Capítulo 1 #2
Carmen se giró exhibiendo una gran sonrisa y señaló la caja de cartón que descansaba en el suelo. Se agachó, abrió la tapa medio rota y extrajo de ella un tablero marrón doblado por la mitad, con las esquinas chafadas por el uso.
—Lo encontré en la casa del pueblo de la bisabuela.
Abrió el tablero y se lo mostró a todos. Con un fondo color pergamino, la superficie estaba formada por un alfabeto dibujado con tipografía recargada y colocado en dos filas curvadas. Debajo de las letras había cuatro palabras: Sí, No, Hola y Adiós.
—¡Tachán! —canturreó Carmen con tono artificioso.
—¡Es una ouija ! —exclamó Marcos— ¡Cómo mola!
Alicia se limitó a observar el tablero con cierta inquietud.
—¿Me has hecho venir para esto? —preguntó Paula dibujando una mueca de rechazo en su rostro anguloso.
—¿Qué pasa? ¿Te da miedo?
La aludida observó a Carmen con seriedad, pero no reaccionó ante la provocación. Dio media vuelta y se dirigió hacia la moto.
—Marcos, me piro, ¿vienes?
—¡No! —se lamentó él—. Acabamos de llegar, ¿no me irás a decir que te crees estas tonterías?
Paula se volvió hacia él con expresión dura.
—Tú haz lo que quieras, yo no voy a tocar eso.
Él no replicó, pero tampoco la siguió. Paula miró a Alicia, le ofrecía una invitación silenciosa intuyendo que tampoco le hacía gracia todo aquel asunto, pero ella no se atrevió a decir nada.
Le daba pena decepcionar a Carmen y mucha vergüenza marcharse con Paula en la moto, no habría sido capaz ni de agarrar su cintura para no caerse.
Paula negó con la cabeza, se puso el casco y arrancó la máquina. Aún se volvió una última vez, dándoles la oportunidad cambiar de idea, pero ninguno se movió. En cuanto comenzó a alejarse por el camino de tierra Alicia se arrepintió de no haber tenido el valor de marcharse con ella.
Carmen y Marcos se sentaron en el suelo uno enfrente del otro, con la ouija en medio. Alicia aún se quedó un momento en el sitio, mirando como Paula se alejaba. Después se dio la vuelta y se dirigió hacia los otros dos.
—¿De verdad queréis jugar con esta cosa?
Ambos la miraron desde abajo, con expresión divertida.
—No hay que dramatizar. Vamos a pasar el rato, nada más. Si prefieres, nos vamos de botellón al parque.
Alicia torció el gesto, Carmen sabía que no le encontraba la gracia a beber alcohol en la calle.
Se pasaba las horas viendo como sus amigos se emborrachaban y perdían de forma gradual toda capacidad de conversación y raciocinio, siendo espectadora de cómo los chicos se transformaban en gallos de pelea o babosas deseosas de flirtear con cualquier cosa que se moviera, mientras las chicas se desprendían de toda dignidad y balbuceaban palabras inconexas con quien les gustara aquella quincena.
—Venga, siéntate con nosotros —dijo Carmen juntando las manos a modo de súplica—. Con lo lista que eres seguro que sabes que no va a pasar nada.
Intentaba tranquilizarla, pero a Alicia le sonó a reto. Al fin se rindió y se sentó, convirtiéndose en el tercer vértice del triángulo que dibujaron alrededor del tablero con sus cuerpos. Carmen sacó una pieza de madera en forma de pera, con un hueco circular en el centro.
—Bueno, ¿y esto cómo se hace? —preguntó Marcos.
—Mi madre me ha contado muchas historias sobre las sesiones de espiritismo que hacía su abuela con las amigas. Ella se escondía en un armario enorme del salón de la casa del pueblo y desde allí las espiaba.
Carmen guardó silencio de forma deliberada para añadir tensión al momento.
—Según mi madre, aquellas reuniones eran terroríficas.
—¿Por qué? —preguntó Marcos casi gritando—. ¿Se les apareció algún fantasma?
—No, mucho peor…. Es que las amigas de mi abuela eran feísimas.
Carmen soltó una sonora carcajada y Alicia la imitó. Marcos resopló indignado por ser el blanco de la broma.
—Entonces, ¿no te ha contado nada interesante?
—Bueno, según ella, las viejas chifladas se reunían para intentar convocar al marido muerto de alguna, pero como acompañaban las sesiones con varias botellas de orujo de hierbas, al cabo de media hora se les había olvidado por qué estaban allí y terminaban contando chismes.
Al final, la ouija acabó en el desván. Supongo que admitieron que las sesiones eran una excusa para reunirse y cogerse una buena cogorza.
—Pues vaya historia de mierda —dijo Marcos.
—Ya os dije que esto es solo un juego, aunque, ya que estamos, vamos a hacerlo bien, porque si no, no tiene gracia.
—Vale, pero si pasa algo raro, lo dejamos —dijo Alicia.
Carmen asintió sin mucha convicción y, mientras Marcos esbozaba una extraña sonrisa mezcla de excitación y miedo, ella colocó la pieza de madera sobre el tablero.
Intentando adoptar una expresión solemne, les pidió a los otros dos que pusieran el dedo índice de la mano derecha sobre la pieza, como ella acababa de hacer.
—Aunque sintáis la tentación, no la mováis vosotros, ¿vale?
Tan solo recibió un pesado silencio a modo de contestación. Hizo un giro de cuello para relajarse y comenzó a hablar con voz solemne.
—Invocamos a los espíritus de este bosque, ¿hay alguien ahí?
La carcajada que soltó Marcos se oyó hasta en la ciudad.
—Si no nos concentramos, esto no sirve de nada — dijo Carmen, molesta.
—Vale, vale, ya me callo.
—Invocamos a los espíritus de este bosque, ¿hay alguien ahí?
Silencio.
—Invocamos a los espíritus del bosque, ¿hay alguien ahí?
Risa ahogada de Marcos. Mirada asesina de Carmen. Silencio.
—Invocamos a los espíritus del bosque, ¿hay alguien ahí?
La frase fue repetida por Carmen unas veinte veces, cada vez con tono más monótono.
Alicia estaba comenzando a aburrirse y Marcos a dispersarse.
El primer movimiento brusco de la pieza les cogió por sorpresa.
La excitación recorrió el cuerpo de los tres y, como si hubieran sentido una descarga eléctrica, apartaron los dedos de la madera.
Mirándose unos a otros con inquietud, se inclinaron hacia delante para observar con atención el viejo fragmento.
Carmen les instó a colocar de nuevo los índices encima.
—¿Hay alguien ahí?
La punta se movió hasta el «SÍ». Carmen dio unos saltitos sobre las posaderas. Marcos miraba el tablero con una expresión cercana al terror y Alicia notó como se le hacía un nudo en la garganta.
—¿Quién eres?
La pieza recorrió el tablero con más lentitud que la vez anterior hasta la «D», después fue hacia la «O» y se paró en seco.
—¿Do? ¿Qué significa eso? —preguntó Marcos, algo más tranquilo.
—Do, re, mi, ¿eras músico? —inquirió Carmen.
El hueco se posó en el «NO» y, casi en seguida, volvió de nuevo a la «D» y la «O», aunque esa vez continuó hasta la «L» y luego a la «R».
—¿Dolr? —susurró Carmen—. Eso no tiene sentido.
Alicia aún no había dicho nada, de hecho, era la que estaba más concentrada de los tres. Aquello comenzaba a fascinarla.
—¿Dolor? —musitó con temor.
La pieza se posó en el «SÍ» y volvió al centro. En ese momento, Alicia tomó la palabra.
—¿Sientes dolor?
De nuevo un «SÍ».
—¿Por qué?
El agujero se paró en la «M», luego la «U», después la «E», la «R», la «T» y por fin la «A».
—Muerta —repitió Alicia.
—Eso ya nos lo imaginábamos. —Marcos quería bromear, pero la tensión del momento hizo que su voz sonara ronca.
—¿Qué te pasó? —preguntó Alicia haciendo caso omiso al comentario del chico.
La madera, que estaba posada en la «A», última letra de la palabra formada con anterioridad, comenzó el recorrido por otros caracteres hasta formar «SESINAD».
—¿Sesinad? —farfulló Marcos.
—Está contando con la «A» de la que ha partido —corrigió Alicia— ¡ASESINAD! ¿Moriste asesinada?
De nuevo un «SÍ».