Se encontró con una docena y media de archivadores de cartón blanco, ordenados por fecha.

Emitió un hondo suspiro y cargó con el primero.

Cinco horas después no había encontrado nada significativo y tenía un tremendo dolor de cabeza.

Declinó un rato antes la invitación de Lucía para que subiera a comer con ella y se limitó a engullir un sándwich de pavo y lechuga que le preparó María.

Lo que revisó hasta ese momento eran casos menores, los inicios de Agustín en la abogacía que se reducían a defensas de ladrones de coches organizados y algún que otro fraude sin mucha relevancia.

Pero tan solo había revisado dos archivadores, aún le quedaban dieciséis.

Abrió la tapa de su portátil y consultó el correo electrónico. Algo de spam , nada reseñable.

Se masajeó las sienes y buscó en el bolso algún analgésico.

Encontró una pastilla de un gramo de paracetamol y se la tragó con un sorbo de la botella de agua que tenía encima de la mesa, ya caliente.

Apuró el contenido y subió al piso de arriba para rellenarla.

Se cruzó con su madre nada más traspasar el umbral de la puerta del sótano.

—¿Cómo vas?

—Bien

—Tienes los ojos rojos.

—Estoy leyendo mucho.

—A oscuras.

—Mamá, no empieces.

Lucía alzó las manos zanjando la discusión y continuó su camino en dirección a la puerta del jardín.

Iba pertrechada con unos guantes de jardinería amarillos, un delantal rosa y un sombrero de paja de ala súper ancha.

Ya eran las cuatro de la tarde, pero las nubes se habían disipado.

La luz entraba a raudales por las ventanas, una luminosidad que Alicia hubiera querido llevarse a la mazmorra en la que estaba trabajando.

Ya eran las nueve y media de la noche cuando escuchó a Timoteo regresar a casa. Había revisado varias carpetas sin encontrar nada que mereciera la pena analizar a fondo. Frustrada, subió al piso superior para cenar con sus progenitores.

Su padre estaba demacrado y, por la expresión de su rostro en cuanto la tuvo delante, supo que ella no ofrecía mejor aspecto.

—Veo que has trabajado duro.

—Sí, tengo mucho que estudiar.

Él esbozó una sonrisa torcida y se quitó la chaqueta para dejarla encima de una butaca del recibidor. Lucía apareció proveniente de la cocina.

—La cena va a estar lista en cinco minutos.

Le dio un abrazo a su marido, seguido de un beso en la mejilla. Timoteo se lo devolvió distraído y se frotó la perilla con una mano.

—Voy a darme una ducha.

—Es una buena idea, cielo. Te esperaremos el tiempo que necesites —Lucía se mordió el labio inferior y bajó algo el tono de voz—. ¿Alguna novedad?

Timoteo se limitó a negar con la cabeza. Acto seguido, subió las escaleras con pesadez.