Capítulo 4
Debía darse prisa, no quedaba mucho tiempo, pero toda precaución era poca.
Miró su ropa manchada de sangre ya coagulada y sintió aprensión.
A pesar de su determinación el olor le repugnaba, pero no había tenido ocasión de asearse.
Intentó liberarse de aquella sensación de suciedad, su aspecto no era prioritario, ya se lavaría más tarde.
Lo importante era su misión, nada ni nadie valía más que eso.
Se sujetó la cabeza con ambas manos, de nuevo comenzaba a doler.
Y esa voz, profunda y estridente al mismo tiempo, no dejaba que descansara, apremiaba sus actos con cada vez más urgencia, guiaba sus extremidades, su corazón, su alma.
Se obligó a levantarse de la silla desvencijada situada frente a una mesa con la pintura descascarillada por el paso del tiempo.
No recordaba de dónde había sacado aquellos muebles, es posible que ya estuvieran allí antes de llegar, no le importaba demasiado.
Hasta que no se puso de pie no se percató de que necesitaba ir al servicio, pero esa pocilga no tenía baño.
No habría elegido aquel lugar de no ser por su apartada ubicación.
Al menos, una primitiva acometida le proporcionaba agua corriente, la necesitaba.
Salió al patio trasero, no tenía techo, pero estaba protegido de miradas indiscretas por un muro de hormigón.
El suelo había sido invadido por mala hierba y matorrales secos.
Alivió sus necesidades fisiológicas allí mismo.
Cuando terminó miró al cielo rojizo, no era capaz de saber si estaba amaneciendo o si ya había comenzado a atardecer, había perdido la noción del tiempo.
Cuanto más lo observaba, más intenso se volvía el arrebol.
Las nubes parecían absorber el rojo de la atmósfera como el algodón sobre una herida abierta.
Sacudió la cabeza y entró de nuevo. Hacía frío y aunque sabía que en el piso de abajo la temperatura sería aún menor, no se puso nada de abrigo, quería tener la mente despejada, los brazos y manos libres de obstáculos.
Sintió un escalofrío al bajar la escalera metálica que conducía al sótano, pero lo controló.
Encendió las luces y observó la obra que tenía delante.
En el medio de la pequeña sala, iluminada por varios focos industriales, había una mesa metálica rectangular de patas extensibles.
Sobre ella, un bulto cubierto con una sábana blanca.
Se remangó los puños del suéter y se acercó a la mesilla auxiliar, que había colocado cerca de la más grande.
No era la primera vez que hacía aquello, pero debía tener un control absoluto sobre el proceso, no regresaría de nuevo hasta pasados más de treinta días, y no deseaba encontrar ninguna sorpresa desagradable a su vuelta.
Repasó el material. Todo en orden. Miró su reloj de pulsera, había llegado la hora fijada. Observó a su objetivo que, dentro de poco, vagaría allá donde debería haber ido hacía mucho, mucho tiempo.
Se colocó unos guantes de vinilo negros y retiró la tela, concediéndose un instante para observar el rostro del hombre que tenía frente a sí. Inconsciente, flácido, indefenso.
Alargó la mano hacia la mesilla auxiliar y cogió un escalpelo.
La superficie brillante resultaba hipnótica y la acercó a su propia muñeca.
Su pulso comenzó a temblar con violencia cuando la afilada hoja del instrumento quirúrgico rozó su carne.
Retiró el escalpelo con rapidez, la voz escupió una reprimenda por su debilidad.
Comenzó a cortar la piel ajena, que no ofreció resistencia. Un tímido hilo de sangre espesa resbaló hacia la base de la mesa. Continuó cortando, una línea delgada, no demasiado grande. Un escalofrío de satisfacción recorrió todo su cuerpo.
De pronto, los ojos del hombre que yacía en la mesa se abrieron de par en par.
Hizo ademán de gritar, pero la cinta adhesiva que tapaba su boca amortiguó su ronco intento.
Tiró de las correas que sujetaban sus extremidades, pero tampoco logró deshacerse de ellas.
Relajó algo los músculos y suplicó con la mirada, en silencio, a la persona que se inclinaba sobre él.
Como respuesta, solo obtuvo una sonrisa inhumana.