9 Easton
NUEVE
EASTON
Abro la puerta de mi taquilla. El nudo corredizo que lleva toda la semana cerrándose alrededor de mi cuello se afloja un poco. Hoy ha ido bien. Por primera vez desde que salí de rehabilitación, he estado en el hielo sin sentirme lento, desequilibrado ni aterrorizado.
—Buen trabajo hoy, East. —Torsten me da una palmada en la espalda.
—Gracias, tío.
—Se te veía bien —añade.
Y sé que lo dice en serio. Torsten es el jugador de más edad del equipo y, durante los últimos años, su actitud ha cambiado. Ha pasado de proteger sus minutos de juego con la ferocidad de un vikingo a ejercer de mentor para los más jóvenes mientras vamos ascendiendo.
—Tú también.
Resopla.
—¿Qué? —pregunto mientras me seco el pelo mojado con una toalla.
—Es un alivio escucharlo, East. Porque todavía noto los golpes del último partido. Mi cuerpo ya no se recupera como antes.
Frunzo el ceño al recordar los dos golpes brutales que Torsten recibió en el partido del martes. Salió de titular, pero no pudo terminar el tercer periodo.
—¿Estás bien? —pregunto, bajando la voz.
Una lesión puede ser el beso de la muerte.
Torsten asiente y se ríe.
—Más que bien, East. Has vuelto, el equipo está compenetrado y esta semana he jugado a tope.
Parte de mi preocupación se alivia ante sus palabras y sonrío.
—Bien. ¿Qué vas a hacer ahora?
Torsten se encoge de hombros, abre una taquilla unas cuantas posiciones más allá de la mía y empieza a vestirse.
—Voy a comer algo. ¿Tienes hambre?
Me pongo un jersey.
—Siempre puedo comer, Big Daddy.
Resopla.
—¿Quieres que vayamos a picar algo?
—Claro —respondo de forma automática.
Antes solía ir a comer o a tomar algo con los chicos todo el tiempo. Pero esta es la primera vez que uno de los jugadores del equipo, sin contar a mi hermano o a Austin, me invita a pasar el rato desde que salí de rehabilitación.
Reconozco la mano tendida y me aferro a ella. No quiero perder ninguna oportunidad de recordarles que estoy comprometido con el equipo, con esta temporada, con ellos.
—Genial. Panda también se apunta —dice Torsten, refiriéndose a nuestro portero.
—¿Y Ryan? —pregunto por el otro defensa titular.
Torsten niega con la cabeza y me dedica una sonrisa triste.
No es ningún secreto que James Ryan lleva un año pasándolo mal.
La muerte de su mujer lo destrozó y criar solo a sus gemelos le está pasando factura.
Aparte de su compromiso con el equipo, apenas socializa.
Aparece, trabaja y sale corriendo a casa con sus hijos.
—¿Cómo está? —pregunto.
Torsten suspira, sombrío.
—Tiene días buenos y días malos. No ha sido un año fácil.
No. Desde luego que no.
Cuando terminamos de vestirnos, salimos del estadio y nos dirigimos al aparcamiento.
—Sígueme. —Torsten señala calle abajo—. Hay un sitio pequeño que me gusta en el West End.
Me mira por encima del hombro.
—No está muy lejos de casa de tu hermano e Indy. Pregúntale a Noah si quiere venir.
Niego con la cabeza.
—Hoy está ocupado.
Como no quiero compartir detalles de la vida privada de mi hermano, no añado que va a acompañar a Indy al médico para una ecografía.
Torsten se encoge de hombros.
—Vale.
Me pongo al volante y sigo a Torsten y Panda por las concurridas calles de la ciudad hasta que aparcamos delante del luminoso y ecléctico restaurante mexicano de fusión. Aunque solo he venido una vez, se me hace la boca agua en cuanto lo reconozco. La comida está increíble.
Entramos en el restaurante y Torsten nos guía hasta una mesa del fondo.
Varios clientes nos miran mientras avanzamos entre las mesas.
Se levantan algunos murmullos y noto cómo se me eriza el vello de la nuca.
¿Susurran porque hay jugadores de los Hawks aquí?
¿O están analizando todas mis cagadas y preguntándose en voz alta cuántos meses faltan para que vuelva a rehabilitación?
El pensamiento me altera, aunque aparece en mi mente varias veces al día. Algunas jornadas, varias veces por hora. Me arde la garganta y siento el corazón martilleándome en las sienes mientras las miradas de los desconocidos siguen todos mis movimientos.
Me siento aliviado cuando me acomodo en la mesa, de espaldas al restaurante y a toda esa atención que no deseo.
Panda suspira mientras pliega su enorme cuerpo para sentarse.
—Tío, esta semana ha sido brutal.
Torsten se ríe por lo bajo.
—Le estaba diciendo a East en el vestuario que mi cuerpo ya no se recupera como antes.
Panda me dedica una sonrisa divertida.
—East todavía es demasiado joven para saber lo que se siente.
Le enseño el dedo corazón y se ríe. El alivio me recorre las venas con sus pullas. Durante años, Torsten y Panda se metieron conmigo por ser el novato, verde y sin experiencia. Que vuelvan a hacerlo ahora, después de todo el estrés y la mierda que provoqué al equipo, sienta bien. Resulta normal.
Aparece la misma camarera de la última vez.
—¡Hola, chicos! Soy Shell y me ocuparé de atenderos hoy.
—Hola, Shell. —Torsten le sonríe como si llevaran años siendo amigos y Panda pone los ojos en blanco.
—Hola, Torsten. Buen partido el martes. —Shell le devuelve la sonrisa y Panda y yo ocultamos la risa.
Torsten niega con la cabeza hacia nosotros.
—Podríais ser un poco más simpáticos —nos reprende delante de Shell.
Ella se ríe.
—¿Qué os pongo de beber?
De inmediato, la tensión aparece y flota sobre la mesa como una nube de tormenta. Torsten y Panda me miran. En sus ojos titila una incertidumbre que multiplica por diez el ardor de mi garganta. Se me tensan los hombros.
Mierda.
—Pedid lo que os apetezca —digo, agitando una mano.
Mantengo el tono ligero y los gestos despreocupados.
Pero, dentro de mí, el monstruo despierta rugiendo.
La mirada se me escapa hacia la barra, hacia los grifos de cerveza, hacia las hileras y más hileras de botellas de alcohol.
Se me oprime el pecho y ahora la garganta me arde en llamas.
Llevo las manos a las rodillas y aprieto la tela de los vaqueros.
—Yo tomaré un té helado.
Panda entorna los ojos.
—¿Seguro, East?
Asiento y le sonrío. O, al menos, lo intento.
—Claro, tío.
Sea lo que sea que ve en mi expresión, parece tranquilizarlo. Es tanto una prueba de lo bien que sé fingir como de lo poco que nadie comprende de verdad a los demonios contra los que lucho constantemente.
Hoy es distinto al almuerzo después de salir de rehabilitación.
Ahora no estoy con mi familia, sino con mis compañeros.
Claro que son como una familia, pero la dinámica cambia.
Estos son los tíos con los que antes me emborrachaba hasta perder el conocimiento.
Los que cargaban conmigo cuando estaba tan borracho que no podía mantenerme en pie.
La ansiedad me araña la garganta y el corazón me martillea el pecho.
—Genial. —Panda vuelve la mirada hacia Shell—. Yo quiero una Corona.
—Dos. —Torsten levanta dos dedos.
Shell empieza a enumerar varios platos especiales que no llego a escuchar porque un rugido, como una ola del océano, me llena los oídos.
Las miradas clavadas en mi espalda se intensifican hasta que siento que todo un estadio observa cada uno de mis movimientos, esperando que tropiece, que vuelva a cagarla.
Otra vez.
La voz de mi padre y sus fríos ojos azules, tan parecidos a los míos, aparecen y desaparecen en mi cabeza.
Panda y Torsten estudian la carta. Yo tengo la mirada clavada en Shell, en la bandeja sobre la que descansan las dos cervezas frías y ácidas. Las rodajas de lima sobresalen del cuello de las botellas y se me hace la boca agua al imaginar el sabor de la cerveza helada con ese toque cítrico.
Aprieto los dientes hasta que las muelas rechinan.
Me obligo a bajar los ojos hacia el menú, buscando algo que me distraiga, pero nada consigue aislarme del tintineo del hielo en un vaso vacío, de las botellas de colores alineadas en las estanterías de la barra, de las carcajadas que acompañan a un brindis unas mesas más allá.
—Aquí tenéis. —Shell regresa y el sonido vuelve de golpe.
En mi mente, casi estoy jadeando. El pánico empieza a llenar mis venas, acumulándose poco a poco como hollín en una chimenea.
La ansiedad me sacude el pecho con una fuerza brutal.
Agarro el té helado que Shell deja delante de mí y doy un trago largo, concentrándome en su sabor y dejando que invada todos mis sentidos.
¿Qué me dijo que hiciera Rick, mi padrino?
Concéntrate en el momento. En esta única cosa. Bloquea todo lo demás. Respira.
Inspiro. Torsten pide nachos con guacamole. Exhalo. Panda hace su pedido.
Los nervios empiezan a calmarse. El corazón reduce el ritmo. La vista se me aclara.
—¿Y tú? —pregunta Shell.
Panda y Torsten se vuelven hacia mí, expectantes.
Me aclaro la garganta y le entrego la carta.
—Tomaré las fajitas de verduras, por favor.
Los hombros de Torsten se relajan y Panda me dedica una sonrisa. Creen que estoy bien. No lo saben.
Nadie lo sabe.
Inspiro. Exhalo. Me recuesto en la silla, fingiendo una tranquilidad muchísimo mayor de la que siento. Shell desaparece. Levanto el té helado hacia mis compañeros.
—Por vosotros y por la temporada.
Sonrío de medio lado.
Panda y Torsten se ríen. Observo cómo la cerveza fría les toca los labios y cómo la tragan.
Un incendio se desata por mi torrente sanguíneo, intenso y furioso, mientras doy otro trago al té helado. Cierro los ojos y obligo a mi mente a pensar en otra cosa.
Claire aparece en mis pensamientos. Su pelo dorado, sus ojos deslumbrantes, su guiño coqueto.
Clairebear.
Me calma, alivia parte de la ansiedad. Es extraño, pero, en el fondo, sé que me cubre las espaldas. Incluso cuando no está aquí.
Dejo el té sobre la mesa. El alivio me inunda cuando Shell trae unas cestas con nachos, guacamole y salsa.
Cojo uno y me lo meto en la boca.
Panda empieza a hablar de nuestro próximo partido en San Luis.
Poco a poco, consigo concentrarme en la conversación, en su análisis del rival, en la opinión de Torsten sobre esta temporada.
Consigo estar presente en el momento, con las botellas de cerveza y la barra como una distracción constante, pero no como un pensamiento abrumador que bloquee todos los demás.
No. En lugar de eso, mantengo a Claire en primer plano y ella me ayuda a superar este momento. A atravesar el miedo y la incertidumbre. La ansiedad y la angustia.
Hoy, Claire Merrick me salva.
Cuando cruzo la puerta principal de mi casa de piedra rojiza, estoy casi desesperado por verla. Sé que, en cuanto lo haga, una sensación de calma me inundará el cuerpo. Estoy demasiado tenso, casi temblando por los nervios, el estrés y esta puta sensación de no tener los pies en el suelo.
Cierro la puerta de un golpe.
—¿East? ¿Eres tú? —llama desde la cocina.
Me alivia tanto que esté aquí, justo ahora que la necesito más que nunca, que casi tropiezo.
Dejo la bolsa de entrenamiento en el armario del recibidor, me quito las botas de una patada y cuelgo el abrigo. Me sujeto ambos lados de la cabeza y respiro hondo para purificarme. Intento controlar un poco los pensamientos desbocados y las emociones frenéticas.
Avanzo hacia la cocina.
Claire levanta la mirada. Está sentada en la isla, con el portátil delante y una taza de café junto al codo. Lleva el pelo recogido en una coleta y un jersey viejo le cae por uno de los hombros.
—Hola —dice, frunciendo el ceño al contemplar mi expresión—. ¿Estás bien?
La preocupación de su voz casi consigue que me desmorone. ¿Cómo puede ver todo lo que intento ocultar como si estuviera escrito a plena luz del día? ¿Cómo percibe el caos que me sacude por dentro cuando el resto del mundo me sonríe como si lo estuviera llevando de maravilla?
—¿Easton? —pregunta con cautela mientras me acerco—. ¿Qué tal el entrenamiento?
Me detengo al borde de la isla, cruzo los brazos y me inclino hacia delante hasta apoyar los codos sobre la encimera.
—Hoy ha sido jodidamente duro, Claire —suelto de golpe—. Me ha destrozado. Pero lo he conseguido. Y estoy jodidamente feliz de verte…
Sonrío.
Esta vez, lo digo en serio.