El Temerario (La Saga de los Boston Hawks 2) 21 Easton
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21 Easton

VEINTIUNO

EASTON

—Deja de ser un cobarde —me reprendo.

Fuera hace un frío de muerte, con un viento racheado que levanta todo a su paso, y yo estoy de pie en el porche de mi propia casa, demasiado asustado para entrar.

¿Está en casa? ¿Ha hecho las maletas y se ha marchado?

Arrastro los pies por el escalón y me froto las manos, soplando sobre ellas para mantenerlas calientes. Tengo que echarle huevos y entrar.

Me obligo a introducir el código, abro la puerta principal y paso al interior. Las luces de la cocina están encendidas, lo que provoca un destello de alivio en mi pecho. Pero la casa está inquietantemente silenciosa y la decepción vuelve a golpearme.

—¿Claire? —llamo mientras me quito el abrigo y lo cuelgo en el armario—. ¿Estás en casa?

Me adentro en la vivienda, atento a cualquier señal de ella.

No hay ninguna.

—Mierda.

Me dirijo a la cocina y me quedo clavado en el sitio al ver la botella de vodka sobre la encimera.

—¿Qué coño…?

Fulmino la botella con la mirada mientras la garganta se me cierra y empieza a doler al verla.

Tan al alcance de la mano y, aun así, a un puto océano de distancia.

Está precintada. Gracias a Dios, está precintada.

Así resulta un poco menos tentadora. Tendría que romper el sello. No podría ocultarlo. Yo…

Tengo que dejar de pensar en el vodka. En cómo sabe cuando llega al fondo de la garganta, en el ardor que provoca y en el calor que se extiende por mis extremidades.

—No. Para.

Me agarro la cabeza con ambas manos y describo un círculo enorme para mantenerme alejado de la botella. No puedo pensar en ella.

Pero tampoco puedo dejar de hacerlo.

Dios, menudo puto desastre he montado. Por supuesto que Claire no esperaba que apareciera hoy. ¿Por qué iba a hacerlo si llevo varios días sin decirle nada? Pero ¿por qué traería alcohol a mi casa?

Una oleada de rabia se hincha en mi pecho. Me tiemblan los dedos por los nervios, la frustración y la necesidad.

Me siento en un taburete de la isla y fulmino la botella con la mirada.

¿Dónde está Claire, de todas formas? Un vistazo a la cocina basta para saber que todavía vive aquí.

Al menos está eso.

Mi teléfono emite un pitido y lo agarro como si fuera un regalo del cielo.

Torsten

Claire está en Firefly con su amiga. Van bastante borrachas.

Aprieto el teléfono con fuerza. Imaginar a Claire borracha, rodeada de hombres que no soy yo, consigue que lo vea todo rojo. Joder. Por supuesto que ha salido a divertirse con su amiga. ¿Por qué no iba a hacerlo? Es una mujer preciosa y fascinante que no tiene problemas con el alcohol.

Frunzo el ceño al comprender lo poco que Claire ha salido desde que se mudó aquí. ¿Ha salido alguna vez? ¿Ha cambiado toda su vida social para adaptarse a mis carencias?

¿Cómo no me he dado cuenta antes?

La culpa y la frustración me revuelven el estómago mientras permanezco sentado en la isla. Mi mirada vuelve a posarse sobre la botella de vodka. Prácticamente puedo saborearla. La quiero.

La necesito. Joder.

Todo mi ser vibra con el deseo que me sacude el cuerpo como las olas contra la orilla. Interminable e implacable.

Los dedos me tiemblan sobre el regazo.

Me levanto de un salto y empiezo a caminar de un lado a otro.

Solo necesito distraerme. Podría jugar a la Xbox. O ver una película. Leer un libro.

La idea me hace reír y aporta al momento un poco del alivio que tanto necesito. Camino hasta el recibidor y abro la puerta del armario. Debería marcharme. Ir a algún sitio.

Las imágenes de mis pubs y bares favoritos cobran vida dentro de mi mente y cierro los ojos con fuerza en un intento patético de bloquearlas. No, no tengo adónde ir. Solo a casa de Panda, de donde me marché hace una hora. Si regreso, seguro que levantaré sus sospechas.

O podría ir a casa de mi hermano. Pero estará pasando tiempo con Indy, probablemente haciendo fotos de su barriga y maravillándose de cuánto ha crecido durante la última semana.

Mi teléfono vuelve a pitar.

Torsten

Claire va de camino a casa. Está sensible, algo borracha y un tal Aiden va con ella. Su amiga sigue aquí. Puedo ir a tu casa si necesitas salir. Es solo que no quiero dejar sola a Rielle.

¿Aiden? ¿Quién coño es Aiden? ¿Por qué me suena ese nombre?

Noah e Indy.

Ah, sí. De golpe lo recuerdo todo. Aiden es el mejor amigo de Indy, con quien mi hermano intentó emparejarla como un idiota.

¿Le interesa Claire? ¿Se conocen? ¿Está cuidando de ella o solo intenta meterse en sus pantalones?

La idea provoca que una rabia cegadora me agarre por dentro y vuelvo a caminar de un lado a otro.

Ahora no puedo marcharme, no cuando sé que va a entrar tambaleándose por la puerta principal, borracha, triste y acompañada de otro hombre.

¿Por qué coño se quedaría Rielle y mandaría a Claire a casa con Aiden?

Regreso a la cocina.

Tengo los nervios recorriéndome el cuerpo con tanta rapidez que no consigo procesarlo todo. La ansiedad aumenta dentro de mi pecho y me dificulta la respiración. El vodka me llama, una respuesta silenciosa a todas las preguntas de mi mente.

Vacilo.

Después avanzo directamente hacia la botella. La agarro por el cuello y aprieto con fuerza. Se me hace la boca agua y la garganta me arde. Los nudillos se me vuelven blancos y mi respiración se hace entrecortada.

No. Esta no es la forma de afrontar las cosas.

Lo sabes. Eres mejor que esto.

Pero ¿lo eres?

En realidad, solo eres un jugador de hockey acabado y sin talento. La única razón por la que tienes una carrera es Noah. La única razón por la que tienes una familia es Austin. La única razón por la que has llegado hasta aquí es Claire.

Claire.

No le hagas esto, tío. Si recaes esta noche, se culpará a sí misma. ¿Eso es lo que quieres? ¿Después de haber arruinado su vida social y conseguir que pase los últimos meses preocupándose por tu culo poco fiable?

Golpeo la botella contra el centro de la isla y vuelvo a caminar de un lado a otro.

Todo aquello en lo que se posan mis ojos dentro de la cocina parece burlarse de mí. La cabeza me zumba y la vista se me nubla.

Tu hermano es diez veces mejor que tú.

La voz de papá resuena en mi cabeza, dura y cruel.

Me froto la cicatriz de la ceja y recuerdo cómo la sangre se filtraba entre mis dedos, caliente y brillante.

Deja de hacer el gilipollas.

Austin me gritó aquello la segunda vez que aparecí borracho en un entrenamiento, oliendo como una destilería y con pinta de no haber dormido durante días.

¿Lo había hecho?

Demuéstralo.

Claire me desafió. Demuéstrale que eres digno, que la deseas, que puedes ser suficiente.

Pero, Dios, eso es imposible, ¿verdad?

Suelto una maldición y vuelvo a dejarme caer sobre el taburete. Contemplo la botella, ese puto enemigo que ofrece una dulce salvación y una ruina absoluta. ¿Y si rompo el sello solo para olerla? Una única inspiración profunda para despejarme la cabeza.

No, no. No puedo.

Pero ¿de verdad haría daño un pequeño sorbo? Me he portado tan jodidamente bien durante todo este tiempo…

Me obligo a apoyar los hombros contra el respaldo.

No puedo hacerlo.

No puedo.

Joder, ¿por qué resulta tan difícil? ¿Por qué estoy sufriendo de esta manera?

La puerta principal se abre de golpe y un resoplido seguido de una risita llegan flotando hasta la cocina.

Está aquí.

Claire está aquí.

Escucho, tratando de distinguir una voz masculina, pero no oigo ninguna.

Un alivio tan abrumador que me entran ganas de llorar me recorre por completo.

Mi cuerpo se relaja apenas un poco. Pero no consigo apartar la mirada. No puedo dejar de observar la botella. No puedo moverme.

Sus pasos se acercan. Son inseguros e irregulares.

¿Qué pensará cuando me vea? ¿Me odiará por mi debilidad?

Yo sí.

¿Hará las maletas y se irá? ¿Quién en su sano juicio se quedaría?

—¿Qué coño es esto? —Su voz atraviesa el aire, afilada y severa.

Muy despacio, aparto la mirada de la botella para encontrarme con su expresión conmocionada.

El miedo prende en sus iris. Levanta las manos y se acerca con cautela, como lo haría con un animal herido.

La punta del tacón se engancha en la junta de una baldosa y tropieza un poco, pero consigue apoyarse en el borde de la isla.

—¿Qué es esto?

Agarra la botella de vodka por el cuello y la aparta de un tirón.

Expulso el aire lentamente con la mirada todavía clavada en la botella que Claire sostiene.

Entorna los ojos hacia mí antes de darse la vuelta. Se dirige a toda prisa al baño. Me inclino hacia delante en el asiento y agarro los reposabrazos del taburete hasta que me duelen los dedos.

Unos instantes después, oigo la cisterna y la rabia y el alivio se mezclan y aumentan dentro de mi pecho.

La ha tirado por el váter.

Gracias a Dios, la ha tirado.

Claire regresa a la cocina con aspecto de estar un poco más sobria que hace cinco minutos. Ahora va descalza y está tan jodidamente preciosa que quiero envolverla en mis brazos y darle las gracias por haberme salvado otra vez.

—¿Qué estás haciendo? —Su voz está ronca y cargada de emoción.

—Gracias —susurro.

Su expresión se suaviza y la ternura le invade los ojos.

—¿Por qué?

—Estaba aquí cuando llegué.

Cierra los ojos, pero no se me escapa el dolor que florece en ellos.

—Dios mío. Lo siento muchísimo, East.

Vuelve a abrirlos de golpe.

—Lo siento, joder.

Niego con la cabeza.

—No lo sientas. Necesitaba ponerme a prueba.

—No bebiste. El precinto seguía intacto.

—No bebí.

—Pero querías hacerlo.

—Más de lo que jamás podrás comprender —admito.

Expulsa un aliento tembloroso y avanza hacia mí. Un instante después, estoy entre sus brazos y ella me acaricia el pelo con los dedos. Los sonidos que emite no tienen sentido, pero resultan tranquilizadores y me aferro a ellos.

¿Es esto el consuelo?

¿Así se siente el perdón?

Cierro los ojos y apoyo la cabeza sobre su hombro, permitiendo que mi debilidad se mezcle con su fortaleza.

No merezco esto.

No la merezco a ella.

Tira de mí para hacer que me levante del taburete y termino hundido entre sus brazos, sobre el suelo de la cocina.

La vulnerabilidad prende dentro de mí, bloqueándome las extremidades y haciendo que la cabeza me dé vueltas.

Tengo un millón de comentarios hirientes preparados en la lengua, listos para destrozar la ofrenda de paz de Claire y apartarla.

Me obligo a tragármelos cuando dice:

—Te tengo, East. Estoy aquí, cariño.

Los ojos se me cierran, pesados.

Increíblemente pesados después de cargar con tantas cosas durante tantísimo tiempo.

Me aferro a la piel de Claire, la mantengo pegada a mí y elimino hasta el último espacio entre los dos. Enredo los dedos en su largo pelo y los mechones se anudan alrededor de mis nudillos. Aspiro su aroma y permito que su dulce perfume floral me centre.

No tengo ni idea de cuánto tiempo permanecemos amontonados sobre el suelo de la cocina. La habitación se enfría, mi rabia desaparece y el agotamiento me invade.

Me levanta el rostro y obliga a mis ojos nublados a encontrarse con los suyos, llenos de compasión.

Me ofrece la sonrisa más pequeña, la mayor comprensión, y apoya los labios sobre los míos.

Y eso termina de deshacerme.