25 Easton
VEINTICINCO
EASTON
El golpe en la puerta hace que me incorpore de un salto.
Han pasado cuatro horas desde que Claire se marchó. ¿Ha vuelto? Una parte de mí espera que sí mientras la otra reza para que no.
—De verdad que estoy bien. Gracias por escucharme. —Sujeto el teléfono entre el hombro y la oreja mientras avanzo hacia la puerta principal.
—¿Me llamarás si necesitas algo? —pregunta Rick, mi padrino.
—Sí, tío. Te lo juro. Estoy bien.
—Vale. Mantén la cabeza alta, East. —Vacila y espero a que continúe—. Ya sabes que por esto recomiendan no iniciar ninguna relación sentimental durante al menos un año.
—Lo sé —respondo.
Pero Claire es diferente, ¿verdad?
En cuanto termino la llamada, abro la puerta de par en par. Noah y Austin me observan con expresiones sombrías.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunto con el ceño fruncido.
Mi hermano me lanza una mirada y pasa a mi lado para entrar en el recibidor. Austin me fulmina durante un largo instante.
—¿Cómo está? —pregunto.
Suelta una maldición y entra. Cierro la puerta y los sigo hasta la cocina. Noah llena varios vasos de agua y abre el armario de los aperitivos. Saca unas bolsas de pretzels y patatas fritas.
Levanto las cejas.
—¿Vamos a darnos un atracón esta noche?
—Mejor que beber —replica Austin con brusquedad.
Noah suspira y señala los taburetes de la barra.
—Sentaos los dos. Tenemos que arreglar esta mierda. Está afectando al equipo, está afectando a tu recuperación… —Me señala antes de dirigir la mirada hacia Austin—. Y está afectando a tu hermana.
Hago una mueca al oír mencionar a Claire y odio un poco que Noah haya dirigido ese comentario hacia Austin en lugar de hacia mí. No es que Claire no me importe. No es que no esté aquí sentado ardiendo de puta necesidad por ella.
Pero ¿cómo vamos a avanzar si no es sincera conmigo? Además, se merece mucho más de lo que yo puedo ofrecerle, ¿no? El trabajo, la estabilidad, una vida social. ¿La empujé a dedicarse a lo de los grupos? ¿Mi apoyo abrió una brecha todavía mayor entre ella y sus padres?
Un pensamiento alarmante me deja inmóvil.
¿Mary y Joe también están resentidos conmigo?
—¿Cómo está? —repito, desesperado por saberlo.
—Está dolida —responde Austin con cuidado.
Me fulmina con la mirada.
—¿Qué coño ha pasado, tío?
Muerdo una patata y disfruto del crujido ruidoso. Definitivamente vamos a darnos un atracón.
—No me contó lo de la oferta de trabajo en Nueva Jersey. Y discutimos.
Austin entorna los ojos.
—¿Qué trabajo?
Noah suelta una maldición.
—¿Tú tampoco lo sabías? ¿Qué pasa, solo se lo contó a Indy?
—Y probablemente a Savannah y Rielle —admite Austin.
Después dirige toda su atención hacia mí.
—¿Le pediste que se quedara?
Me echo hacia atrás.
—Por supuesto que no. Por eso discutimos.
—Quiere rechazar la oferta —deduce Austin.
—No puede dejar pasar oportunidades por mi culpa —declaro.
—Por fin coincidimos en algo —murmura Austin.
Percibo una pizca de respeto a regañadientes en su tono y me aferro a ella.
—Mira, Aus, quiero a tu hermana.
Austin se sobresalta como si mi declaración fuera la sorpresa del siglo. Aprieto los labios y analizo su expresión.
Quizá lo sea.
Nunca he sido tan rotundo sobre mis sentimientos por nadie, y mucho menos por una mujer. Pero Claire no es una mujer cualquiera. Es mía. Aunque ya no esté conmigo, jamás dejaré de anteponer sus intereses a todo lo demás.
A mis propios deseos.
—Quiero lo mejor para ella —continúo—. Y ahora mismo eso no soy yo. Ni esto.
Abro los brazos para abarcar el espacio donde Claire y yo hemos convivido durante los últimos meses.
—Debería centrarse en su carrera, en su vida, en sus amigas. —Me paso una mano por el pelo—. Joder, la semana pasada me largué y la dejé sola porque necesitaba despejarme. No intento marearla, tío.
Vuelvo a mirar a Austin.
—Pero, si soy sincero, tengo la cabeza hecha un lío. No soy bueno para ella. No mientras esté así.
Austin me estudia con atención. Al otro lado de la isla, Noah cambia el peso de postura y cruza y descruza los brazos.
—¿Cómo lo estás llevando? —pregunta mi hermano.
—Estoy bien. Acababa de colgar con mi padrino cuando habéis llamado. Sinceramente, mi peor noche fue el fin de semana pasado. Volví a casa y había una botella de vodka sobre la encimera…
—¿Qué? ¿Cómo? —me interrumpe Noah.
Hago un gesto con la mano, sin querer que culpen a Claire pero tampoco dispuesto a mentir.
—Claire y Rielle se la olvidaron…
—Dios —susurra Austin.
Niego con la cabeza.
—No fue culpa suya. Fue mía. Además, yo me iba a quedar en casa de Panda.
El caso es que sigo luchando contra esto.
Lo haré durante el resto de mi vida y lo sé.
Pero aún no estoy lo bastante alejado de todo para tener mecanismos que siempre funcionen.
Aquella noche necesité a Claire de la misma manera que antes necesitaba el vodka.
¿Creéis que es justo cargar a alguien con ese tipo de presión?
Miro alternativamente a Noah y a Austin.
—No os confundáis. Quiero estar con Claire.
Austin se pone rígido a mi lado.
—Pero no si siente que no puede ser sincera conmigo. No a costa de su felicidad. Y no a costa de conseguir que acabe resentida conmigo —digo mientras me recuesto en la silla.
—Es lo más adulto que te he oído decir en toda tu vida —comenta Noah.
Incluso Austin asiente.
—No sabía que para lo vieses de esa manera —añade después de unos instantes—. Mi hermana… Bueno, por lo visto lleva años completamente colada por ti. Pensaba que tú solo estabas… jugando con ella.
Que pudiera pensar eso de mí, que sería capaz de tratar a su hermana con semejante despreocupación, duele.
—Jamás intentaría tener algo informal con Claire. No le haría eso. Ni a ti ni a tus padres.
—Ahora lo sé —responde.
—Llevo enganchado a Claire mucho más tiempo de lo que nadie imaginaba. —Le dedico una sonrisa ladeada—. Solo que se me da mejor ocultar las cosas.
Austin resopla y niega con la cabeza.
—¿Y ahora qué?
—Ahora me centro en el hockey. Sigo adelante con mi recuperación. Aprendo a avanzar. Y le doy a Claire el espacio que necesita para perseguir el futuro que desea.
—¿Así de fácil? —pregunta Noah con escepticismo.
Niego con la cabeza.
—No es fácil en absoluto. Dejarla marchar es lo más difícil que he hecho jamás. Pero llevo diciéndolo desde el principio: quiero lo mejor para ella.
—Yo también —coincide Austin.
—Vale. —Noah golpea los nudillos contra la encimera—. Entonces ¿estáis bien?
Miro a Austin, asiento y le tiendo la mano.
Él la aparta de una palmada y me rodea el cuello con un brazo, apretando un poco más de lo necesario.
—Estamos bien.
—Bien. —Noah expulsa un suspiro.
Austin me suelta y nos mira a Noah y a mí.
—Ahora hablemos de hockey.
Me vuelco por completo en el juego.
Salvo por las reuniones de Alcohólicos Anónimos y las sesiones de terapia, vivo, respiro e incluso duermo hockey. En muchos sentidos, vuelvo a sentirme como un niño, y resulta revitalizante.
Mantengo la agenda repleta pero sencilla.
Mi rutina es intensa, aunque la recibo con gusto.
Me concentro en reparar mis relaciones con los chicos del equipo, especialmente con Austin y Torsten.
Lo doy todo en mi recuperación y asisto a sesiones adicionales de terapia para enfrentarme a los pensamientos oscuros que aún dan vueltas por mi cabeza a altas horas de la noche.
En una de esas sesiones, mi terapeuta me observa pensativo y pregunta:
—¿Con qué frecuencia sigues hablando con tu padre?
Me quedo en silencio mientras pienso en el último año.
—Cuando no estoy en rehabilitación —bromeo.
Él esboza una sonrisa.
—Unas cuantas veces al mes.
—¿Siempre te llama él?
Asiento.
—Cuando está borracho.
—¿Por qué respondes?
—Porque es mi padre —contesto de forma automática.
Después me recuesto en la silla y permito que la respuesta cale.
—Porque nunca he dejado de responder.
Mi terapeuta asiente.
—¿Qué crees que ocurriría si no contestaras?
La ansiedad me trepa por la garganta como siempre que mencionamos a papá.
—No lo sé. Puede que volviera a llamar. Puede que no.
—¿Y tu hermano? ¿Qué relación mantiene con vuestros padres?
—Dejó de tratar con ellos hace mucho tiempo. Envía un cheque y eso es todo.
—¿Lo llaman?
Niego con la cabeza.
—Que yo sepa, no.
—¿Crees que un acuerdo similar podría funcionar para ti? —plantea con delicadeza.
Me remuevo en el asiento mientras imagino una época en la que no tuviera que estar disponible cada vez que papá chasquea los dedos.
Todas aquellas noches heladas de mi infancia regresan de golpe.
Después, los partidos a los que acudía, golpeando el cristal con el puño para llamar mi atención y lanzarme algún insulto.
Seguidos por las llamadas que he estado atendiendo durante los últimos años.
Cada vez que colgamos, lo siento. La necesidad desgarradora de beber, la desesperación por borrar mis recuerdos, el deseo de no sentir nada.
—Puede ser —acepto al final.
—¿O crees que una posible solución sería cortar el vínculo bajo tus propias condiciones?
Levanto la mirada y entorno los ojos.
—¿Qué quiere decir?
Mi terapeuta me observa con calma. Es metódico y minucioso. Bajo su escrutinio, me siento como un niño pequeño, incapaz de contener la energía que me recorre las venas.
¿Podría hacerlo? ¿Cortar la relación igual que Noah?
¿Por qué nunca me había parecido una posibilidad?
Mi sangre corre por tus venas.
Porque temo parecerme a él.
Ser él.
—¿Qué crees que quiero decir? —pregunta.
Resoplo.
—Que debería llamar a mi padre, establecer unos límites, respetarlos y seguir adelante. Igual que hizo Noah —suelto la respuesta que llevaba todo este tiempo delante de mí.
—Podría ser una solución —coincide mi terapeuta sin revelar nada en su expresión.
Pongo los ojos en blanco y expulso un suspiro.
—¿Y si vuelve a llamar?
—¿Crees que seguirá llamando cuando pasen los primeros meses sin que respondas?
Niego con la cabeza, sabiendo que no lo haría. La perseverancia nunca ha sido su fuerte.
—Entonces… —me anima.
—Entonces podría seguir adelante —comprendo mientras me froto la mandíbula.
—Sería un paso en esa dirección.
Reflexiono sobre ello y finalmente asiento.
—Merece la pena intentarlo.
El doctor Le sonríe.
—Yo también lo creo. Nuestro tiempo de hoy ha terminado, pero nos veremos…
—El viernes.
—El viernes —confirma mientras se levanta.
Salgo de la consulta del doctor Le y sigo pensando en nuestra conversación durante todo el camino hasta el coche. De repente, la respuesta parece muy obvia.
Muy sencilla.
Enciendo el vehículo y conecto el Bluetooth. Después, por primera vez en tres años, marco el número de mi padre en lugar de esperar su temida llamada.
—Sí —responde con voz áspera.
—Papá, soy yo.
—¿Qué quieres?
—Quiero decirte que se acabó.
Resopla.
—¿Qué se supone que significa eso, East?
—Que no quiero volver a saber nada de ti —aclaro con voz firme.
—Espera un momento. Tu madre y yo no podemos…
—Recibiréis una transferencia el primer día de cada mes.
No voy a dejar a mamá sin dinero y eso significa que también estoy obligado a mantenerte a ti.
Pero será lo único. Ya no responderé a tus llamadas, tanto si estás sobrio como si estás borracho a punto de perder el conocimiento.
No volveré a escuchar tus historias lastimeras ni tus gilipolleces e insultos. No quiero volver a saber nada de ti.
Permanece en silencio durante un minuto y la falta de respuesta me pone nervioso.
Entonces dice:
—Por fin estás espabilando, ¿eh?
—Por fin. Y tengo que darle las gracias a Noah —respondo, porque quiero que sepa que comprendo perfectamente todo lo que le debo a mi hermano.
—A Noah tienes que agradecérselo todo —ladra.
—Sí —coincido—. Y a ti nada. Cuídate, papá.
Cuelgo.
Cierro las manos alrededor del volante y aprieto con fuerza. Tengo el cuerpo tembloroso y los nervios me recorren las extremidades. Miro el mundo al otro lado del parabrisas.
Personas tomando café en las esquinas mientras esperan a que cambie el semáforo. Madres llevando deprisa a casa desde la guardería a sus hijos pequeños, enfundados en trajes para la nieve. Coches que pasan a toda velocidad.
Me río.
Dios, cómo me río.
De forma histérica, hasta que termino inclinado hacia delante y agarrándome el estómago. Es una liberación enorme que dura varios minutos y me deja sin aliento y mareado.
Toda mi perspectiva cambia durante los diez minutos que paso sentado dentro del coche. Por primera vez, comprendo que estaré bien. No volveré a recaer. Tengo las herramientas, la voluntad y el propósito necesarios para seguir avanzando.
Solo un día cada vez.
Un pie delante del otro.
Esta vez no fracasaré.
Conduzco hasta casa, subo corriendo a mi habitación, preparo la bolsa y me dirijo al aeropuerto.
Tengo un partido de hockey que ganar, unos playoffs que esperar con ilusión y una vida que empezar a vivir.