El Temerario (La Saga de los Boston Hawks 2) 7 Easton
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7 Easton

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SIETE

EASTON

Nunca pensé que me pondría nervioso por ir a cenar a casa de mi hermano. Pero lo estoy. Se parece menos a aquellas cenas informales en las que Noah y yo charlábamos de cualquier cosa con una cerveza en la mano y más a una especie de examen.

Lo de Noah e Indy va en serio. Tienen algo que mi hermano nunca tuvo con su ex prometida, Courtney, y fue evidente desde el primer segundo en que los vi juntos. Mira a Indy como si fuera la mujer de su vida y ella se aferra a cada palabra que dice como si fuera a resolver el cambio climático.

Conozco a Indy desde hace años, pero, aparte de unas cuantas conversaciones, nunca he pasado demasiado tiempo con ella. Ahora quiero caerle bien. Quiero que desee que forme parte de la familia que está creando con mi hermano.

—Te arreglas bastante bien. —Claire baja las escaleras dando saltitos y se reúne conmigo en el recibidor.

Se me seca la boca cuando consigo verla bien.

Joder, está preciosa. Parece que se esté preparando para desfilar por una pasarela en lugar de ir a cenar a casa de su prima.

Lleva unos leggings negros de cuero tan ajustados que no dejan nada a la imaginación y un jersey con los hombros al descubierto.

Tiene el culo redondo y firme, y el cuero se estira cuando se inclina para recoger las botas.

Me trago el gemido, con las manos desesperadas por abarcar esas dulces curvas.

El jersey se desliza por uno de sus hombros cuando se gira y deja al descubierto su piel suave, como un regalo que jamás podré tener.

Se ha alisado el pelo, mechones dorados que le caen hasta la mitad de la espalda, y el maquillaje hace que sus ojos destaquen todavía más.

Mierda. Cambio el peso de un pie al otro, intentando recolocarme mientras se me pone dura solo de mirarla. ¿Qué coño me pasa? Es Claire Merrick, la hermana pequeña de Austin. Mi nueva amiga.

No puedo pensar en ella de esta manera. Sin embargo, cuando se pone de pie con las botas de tacón abrochadas, ganando casi ocho centímetros de altura, lo único que quiero es atraerla contra mi pecho y arrastrar la boca sobre la suya.

Ajena a mis pensamientos, se pone el abrigo de invierno y se ata el cinturón alrededor de la cintura. Después recoge una caja de pasteles.

—¿Estás listo?

Me aclaro la garganta, acalorado e incómodo.

—Sí. Vámonos.

No pierdo de vista a Claire mientras avanzamos por el camino helado hasta mi coche. No me extrañaría que acabara de espaldas en el suelo por culpa de sus botas.

—Ten cuidado con esos zapatos.

Me mira por encima del hombro con una sonrisa burlona y pone los ojos en blanco.

—Se te nota la edad, Scotch.

—¿Qué? Solo tengo veintinueve.

—Casi llegas a los temidos treinta —me recuerda justo cuando pierde el equilibrio y lanza un brazo para intentar estabilizarse.

La agarro antes de que caiga y atraigo su cuerpo contra el mío. Le rodeo la cintura con un brazo y la mano se me acomoda en la cadera. Levanta la cabeza hacia mí con los ojos muy abiertos y un destello de nervios por el susto.

—Casi te das una buena hostia, Clairebear.

Sus labios se curvan al oír el antiguo apodo que no utilizaba desde hacía años. Quizá incluso una década.

—«Casi» es la palabra importante de esa frase.

—Te habrías pegado un buen trompazo si yo no estuviera aquí. Habrías arruinado este look tan sexy que llevas.

Frunce los labios y pequeñas nubes de vapor aparecen ante su boca por el frío.

—¿Crees que estoy sexy, Easton?

Mierda. Estoy jugando con fuego y lo sé. Pero, en lugar de dejar que las llamas se conviertan en brasas, las estoy avivando hasta formar un incendio.

—No necesitas que yo te eche flores, Claire. Sabes que eres preciosa.

Baja la mirada y clava los ojos en el hueco de mi garganta. ¿Se da cuenta de que tenerla así de cerca hace que el corazón me lata más deprisa? Debería soltarla. No lo hago.

Claire se aparta de mis brazos y me ofrece una sonrisa pequeña.

—Aun así, está bien oírlo de vez en cuando.

Le devuelvo la sonrisa.

—Estás preciosa esta noche, Claire.

—Gracias.

Abre la puerta del coche y se desliza en el asiento del copiloto.

Dios, Scotch, contrólate de una puta vez. Apenas llevas dos semanas fuera de rehabilitación y ya estás desdibujando los límites.

Subo al coche, arranco y salgo en dirección a casa de mi hermano e Indy.

—¿Echabas de menos conducir cuando estabas en rehabilitación? —me pregunta Claire.

Sujeto el volante con una mano y la miro.

—Sí. Sinceramente, me alegro de que no me quitaran el carnet. De todas las cagadas que cometí, conducir borracho nunca fue una de ellas.

—Bueno, qué alivio —replica con sarcasmo.

—¿Por qué no tienes coche?

Arquea una ceja.

—¿En serio? Mis padres todavía me pagan la factura del móvil.

Niego con la cabeza.

—¿Qué pasa con el dinero que habías ahorrado? El que ofreciste para pagar el alquiler.

Guarda silencio durante un buen rato.

—Contaba un poco con que Noah y tú no me pidierais dinero por el alquiler.

Me río y la miro de reojo.

—Sabes que jamás lo haríamos.

Hago una pausa cuando se me ocurre algo.

—¿Tienes siquiera una cuenta de ahorros?

—Sí, pero soy bastante nueva en esto de ahorrar —admite en voz baja.

Contengo las ganas de reírme.

—¿Qué significa eso?

—Yo también soy un desastre, East. Me lo gasté todo en alcohol y salidas nocturnas.

Giro la cabeza hacia ella de golpe.

—¿En serio?

Mueve las cejas con picardía, pero sus ojos tienen una expresión atormentada que me cabrea.

—Sí. Fue una estupidez.

Se vuelve para mirar por la ventanilla.

—El verano fue… el verano. En septiembre, la realidad me golpeó de lleno.

Por la forma en que le resta importancia, tengo la sensación de que hay mucho más detrás. Durante una manzana entera, permanecemos en silencio, perdidos en nuestros pensamientos. Pero, cuantos más segundos pasan, más me devora la curiosidad como un bulldog hasta que termino soltándolo.

—¿Quién era el tío?

Por favor, que no diga Reiner.

—¿Mmm?

—¿Quién era el tío al que intentabas impresionar? —pregunto entre dientes, cabreado porque vaciara sus ahorros para llamar la atención de algún gilipollas.

Y estoy todavía más cabreado porque ya sé quién es. Un músico con encanto de estrella del rock.

Pone los ojos en blanco.

—¿Y si simplemente salía para divertirme y pasar noches de chicas?

—No me lo creo. Esa no es toda la historia.

Resopla.

—Vale. Fue Derek y fue una estupidez.

Se encoge de hombros, pero veo cómo los acerca ligeramente hacia delante, como si estuviera protegiéndose. ¿Es por algo que él le hizo? ¿O por la vergüenza que siente ante la situación?

—¿Qué pasó, Claire? —pregunto con brusquedad mientras aprieto más el volante.

Expulsa una profunda bocanada de aire.

—Hubo unas cuantas cosas, pero la que más recuerdo fue cuando me dejó con la cuenta de una cena para unas nueve personas.

Trago saliva con esfuerzo y me giro para fulminarla con la mirada.

—En Carters —susurra.

—Joder.

Niego con la cabeza. Derek no me gustó desde el segundo en que mencionó su nombre. Ahora no lo soporto. La rabia me recorre al imaginar que un puñetero cantante se aprovechó de ella. Y vuelve a encenderse al recordar que siguen hablando, que Claire trabaja para él.

—Parece todo un partidazo, Claire.

Mi tono es duro. Aprieto con tanta fuerza el volante que me crujen los nudillos.

—Ya he dicho que fue una estupidez —susurra.

—¿Austin lo sabe? —pregunto, conteniendo la furia a duras penas.

Gira la cabeza de golpe hacia mí.

—No. Y no se lo cuentes. Se pondría furioso conmigo. Mis padres también. Tuve que decirles que me había gastado el dinero en un curso adicional.

Me pellizco el puente de la nariz mientras asimilo todos esos detalles.

Por un lado, me alegra que confíe en mí.

Me está contando la verdad cuando, evidentemente, le ocultó los detalles a su familia.

Se permite ser sincera conmigo, aunque le dé vergüenza, y me gusta que confíe en mí.

Por otro lado, quiero estrangular a Derek por aprovecharse de su bondad y echarle la bronca a ella por haber caído en su juego.

Expulso el aire.

—Si Derek vuelve a ponerse en contacto contigo por algo que no sea estrictamente profesional, me lo dices.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque sí.

Por el rabillo del ojo veo que los abre de par en par, pero no me giro para encontrarme con su mirada.

—En fin —suspira—, por eso no tengo coche. Créeme, después de graduarme y de un verano de locura, la realidad me ha dado una buena bofetada.

Suspiro y dejo que mi mal humor se enfríe. Oigo la corriente de desánimo bajo el tono de Claire y me identifico con ella. Con lo que siente.

—Te entiendo, niña. Para mí ha sido igual desde que salí de rehabilitación por primera vez. Este último año ha sido duro.

Claire permanece callada durante un momento y casi puedo saborear la intensidad de su curiosidad.

—¿Cómo es, East?

—¿Cómo es qué?

—Tener una adicción. ¿La sientes todo el tiempo?

Sus palabras me queman la garganta y asiento una vez.

—Es como ahogarse con arena. Al principio te llena la garganta tan deprisa que entras en pánico, casi fuera de ti por la necesidad de oxígeno, de alcohol. Cada día que pasa se vuelve un poco más fácil, un poco menos intenso. Aprendes a respirar a su alrededor, a sobrellevarlo, a distraerte.

Me encojo de hombros y la miro de reojo.

—Pero siempre hay detonantes.

Me contempla con solemnidad.

—¿Cuáles son los tuyos?

Suelto una carcajada y niego con la cabeza mientras aparco delante del nuevo hogar de mi hermano, el edificio antiguo donde se encuentra el piso de Indy. La voz de mi padre retumba en mi cabeza y la aparto.

—Esa es una historia para otro día, Clairebear. Ya hemos llegado.

Aparco y apago el motor.

Durante varios instantes, permanecemos en silencio, mirándonos. En los últimos dos días, Claire y yo hemos compartido muchas cosas. Verdades, vergüenzas, negaciones. Las hemos pronunciado en voz alta, sabiendo que el otro las atraparía al vuelo y las guardaría en un lugar seguro.

Es extraño porque, durante todo un año, apenas vi a Claire.

Ahora, en cuestión de dos semanas, no puedo imaginar este periodo de mi vida sin ella.

Es ligereza, una bocanada de aire fresco, un destello de esperanza en medio de un vacío oscuro.

Una mirada de comprensión pasa entre nosotros y Claire me sonríe, dulce y sincera.

Señalo el edificio con la cabeza.

—¿Preparada?

Asiente y recoge la caja de pasteles que ha comprado para el postre. Es un detalle bonito, teniendo en cuenta que tiene la cuenta bancaria llena de telarañas. Pero así es Claire. Aunque finja lo contrario, siempre antepone a todo el mundo a sí misma.

—Vamos, Scotch.

Sale del coche.

Yo espero un minuto para poder disfrutar de las vistas de su culo durante todo el trayecto hasta la puerta del piso de Indy y Noah.