24 Claire
VEINTICUATRO
CLAIRE
—Siento que hemos superado un obstáculo —le explico a Indy por teléfono mientras cierro la puerta del lavavajillas y pulso el botón de inicio. Regreso a la isla y cojo mi taza de café—. Las cosas parecen distintas. Mejores.
Emite un murmullo al otro lado de la línea. Su voz suena cautelosa cuando dice:
—Eso es genial, Claire. De verdad. Es solo que… —Suspira con fuerza—. ¿Estás segura? No paráis de lanzaros de cabeza. ¿Seguro que os estáis dando tiempo para asimilarlo todo? ¿Se lo está dando Easton?
Me muerdo el labio inferior, frustrada por su falta de apoyo.
—Indy, conozco a Easton desde hace años. Vale, puede que pareciera que pasábamos de cero a cien, pero tenemos muchísima historia.
—Pero ya no sois las mismas personas que erais hace cinco años.
Cierro la boca con fuerza y aprieto el asa de la taza.
Indy solo está cuidando de ti. No quiere que te hagan daño.
Expulso el aire despacio y dejo que se me enfríe el mal genio.
Además, ¿por qué te pones tan a la defensiva?
—¿Claire?
—Estoy aquí.
—Es solo que… no quiero que te hagan daño. Nada más.
Repite mis propios pensamientos.
—Ya lo sé. Pero estoy feliz. Easton me hace feliz. Tuvimos una conversación muy larga y las cosas van bien. Estar con él es lo único que me va bien ahora mismo y parece que todo el mundo está en contra.
Me dejo caer sobre un taburete mientras la frustración hace que las emociones se me acumulen. Los ojos me escuecen por las lágrimas.
—Tienes muchas cosas buenas en tu vida, Claire.
Resoplo.
—Conociste a Big Roxi el fin de semana pasado.
Sonrío al recordarlo. Ya me ha escrito. Quizá sí esté siendo un poco dramática.
—Es verdad.
—¿Y qué pasa con la oferta de trabajo de Nueva Jersey?
Pongo los ojos en blanco.
—¿Diseñando envases farmacéuticos? Indy, me moriría de aburrimiento. Además, no quiero un trabajo tradicional de nueve a cinco. Me gusta lo que estoy haciendo. Gano bastante bien con ello. Y siento que, si sigo adelante, acabaré encontrando la manera de que funcione.
—¿Se lo has contado a Easton?
—¿Lo del trabajo? No. ¿Por qué iba a hacerlo?
Cuando recibí la oferta, ni siquiera me dirigía la palabra.
Y ahora que hemos vuelto, parece el peor momento posible para mudarme.
Además, no quiero ese trabajo. Si fuera el empleo de mis sueños, claro que hablaría con él.
Pero ¿por qué añadir más presión a una relación que ya es frágil por algo por lo que ni siquiera quiero luchar?
Indy permanece en silencio durante un largo instante.
—Sí, tiene sentido. No lo había visto de esa forma.
Me sorprende la convicción de sus palabras. Comprende de verdad mi postura, lo que supone un alivio porque mis padres no lo harán ni de puta coña.
—Solo… id despacio, Claire. Lo tuyo con East es nuevo. Tu nueva aventura empresarial también lo es. Tú…
—Eh, frena. No hay ninguna aventura empresarial —me apresuro a corregirla.
—¿Por qué no?
Balbuceo, sorprendida por su desafío.
—¿Hablas en serio?
—Claire, eres como una hermana para mí. Me importas y quiero que seas feliz.
Te he visto intentar encontrar tu lugar desde que te graduaste.
No tenía ni idea de que te apasionara tanto trabajar por tu cuenta y, sinceramente, creo que en parte te saboteas porque no deseas ninguno de los empleos que solicitas.
Si quisieras alguno, ya estarías de camino a Nueva Jersey.
Has dicho que lo harías si fuera el trabajo de tus sueños. ¿Cuál es el trabajo de tus sueños?
Me quedo quieta, con la taza suspendida a medio camino entre la isla y mi boca. La mano me tiembla mientras reflexiono sobre la pregunta de Indy.
—Crear. Diseñar. Sentirme inspirada. Es solo que… quiero que me apasione el trabajo que hago.
—¿Y te apasiona? ¿Lo de los logotipos para grupos y la identidad de marca?
—Sí.
La respuesta me sale de forma instintiva, pero en cuanto la pronuncio comprendo hasta qué punto es verdad. Mi trabajo de diseño me llena de pasión y me proporciona un propósito.
—Entonces hazlo. Deberías hacerlo.
Sonrío, dejo la taza sobre la encimera y me aferro al borde.
—¿De verdad lo crees?
—De verdad, Claire. Si acabas trabajando para Big Roxi, deberías empezar a considerar lo tuyo como un negocio. Va a llegar muy lejos. Y tú también.
Resoplo.
—Avísame si puedo ayudarte en algo. Habla con Aiden. Pero deja el marketing para Rielle.
Me río.
—Gracias, Indy. Tu apoyo de verdad… —Pongo los ojos en blanco—. Dios, odio ponerme sentimental. Pero significa mucho para mí.
—Siento que antes pensaras que no lo tenías.
—Qué va. Yo tampoco fui tan sincera con todos como debería.
—Mientras seas sincera contigo misma, Claire, no importa demasiado lo que piensen o quieran los demás.
—Es verdad.
—Vale, pues este bebé lleva los últimos cinco minutos de conversación aplastándome la vejiga, así que…
—Ve a hacer pis.
—¿Me llamas luego?
—Sí. Gracias, Indy.
—Adiós, Claire.
Cuelgo y expulso una enorme bocanada de aire. Easton lleva todo este tiempo diciéndome que haga lo mío. Rielle me ha ayudado a pensar en ideas de marketing. Ahora Indy me anima a lanzarme.
Sonrío y me bajo del taburete. Quiero coger el portátil y trabajar en algunos conceptos de logotipo para mi marca: ClaireBear Designs.
Tengo un pie en el primer escalón cuando la puerta principal se abre y Easton cruza el umbral. Sus ojos encuentran los míos al instante y, al ver la rabia de su expresión, me quedo inmóvil con una mano aferrada a la barandilla.
—Hola. ¿Ha ido bien el entrenamiento?
La preocupación me atraviesa el pecho mientras mi cabeza salta a los peores escenarios posibles.
Easton deja caer la bolsa de entrenamiento al suelo y se quita el abrigo. Lo arroja sobre la bolsa y da dos pasos en mi dirección. Vacilo y bajo del escalón.
—¿East?
—¿Cuándo pensabas contármelo?
Cruzo los brazos sobre el pecho, a la defensiva por el tono acusador de su voz.
—¿Contarte qué?
La incredulidad atraviesa su expresión, pero la rabia la borra enseguida. Tiene la boca reducida a una línea fina y los ojos casi salvajes por la intensidad.
—¿Nueva Jersey?
Mierda. Levanto una mano.
—No es lo que crees.
—¿Cómo sabes lo que pienso? ¿Te has molestado siquiera en hablar conmigo al respecto? —replica, cruzándose de brazos y separando los pies.
Parece Hulk, amenazador y furioso.
Su rabia alimenta la mía y respondo con brusquedad:
—¿Cuándo se suponía que tenía que hacerlo? ¿La semana pasada, cuando recibí la oferta? Ah, espera, estabas desaparecido, escondiéndote en casa de Panda.
Resopla con desprecio.
—¿Y el sábado por la noche? Cuando te sostuve entre mis brazos, te hice el amor y pensé que estábamos construyendo un futuro.
—¡Lo estamos haciendo!
—Entonces ¿por qué no lo mencionaste el domingo por la mañana? Cuando pusimos todas las cartas sobre la mesa y juramos ser sinceros.
Hago una mueca.
Niega con la cabeza y una expresión que no sé interpretar le incendia el rostro.
El corazón se me hunde ante la traición que veo en sus ojos.
El estómago se me retuerce con dolor y presiono las manos contra él.
Una punzada afilada me atraviesa las costillas y, durante un segundo, me pregunto si voy a desplomarme.
La preocupación prende en los ojos de Easton, pero desaparece en cuanto me enderezo. Inclina la cabeza y baja la voz.
—Te dije que siempre te pondría por delante. Te juré que me marcharía antes de hacer algo que pudiera dañarte.
Levanto la cabeza de golpe mientras la confusión me grita dentro del cráneo.
—¿De qué estás hablando? ¿Cómo ibas a hacerme daño?
Abre los brazos, exasperado.
—Claire, no puedes renunciar a ti misma solo porque estemos juntos.
—No es lo que estoy haciendo.
—¿Ah, no? ¿Rechazar el trabajo estable, con sueldo fijo y prestaciones, que tus padres llevan tanto tiempo queriendo para ti? ¿Preparar la cena todas las noches y limpiar la casa en tu tiempo libre? ¿No salir con tus amigas ni ir de fiesta con Rielle?
—Eso no… Yo no…
—¡No soy tu proyecto personal! —brama.
Me echo hacia atrás como si me hubiera abofeteado. De algún modo, sus palabras lo consiguen. Afiladas y en carne viva, me raspan la piel cuando me las arroja.
—Easton, ya lo sé. Nunca he intentado cambiarte.
Se me quiebra la voz y él hace una mueca.
—Lo sé, Claire. Intentaste cambiarte a ti misma.
Su expresión está tan derrotada que avanzo hacia él.
Niega con la cabeza y retrocede unos centímetros.
El gesto me duele un millón de veces más que sus palabras y me rodeo el cuerpo con los brazos, sin importarme que las lágrimas que llevo conteniendo se desborden.
Dos lágrimas ardientes me recorren las mejillas y la mirada de Easton se clava en ellas.
—Easton, por favor, no hagas esto. No me hagas esto. No nos lo hagas —susurro, aunque ya sé lo que va a decir.
Y lo odio.
—No podemos seguir con esto, Claire. No puedes conformarte con menos. No voy a permitirlo.
—Estar contigo no es conformarme —sollozo, desesperada por hacerle entrar en razón—. ¡No lo es!
—Y yo no puedo soportar tantos altibajos —continúa como si no hubiera hablado—. No es bueno para mí. Ni para mi recuperación.
Bueno, joder.
Eso me deja paralizada.
Lo fulmino con la mirada.
—¿Estás diciendo que yo no soy buena para ti? ¿Que estoy interfiriendo con tu recuperación? —pregunto, porque necesito que lo diga antes de aceptar que esa es su verdad.
Vacila y una chispa de esperanza se enciende en mi pecho. Pero después controla sus facciones y se enfrenta directamente a mi mirada.
—Estoy diciendo que ya no puedo seguir en esto contigo, Claire. No somos buenos el uno para el otro. Acabarás resentida conmigo y yo acabaré haciéndote daño.
—¿Como ahora mismo? —Me señalo, con la cara cubierta de lágrimas.
Easton no muestra ningún remordimiento cuando escupe:
—Sería mucho peor si hubiéramos invertido un año en esto. Al menos solo han sido un par de meses.
Niego con la cabeza y me seco la cara con los nudillos. Aun así, las lágrimas siguen cayendo. La cabeza me da vueltas y las náuseas me revuelven el estómago.
Está rompiendo conmigo.
No me quiere.
No soy suficiente para él.
Es una revelación dolorosa que me despeja por completo.
Asiento una vez y me paso la manga por los ojos.
—Vale. Me marcharé esta noche.
Easton suspira como si estuviera siendo dramática.
—No seas ridícula, Claire. Tómate tu tiempo. No tienes que…
—Voy a hacer las maletas —lo interrumpo antes de girarme sobre los talones y subir ruidosamente las escaleras.
Entrar en su dormitorio es como morir por un millón de cortes de papel.
Un sinfín de pequeñas heridas me desgarran el corazón y lo hacen pedazos.
Me tiemblan las manos y siento que voy a vomitar.
Aun así, me obligo a recoger todo lo mío que encuentro.
Lo dejo caer dentro de mi bolsa de viaje de lunares y meto la ropa en la maleta pequeña.
Tardo menos de lo que debería en empaquetar mi vida.
En una hora, todo lo que creía saber se ha ido al infierno y todo aquello con lo que contaba para mi futuro ha dejado de existir.
Envío un mensaje y echo un último vistazo al dormitorio de invitados.
Cuando arrastro la maleta escaleras abajo, Easton avanza para ayudarme. Levanto una mano y lo detengo.
—Ya has hecho bastante por mí, gracias.
Su expresión se endurece excepto por los ojos, que sangran emoción. Pero los bloqueo. No puede tener las dos cosas. O me quiere o no me quiere. No puede apartarme y después hacerme sentir culpable por ello.
—Gracias por dejar que me quedase aquí —digo con ligereza mientras saco el abrigo del armario.
—Claire… —suspira—. ¿Adónde vas?
—A casa.
—¿Cómo vas a llegar? —Easton intenta ganar tiempo mientras cambia el peso de un pie al otro.
—Me están esperando fuera.
Frunce el ceño.
—¿Quién? ¿A quién has llamado?
—A mi hermano —murmuro mientras abro la puerta principal.
Miro fuera y me encuentro con la expresión preocupada de Austin al pie de las escaleras.
Austin mira más allá de mí y fulmina a Easton con la mirada. Yo no me molesto en darme la vuelta para verle la cara. Principalmente porque sé que me dolería y ya me estoy ahogando en dolor.
—Nos vemos por ahí, Easton —digo por encima del hombro antes de cerrar la puerta detrás de mí.