Capítulo 1 #3
—¡Qué mal rollo!
—¡Calla, Marcos! —espetó Carmen—. ¿Por eso sientes dolor, porque te mataron?
La pieza corrió hasta el «NO».
Los jóvenes guardaron silencio. No se les ocurría qué más decir. Se miraron unos a otros, retándose con los ojos para ver quién se atrevía a continuar hablando. Por fin, Alicia ideó una nueva línea de preguntas.
—¿Sientes dolor porque no encontraron tu cuerpo?
La pera en el «SÍ».
—¿Estás enterrada en algún lugar de este bosque?
«SÍ».
—¿Quieres que encuentren tu cuerpo?
La pieza se deslizó al «NO», luego al «SÍ», de nuevo al «NO».
—No entiendo nada —musitó Carmen.
—Quieres que encuentren tu cuerpo ¿Y algo más? —continuó Alicia cada vez más interesada.
Otra vez un «SÍ».
—¿Deseas que te entierren en un camposanto?
«NO».
Alicia se tomó unos segundos para pensar.
Estaba intrigada, no sentía miedo, solo curiosidad.
Tenía tantas ganas de saber que los demás se habían vuelto invisibles para ella.
Pero antes de que pudiera reanudar las preguntas, la pieza de madera comenzó a deslizarse.
Primero una «M», una «A», una «T», otra «A» y una «R».
—¿Matar?
«SÍ»
—¿Quieres que matemos a alguien?
—¿Tú eres tonta? —increpó Carmen—. ¿Por qué le preguntas eso?
Antes de que Alicia contestara a su amiga, la madera se deslizó hacia el «SÍ».
—Yo me piro —dijo Marcos levantándose.
—¡Marcos! ¡No te muevas! No se puede dejar una sesión así, hay que despedir al espíritu, hacer que se vaya —aseveró Carmen.
—Y si no, ¿qué?
—Pues que se puede cabrear y quedar suelto por ahí.
—¡No me tomes el pelo!
Carmen no bromeaba. Al menos eso era lo que sabía por las historias que le contó su madre, sobre las que no había sido del todo sincera. Marcos, algo asustado, regresó a su sitio.
—¿A quién quieres que matemos? —preguntó Alicia.
—¡No le sigas la corriente! —chilló Marcos.
Alicia no le escuchó, estaba enganchada. La pieza comenzó de nuevo a moverse: «A» «S» «E» «S» «I» «N»«O».
—Quiere que matemos a su asesino —dijo Alicia.
—¡Ya! ¡Y qué más! —exclamó Marcos desesperado— ¡Dile a esa cosa que se largue como quiera que se haga!
—¡No! —gritó Alicia —¡Aún no!
—¡Queremos que te vayas! —dijo Carmen desoyendo la petición de su amiga.
«NO»
—¡Queremos que te vayas! —repitió Marcos.
«NO»
La pera inició un baile a una velocidad espantosa. Los tres tuvieron que soltarla, pero siguió deslizándose por el tablero formando una única palabra: «M» «A» «T» «A»«R», una y otra vez.
No sabían qué hacer. Los tres se apartaron a rastras del tablero, pero la pieza no cesaba la loca oscilación. Al final, Marcos reunió el valor suficiente para coger el trozo de madera, que parecía tener vida propia, y lanzarlo hacia los arbustos.
—¿Estás loco? —chilló Carmen—. Te dije que hay que despedir al espíritu.
—¡A la mierda! Además, ¿cómo sabes eso? ¿No decías que tu abuela solo bebía orujo y contaba cotilleos con sus amigas?
Carmen se quedó muda y bajó la vista.
—¡Vale! Ya nos contarás mañana la verdad sobre esta asquerosa ouija . Ahora está anocheciendo y quiero irme, ¿estamos?
Las chicas se levantaron asustadas y dejaron el tablero en el sitio.
—No vas a abandonarlo ahí, ¿verdad?
—Yo paso de cogerlo —negó Carmen.
—¿Nos vamos ya o qué? —espetó Marcos andando hacia la moto.
Carmen miró de nuevo el tablero, pero enseguida corrió detrás de Marcos, que ya estaba sentado en el sillín del escúter. Alicia se quedó en el sitio, la perturbaba dejar eso allí. Se agachó y, al doblarlo, vio en el reverso de la ouija algo que le heló la sangre.
Carmen se giró para comprobar por qué Alicia no se movía y, al ver que observaba con fijeza el tablero, se acercó a ella y la imitó. Carmen soltó un grito ahogado que provocó que Marcos diera un respingo.
—¿Qué pasa? —preguntó desde la moto.
—Ven, tienes que ver esto —farfulló Carmen.
Él obedeció con cara de pocos amigos y posó los ojos donde los tenían las chicas. Esbozada con la tierra y el polvo del suelo donde había estado apoyada la ouija , aparecía el rostro de un hombre.
La reacción de Marcos fue la misma que tuvo con la pieza de madera. Cogió el tablero y lo tiró con fuerza en dirección a la espesa vegetación que les rodeaba.
Aquel gesto bastó para que las chicas reaccionaran.
Salieron corriendo y se montaron los tres en la moto como pudieron.
Carmen aceleró al máximo su pequeño escúter, ignorando los derrapes de la rueda trasera sobre la grava del camino y haciendo caso omiso de Alicia, que gritaba desde atrás a punto de salirse de un asiento demasiado pequeño para tres personas.
El claro del bosque quedó tranquilo. Durante el resto de la tarde no se escucharon más que pequeños animalillos rebuscando bajo la maleza un almuerzo en forma de insectos.
De madrugada, una sombra se deslizó entre la vegetación cerca de donde había caído el tablero.
Tan solo hizo falta una pequeña chispa.
Las llamas no tardaron en propagarse por el pasto reseco y la madera agrietada por un verano demasiado caluroso. El bosque sucumbió engullido por lenguas de fuego que lo arrasaron todo.