Capítulo 5
Paula no ocultó su sorpresa.
—Sabía que esta era la empresa de tu padre, pero no esperaba que estuvieras aquí.
El rostro de Alicia era pura estupefacción, tenía delante a la hermana de su amiga Carmen.
La belleza de la joven era aún más radiante de lo que recordaba.
El pelo negro recogido en una cola de caballo y la sobria indumentaria le otorgaban una presencia imponente que la hizo sentir diminuta, a pesar de ser de la misma estatura..
—No has cambiado nada —mintió la universitaria sin acertar a camuflar el nerviosismo que le provocaba esa mujer.
—Menos mal, solo hace dos años que no nos vemos —dijo la policía desabrochándose la americana azul marino.
El hombre que acompañaba a Paula se acercó en silencio para colocarse a su lado.
Ella le miró de reojo y tensó los músculos del cuello, cambiando la expresión cercana por un rictus serio.
De unos cuarenta años, aquel tipo alto, de tez y cabello morenos, imponía respeto al instante. Una voz profunda acompañaba su aspecto.
—Señor Mendoza —dijo mirando a Timoteo—. Soy el inspector jefe Armando García, de la Policía Judicial, ella es la inspectora Paula Relaño. Vamos a ocuparnos del caso de su socio.
El padre de Alicia estrechó las manos que ambos policías le ofrecieron, por orden de presentación y, sin demasiada ceremonia, les invitó a entrar en su despacho.
Alicia hizo ademán de apartarse a un lado para dejar un lugar preferente a los policías, pero de nuevo, su progenitor se interpuso en su camino.
—Hija, si nos disculpas.
Ella abrió la boca para replicar, pero por el gesto grave en el rostro de su padre supo que no serviría de nada. Abandonó el despacho tragándose la decepción.
Esperó en la sala de visitas más de una hora y se dedicó a repasar las notas que tomó durante la conversación que mantuvo con Timoteo.
Aquella historia era, cuanto menos, peculiar, y sería una línea de investigación más que probable si su padre hubiera tenido intención de compartirla con la policía, lo cual no parecía que fuese a suceder.
Pero Alicia percibió el cosquilleo, esa sensación ya familiar que la asaltaba cuándo abordaba un asunto desde una perspectiva errónea.
No sabía por qué, pero esa intuición siempre le funcionó, aunque debía reconocer que, aparte de los fraudes a mutuas que el bufete le encargaba documentar, la investigación más seria de la que se había ocupado en el periódico de la facultad fue la relación secreta de uno de los docentes con una alumna.
Sumida como estaba en sus cavilaciones, no percibió que Angelines se había levantado de la silla y, antes de darse cuenta, ya estaba acompañando a los policías a la entrada de las oficinas. Se levantó de un salto y llegó justo antes de que Paula pulsara el botón del ascensor.
—Pensaba que te habías marchado.
—Aún tengo que hablar de unos asuntos con mi padre.
—Bueno, pues… Me alegro de haberte visto —Paula hizo el amago de ir a darle un abrazo, pero Alicia se apartó.
—Al menos me invitarás a un café para hablar de estos años.
Ella pareció algo incómoda y miró de reojo a su superior, que no altero lo más mínimo su expresión hermética.
—Ahora es imposible —se disculpó—, tenemos que volver a comisaría. Dame tu teléfono y te llamaré cuando tenga un rato libre.
Alicia torció el gesto, pero aceptó con un movimiento de cabeza y le apuntó su teléfono en un papel.
—Te llamaré en cuanto me sea posible —reiteró Paula aceptando la hoja que Alicia le tendía.
Dicho esto, giró sobre sus talones y se quedó plantada en medio del ascensor.
Alicia dejó de verla cuando las puertas se cerraron y maldijo entre dientes.
Lo más probable era que la inspectora no se molestara en llamarla y eso significaba que no lograría averiguar nada de lo que estaba sucediendo si su padre no se lo contaba. Algo que sabía no iba a suceder.
Renegó en voz baja y sacó el móvil del bolsillo para saber qué hora era, pero le distrajeron las notificaciones de cinco llamadas perdidas, todas de su madre. Aún en el descansillo de los ascensores decidió telefonearla.
—Hola, mamá.
—¡Por fin, hija! ¿Por qué no me coges el teléfono?
—Lo tenía en silencio.
—¿Qué ha pasado? No he conseguido que me pasen con tu padre y Angelines no me dice nada.
—No creo que la pobre sepa lo que está pasando y, la verdad, yo tampoco. He hablado un poco con papá, pero en cuanto vino la policía me echó del despacho. Acaban de irse.
Lucía guardó silencio y esperó a que su hija añadiera algo que pudiera tranquilizarla.
—No te preocupes, mamá, todo está en manos de las autoridades, no podemos hacer nada más. Te prometo qué si me entero de algo serás la primera en saberlo.
Tras despedirse, Alicia cruzó de vuelta la puerta de las oficinas y le hizo un gesto a Angelines con la cabeza. Ésta la comprendió de inmediato.
—Está solo, pero no parece de muy buen humor.
Alicia se quedó parada un momento. La conversación con la policía habría agravado el estado de ansiedad de su padre. En cuanto entró en su despacho, tras golpear la puerta con los nudillos, obtuvo confirmación a sus sospechas.
—Lo saben —escupió nada más posar los ojos sobre su hija—. Los casos de Agustín, lo de Poleskin… Todo. Esperaba que después de tantos años esos expedientes se hubieran perdido. Rezo para que no se filtre nada a nuestros clientes.
—No creo que sean tan indiscretos, además, dudo mucho que eso pudiera beneficiarles, todo lo contrario.
—Dios te oiga. Si sale algo de esto a la opinión pública, aunque solo sea de refilón, perderemos la credibilidad que tantos años me ha costado conseguir.
Alicia se acercó a su padre, que tenía los codos sobre la mesa mientras descansaba la cabeza entre sus manos.
—Papá, vamos a solucionar esto.
Él levantó el rostro y la miró con ojos vidriosos.
—Sigues empeñada en meter las narices, ¿verdad?
Ella no contestó.
—¿No entiendes que no quiero tener que preocuparme también por ti?
Alicia se apartó de su padre y le observó con ternura.
—Papá, no voy a hacer nada raro ni peligroso, ni adrede sabría dónde meterme para encontrar problemas.
Timoteo no reaccionó de inmediato. Pasados unos segundos, suspiró hondo, abrió un cajón de su escritorio y sacó una llave de seguridad. Se la tendió a su hija.
—Esta es la llave de mi archivo personal. Está en el sótano de casa. Es un sencillo armario metálico, aunque lo preparé a prueba de curiosos.
—Pensé que allí guardabas herramientas.
Él encogió el brazo, retirando del alcance de Alicia la pequeña llave.
—No eres tan buena investigadora, después de todo.
Ella ignoró el comentario, alargó la mano y le arrebató la llave sin encontrar resistencia.
—No quiero que ningún documento, nota o papel, por muy insignificante que te parezca, salga de ese sótano. Invéntate lo que quieras, cuéntale cualquier milonga a tu madre, pero tendrás que revisar todo abajo.
Alicia asintió, no muy conforme. Trabajar allí sería insufrible.
—Ahora tengo mucho que hacer. Hoy es miércoles, te doy cinco días para encontrar algo. Si el lunes no se ha solucionado ya todo esto, cosa que, por desgracia, dudo mucho, veremos lo que hayas analizado.
Alicia asintió y, a modo de despedida, le dio un beso en la mejilla.
En cuanto ella cerró la puerta, Timoteo adoptó una expresión sombría.