12 Claire
DOCE
CLAIRE
Se le ensanchan las aletas de la nariz y los abdominales se le ondulan al escuchar mis palabras.
El tatuaje de Easton, un diseño tribal, colorido y elaborado que asciende por el lado izquierdo de sus costillas, me hipnotiza.
Se aclara la garganta y arrastro los ojos hasta los suyos.
Los tiene oscuros e intensos, como un huracán a punto de desatar un torrente de viento y lluvia, y yo estoy más que dispuesta a dejarme arrastrar.
Los nervios se arremolinan en mis extremidades, se enredan y se desenredan como un carrete de hilo.
Me siento descentrada, emocionada y sin aliento.
La expectación me sacude y agudiza mis sentidos, haciendo que absorba cada detalle a medida que sucede.
El aroma de la colonia de Easton mezclado con jabón recién usado que desprende la funda de su almohada.
Los últimos rayos de sol proyectados sobre la pared de su dormitorio como un espectáculo de luces.
La potencia del cuerpo de Easton mientras avanza hacia mí.
Su expresión posesiva y vulnerable al mismo tiempo.
Hay tanta emoción en sus ojos que podría ahogarme en ella, y quiero hacerlo. De buen grado.
Llevo años esperando este momento, soñando con este encuentro exacto, y ahora, por fin, está sucediendo.
Mi cuerpo vibra de aprobación cuando Easton avanza a gatas sobre mí. Su piel está ardiendo allí donde se presiona contra la mía. Sus manos son ásperas, con dedos encallecidos y uñas cortas, mientras recorren mi cuerpo. Explorando, tocando, sintiendo.
Me recuesto contra sus almohadas y disfruto del peso de su cuerpo al caer sobre mí.
Sus manos me apartan el pelo de la cara.
Durante un largo instante, nos miramos a los ojos como lo harían dos amantes, aunque todavía no podamos llamarnos así.
Su mirada me examina mientras se hunde en la mía, decidida a sacar secretos a la luz y resolver enigmas.
—Claire —susurra con voz ronca.
—Te deseo, East —lo tranquilizo.
Suspira y cierra los ojos durante un largo segundo.
Se le tensan los hombros y todo su cuerpo se pone rígido.
Es un hombre en guerra consigo mismo y, durante un momento, lo dejo luchar.
Porque con cada una de mis exhalaciones, su cuerpo desciende más sobre el mío y su determinación de seguir resistiéndose se debilita.
—No quiero hacerte daño —admite en voz baja.
—Entonces no lo hagas —murmuro.
Sus ojos vuelan hacia los míos y la sonrisa arrogante que adoro le curva la boca.
—¿Así de fácil?
—Lo es si tú quieres que lo sea.
—Esto parece un riesgo de cojones —masculla mientras su boca se aproxima a la mía.
—La recompensa es mayor —consigo decir antes de que me bese.
El beso de Easton es como una droga y yo ya soy adicta.
Besa con habilidad, como un hombre con mucha experiencia, pero en su beso hay hambre.
Una presión desesperada en su boca, una súplica en sus labios mientras convencen a los míos para que se rindan.
Me besa como si fuera su futuro y, al mismo tiempo, esto fuera una despedida.
Gimo cuando se acomoda con más firmeza entre mis muslos.
Me rodea las muñecas con las manos, las lleva por encima de mi cabeza y las inmoviliza contra las almohadas.
En esta postura, cada vez que inspiro, mis pechos rozan su torso.
Los siento pesados, con los pezones hormigueando, y lo único que quiero es que me desnude.
No me decepciona. Cuando sus labios vuelven a encontrarse con los míos, pierde el control.
Me besa con ferocidad, con un hambre desesperada.
Le devuelvo cada beso; nuestros dientes chocan, nuestras lenguas se baten y nuestros labios luchan por dominar.
Easton me quita la camiseta por la cabeza y me abre el sujetador en cuestión de segundos.
Los dos nos quitamos los pantalones a trompicones y la ropa descartada cae al suelo.
Sus ojos se hunden en los míos, nublados por el deseo.
—Voy a conseguir que ningún otro hombre vuelva a satisfacerte, Claire. No habrá otro puto Derek.
Escupe su nombre y sus hombros tiemblan con una posesividad que me pone a cien.
—¿Es una promesa? —lo provoco.
Easton gruñe y se abalanza sobre mí. Me río cuando su cuerpo vuelve a cubrir el mío y sus manos recorren hasta el último centímetro de mi piel.
—Una advertencia, nena —murmura junto a mi oído justo antes de que sus dedos rocen el pedazo de encaje que llevo entre los muslos.
Me acaricia el coño y gimo. Vuelve a hacerlo.
—¡Easton! —grito, arqueando la espalda sobre el colchón.
Dios, ha pasado demasiado tiempo. Con toda mi verborrea descarada y mis bromas coquetas, no he estado con muchos hombres. La mayoría de las veces, me contengo. Siempre hay algo que no parece encajar, pero esto, ahora mismo, parece demasiado correcto para ser otra cosa.
—Estás empapada, Claire —gime Easton.
Se gira sobre un costado para poder observar mi expresión mientras me da placer como si fuera algo que hiciera cada día.
—No te avergüences —murmura al advertir el calor de mis mejillas—. Verte deshacerte entre mis manos es pura magia.
Cierro los ojos mientras la presión aumenta en la parte baja del vientre. Los labios de Easton recorren mi pecho y atrapa mi pezón izquierdo con la boca justo antes de introducir dos dedos dentro de mí y curvarlos.
Casi salto del colchón.
—Eso es, nena. Dámelo todo —exige.
La barba incipiente de su barbilla me raspa la garganta hasta que su boca reclama la mía.
Entre el asalto de los labios de Easton y la sensación de sus dedos dentro de mí, alcanzo el límite más rápido que nunca.
—East —digo, con asombro y una pizca de preocupación en la voz.
—Chist. Te tengo, Claire. Déjame ver como te corres para mí.
El orgasmo me atraviesa con la fuerza de un maremoto y me deshago en brazos de Easton. Sus dedos son implacables y sus labios, hambrientos. Una oleada de placer tras otra estalla por todo mi cuerpo, colorida y fragmentada como un caleidoscopio de posibilidades.
Apenas estoy recuperando el aliento cuando abro los ojos de golpe.
Un millón de pensamientos —¿Easton acaba de hacer que me corra? Dios mío, ¿qué digo ahora?— se atropellan en mi cabeza. Antes de que pueda pronunciar una sola palabra, Easton se mete los dedos en la boca, los succiona y los saca con un chasquido sonoro.
—Sabes mejor que cualquier dulce, Claire —dice mientras desciende por mi cuerpo como una maldita pantera.
Sigiloso y deliberado. Frunzo el ceño mientras lo observo. Cuando se acomoda en el vértice de mis muslos, comprendo lo que pretende y me incorporo.
—No, espera. Easton, no puedo. Tú no puedes…
Niega con la cabeza y me coloca el muslo derecho sobre el hombro.
—Sí puedo, Claire.
Sopla sobre mi carne sensible y me tiemblan los muslos. East sonríe con descaro y mantiene los ojos clavados en los míos mientras saca la lengua y lame un camino recto por el centro de mi coño.
Grito y vuelvo a caer sobre las almohadas, retorciendo los dedos en la funda del edredón.
Gimo cuando Easton repite el movimiento. Sus manos me mantienen los muslos abiertos mientras hace círculos con la lengua sobre ese pequeño punto que me vuelve loca. Gimoteo y noto cómo su risa vibra contra mí. Vuelve a trabajarme con la boca hasta que empiezo a ver estrellas.
Otro orgasmo me sacude, más poderoso e intenso que el primero.
—Tenías razón —jadeo.
—¿En qué, nena?
—Has conseguido que ningún otro hombre vuelva a satisfacerme.
Easton se ríe por lo bajo, me da la vuelta y se coloca detrás de mí. Se detiene un instante para ponerse un preservativo. Su mano recorre la curva de mi culo.
—Esto solo acaba de empezar, Claire.
Entonces se hunde dentro de mí y la Tierra se inclina sobre su eje.