8 Claire
OCHO
CLAIRE
—Tú y Gruñón parecéis llevaros de maravilla. —Indy mueve las cejas de forma exagerada—. Incluso parece menos gruñón.
—Siento decírtelo, pero no creo que Gruñón vaya a funcionar como apodo.
Indy resopla.
—Cuéntamelo todo.
Mi prima me pellizca el costado mientras paso junto a ella y me agacho detrás de la puerta del frigorífico en busca del agua con gas que ha comprado.
—Todo va bien —susurro.
—¿Cómo de bien? —Le brillan los ojos.
—Bien, bien.
—¿Qué tal fue la cena que le preparaste?
Entorno los ojos y me incorporo con el agua con gas en la mano.
—¿Cómo sabes lo de la cena?
—Me llamó tu madre.
—Por supuesto.
—Y Noah me lo contó.
—¿Noah? —pregunto, sorprendida.
¿Eso significa que Easton le contó a su hermano que yo…?
—Easton lo llamó anoche y estuvieron hablando. Fue un detalle muy bonito por tu parte, Claire. Noah dijo que significó mucho para East.
Al oír sus palabras, una calidez muy agradable me recorre el pecho. Claro que Easton y yo estamos bien ahora, somos amigos, pero sigue siendo agradable saber que tenderle la mano significó algo para él.
—Bien. Eso está bien.
—Yo diría que está genial. Además, no ha dejado de mirar hacia aquí desde que entraste en la cocina. No mires. —Indy extiende una mano para impedir que me vuelva.
—Seguramente piensa que estamos hablando de él.
Se encoge de hombros.
—Estamos hablando de él.
Las dos nos echamos a reír.
—¿Lo ves? De verdad soy una genio. —Me da un golpecito y yo pongo los ojos en blanco.
—Vale, te concedo esta. Fue una buena idea, Indiana.
—Por favor, fue mucho más que buena. —Mi prima me quita el agua con gas de la mano—. Ahora ve a sentarte. La cena está servida.
Me acomodo en una silla de la mesa de la cocina justo cuando Easton se sienta a mi lado. Noah ayuda a Indy a llevar la cena y observo cómo Easton sigue cada uno de sus movimientos con expresión pensativa.
Cuando ya estamos todos sentados, Indy entra en acción y nos sirve los platos, llenándolos de pavo, puré de patatas, coliflor y zanahorias. Algo que no comprendo atraviesa la expresión de Easton, parecido a la forma en que me miró ayer durante la cena. Es una mezcla de gratitud y anhelo.
¿Tan pocas veces come comida casera?
Debe de notar que lo observo porque vuelve la mirada hacia mí y su expresión se relaja en cuanto nuestros ojos se encuentran.
—Entonces, Easton —empieza Indy, y East se pone rígido a mi lado—, ¿te ha contado Noah cómo estuvo a punto de cargarse nuestra relación antes siquiera de que empezara?
Arquea una ceja y noto cómo la tensión abandona el cuerpo de Easton mientras se ríe.
—Indy, querida, supe que mi hermano estaba coladísimo por ti desde la primera noche que te vio en Firefly. Lo llamé a la mañana siguiente y no podía creerse que tuviera la cabeza tan metida en el culo que se hubiera perdido la parte en la que te habías mudado a Boston.
Indy se ríe y mira a Noah.
Noah alza la barbilla hacia su hermano.
—Bonita forma de venderme.
East se encoge de hombros y una sonrisa juguetea en su boca.
—Tengo que ganarme a Indy. Es la que va a controlar la agenda social del pequeño Scotch.
Noah se ríe e Indy se ilumina.
—Por cierto, ¿cómo te encuentras? —pregunta East.
Mientras Indy se embarca en una explicación extremadamente detallada de los innumerables síntomas del embarazo que está sufriendo —de verdad, su relato podría servir como método anticonceptivo para la próxima generación—, parte de la dureza de Easton desaparece.
Cuanto más habla con Noah, más relajado parece.
Cada vez que la risa de Indy resuena en la habitación, él sonríe.
Poco a poco, vuelve a convertirse en el chico que recuerdo de mi adolescencia, aquel del que anoche pude ver un atisbo.
Una oleada de nostalgia agridulce me llena las venas.
Ese chico sigue ahí.
—¿Qué tal va la búsqueda de empleo, Claire? —me pregunta Noah, cambiando de tema.
Hago una mueca y levanto el pulgar.
—¿Así de bien? —bromea.
Me encojo de hombros y doy un sorbo al agua con gas.
—Las cartas de rechazo se están acumulando. Puede que empiece a hacer un álbum con ellas.
Noah me lanza una mirada comprensiva mientras Indy arruga la nariz.
Easton se mueve a mi lado y coloca un brazo sobre el respaldo de mi silla, dejando la mano colgando por encima.
Me quedo inmóvil. Sus dedos están a solo unos centímetros de mi cuello y la proximidad de su contacto hace que mi cuerpo se revolucione por completo.
Sus uñas rozan mi pelo, tan suaves y fugaces que no sé si ha ocurrido de verdad o si lo he imaginado.
Dios, ¿qué me pasa?
Easton y yo estamos bien. Volvemos a ser amigos. ¿Por qué no puede ser suficiente?
—De todas formas, Claire tiene demasiadas buenas ideas como para quedarse encadenada a un trabajo de nueve a cinco —declara Easton, y el estómago se me cae hasta los pies.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Indy con curiosidad.
—Está diseñando unos logotipos y un merchandising increíbles para varios grupos. No sé por qué no monta algo por su cuenta en lugar de buscar un puesto que termine aplastando su creatividad.
—¿Está aumentando la demanda? —La emoción llena la expresión de Indy.
Noto la mirada de Easton en un lado de mi cara mientras intento calmar los nervios que me recorren el cuerpo. Sé que no pretendía dejarme en evidencia delante de mi prima y de Noah. Tampoco es que Indy no supiera nada de mi nuevo proyecto.
El problema es que nunca le había dado a entender que considerara convertir esos encargos remunerados en una profesión.
Mis padres jamás apoyarían que intentara trabajar por mi cuenta.
Mi prima, a la que quiero como a una hermana, tampoco lo entendería cuando su vida entera ha estado dictada por unidades de medida como las notas y las clasificaciones.
Ella prospera cuando conoce el papel que ocupa dentro de un sistema mayor.
Además, ¿quién soy yo para crearme el puesto que deseo? Tengo veinticuatro años, mis padres me pagan la factura del móvil y Noah y Easton me permiten vivir sin pagar alquiler.
El brazo de Easton se tensa detrás de mi cabeza. La mirada que mantiene fija en mi rostro se convierte en un ceño fruncido mientras espera a que diga algo. Noto el cambio en su energía y odio ser yo quien le está provocando estrés.
Me obligo a sonreír, me aclaro la garganta y asiento.
—Sí. Se han puesto en contacto conmigo tres grupos nuevos durante los últimos dos días. Como tengo tantas horas libres, me mantiene ocupada. Estoy mejorando mis habilidades con Photoshop y aprendiendo técnicas de iluminación nuevas.
Indy asiente y frunce los labios, como si estuviera dándole vueltas. Noah se recuesta en la silla y pregunta:
—¿Por qué no sigues por ahí, Claire? Quiero decir, si te gusta, ¿por qué no lo conviertes en tu objetivo principal?
Easton se relaja ligeramente.
Indy frunce el ceño y niega con la cabeza.
—El tío Joe perdería los papeles.
El corazón se me hunde un poco ante la verdad de sus palabras, un recordatorio más de hasta qué punto mi familia rechazaría cualquier intento por abrirme mi propio camino.
No es que no apoyaran mi deseo de crear, experimentar e intentarlo.
Es que no querrían que eso ocupara el lugar de mi «trabajo de verdad».
Porque se supone que un trabajo de verdad proporciona seguridad, prestaciones y un plan de jubilación.
—¿Por qué? —pregunta Noah, negando con la cabeza—. Tu tío es un hombre racional. Si a Claire le encanta trabajar con grupos y estar dentro de la industria musical, ¿por qué no debería intentarlo?
Easton se inclina hacia la mesa, como si la respuesta lo atrajera.
Contengo la respiración y odio más esta conversación con cada segundo que pasa.
Normalmente se me dan genial las situaciones sociales.
Sé atraer hacia mí la atención divertida y coqueta y desviar cualquier pregunta que profundice demasiado en mis objetivos, mis planes o mis sueños.
Odio exponerme y que la gente sepa cosas sobre mí que me hacen sentir vulnerable.
Por eso solo le hablé a Indy de diseñar logotipos.
Y después a Easton, porque intentaba animarlo tras su entrenamiento de hockey.
Indy niega con la cabeza y arruga la nariz hacia mí antes de volverse hacia Noah.
—Apoyaré cualquier cosa que Claire quiera hacer, pero convencer al tío Joe y a la tía Mary será complicado.
Tener un pequeño negocio supone muchísimo trabajo.
Hay demasiadas variables, demasiada inestabilidad.
No digo que el tío Joe no apoyara a Claire si hiciera algo que le encanta.
Solo que querría verla más asentada, con un trabajo que le ofreciera más garantías.
Indy vuelve a mirarme.
—¿No crees?
Está diciendo la verdad. Odio que conozca la reacción de mis padres tan bien como yo. Me pego una sonrisa en la cara.
—Sí, está obsesionado con el plan de jubilación.
Noah se ríe e Indy me dedica una mirada comprensiva.
La conversación pasa al puesto de profesora de mi hermana Savannah en Nueva York.
Bajo los ojos hacia el plato. El apetito me ha desaparecido por completo durante los últimos diez minutos.
De repente, tengo el estómago hecho un nudo y una sensación de temor me recorre las extremidades.
Llevo tantos meses concentrada en conseguir un trabajo que nunca me había detenido a pensar si me importaba que fuera el trabajo adecuado. ¿Y si me paso la vida entera haciendo algo que no me gusta solo porque marca todas las casillas?
Pero ¿las casillas de quién?
El contacto de Easton me sobresalta. Sus dedos se deslizan por mi pelo de una forma tan inesperada que mi cuerpo sufre un cortocircuito. Me vuelvo hacia él, pero mantiene los ojos clavados en Indy mientras ella sigue hablando sobre Savannah, su marido Mike y sus vidas en Nueva York.
Miro a Noah, pero está observando a mi prima, tan completamente fascinado por ella que dudo que se diera cuenta aunque un asteroide se estrellara en el centro de la mesa.
Las yemas de los dedos de Easton rozan despacio mi nuca. Primero una vez. Después otra. Luego me rodean la parte posterior del cuello y aprietan con suavidad.
Noah se ríe de algo que dice Indy. Ella le sonríe con dulzura. Easton se inclina hacia mí y baja la voz para que solo pueda oírlo yo.
—No renuncies a tus sueños, Clairebear.
Me estremezco cuando su aliento me acaricia un lado de la cara. Por supuesto que se ha dado cuenta de que las palabras de Indy me han afectado. Pero ¿cómo? Mi familia, a veces incluso mi mejor amiga Rielle, parece no percatarse de lo poco que me importa la búsqueda de empleo tradicional.
¿Cómo puede entenderlo Easton en apenas unas semanas?
Su mano se aparta e inmediatamente el frío sustituye la calidez de su contacto.
Me obligo a dar un bocado al pavo y mastico despacio mientras medito sus palabras.
¿Cree que solicitar otros trabajos significa renunciar a mí misma?
Todo el mundo parece tener más claro que yo cómo debería ser mi futuro.
La seguridad con la que conocen el camino correcto hace que pierda el equilibrio, como si no supiera hacia dónde avanzar.
La cena continúa sin contratiempos. Noah y East consiguen que nos desternillemos con historias de temporadas anteriores de hockey y bromas absurdas que salieron mal.
Indy cuenta que todos los jugadores de los Hawks están prendados de mí.
Noah lo confirma y agacho la cabeza, poniéndome roja como un tomate, mientras East me mira con expresión divertida y ojos pensativos.
Antes de lo que me gustaría, nos estamos despidiendo.
Mientras East y yo caminamos hacia su coche, me rodea el brazo de forma protectora y una llamarada de esperanza prende entre mis costillas y asciende hasta el pecho.
Su contacto me marea. Estoy embriagada por lo sincronizados que estamos Easton y yo.
Me ve, comprende la fragilidad de mis sentimientos cuando se trata de mi futuro y me apoya.
Durante años tuve la sensación de que todo el mundo me pasaba por alto. Que miraban más allá de mí. Savannah era la belleza sociable. Austin, el dios del hockey. Indy, la cerebrito superdotada.
Yo siempre era solo la niña tonta.
Pero esta noche Easton ha visto algo más. Y lo ha defendido.
—¿Te lo has pasado bien? —pregunta mientras se aparta del bordillo.
—Sí. Esta noche ha sido divertida. ¿Y tú?
East asiente y da unos golpecitos con la palma sobre el volante.
—Han sido un par de días buenos.
—Para mí también —coincido, feliz de que estemos en un buen momento.
Cuando llegamos a casa, East cierra la puerta con llave detrás de nosotros. Me observa durante un largo instante mientras cuelgo el abrigo y guardo las botas en el armario de la entrada. Arqueo las cejas hacia él, esperando que diga lo que sea que esté pensando.
Pero niega con la cabeza y una expresión enigmática atraviesa sus facciones.
—Buenas noches, Clairebear.
—Buenas noches, East.
Después de aquella noche, la relación entre Easton y yo se vuelve más fácil.
Pasamos de ser dos desconocidos con una conexión compartida a dos amigos que viven juntos.
Durante el día, East sigue una rutina rigurosa de entrenamientos, prácticas, reuniones de Alcohólicos Anónimos y terapia de grupo.
Yo solicito empleos cada mañana, ampliando la búsqueda a puestos por todo el país.
Pero, por las tardes, después de comer, alimento mi lado creativo diseñando conceptos de portadas de discos y plantillas de logotipos que publico en un grupo en línea que he creado.
Algunas noches cocino. La mayoría improvisamos algo o pedimos comida.
Por la noche, jugamos a las cartas o vemos Netflix y nos relajamos.
Relajarnos de verdad, no como eufemismo.
Durante dos semanas, nuestra rutina resulta natural y divertida. Hablamos, nos reímos y pasamos el rato juntos. Pero no cruzamos ningún límite. Aunque mentiría si dijera que no empezamos a desdibujarlos y emborronarlos. ¿Cómo no iba a ocurrir con Easton viviendo al final del pasillo?
Cada mañana, verlo con el pecho desnudo y el pelo revuelto hace que se me haga la boca agua.
La tinta de colores que serpentea por el lado izquierdo de su cuerpo provoca que los dedos me hormigueen por la necesidad de tocarlo.
Una vez salió de su dormitorio solo con una toalla anudada alrededor de la cintura y literalmente babeé.
—Los ojos aquí arriba, Clairebear —se burló.
Así que no, no estoy diciendo que vivir con Easton y mantenerlo todo estrictamente platónico sea fácil.
Pero lo estamos consiguiendo.
Hasta que dejamos de hacerlo.