19 Easton
DIECINUEVE
EASTON
La mirada de Austin es puro acero cuando pasa patinando junto a mí. Me vuelvo y lo observo, pero él sigue adelante y llama a Torsten y James, nuestra línea defensiva.
La mano de Noah se posa sobre mi hombro.
—Tranquilo.
Miro a mi hermano. Todo en él es distinto a mí. Él tiene los ojos oscuros y yo he heredado el azul de mi padre. Él es fiable y responsable; yo, temerario y salvaje. Noah es un ciudadano ejemplar y yo vivo al límite. Él sabe controlar el alcohol y yo soy un puto alcohólico.
¿Cómo pueden dos hermanos ser tan diferentes?
Nos criaron de la misma forma, unos padres amargados y negligentes, en una casa vacía y cargada de tensión. Crecimos entre pellizcos dolorosos y comentarios hirientes. Los dos volcamos toda nuestra energía y concentración en el hockey.
Pero Noah siempre ha sido el mejor de los dos.
La mayoría de las oportunidades que tuve en el hockey llegaron gracias a él.
Su destreza sobre el hielo me consiguió un contrato mejor cuando nos vendió como un dúo.
Mi hermano siempre me ha cubierto las espaldas.
Todo el mundo sabe que yo no sería el jugador que soy sin Noah.
Sobre todo mi padre.
Mientras miro esos ojos opuestos a los míos, recuerdo las noches en que papá montaba la portería detrás de la casa.
Hacía un frío abrasador. De ese que te congela ciertas partes del cuerpo y consigue que el aire caliente queme más de lo que reconforta.
Durante horas, papá lanzaba botellas y latas de cerveza vacías contra mi cabeza.
Me recordaba, con su fuerza y sus palabras, que yo no valdría absolutamente nada, que sería todavía más inútil que él, de no ser por Noah.
Pero yo era un hijo de puta arrogante con una autoestima inexpugnable.
No es hasta ahora, en este preciso momento, cuando comprendo que papá tenía razón. Levanto el guante para recorrer la cicatriz que me atraviesa la ceja, pero la visera me estorba y dejo caer la mano.
De no ser por Noah, ya me habría ido por el desagüe en lugar de limitarme a dar vueltas alrededor.
Un hombre como mi hermano merece su enorme sueldo, sus admiradores entregados y una mujer como Indy. Un tío como yo solo cobra gracias a él, solo tiene seguidores gracias a él y jamás conservará a una mujer como Claire.
—Eh. —Noah me sacude el hombro—. ¿En qué coño estás pensando?
Me da un golpe en el casco y me observa con atención.
—¿Estás bien?
—Sí. —Me aclaro la garganta y me aparto de su contacto.
Lo último que merezco es consuelo.
—Estoy bien.
Noah vuelve a estudiarme. Sé que intenta descifrarme. Frunce el ceño con preocupación y lo odio intensamente. Odio que, después de tantos años, Noah siga cargando con la preocupación constante por mí.
También odio no ser capaz de ordenar la cabeza desde el domingo por la noche.
Todo se ha torcido. No sé exactamente qué cambió, pero ahora que Austin sabe lo de Claire y yo, todas las dudas que tenía sobre nuestra relación han salido a la superficie.
Ya no estamos envueltos en nuestra luna de miel, sino sumergidos en la realidad.
Si Claire y yo planeamos el futuro que deseo, ¿heredará toda la preocupación que Noah soporta por mí?
¿Pasará los días analizando mis cambios de humor?
¿Ocultará la inquietud detrás de sonrisas nerviosas?
¿El pánico se apoderará de ella cuando haya tráfico y yo tarde en volver a casa?
Un millón de situaciones me inundan la cabeza y todas son una mierda.
Porque todas muestran, con una claridad perturbadora, la cantidad de energía que les robo a quienes más cerca están de mí.
—Vamos a colocarnos. —La voz de Noah es seca.
Asiento y patino hasta mi posición para el saque neutral.
Hoy jugamos un partidillo. Esta noche volamos a Houston.
La próxima semana tenemos tres encuentros complicados contra rivales duros.
El disco cae y Austin se hace con él, pasándoselo a Noah aunque yo estoy libre.
Resoplo, consciente del juego que se trae.
La rabia —contra Austin, contra mi padre y contra mí mismo— me alimenta. Dejo que hierva dentro de mis venas y la utilizo para superar el partidillo. Gracias a mi hermano, tengo años de memoria muscular en los que apoyarme porque hoy no tengo el corazón en el hielo.
—Tienes una pinta horrible —dice Torsten.
Me sostiene la puerta cuando salgo del estadio.
Esperaba escabullirme sin que nadie se diera cuenta, pero Torsten se me ha adelantado tres pasos en sus propias prisas por marcharse después del entrenamiento de hoy.
—No duermo demasiado bien —respondo con voz áspera.
Su sonrisa desaparece y entorna los ojos hacia mí.
—¿Estás bien?
—Sip.
Hago estallar la pe de la palabra y sé que Torsten sabe que estoy soltando una mentira de mierda. Ajusto la correa de la bolsa de deporte y me la coloco más arriba sobre el hombro.
—Venga, tío. Sea lo que sea que pasa entre Austin y tú, acabará solucionándose.
Niego con la cabeza.
—Esta vez no.
Torsten frunce el ceño. Cruza los brazos sobre el pecho y cambia de posición para protegerse la cara del viento.
—Sea lo que sea, no puede ser tan grave. A menos que te bebieras todo el vino bueno de Mary o intentaras algo con Claire…
Levanto los ojos de golpe al oír su nombre.
Comprende la situación al instante y suelta una maldición.
—¿Tú y Claire?
Asiento.
—¿Estás de coña? Claire Merrick no es una simple…
—No termines esa frase —le advierto, acercándome—. Sé exactamente quién es Claire. Sé que no soy bueno para ella. Sé que nunca seré digno de ella. Lo sé y aun así lo hice porque es jodidamente… Claire.
Suspiro y me paso una mano por la cara. Lo último que quiero es tener esta conversación con un compañero de equipo. Pero ya es demasiado tarde.
—No fue un polvo cualquiera, ¿vale? Me importa, tío.
Torsten me observa durante un largo instante antes de asentir. Da un paso atrás y niega con la cabeza.
—Cuando la cagas, Scotch, siempre te metes de lleno hasta el puto fondo.
Te juro que nunca he visto a nadie arriesgar tanto su futuro y sus amistades como tú.
Algún día tendrás que hacerte responsable de las mierdas que montas.
Arregla las cosas con Austin. El equipo cuenta con ello.
Y no juegues con Claire. No se merece tus gilipolleces.
Soluciona las cosas con ella antes de subir al avión esta noche.
Me muerdo el labio y me doy la vuelta, aunque lo que de verdad quiero es echar el puño hacia atrás y clavárselo en la garganta.
Pero no lo hago porque tiene razón. Las últimas tres veces que salí con Torsten, volví a casa con una mujer distinta.
En una ocasión ni siquiera llegamos a casa.
Me la follé en el baño de hombres y Torsten nos pilló.
Por supuesto que no me quiere cerca de Claire.
Es como la hermana pequeña adoptiva del equipo y yo soy el tío que lo estropea todo.
La única razón por la que todavía no me han partido la cara es Austin y Noah.
Y ahora también he perdido por completo la confianza de Austin.
—Joder —maldigo mientras lanzo la bolsa al maletero del coche.
Me siento al volante y conduzco hasta casa. Una parte de mí espera que Claire esté allí para poder rodearla con los brazos, besarla hasta dejarla sin sentido y sentir algo que no sea odio hacia mí mismo y desesperación.
Pero la parte más sensata desea que ya haya hecho las maletas y se haya largado.
Porque, aunque yo no soy lo bastante fuerte para mantenerme alejado de Claire como debería, ella sí tiene el sentido común necesario para saber que no debe quedarse esperándome.
Lo único que puedo ofrecerle es un corazón roto, y el único corazón que me ha importado no destrozar jamás es el de Claire.
Cuando llego a casa, me invade la decepción. No está. La casa se encuentra impecable, todo perfectamente colocado como a ella le gusta. Pero falta su calidez y mi hogar queda teñido de un gris apagado.
Me sirvo un vaso de agua y me dejo caer sobre un taburete de la cocina.
Miro el teléfono e ignoro los mensajes de Noah preguntándome cómo estoy.
Su preocupación añade otra capa de culpa a mi estómago.
¿Cuándo comprenderá Noah que no puede salvarme él solo?
¿Que la mayoría de los días ni siquiera merezco que me salven?
Me bebo el agua en tres tragos. La puerta principal se abre y me quedo inmóvil. Mi mirada vuela hacia el recibidor.
Mi ángel entra por la puerta con el pelo rubio amontonado sobre la cabeza como un halo. Se mueve despacio, como si estuviera aturdida. Frunzo el ceño y me incorporo mientras avanza hacia la cocina, dejando caer el bolso al pie de las escaleras.
Cuando entra, da un respingo y presiona el talón de la mano contra el pecho.
—Me has asustado.
—Lo siento —digo sin sonar arrepentido en absoluto.
Nada nuevo.
—No pensaba que estarías aquí.
—El entrenamiento terminó antes.
Asiente y se sirve un vaso de agua. Observo sus movimientos y percibo la desconexión entre sus acciones y sus pensamientos. Parece apagada. Cuando levanta la mirada, veo que tiene los ojos enrojecidos y los párpados hinchados.
El golpe me alcanza sin previo aviso. He hecho llorar a Claire. A mi Claire.
En este instante me odio todavía más que la noche en que la botella de cerveza de papá me golpeó en la ceja, me abrió la piel y acabé con cinco puntos. Aquella noche me desprecié por permitir que se saliera con la suya. Ahora me desprecio por haber colocado a Claire en esta situación.
Me aproveché de su bondad y su dulzura, y ahora la he abierto en canal y he hecho que sus lágrimas caigan como lluvia.
Me muero por acercarme a ella. Por rodearla con los brazos, estrecharla contra mi pecho y respirar el aroma de su pelo.
Quiero susurrarle palabras tranquilizadoras al oído, presionar los labios contra su piel y convencer a su cuerpo y a su mente para que se relajen.
En lugar de hacerlo, me obligo a permanecer sentado. Dejo caer las manos sobre el regazo y las cierro en puños bajo la isla, fuera de la vista de Claire. No quiero que sepa cuánto me afecta. Quiero que siga adelante para poder tener la vida que se merece.
Con un hombre que la merezca.
Dios, imaginarla con otro tío me corta por dentro. Me arde el pecho como si un ejército de hormigas rojas hubiera invadido el espacio y el pie me golpea el travesaño del taburete con un ritmo seco y entrecortado.
Claire deja el vaso de agua. El silencio continúa en la cocina y añade un brillo de rabia a nuestro enfrentamiento mudo.
—¿Vas a decir algo? —me pregunta en voz baja.
—Esta noche vuelo a Houston.
—Ya.
—Vuelvo mañana por la noche. Voy a pasar unos días en casa de Panda —me obligo a decir.
Se le descompone el rostro.
—No tienes que hacer eso. Puedo haberme marchado de aquí para cuando vuelvas mañana.
¡No!
Quiero gritarlo con tanta fuerza que revienten las putas ventanas. En lugar de hacerlo, niego con la cabeza.
—Quédate. Esta también es tu casa.
Suelta una risa incrédula.
Me pellizco el puente de la nariz y rezo para obtener un poco de claridad mental.
—Solo necesito un minuto, Claire. Necesito algo de tiempo y de espacio para ordenar toda la mierda que tengo en la cabeza.
—Podrías hablar conmigo —se ofrece.
Niego con la cabeza.
—No es algo bonito, cariño.
—Me da igual.
En cuanto lo dice, sé que habla en serio, y eso me hace sentir todavía peor.
—Sé que te da igual —admito, sintiendo más por ella en este instante de lo que jamás he sentido por nadie.
Las emociones me arrollan y me ahogan con su intensidad. Durante un segundo, lo único que puedo hacer es contemplar sus ojos de zafiro y la peca que tiene justo debajo de la comisura derecha de la boca, y desear que las cosas pudieran ser distintas entre nosotros.
Que yo pudiera ser distinto.
Menos yo.
—No quiero que te mudes. Sé que no he sido justo contigo. Te estoy dejando fuera desde el domingo y lo de Austin… Es solo que necesito un minuto —repito.
Asiente con los ojos llenos de lágrimas. Hay que reconocerle que no permite que caiga ninguna.
—Vale.
Me bajo del taburete.
—Tengo que hacer la maleta. Volveré a hablar contigo el sábado.
—Claro —responde sin comprometerse.
Cuando llego a las escaleras, me obligo a darme la vuelta. Preparo el equipaje, me doy una ducha rápida y me visto para dirigirme al aeropuerto. Para cuando vuelvo a bajar, Claire se ha marchado.