El tentador calor de las llamas Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—¡Hija, qué alegría! Empezaba a pensar que al final no vendrías —dijo dándole un fuerte abrazo y varios besos en la mejilla.

—Siento llegar tarde, mamá, había un atasco horrible —mintió.

—No pasa nada, cielo, tu padre ha llegado hace cinco minutos.

—Pero a mí sí me has regañado —dijo él acercándose desde el salón.

—¡Calla, Timo! La niña tiene cara de agotamiento y seguro que es por tu culpa, por esas cosas que la encargas.

El padre de Alicia frunció el ceño, pero no contestó. Le había prometido a su esposa no hablar de trabajo, ni de nada que pudiera molestar a su hija.

—Como desee mi reina.

—Así me gusta —dijo Lucía.

Después de una charla animada, disfrutando de unos aperitivos a base de encurtidos y canapés, la cena transcurrió con tranquilidad. Lucía preparó una crema de calabaza y pato con salsa de chocolate, platos que Alicia adoraba.

—Lo he hecho para ti, hija —dijo con cara de satisfacción.

—Gracias, mamá, no tengo muchas ocasiones de comer tan bien.

—La verdad es que no sé por qué te empeñas en cocinar —protestó el padre de Alicia—. Podrías encargárselo a María, para eso la pagamos.

—María ya tiene bastante con limpiar esta casa enorme. Además, cocinar me relaja, mucho más si lo hago para mi niña —miró a Alicia con ojos lastimeros—. Estás muy delgada, deberías venir más a casa a comer.

—Siempre he sido así, mamá.

—Pero ahora hay que mirarte dos veces para encontrarte, además…

La voz de Lucía se vio silenciada por el sonido del teléfono de su esposo.

—Cariño, sabes que no me gusta que traigas el móvil a la mesa.

—Me olvidé, perdona —dijo echándole un vistazo a la pantalla—. Es del despacho. Si me llaman a estas horas debe ser importante. Disculpadme un momento.

Madre e hija observaron cómo el progenitor de la familia abandonaba el comedor. La cara de Lucía no podía ser más sombría.

—No le dejan tranquilo. Desde que Agustín se jubiló todo ha caído sobre sus hombros. Ya le conoces, no sabe delegar.

Ambas mujeres estuvieron charlando un buen rato. La mayor parte de la conversación se centró en los estudios de periodismo de Alicia y sus compañeros de piso, sumados a los típicos interrogatorios maternos sobre su vida sentimental, que no era muy interesante por aquel entonces.

Timoteo regresó al comedor al cabo de diez minutos, portaba una expresión muy extraña en el rostro. Su hija y su esposa mantuvieron un respetuoso silencio. Él se paró delante de la mesa con los brazos a los lados como dos pescados muertos. Tras lograr sobreponerse, habló con voz ronca.

—Han secuestrado a Agustín.

Lucía y Alicia se levantaron como impulsadas por un resorte, al mismo tiempo en que él se desplomaba en la silla más cercana.

—¿Cómo? —preguntaron casi al unísono.

Timoteo no contestó de inmediato. Aún agarraba el móvil con fuerza. Al notar la presión miró el aparato de forma distraída, lo dejó sobre la mesa y se pasó las manos por la perilla y la cabeza, despeinándose el engominado pelo entrecano.

—No se sabe mucho. Una vecina vio a un encapuchado golpeándolo en el aparcamiento de su casa. Después de dejarle inconsciente, lo metió en un coche y se lo llevó.

—¡Qué fuerte! —musitó Alicia, esperando a que su padre aclarara algo más.

—¡Dios mío! —exclamó de pronto Lucía— ¡Tengo que llamar a Mercedes! ¡Estará preocupadísima!

La madre de Alicia hizo ademán de coger el móvil de su marido, pero éste colocó la mano sobre el aparato.

—Mercedes se ha ido a Estambul con unas amigas, no volverá hasta la semana que viene.

—¡Pero alguien tendrá que avisarla!

Timoteo miró a su mujer con expresión dura y cansada.

—La policía encontrará el mejor momento y forma de hacerlo.

Alicia se mordió el labio inferior. Deseaba decirle algo que le reconfortara, pero no se le ocurría nada apropiado. Al posar la mano en su hombro notó que temblaba. María entró en el salón rompiendo el opresor silencio que se apoderó de la estancia y anunció que la policía esperaba en la entrada.

Timoteo se levantó de la silla con torpeza y fue al encuentro de los visitantes arrastrando los pies hasta el recibidor. Alicia quiso ir con él, pero su madre la detuvo cogiéndola de la mano.

—Hija, deja que hable con ellos a solas.

Alicia estuvo a punto de protestar, pero se contuvo.

—Tu padre nos necesita hoy, aunque no nos haga mucho caso, nuestra presencia le reconfortará. Quédate esta noche en tu antigua habitación, por favor.

La joven asintió distraída, más pendiente de ver hacia dónde se dirigía su padre con la policía que de las palabras de su madre.

Alicia subió a su habitación para hacer tiempo hasta que la policía se marchara e intentar que su padre le contara algo más en cuanto se hubiera tranquilizado.

Su cuarto estaba igual que cuando lo dejó, hacía ya dos años.

Los pósteres de su adolescencia aún colgaban en las paredes y, en el escritorio, descansaban los libros que ella dejó, casi todos relacionados con la egiptología, un tema que siempre la había fascinado.

Paseó la mirada por el resto de la habitación, acarició la suave superficie del mullido edredón de plumas de la cama y se sentó sobre el colchón.

Era más blando de lo que recordaba. Desde donde estaba pudo asomarse por la ventana que quedaba justo al lado del cabecero.

Vio el coche patrulla aparcado aún en la entrada, parecía que la cosa iba a alargarse.

Se recostó sobre la cama y cerró los ojos para disipar un poco la sensación de aturdimiento, una bruma que no la había abandonado desde que despertó en su piso por la tarde.

Al abrir los ojos de nuevo ya amanecía. Apretó los dientes enfadada, ya era la segunda vez que el sueño la atrapaba sin quererlo. Maldiciendo su descuido, salió de la habitación y bajó las escaleras con prisa y a trompicones. Estuvo a punto de derribar a su madre al chocar con ella en el rellano.

—¡Por dios, hija! ¿Por qué corres?

—¿Papá ya se ha marchado?

—Se fue hace una hora. No ha descansado nada, el pobre.

—¿Se ha ido al despacho?

—Supongo que sí. Me desperté al oír el coche y no me dio tiempo a preguntarle.

—¿Se sabe algo más de Agustín?

Lucía se encogió de hombros y suspiró.

—No quise interrogarle después de que la policía lo hiciera.

—Me voy —sentenció Alicia buscando su bolso. No recordaba dónde lo había dejado.

—Pero, ¿tú te has visto?

Alicia se miró en el espejo del recibidor. Tenía el pelo tan enmarañado que parecía un montón de paja seca, sus ojos estaban rojos e hinchados y la ropa del día anterior se había arrugado por haber dormido con ella puesta.

—Anda, ve a darte una ducha. María ya ha preparado el desayuno. Mientras te aseas voy a buscar algo que te sirva entre lo que no te llevaste.

La estudiante obedeció sin rechistar y subió al piso superior. Se desnudó, metió su ropa sucia en una bolsa de papel que encontró en uno de los armarios y se deleitó con una ducha caliente que le desentumeció el cuerpo y las ideas.

Al salir del baño se puso las prendas que su madre había encontrado en su antiguo armario y analizó su aspecto frente al espejo.

Tuvo que admitir que Lucía tenía razón al asegurar que había adelgazado: los vaqueros le quedaban grandes y la camisa, que un par de años antes le sentaba perfecta, parecía haber aumentado una talla.

Su madre la miró de reojo al verla en la cocina y negó con la cabeza en silencio. Alicia simuló no ver el gesto, desayunó lo más deprisa que pudo y se fue directa a las renovadas oficinas de la firma de su padre, situadas en la Torre Espacio de Madrid.

Un opresor silencio reinaba en todas y cada una de las amplias estancias de la firma.

Pocas personas permanecían en sus mesas de trabajo, formaban corrillos en los pasillos, en la sala de descanso y en los despachos.

Todos hablaban entre susurros. Tan solo Angelines, la diligente recepcionista de la empresa desde hacía veinte años, se mantenía en su puesto con expresión compungida.

Cuando la mujer la vio llegar, Alicia creyó que se iba a echar a llorar.

—¡Ay, niña! ¡Qué disgusto! ¿Te lo puedes creer? Don Agustín, un hombre tan bueno, ¿quién le ha podido hacer algo así?

Aquella pregunta no esperaba respuesta, Alicia se limitó a negar con la cabeza con expresión solemne.

—¿Está mi padre? Me gustaría hablar con él.

—Anda reunido con los socios en su despacho. Se han encerrado allí hace más de una hora.

—Tiene para largo, ¿verdad?

—Solo me ha dicho que no le pase ninguna llamada, a no ser que sea de la policía.

—Ya.

Alicia sopesó sus opciones. Era muy posible que se pasase la mañana allí sin conseguir hablar con su padre, pero no tenía demasiadas alternativas.

Justo en el momento en que había decidido armarse de paciencia y aguardar en la sala de espera, vio a Timoteo al fondo del pasillo.

Salía de su despacho precedido por el resto de los socios.

Él no reaccionó al posar los ojos sobre ella. Su expresión era de profundo cansancio y abatimiento. Estrechó la mano de sus colaboradores, que se metieron en sus respectivos despachos, y enfiló el pasillo con la mirada perdida.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con un hilo de voz casi inaudible—. ¿No tienes clase?

—Sé que no es un buen momento, pero me gustaría hablar contigo.

Su padre no contestó de inmediato. La observó de nuevo atravesándola con la mirada.

—Como comprenderás, ahora no puedo hablar de los casos que llevas —dijo con un tono demasiado duro.

Alicia no se lo tuvo en cuenta, era un momento horrible. Guardó silencio, cogió a su padre por un brazo y lo apartó de la mesa de Angelines, que seguía la escueta conversación con los ojos como platos. Timoteo se dejó guiar con docilidad.

—Papá, no quiero hablar de eso —trató de escoger las palabras adecuadas, pero no se le ocurrió nada más contundente—. Lo que quiero es ayudarte con esto.

—¿Ayudarme?

Timoteo se apartó un poco de su hija mostrando extrañeza en el rostro.

—Tiene que haber algo que pueda hacer —continuó ella—, revisar papeles, casos antiguos de Agustín, lo que sea, el periodismo de investigación es lo mío.