Capítulo 2
El frescor de la mañana le encantaba. Salir a correr antes del amanecer y ver el sol asomar tras las tímidas crestas de las colinas era un placer que se reservaba para ellos dos. Un pacto entre amigos al que no solían invitar a nadie.
La vegetación comenzaba a recuperarse tras el incendio que casi acabó con ciento cincuenta hectáreas de encinar dos años atrás, un infierno que se extendió con gran virulencia y cuyo origen y causas las autoridades aún no habían sabido encontrar.
Lucky galopaba unos diez metros por delante, pero miraba atrás cada pocos segundos.
Samuel sabía que era una forma de asegurarse de que él seguía sus pasos.
Su mirada limpia le reconfortaba y esa mueca sincera que solo los perros son capaces de mostrar cuando están contentos, le hacía recuperar cada día las ganas de levantarse de la cama.
Pero intuyó que ese día iba a ser diferente en cuanto vio que Lucky se desviaba del sendero y bajaba la pequeña cuesta que acababa en el cauce del riachuelo, en esa época medio seco por la falta de lluvias.
Él continuó con el recorrido esperando verle regresar al poco, pero al percatarse de que el perro no volvía al camino se dio la vuelta y le buscó por la bajante.
Vio a Lucky cerca de un montón de tierra.
Estaba muy nervioso, alternaba saltos con ladridos y escarbaba a con las patas delanteras en un punto concreto.
Extrañado por el comportamiento del animal, Samuel descendió por la cuesta y se acercó donde se encontraba el pastor belga. Al llegar, miró hacia lo que su perro intentaba desenterrar y vio lo que parecían papeles amarillentos bajo los movimientos frenéticos de las patas.
—¿Qué pasa, colega? —preguntó inclinándose un poco— ¿Has encontrado la basura de algún senderista marrano?
Samuel ayudó a su amigo a retirar la tierra que cubría lo que le perturbaba, pero al tocarlo con los dedos notó que no era papel, sino una especie de tejido áspero que envolvía algo duro.
Con cuidado, y cierto asco, movió a un lado la tela. La piel encurtida de algún objeto se veía debajo. Siguió retirando la pieza estrecha de paño, estaba tirante y tenía varias capas, pero pudo estirarla lo suficiente para ver dos agujeros vacíos y una protuberancia deforme en el centro.
Cayó al suelo de nalgas. El shock que le provocó la imagen hizo que no pudiera moverse y evitar que Lucky se abalanzara sobre el hallazgo.
Le costó unos segundos asimilar que lo que tenía delante era un rostro momificado.