El tentador calor de las llamas Capítulo 3 #3
16%

Capítulo 3 #3

Su padre enarcó las cejas y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.

—¿Qué crees que es esto? Han secuestrado a Agustín, es un tema muy serio. ¿Acaso quieres jugar a detectives?

—Sé que no es un juego, papá. Solo quiero ayudar.

—La policía se encarga del tema.

—¿Y le vas a contar a ellos todos los asuntos en los que estaba metido Agustín?

—¿De qué estás hablando?

—¡Vamos, papá! ¡Ya no soy una niña! Sé a qué clase de clientes representó Agustín durante años, aunque tú te hayas empeñado en ocultarlo.

—No pensarás que yo…

—No lo pienso —interrumpió Alicia—. Sé que hace mucho saneaste las cuentas y decidiste que ya no os ocuparíais de atender a cierto tipo de gente.

—¿Y cómo sabes tú todo eso?

—Porque la investigación es lo mío —repitió Alicia.

Timoteo guardó silencio un momento. Su hija supo que estaba en la cuerda floja y, por la expresión que exhibió, creyó que lo más probable era que la echara de allí sin miramientos. Contuvo la respiración hasta que él tomó la palabra.

—Ven conmigo —dijo con contundencia mientras daba media vuelta.

Alicia obedeció a su padre y le siguió por el corredor.

Ambos entraron en el amplio despacho de Timoteo y éste cerró la puerta.

Se sentó en su cómoda butaca de cuero, tras la mesa de caoba llena de papeles, expedientes y libros de leyes, e invitó a su hija a que le imitara en una de las sillas de confidente, al otro lado del enorme escritorio.

Habló en tono serio y rotundo. Por un momento, pareció desterrar el abatimiento que le embargaba.

—Lo primero que quiero dejar claro es que no dudo de tu capacidad. Estoy muy orgulloso de ti, hija, pero obviando el hecho de que solo tienes veinte años, este asunto me da muy mala espina y no creo que sea apropiado que te involucres en ello.

—Eso lo entiendo, papá, pero dudo que te apetezca que la policía meta las narices en según qué asuntos.

—Tengo empleados que se encargan de los temas delicados.

—¿De tanta confianza como yo? ¿Tendrías la seguridad de que esa persona no divulgará los trapos sucios de Agustín en su propio beneficio?

—Trabajo con gente muy discreta y profesional, acostumbrados a situaciones que pueden resultar peligrosas.

—No tengo intención de salir a la calle a investigar y hacer preguntas en sitios de mala muerte, solo me ofrezco a analizar todo aquello que creas que pueda arrojar algo de luz, ya has visto que soy buena en lo que hago.

—Si tú has sido capaz de averiguar esas cosas, la policía lo hará en cinco minutos.

—Es posible, pero si nos adelantamos, puede que tengas algo de tiempo de reacción antes de que se hagan públicos ciertos temas.

Alicia esperó una nueva objeción de su padre, pero éste guardó silencio. En ese instante ella decidió comenzar a apostar duro e ir directa a su objetivo.

—¿Sospechas de algún cliente?

El abogado trató de sonreír, aunque su tristeza interior provocó que dibujara una mueca extraña en el rostro.

—No te rindes nunca, ¿verdad?

Alicia negó con la cabeza.

—Alguien me ha educado en el tesón y la perseverancia.

Timoteo observó a su hija con una mezcla de amor, orgullo e inquietud.

Alicia, por su parte, tuvo la sensación de que era la primera vez que la descubría como algo más que su niña pequeña.

Se levantó de la butaca y paseó por el espacio comprendido entre su mesa y la imponente estantería que había justo detrás, adosada a la pared.

Alicia le siguió con la mirada en silencio, respetando las cavilaciones de su progenitor.

Al fin, él se paró en seco y la miró de lado mientras se aflojaba la corbata.

—Durante los primeros años de vida de la firma, Agustín trabajó para todo tipo de clientes, entre los que, por desgracia, se encontraban individuos no muy recomendables.

—Habría que mirar esos casos, sobre todo si el resultado no fue muy satisfactorio para el interesado.

—Esos expedientes son muy antiguos — dijo él negando con la cabeza—. En la mayoría los delitos han prescrito o sus autores están muertos.

—¿Algún familiar resentido?

—Lo dudo —contestó Timoteo en tono categórico—. Al asumir la dirección me ocupé de cerrar esos temas. Fue la única forma de terminar con esa línea de negocio.

—¿Te encargaste tú mismo?

—No tuve otra opción. Solucioné ciertos asuntos, compensé a algunas familias conflictivas y cerré con éxito causas abiertas. No estoy orgulloso de ello, pero era lo único que podía hacer.

—¿Y no hay nada coleando desde entonces?

Timoteo no contestó enseguida. De nuevo inició el paseo inconsciente, regresó a sus párpados el peso de la situación y, al comenzar a hablar, fue incapaz de mirar a su hija a los ojos.

—Hay un caso que no pude arreglar.

Alicia tragó saliva. No quiso decir nada por miedo a que su padre se echara atrás y volviera una vez más a su postura sobreprotectora. El silencio se hizo tan denso y duro que, por un momento, tuvo el convencimiento de que habían alcanzado el límite y que Timoteo se cerraría en banda.

—Hace más de treinta años Agustín se ocupó de la defensa de un traficante de armas, un indeseable sin escrúpulos que decía ser ucraniano, aunque nunca he estado seguro de que así fuera.

Poleskin, que así se hacía llamar, tenía su base en España y vivía en la Costa del Sol rodeado de lujos y excesos.

Distribuía sus productos por Europa y los países con conflictos abiertos en África.

La policía le tenía vigilado y tras una ardua operación, al final pudieron reunir las pruebas necesarias para detenerlo.

Pero durante el juicio se produjeron algunas irregularidades.

A pesar de las aplastantes pruebas en su contra, el juez estableció que las evidencias solo eran circunstanciales y no demostraban todo lo que las autoridades querían imputarle, por lo que sentenció la puesta en libertad del traficante.

Alicia emitió un silbido.

—¿Agustín sobornó a un juez?

—Vamos a dejarlo en que consiguió que el juicio se quedara en un carísimo tirón de orejas.

Pero la policía no estaba dispuesta a que se marchara de rositas.

Colaborando con la Interpol, retuvieron a Poleskin el tiempo suficiente para lograr que fuera deportado a Alemania y ser juzgado allí por otros delitos pendientes.

Agustín hizo todo lo posible por evitar el traslado de su cliente, aunque no lo consiguió.

En tiempo récord, Poleskin fue juzgado en Berlín y condenado a más de veinte años.

—¿Y crees que aún sigue con ganas de venganza?

—Aquel hombre murió en la cárcel tras un lustro de condena. En cuanto Poleskin falleció, su hijo se hizo cargo de la organización y ahora es muy poderoso. No sé, puede que culpe a Agustín por la muerte de su padre.

—¿Y por qué ha esperado tantos años?

—Eso mismo he pensado yo, por eso no se lo he contado a la policía, lo más probable es que no tenga nada que ver con esto.

—Pero es lo único que se te ocurre.

—Eso o un secuestro por dinero, que es lo que intuyo que maneja la policía. Pero si fuera así ya habrían llamado pidiendo un rescate.

Alicia no había parado de tomar notas mientras su padre hablaba. Él se acercó a ella, le arrebató la libreta y la ojeó durante un momento antes de dejarla sobre la mesa.

—¿Entiendes ahora por qué no me apetece que te inmiscuyas en este asunto?

—Te voy a ayudar, quieras o no —contestó Alicia cogiendo la libreta y metiéndosela en el bolso—. Pero tranquilo, no tengo contactos que lleguen hasta los traficantes de armas ucranianos. Me limitaré a leer los expedientes que tú me proporciones e investigar en internet.

Timoteo iba a protestar, pero fue interrumpido por el sonido del teléfono. Chasqueó la lengua con fastidio antes de coger el auricular.

—Tenemos que dejar nuestra conversación para otro momento —dijo colgando el aparato.

Alicia se levantó de su asiento sin decir nada, su padre la acompañó hasta la puerta. Antes de abrir, Timoteo cogió a su hija por un brazo con suavidad.

—Si tú me prometes que no harás nada antes de que volvamos a hablar del tema, yo te permitiré ayudarme con esto.

Alicia detestaba prometer algo que no quería cumplir, pero, por una vez, quiso ser la chica obediente que su padre tanto habría deseado que fuera.

—Te lo prometo.

Él asintió satisfecho y, por fin, abrió la puerta del despacho. Al girarse, Alicia se topó con la última persona que habría esperado ver allí.