El tentador calor de las llamas Capítulo 3
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Capítulo 3

Tras varias horas mirando el mismo portal, a Alicia le dolían los ojos.

Le dio un sorbo al café, ya frío, y lo volvió a dejar sobre el soporte para vasos del salpicadero del coche, un pequeño utilitario que su padre le regaló al finalizar el primer año de carrera con unas notas excelentes.

Tenía la cámara de fotos con objetivo de gran alcance en el regazo, pero no la había usado en toda la mañana.

Temió que aquella fuese una de esas jornadas desaprovechadas.

Se removió en el asiento. Le dolía la espalda, el trasero y necesitaba hacer pis. Miró con una ligera tentación el vaso medio vacío de café, pero desechó la idea de inmediato.

Casi estaba convencida de que lo mejor sería dejar aquel asunto para otro día, cuando la puerta del portal se abrió.

No reaccionó de inmediato, ya habían salido y entrado varias personas a lo largo de la mañana, pero ninguna era la que ella esperaba.

Por eso, al identificar el rostro a partir de la foto que le habían facilitado, le costó creérselo y se hizo un pequeño lío con la correa de la cámara.

Consiguió hacer una amplia serie de fotos de la persona en cuestión mientras llamaba a un taxi y ayudaba al conductor a subir el amplio equipaje en el maletero.

El vehículo comenzó la carrera y Alicia situó su coche detrás.

No lo perdió de vista hasta el destino final, donde se detuvo a una distancia prudencial.

En la estación de Atocha sacó otra serie de fotos del sujeto: bajando del taxi, cogiendo las maletas, poniéndose el abrigo.

Con eso ya tenía bastante. Antes de que el tipo fuera consciente de su presencia, Alicia dejó la zona.

De regreso a su casa se paró en una cafetería cercana, fue al servicio, se comió un pincho de tortilla y, para no gastar demasiado, pidió agua del grifo.

Aceptar encargos del despacho de su padre le proporcionaba unos ingresos escasos, pero suficientes para la vida que llevaba.

Aunque le costó que él accediera, la tozudez de Alicia para rechazar su ayuda económica directa era mucho mayor que la preocupación de él al imaginarla haciendo fotos de gente poco deseable, aunque ella sabía que siempre se aseguraba de involucrarla en casos de bajo riesgo.

Eso a ella le molestaba, la ignorancia de la juventud la llevaba a pensar que era invencible, pero esos trabajos pagaban el alquiler de la habitación del piso que compartía, por lo que se abstenía de protestar más de lo necesario.

Tampoco pensaba que aquello fuesen migajas de su padre para controlarla, porque tener en nómina a una becaria estudiante de periodismo para hacer fotos a defraudadores de seguros le salía mucho más barato que contratar a un detective privado.

Favor por favor.

A las cuatro de la tarde el bufete bullía de actividad.

La recepcionista anunció su llegada y, al poco, la condujo a la sala de juntas donde la esperaba su padre, que la saludó con medida afectuosidad.

Tratándose de un tema de trabajo él no actuaba como progenitor, sino como Timoteo Mendoza, uno de los socios de la empresa.

Había engordado un poco desde que Agustín Somoza, su mentor en la firma, se jubilase.

A su hija no se le escapaba que en las duras facciones de su padre habían crecido unas acusadas bolsas bajo los ojos azules.

El peso del poder y la responsabilidad envejecen.

—Ya tengo las fotos —dijo Alicia yendo directa al grano mientras exhibía una pequeña memoria USB.

Timoteo asintió sin mediar palabra y cogió el pen drive que su hija le tendía.

—Hay un montón de imágenes del tipejo cargando peso y caminando tan tranquilo, es evidente que no está lesionado, mucho menos en silla de ruedas, como él dice.

Su padre guardó la memoria en el bolsillo. Alicia se mordió el labio.

—Si no te importa, saca las fotos y me lo devuelves, no tengo otro.

Timoteo sonrió de medio lado y cogió el teléfono de la sala.

—Marta, por favor, acércate un momento.

La secretaria entró unos segundos después, Timoteo le dio el pen drive y le pidió que extrajera su contenido.

—Antes de que se vaya Alicia, le devuelves la memoria, por favor.

Ella asintió y salió de la sala sin decir nada.

De nuevo a solas, Timoteo miró a su hija y exhibió esa cara de condescendencia que a ella tanto la irritaba.

—¿Cómo te va? Hace días que no sabemos nada de ti. Tu madre está preocupada, siempre tienes el móvil apagado. Todo el mundo enganchado al teléfono y tú ni lo miras.

—Tengo mucho que estudiar, los exámenes son dentro de poco… Si sumamos a eso el periódico de la facultad y tus encargos, apenas tengo tiempo para nada.

—Vamos, vamos —protestó su padre abanicando con la mano—. No me estarás diciendo que no tienes ni cinco minutos para contestar un mensaje.

—Sí, bueno —contestó ella, algo turbada—. Llamaré a mamá en cuanto salga de aquí.

—Solo te pido que vengas a casa de vez en cuando, no creo que te hayamos hecho nada malo.

—Ya te he dicho que la llamaré, ¿vale? He estado muy agobiada… Además, siempre que hablo con mamá me quedo con la sensación de que la preocupo más.

—Es tu madre, es normal que se inquiete, sobre todo con el rumbo que has elegido.

Pudiendo vivir con nosotros mientras estudias, no entiendo por qué prefieres compartir un piso de mala muerte con no sé cuántas personas más y rechazar nuestra ayuda por cabezonería.

Tienes toda la vida para hacer las cosas por tu cuenta.

Alicia soltó un bufido. Su padre nunca se daba por vencido.

—No empieces, por favor. No tengo ganas de discutir.

—No estoy discutiendo, ¿tú estás discutiendo?

Aquella actitud provocaba que a Alicia le hirviera la sangre.

Era un manipulador nato y con ella esgrimía sus estrategias sin pudor.

Cerró la cremallera de su bolsa de lona con fuerza y se levantó de la butaca.

Miró a su padre, que permanecía en la misma postura, y le dijo algo que hacía tiempo deseaba soltar.

—Nunca te cansarás de intentar que me convierta en alguien como tú, ¿verdad?

—¿Tan terrible soy? —quiso saber él con una ceja levantada.

—Papá, no lo intentes, no me vas a llevar a tu terreno. A diferencia de tus empleados yo te conozco bien, esa pose de víctima no te pega. No he dicho que seas terrible, es que quiero recorrer mi propio camino, nada más.

—Respeto eso, hija. Solo digo que quizás has empezado demasiado pronto. Entiendo que quieras valerte por ti misma, pero imaginarte pasando dificultades cada día por no querer aceptar un dinero que, como hija nuestra, también es tuyo, es algo que no comprendo.

Alicia no quiso replicar. A veces olvidaba que aquel hombre, además de un eminente abogado y un duro oponente a sus ideas, era su padre.

—Vamos a hacer una cosa —dijo él levantándose de la silla—. Ven esta noche a cenar a casa, te prometo que no hablaremos de ningún tema que te incomode. Alegrarás a tu madre, a mí me darás el gusto y tú te quitarás un poco el cargo de conciencia por ignorar a tus progenitores, ¿trato hecho?

Con poco que se esforzase, su padre podía ser un encanto. Alicia no tardó en aceptar.

—Me parece bien.

Timoteo se dirigió a la puerta y giró la cabeza antes de cruzar el umbral.

—A las ocho y media, no llegues tarde, ya sabes cómo se pone tu madre si no estamos cuándo sirve los aperitivos.

—Descuida, papá, seré puntual.

Al introducir la llave en el acceso del edificio donde vivía se encontró de frente con la portera.

Tenía muchas cosas que decirle sobre el horario para sacar la basura, pero Alicia no se sentía con fuerzas de escucharla.

Se escabulló como pudo con excusas, entrando en el ascensor mientras sentía la mirada de reproche de la mujer clavada en la nuca.

En el apartamento que compartía casi nunca había nadie.

Aunque tenía dos compañeros de piso, no los veía mucho.

Bill, un australiano apasionado de España, era actor y casi siempre andaba de viaje haciendo castings o con algún papel en pequeñas obras de teatro.

Su otro compañero, Manuel, era un estudiante valenciano de ingeniería informática, pero se pasaba la mayor parte del tiempo en casa de su nuevo novio y apenas aparecía por el piso a coger algo de ropa un par de veces por semana.

Eso permitía que Alicia disfrutara a menudo de la soledad, el estado en el que no tenía que lidiar con su ansiedad social ni actuar para esconder su extrema timidez. Aquel era un papel que se sabía de memoria, aunque en extremo agotador.

Después de merendar un cruasán insípido de bolsa y un tanque de zumo de naranja concentrado, se acostó en la cama sin desvestirse con el fin de dormitar unos minutos y compensar el madrugón.

Pero un sueño profundo se apoderó de ella y no la liberó hasta que la luz dejó de entrar por las ventanas del dormitorio.

Se desperezó confundida y miró la hora en el reloj despertador de la mesilla: las siete cuarenta.

Se levantó de golpe, pero sus piernas apenas si la sostuvieron y tuvo que sentarse en la cama.

Aún mareada por haberse incorporado tan deprisa, comenzó a notar un dolor extraño.

Punzadas intermitentes recorrían sus brazos y piernas, pero, sobre todo, le ardían las manos.

Encendió la luz y las observó con detenimiento.

Aparte de un color rojizo causado por el efecto del calor de la habitación, cerrada a cal y canto, no descubrió nada raro.

Había dormido más de dos horas en plena tarde, algo impropio de alguien tan inquieto como ella. Se reprendió a sí misma mientras tomaba una ducha rápida para darse toda la prisa posible.

Si se retrasaba su madre se enfadaría.

Llegó a la casa donde creció a las nueve menos cinco.

Entrecerró los ojos cuando se abrió la puerta.

Esperaba una reprimenda, aunque lo único que encontró fue una cara sonriente.

Por el rostro de Lucía apenas si parecía haber pasado el tiempo.

A los cincuenta y dos años mantenía esbelta su alta figura a base de intensas sesiones de Pilates, y en su tez solo asomaban finas arrugas de expresión.