El tentador calor de las llamas
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Capítulo 1
Le faltaba el aire. Permanecía encogida, atrapada en un espacio demasiado pequeño para su cuerpo.
No era capaz de recordar cuánto tiempo llevaba allí, a oscuras, notando un traqueteo irregular que provocaba que se golpeara, una y otra vez, contra las paredes del cubículo.
Intentó estirarse, pero no pudo. La claustrofobia se convirtió en histeria.
Aporreó, con toda la fuerza que fue capaz de reunir los lados de aquella prisión.
Chilló, lloró y continuó sacudiéndose hasta que el movimiento cesó de forma súbita.
Pasados unos segundos, la luz inundó sus ojos y la cegó por completo, cortando en seco el oxígeno que debía llegar a sus pulmones.
Alicia abrió los ojos. Respiró hondo y recuperó el aire que la inconsciencia había querido extinguir. De nuevo había tenido uno de esos sueños vívidos, extrañas visiones que se alejaban bastante de las pesadillas normales.
El estrés de los exámenes le había pasando factura.
Su madre apenas la había presionado, no le gustaba verla nerviosa, pero su padre hacía tiempo que decidió la carrera que debía estudiar sin contar con su opinión.
Él tenía la ilusión de que entrara en la Facultad de Derecho para acabar siendo algún día parte del magnífico despacho Somoza, Mendoza y asociados.
Unos nudillos golpearon la puerta. Antes de que Alicia pudiera contestar, su padre ya había asomado medio cuerpo.
—¿Puedo pasar?
Fiel a su carácter decidido, no esperó respuesta alguna. Alicia se incorporó como pudo, frotándose los ojos para terminar de desperezarse mientras él tomaba asiento en el borde de la cama.
—Ayer llegué muy tarde y no pude preguntarte, ¿cómo te ha ido?
—Bien, supongo.
—No te veo muy entusiasmada —dijo él frunciendo el ceño.
—Papá, acabo de despertarme —protestó acumulando paciencia—. Me ha ido bien. Las matemáticas regular, ya sabes que no son lo mío, pero no creo que saque mala nota.
—¿Has pensado en lo que te dije el otro día?
Alicia no contestó en el acto. Sabía que se refería a la oferta de trabajar durante el verano haciendo fotocopias, atendiendo el teléfono y poco más.
Pero lo que él perseguía era que conociera la empresa y le picara el gusanillo de la abogacía.
A ella, la perspectiva de quedarse sin vacaciones no le apetecía nada, sobre todo para hacer algo que detestaba y con la idea de dedicarse en el futuro a una profesión que le interesaba poco o nada.
—No tienes que decidirlo ahora, cariño. Piénsalo unos días, entendería que no quisieras trabajar en verano justo antes de empezar la carrera, pero creo que es una buena oportunidad para entrar en contacto con el mundillo.
Alicia sintió que las palabras tomaban vida propia en su garganta. Antes de que pudiera frenarlas ya estaba pronunciándolas.
—No voy a estudiar Derecho —soltó a bocajarro.
Por primera vez, que ella recordara, su padre se quedó mudo. Se levantó de la cama y la observó con los ojos entrecerrados.
—¿Cuándo has tomado semejante decisión?
—Pues… Es que nunca he tenido intención de ser abogada.
Él la miró como si le hubiese clavado un puñal en el corazón y, sin decir nada más, dio media vuelta para salir de la habitación. Alicia sintió que le debía una explicación, aunque a él no le gustara escucharla.
—Papá, sé que esto es una decepción para ti, pero dudo que te suponga una sorpresa. Ese es tu mundo, no el mío.
Él la observó con detenimiento, calibrando si aquello era determinación o un capricho adolescente. El silencio no dejó sus labios mientras salía del dormitorio de su hija.
Alicia notó un hormigueo en las cervicales como si le acabaran de quitar una losa enorme de los hombros. Por fin se lo había dicho a las claras, estaba satisfecha, aunque también segura de que él no tiraría la toalla con tanta facilidad.
Se tumbó en la cama y cerró los ojos, pero, al poco, su intento de relajación se vio interrumpido por el timbre del teléfono.
Ni siquiera hizo el amago de comprobar quién llamaba, lo dejó sonar hasta que volvió a quedar en silencio.
Respiró aliviada creyendo que por fin podría relajarse, pero al cabo de un minuto el teléfono comenzó a sonar de nuevo.
—Hola, Carmen —dijo Alicia nada más contestar— ¡Qué pesada eres!
—Encima que te llamo para ver qué tal te han salido los exámenes… Ayer ni contestaste mis mensajes, ¡eres una chunga!
—Perdona —se disculpó Alicia—, es que acabo de hablar con mi padre de un tema que me ha puesto de mala leche.
—¿Otra vez con lo de Derecho?
—Y con lo de trabajar este verano.
—Le habrás mandado a la porra.
—Le he dicho que no quiero ser abogada, no creo que ahora insista sobre lo del trabajo, no tendría sentido.
—No te fíes.
—Debería decirle que quiero tomarme un año sabático, estoy harta de exámenes.
—¡Eso sería estupendo! Así empezaríamos juntas la carrera y se me quitaría el complejo de tonta.
—Solo has repetido un curso, no exageres.
—Al lado de una empollona como tú todos somos borregos.
Alicia rio ante la ocurrencia, su mejor amiga era de esa clase de personas que logran ponerte de buen humor con pocas palabras.
—Oye, tengo que colgar, me llama mi madre y tiene una de esas mañanas intensas—dijo Carmen—, ¿quedamos esta tarde?
—¿Dónde siempre a las seis?
—OK, un beso, guapa.
—Un beso.
Alicia llegó puntual al lugar acordado. Carmen la esperaba sentada en el asiento del escúter mientras se concentraba en la pantalla del móvil. No pudo reprimir una carcajada en cuanto vio a su amiga acercarse.
—¡Estás fucsia!
—Me he dormido al lado de la piscina.
—Pareces nueva.
Alicia miró a su amiga con cierta envidia. Carmen poseía una complexión fibrosa que no tenía que esforzarse por conservar, a juego con su piel morena y pelo oscuro, que contrastaba con la luminosidad de una personalidad extravertida. Ella, más alta y pálida, se sentía incómoda entre mucha gente.
Carmen se puso el casco y le tendió otro a Alicia, que se colocó con cuidado para no rozar el cuello escocido.
—¿Dónde vamos? —preguntó gritando a través del cristal del casco.
—¡Es una sorpresa!
Alicia no insistió. Sabía que cuando Carmen se ponía misteriosa no había quién le sacara nada.
Se acomodó en la parte posterior del asiento de la moto y se dejó llevar, como tantas veces.
Salieron de la urbanización, pero en lugar de dirigirse al parque donde solían quedar con más amigos, rodearon las casas unifamiliares y fueron hacia el bosque que había detrás de las construcciones.
Alicia comenzó a extrañarse, pero antes de que pudiera decir nada, su amiga metió la moto por un camino de cabras y tuvo que centrar toda la atención en agarrarse del asidero posterior para no salir despedida.
Tras dos minutos por aquel sendero infernal, Carmen paró el escúter justo en el centro de un claro rodeado por encinas centenarias.
Desde allí solo se veían árboles y apenas si se escuchaba el rumor lejano de los coches que transitaban por la carretera que separaba su localidad del la vecina.
Alicia escuchó el ladrido de un perro, parecía que estaba lejos, pero al quitarse el casco lo oyó con mayor claridad.
Aquello la inquietó un poco, le daban miedo desde que, siendo niña, uno intentó morderla.
—¿Se puede saber qué hacemos aquí? —Alicia miró nerviosa a su alrededor.
Carmen no contestó, cogió el casco de su amiga, se quitó el suyo y dejó ambos sobre el asiento de la motocicleta. Después, dio unas palmaditas al saco de lona beige que llevaba colgado del hombro.
—Te dije que era una sorpresa.
Dejó la bolsa en el suelo y extrajo de ella una caja de cartón rectangular, sin dibujos ni inscripciones.
—¿Qué es eso?
—Todavía no —dijo Carmen—, tienen que llegar los demás.
Casi al instante, se escuchó el rugido de otra motocicleta, un sonido más potente que el del escúter en el que llegaron.
A lo lejos, por el camino de tierra, vio cómo se acercaba una moto de campo conducida por Paula, la hermana tres años mayor que Carmen.
Marcos, uno de sus antiguos compañeros de instituto y amigo de toda la vida, iba de paquete.
Alicia miró a su amiga con el ceño fruncido.
—Podrías haberme avisado de que venía tu hermana.
—Cuantos más mejor —sonrió con malicia—. El rojo en la cara te sienta de maravilla, no te preocupes.
A Alicia le dieron ganas de insultarla, pero no tuvo tiempo. Paula llegó con la moto hasta donde estaban y Marcos bajó de un salto antes incluso de que apagara el motor.
—¡Hola! —dijo acercándose a ellas—. Menudo sitio para quedar, voy a pensar que al final quieres algo conmigo.
—Sigue soñando —soltó Carmen dándole un empujón.
Marcos era un chico flaco y de baja estatura que solía hacer gala de un buen humor perpetuo.
—Hola —Paula se aproximó con paso lento. Su mirada de ojos marrones se dirigió a Alicia—. Cuánto tiempo sin verte.
Alicia se sentía intimidada por aquella chica.
Su belleza era difícil de ignorar y se ponía nerviosa en su presencia.
Era morena, como Carmen, pero bastante más alta y su cuerpo fibroso se movía como el de un elegante felino.
Trató de hablar de forma despreocupada para que no se notara su turbación.
—Tenía los finales, no he salido mucho.
—¡No mucho, dice! —rio Carmen— ¡Lleva sin salir un siglo!
—Exageras —dijo Alicia dándole un codazo.
Paula miró a su hermana cruzando los brazos.
—Deberías tomar ejemplo de tu amiga.
—¡Ala, ya he pillado! —protestó dando media vuelta—¡Déjame en paz, anda! Bastantes charlas me dan ya papá y mamá.
—Con razón.
—Sería buena idea que os hicierais amigas, las dos tan formales, tan estudiosas… Lo malo es que Alicia odia la carrera que estudias —escupió Carmen caminando hacia el centro del claro.
Alicia percibió como el fucsia de su cara se volvía violáceo. Paula, acostumbrada al carácter de su hermana, no pareció afectada por el comentario.
—Déjate de coñas y dinos ya a qué tanto misterio.