El Temerario (La Saga de los Boston Hawks 2) 23 Easton
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23 Easton

VEINTITRÉS

EASTON

Estoy alterado. Me siento como si estuviese dando vueltas alrededor del desagüe, pero, después de tantos momentos críticos, todavía no he caído. Casi, pero aún no.

Inspiro el aire frío del estadio y dejo que me invada.

Cierro los ojos y me concentro en los sonidos del lugar, más familiares para mí que los de cualquier otro sitio del mundo.

El corte afilado de los patines sobre el hielo.

El silencio casi absoluto de las cinco de la mañana, roto únicamente por el amor hacia este deporte que se me ha asentado en los huesos.

Las conversaciones dispersas de los hombres que ya están trabajando, limpiando y ocupándose del mantenimiento, ayudando y supervisando.

Me obligo a abrir los ojos. Contemplo las gradas y las vallas. Las banderas y las camisetas. El hielo.

Los dedos se me crispan dentro de los guantes cuando piso la superficie lisa y me impulso. Esta mañana hay otros dos jugadores del equipo, pero todos nos dejamos espacio de sobra. El entrenador Phillips reserva la pista una hora antes los viernes por si alguien quiere practicar un poco más.

Todos sabemos que lo hace por el respiro mental que nos proporciona. Todos lo aprovechamos cuando lo necesitamos.

Empiezo a patinar con tranquilidad, calentando poco a poco.

Hace casi una semana me enfrenté a una botella de vodka, me derrumbé entre los brazos de Claire y le prometí que jamás le haría daño. Esas promesas ya se sienten como una soga alrededor del cuello. ¿Cómo no voy a hacerle daño?

Todas las mañanas, cuando me marcho al entrenamiento, me besa para despedirse y me sonríe como si fuera el hombre más extraordinario que conoce.

Como si hubiera hecho algo importante, salvado a los osos polares o inventado los viajes en el tiempo.

Prepara la cena todas las noches, mantiene nuestra casa impecable y no se queja cuando mi equipación de hockey apesta en la colada.

El domingo, mientras comíamos gofres y bebíamos café, tuvimos una conversación difícil.

Una centrada en nuestra necesidad de comunicarnos mejor, ser sinceros y confiar el uno en el otro.

Siempre me ha costado hablar de mis sentimientos; odio sentirme vulnerable.

Pero con Claire es otro riesgo que estoy dispuesto a correr.

Las cosas con Claire avanzan a la velocidad de la luz.

En cuestión de unos pocos días, ha vuelto a instalarse como si el fin de semana pasado nunca hubiera ocurrido.

Pero yo sigo intentando asimilarlo todo y confiar plenamente en este nuevo nivel que ha alcanzado nuestra relación.

Como siempre, mi estado mental se queda rezagado respecto a mis deseos físicos y mis esperanzas emocionales.

Y después está papá.

Se me forma un nudo en la garganta, un amasijo de nervios, culpa y… miedo.

Cojo el stick y un disco y comienzo una serie de ejercicios de control. Mi mente no deja de agitarse, pero parte de la ansiedad disminuye cuando tengo el stick entre las manos.

Hace tres noches, papá me llamó. Cuando su nombre apareció en la pantalla del teléfono, el aliento se me congeló en la garganta y me temblaron los dedos.

¿Había pasado algo con mamá? ¿Un accidente?

Pero en cuanto respondí y escuché su voz, supe que estaba borracho.

Borrachísimo, arrastrando las palabras y soltando insultos. Cabreado, amargado y resentido.

Agarré el teléfono con fuerza y di gracias a Dios porque Claire estuviera en el piso de Rielle, pidiéndole opinión sobre algunas ideas de marketing.

—¿Vas a decir algo? —me preguntó papá.

—¿Estás bien? —pregunté despacio.

Soltó una carcajada y después tuvo hipo.

—Eres igual que yo, ¿sabes?

Me mordí con tanta fuerza que me hice sangre y un sabor a cobre me llenó la boca. Como masticar una moneda.

—No te gusta la verdad, ¿eh, chico? —preguntó papá, aunque no era una pregunta.

Luché por controlar la respiración, por tragar pese a la rabia y el dolor que me obstruían la garganta.

Se rio de manera brusca.

—¿Quién es?

—¿Qué? —siseé.

—La mujer. Tienes las prioridades hechas una puta mierda. No tienes la cabeza en su sitio.

—¿Cómo coño sabes eso? Hace más de un año que no me ves.

—He visto tus dos últimos partidos.

La certeza de su voz hizo que el pánico me sacudiera.

¿Papá sabe que es Claire?

Después llegó la rabia. ¿Quién se cree que es para llamarme y hablar sobre como estoy jugando?

Después, la inseguridad. Jugué bien. Incluso el entrenador lo dijo. Pero ¿podría haberlo hecho mejor? ¿Tengo la cabeza en otra parte? ¿No estoy concentrado?

Y después, rabia otra vez. Esta vez conmigo mismo. ¿Por qué permito que me afecte? Sé que juega con mi cabeza. Entonces ¿por qué entro en su juego?

Su risa oscura y sarcástica me devuelve a la conversación.

—Sigues siendo un crío, ¿eh?

—¿Por qué llamas? ¿No te ha llegado el último cheque?

Su risa aumenta y una sensación viscosa me recubre el estómago, inquietándome.

—Demasiado débil—jadea—. Tu hermano… —Hace una pausa y yo aprieto el teléfono con más fuerza—.

Me dio un puñetazo. Hace ya años, pero me alcanzó de lleno en la mandíbula.

Me dijo que te dejara en paz de una puta vez.

Imagínate. Siempre te defendía. Siempre sabía cuál era su posición.

No como tú, Easton. Sigues siendo demasiado débil.

Te altero yo. Te altera una mujer. Te altera una puta cerveza.

—¿Qué quieres? —susurro.

—Nada. Solo quería comprobar si eras distinto después de gastar todo ese dinero en ayuda. —Vuelve a reírse—. No existe ninguna ayuda capaz de salvarte, chico. Llevas mi sangre en las venas. Sírvete un chupito. Ya no te queda nada. Ni talento, ni credibilidad ni putos cojones.

Su risa crece y se hincha hasta estrellarse contra mí como una ola.

Durante un instante, vuelvo a tener trece años.

Tengo la ceja abierta de lado a lado. La sangre me recorre la cara, se acumula en mis manos y empapa el cuello de mi camiseta. Parece peor de lo que es, pero tiene un aspecto lo bastante grave para que la cabeza me dé vueltas y aparezcan manchas flotantes en mi visión periférica.

Papá me observa y se ríe.

Suelto una maldición y lanzo a portería. El disco entra en la red y expulso una nube de aliento blanco.

Miro el reloj. El entrenamiento empezará pronto y tengo la cabeza hecha un lío. Llevo así toda la semana. Antes de hablar con papá, estaba jodido por Claire. Ahora estoy jodido por todo.

Aquella noche, cuando Claire volvió de casa de Rielle, me sinceré con ella. Le conté más cosas sobre mi infancia, mi familia y mi padre. Después me quedé inquieto, como si me hubiera dado la vuelta por dentro y todos los secretos que mantengo escondidos estuvieran expuestos ante ella.

Estoy demasiado implicado. Claire me importa. Amo a Claire. Entonces ¿cuál coño es tu problema?

Recupero el disco y comienzo otro ejercicio, patinando hacia atrás.

El suelo se mueve bajo mis pies. Todo con Claire parece demasiado grande, demasiado intenso.

Demasiado real.

Está poniendo mi mundo patas arriba. Me obliga a cuestionarme mi futuro, mis planes, todo. Me descubro pensando en maneras de conseguir que se quede, aunque prometió que no se marcharía.

Después me encuentro pensando en formas de obligarla a irse, porque ¿por qué coño iba a quedarse?

Te ha demostrado una y otra vez que está contigo en esto.

Hasta que deje de estarlo. Quiero decir, uno pensaría que sus propios padres se quedarían, ¿verdad?

Llevas mi sangre en las venas.

Giro bruscamente hacia un lado y levanto una lluvia de hielo. Respiro de manera entrecortada y el sudor me resbala por la frente. Aun así, tengo frío.

—¡Eh!

Me vuelvo al oír la voz de Noah y observo cómo mi hermano se acerca. Patina hasta donde estoy y la sonrisa se le borra al verme.

—¿Qué pasa? —pregunta.

No se me escapa el temblor de preocupación de su voz. Ni la forma en que me examina, buscando señales.

Odio que todo el mundo me mire así. Como si se preguntaran si estoy sobrio siquiera, si algo me importa, si estoy realmente cabreado o colocado hasta las cejas.

Como papá.

Niego con la cabeza.

—Nada. Estoy bien. ¿Y tú?

Noah frunce el ceño.

—No cuela, East.

Una comisura de mi boca se eleva ante la seriedad de su expresión. Durante toda mi vida ha sido la única persona con la que podía contar. Incluso ahora, aunque se ha mudado y va a tener un hijo, sigue haciendo todo lo posible por ayudarme.

Aunque no me lo merezca.

—Estaba pensando en papá.

—¿Papá? —Se echa hacia atrás.

—Y en Claire.

Frunce el ceño.

—¿Qué tienen en común?

Lo pienso y suelto:

—Aparte de ti, son las únicas dos personas a las que no quiero decepcionar.

Los dos parpadeamos, sorprendidos. Rara vez soy tan sincero y todavía es menos frecuente que diga la verdad de una forma tan directa. Normalmente intento compartir una versión de mis pensamientos sin revelarlos por completo.

Pero ahora mismo me estoy abriendo con Noah y buscando el consejo de mi hermano.

Porque él es el hermano Scotch responsable y aún lo necesito.

Me observa con atención.

—¿Ha pasado algo?

—¿Qué quieres decir?

—¿Por qué estás aquí antes de las seis de la mañana pensando en papá? ¿Y en Claire?

Suspiro.

—Papá me llamó.

Los ojos de Noah se abren de par en par.

—¿Por qué? Le dije que te dejara en paz.

—No tienes que seguir haciendo eso.

—¿Haciendo qué? —La confusión carga su voz.

—Protegiéndome. Estás a punto de convertirte en padre y…

—Siempre seré tu hermano, Easton.

La rapidez con la que responde consigue tranquilizarme un poco y me aferro a la certeza de que Noah todavía me cubre las espaldas.

—Estoy jodido, Noah.

—¿Qué? ¿Ahora mismo? —Me agarra del codo, pero me aparto.

—No de esa manera. Quiero decir que tengo la cabeza hecha un desastre.

—Deja de permitir que papá te afecte.

—¿Y Claire? —Levanto la mirada hacia él y observo cómo la comprensión inunda sus facciones.

—Te has enterado de lo del trabajo —dice en voz baja.

Ahora soy yo quien frunce el ceño.

—¿Qué trabajo?

—¿Eh? Entonces ¿por qué estás tan trastornado por Claire?

Trago saliva.

—Estoy enamorado de ella.

Noah se echa hacia atrás como si le hubiera dado una bofetada.

—Easton…

—No estoy bromeando. Va en serio. Nunca había sentido nada parecido.

—Pero tu padrino dijo…

—No habría llegado tan lejos sin ella.

Noah me agarra del hombro y me mira directamente a los ojos.

—Joder —murmura.

Sonrío.

—Sí.

—Si habéis conseguido superar estos últimos meses, también podéis mantener una relación a distancia. —Me aprieta el hombro.

Niego con la cabeza.

—¿De qué estás hablando?

Noah se aparta y cierra los ojos. Echa la cabeza hacia atrás y vuelve a maldecir antes de mirarme.

—No lo sabes. Dios, East, le han ofrecido un trabajo a Claire. En Nueva Jersey.

El tiempo se detiene. Durante un segundo, toda la pista parece distorsionada. Se me taponan los oídos, como si me hubieran sumergido bajo el agua.

—¿East?

Entonces el sonido vuelve con un rugido. De repente, parece que el equipo entero ocupa el hielo. Todos están calentando mientras yo permanezco acurrucado en una esquina con mi hermano. Nos lanzan miradas preocupadas de reojo, pero nadie nos interrumpe.

La cabeza me da vueltas y se me oprime el pecho.

—¿Cuándo te enteraste? —murmuro con un tono duro.

Controlado.

Noah se pasa una mano por la mandíbula.

—Indy me lo contó hace unos días. Creía que tú lo sabías. Lo siento, East. Nunca habría… —Señala la pista—. Al menos no ahora.

Niego con la cabeza, apartándolo todo. Llevo toda la semana esforzándome por ser completamente sincero con Claire, incluso cuando admitir ciertas verdades resultaba doloroso. Juró que no se marcharía y, sin embargo… ¿ha aceptado un trabajo en Nueva Jersey y no me lo ha contado?

El dolor desaparece enseguida bajo la rabia y me aferro a ella.

—No, está bien. Me alegro de que me lo hayas contado.

Me observa con atención.

—¿Seguro que estás bien?

Asiento y me obligo a sonreír.

—Claro. Estoy bien.

Señalo al equipo con la cabeza.

—Será mejor que vayamos.

Noah me dedica una mirada larga y escrutadora.

Me lo guardo todo.

Todas las emociones. Todas las preguntas.

Lo encierro bajo llave y me concentro en el entrenamiento. En el hockey. Es la única constante que he tenido y, mientras pierdo todo lo demás, no pienso perder esto.