6 Claire
SEIS
CLAIRE
La boca de Easton se retuerce al escuchar mis palabras y la ira se extiende por su expresión.
—No intentes hacerme sentir mejor, Claire.
—No lo hago.
Vale, puede que sí… pero solo un poco.
Easton niega con la cabeza.
—Tú eres mucho más de lo que yo llegaré a ser jamás.
Sé que ahora estás desanimada porque no tienes el trabajo perfecto.
Y sí, entiendo lo mucho que jode ver que todos los que te rodean parecen avanzar mientras tú sientes que sigues estancada.
Pero, Claire, créeme… —Me mira directamente a los ojos con una gravedad que nunca le había visto—.
Eso solo significa que te espera algo más grande y mejor.
Resoplo y arqueo una ceja.
—¿Y ahora quién intenta animar a quién?
Los ojos de Easton brillan mientras se recuesta en la silla. Se pasa una mano por la frente y el dedo se le engancha en la cicatriz que le parte la ceja. Siempre se la frota cuando está nervioso, inseguro o directamente cabreado. ¿Cómo se siente ahora?
—Te lo prometo, Claire, no nos parecemos en nada.
Sus palabras son sinceras, pero aun así me arañan el alma. Ya sé que no nos parecemos en nada. Easton es un hombre que podría tener el mundo entero a sus pies si se lo propusiera. Y yo soy yo, la niña por la que todo el mundo se preocupa y a la que todos consienten.
—Sí, ya lo sé.
Al oír mi tono, sus ojos se oscurecen hasta adquirir un azul mediterráneo.
—No quería decir… —Niega con la cabeza—.
Ya es la segunda vez que malinterpretas mis palabras.
No sé explicarme bien. —Suspira—. Eres mucho mejor persona de lo que yo seré jamás, Claire.
A eso me refiero cuando digo que no nos parecemos.
Y me alegro de que estés aquí. De verdad.
Siento no haberte hecho sentir bienvenida de la manera correcta.
Ante su confesión, abro los ojos de par en par y se me desencaja la mandíbula. Parte del dolor en el que me estaba preparando para regodearme se desvanece.
—¿En serio?
Me frunce el ceño.
—¿Qué quieres decir? Claro que hablo en serio.
—Pues hiciste un trabajo de primera desplegando el comité de bienvenida.
Easton se ríe.
—Siento haber sido un gilipollas contigo.
—Guau, ¿qué está pasando? ¿Una disculpa? ¿De Easton Scotch?
La vergüenza le cubre la cara y me río mientras lo señalo.
—Ahora te estás sonrojando.
—Había olvidado lo tocapelotas que eres.
Sonrío de medio lado, con el corazón golpeándome el pecho ante su reacción.
—¿De verdad no odias tenerme cerca?
Se pasa una mano por la mandíbula.
—No tanto como debería.
Eh… ¿qué?
Entorno los ojos para preguntarle qué coño significa eso, pero Easton ensarta otro trozo de pollo y lo deja en su plato.
—Háblame de todos esos trabajos a los que estás enviando solicitudes.
—Espera, ¿qué?
Intento ponerme al día con lo que acaba de ocurrir y con cómo ha podido creer que ese cambio de tema resultaría sutil. Ha sido brusquísimo.
Easton mastica un pedazo de pollo.
—Esos trabajos. ¿Por qué solicitas tantos? Me cuesta creer que no estés cualificada para ninguno.
Le enseño el dedo corazón y él se ríe por lo bajo.
—Diría que el mercado laboral está complicado, pero siento que esa es la excusa de todo el mundo —murmuro.
Levanta la vista y su mirada se vuelve más intensa.
—El mercado laboral está complicado.
—Lo que tú digas. —Suspiro mientras cojo otro trozo de pollo.
Easton me observa pensativo.
—Si pudieras dedicarte a lo que quisieras, tener cualquier puesto, ¿qué elegirías?
—¿Por qué? —pregunto despacio.
—Joder, eres muy desconfiada. No recordaba que fueras tan escéptica, Claire.
—Yo tampoco recordaba que fueras tan desdeñoso y distante —replico.
Suspira. Mantiene la mirada fija en la mía mientras se muerde la comisura del labio.
—Tienes razón. He sido un gilipollas contigo, y con casi todo el mundo, desde la primera vez que entré en rehabilitación. Supongo que han cambiado muchas cosas durante el último año.
—¿Por qué? —pregunto, sinceramente intrigada.
—Porque lo mandé todo a la mierda, Claire. —Su voz suena áspera. Aprieta el tenedor hasta que este cae con estrépito sobre el plato—. Soy un puto desastre. Y tú… tú siempre me mirabas como si fuera un tío increíble…
—Eres un tío increíble.
—Como si no hubiera decepcionado a todos y cada uno de los miembros de tu familia.
—A mí no me decepcionaste.
Cierra la boca de golpe y arquea las cejas.
Hago una mueca ante el desafío que veo en sus ojos.
—Vale, sí me decepcionaste cuando dejaste de hablarme. Antes éramos amigos, East. Te preocupabas por mí.
—Me estoy preocupando por ti ahora mismo —responde con brusquedad.
Sé que he tocado un nervio porque tensa la boca y sus ojos arden.
—Te estoy protegiendo de mí.
¿De él? ¿Se ha vuelto loco? Aparte de hacerme daño en los sentimientos, sé que Easton jamás me haría daño a propósito.
—¿Y si no quiero que lo hagas? —susurro con la voz más ronca de lo que pretendía.
Aprieto los muslos mientras miro a Easton. La intensidad emana de él en oleadas y siento el deseo, y no es la primera vez, de poder ahogarme en ella. En él.
Suelta una maldición y niega con la cabeza, rompiendo el hechizo momentáneo.
—Siento haberme portado como un capullo.
Me encojo de hombros.
—Lo digo en serio. No tenías que hacer todo esto. —Señala la cena que he preparado.
—Quería hacer algo bonito por ti —admito.
—Lo sé, Claire. —Su expresión se suaviza—. Siempre te portas bien conmigo, niña. Odio de verdad haber herido tus sentimientos. Nunca fue mi intención.
Lo de «niña» escuece, pero el resto, la sinceridad de su tono y la verdad que reflejan sus ojos, actúa como un bálsamo.
—Disculpas aceptadas —murmuro.
Easton atrapa mi mirada.
—Háblame de tu trabajo soñado.
—Vale —acepto—. Tendría mi propio negocio.
Se echa hacia atrás, sorprendido de forma evidente.
Resoplo.
—No te esperabas eso, ¿verdad?
Niega con la cabeza y, al menos, es sincero.
Arrugo la nariz.
—Todo el mundo me subestima.
Easton se queda inmóvil y las aletas de la nariz se le ensanchan como si acabara de cabrearlo.
—No quería decirlo así, Claire.
Levanto una mano para detenerlo, pero él niega con la cabeza.
—No, en serio —insiste—. Creo que puedes hacer cualquier cosa que te propongas.
Absolutamente cualquier cosa. Es solo que nunca te había oído hablar de montar tu propio negocio.
Siempre hablabas de diseño. Después pasaste por aquella obsesión con la animación, ¿te acuerdas?
—Se ríe—. Solo querías trabajar para Disney.
Tanto que ibas a solicitar un puesto como personaje en Magic Kingdom y «ascender desde allí».
Me río al recordar todo aquel verano en el que practiqué para ser Aurora y Cenicienta, todas las princesas rubias de Disney.
—No me puedo creer que te acuerdes.
Asiente, con los ojos brillantes.
—Me acuerdo, Claire. Después de eso ibas a diseñar papel pintado.
—¡Dios mío! —Me tapo la cara con una mano—. Eso fue por aquella asignatura que cursé.
Easton asiente como si lo supiera perfectamente.
—Introducción al Diseño Moderno.
—¡Sí! —Lo señalo, incrédula—. Había olvidado por completo a aquel profesor chiflado.
—El doctor P. —decimos al mismo tiempo.
Easton sonríe y yo le devuelvo la sonrisa. El pecho se me calienta por los recuerdos y también porque él los conserve, como si le hubiera importado todo este tiempo.
—Nunca dijiste nada de tener tu propio negocio —me recuerda.
Suspiro.
—Supongo que no. Es una idea bastante reciente, desde que empecé a diseñar logotipos para grupos. Al principio era más bien un pasatiempo. Sobre todo por mi obsesión como fan, pero…
—Espera. —East levanta una mano—. ¿Con quién estabas obsesionada?
El rubor de mis mejillas se intensifica.
—Salí con un músico durante el verano.
Frunce las cejas durante un momento, pero después la comprensión se extiende por su expresión y sus ojos se endurecen.
—Derek.
—Derek —confirmo.
Easton me observa durante unos segundos con intensidad. Me remuevo bajo su escrutinio, desesperada por que diga algo.
—¿Sigues siendo fan?
Suelto una carcajada que rompe parte de la tensión entre nosotros.
—En absoluto. Pero Derek me presentó a otros grupos y varios se han puesto en contacto conmigo durante los últimos dos meses.
Mastica el pollo con aire pensativo.
—¿Conocería alguno?
Gano tiempo dando un trago enorme de agua.
Es imposible que Easton no haya oído hablar de Derek Reiner, porque The Burnt Clovers es el grupo independiente más importante que ha salido de Boston en los últimos cinco años.
Hablar de citas o de hombres es terreno desconocido entre Easton y yo, y de repente me pongo nerviosa.
Al otro lado de la mesa, arquea las cejas y espera.
—Bueno, Derek es el cantante de The Burnt Clovers.
El reconocimiento prende en sus ojos.
—¿Saliste con Derek Reiner?
Vuelvo a agitar una mano, intentando restarle importancia.
—Fue algo informal.
—¿Cuánto de informal? —pregunta demasiado deprisa.
Pongo los ojos en blanco.
—Sigo haciendo algunos trabajos para ellos. Pero también estoy diseñando un logotipo nuevo para Sanders Street…
—¿El grupo de rock?
Asiento.
—Y para Kellman’s Kiss.
Easton silba, impresionado.
—Conocí a otros cuantos músicos en una de esas noches de micrófono abierto —suelto—. Cuando llegue la primavera, tendré que empezar a moverme por los festivales de música.
—Entonces ¿esto es algo a lo que quieres dedicarte de verdad? —Las cejas de Easton se juntan de golpe.
Me muerdo el labio inferior. ¿Qué estoy diciendo siquiera? Para primavera, con un poco de suerte, tendré un empleo estable. ¿Verdad? ¿No es ese el objetivo?
Me encojo de hombros.
—Supongo que, si pudiera, convertiría esto en mi trabajo a tiempo completo y montaría mi propio negocio.
—Claire, esos grupos son pesos pesados. Sobre todo The Burnt Clovers. Si has conseguido todo esto en solo unos meses, ¿por qué no lo intentas? A ver hasta dónde llega.
Doy un sorbo de agua y me aclaro la garganta.
—Eh… ¿Tú conoces a mi padre?
—¿Joe te está frenando?
—Acaba de pagarme la universidad.
—¿Y qué? Estás utilizando tu carrera. La estás aplicando a algo que te encanta hacer.
—No sé… Papá insiste bastante en que encuentre un trabajo de verdad, con un plan de jubilacion y prestaciones.
Easton ladea la cabeza.
—En la vida hay más cosas que un plan de jubilación y prestaciones.
—Lo dice el que tiene una cuenta de ahorros rebosante y el mejor seguro médico.
Se ríe.
—Tienes razón. ¿Qué te parece esto? Tú sigues haciendo tus diseños mientras buscas trabajo. Y yo seguiré partiéndome el culo en el hielo aunque parezca una batalla perdida. Cuando uno de los dos esté demasiado hundido, el otro lo ayudará a levantarse.
Arquea la ceja de la cicatriz y yo me aferro al destello de vulnerabilidad que asoma en sus ojos azules.
—Trato hecho —digo con suavidad.
—Trato hecho —repite.
Lo señalo con las púas del tenedor.
—Entonces, para que quede claro, ¿quieres que volvamos a ser amigos de verdad?
Se ríe y niega con la cabeza.
—De verdad eres un dolor de culo, Claire.
—Sí, pero tengo un culo estupendo, así que… —bromeo.
Easton vuelve a reírse, pero esta vez suena tenso. Sus ojos reflejan diversión y seriedad cuando se encuentran con los míos.
—Levántate y date la vuelta —me desafía—. Yo te diré si es verdad.
Vuelvo a enseñarle el dedo corazón y esta vez los dos nos reímos.
El espacio entre nosotros vibra con esa familiaridad que tanto ansiaba.
La nostalgia me invade y le sonrío de oreja a oreja, aliviada porque hemos vuelto a conectar.
Los intercambios tensos e incómodos alrededor de los que he andado de puntillas durante el último año dan paso a una complicidad natural que echaba de menos.
Doy otro bocado al pollo piccata, agradecida de haber decidido arriesgarme una última vez. Porque, por primera vez en más de un año, parece que he vuelto a encontrar mi sitio con Easton. Esta noche es como en los viejos tiempos. Es el hombre que recuerdo, divertido y atento.
Su sonrisa es relajada y sus ojos cálidos me observan desde el otro lado de la mesa. El corazón me late más deprisa y me remuevo cuando una oleada de calor me atraviesa. No voy a mentir: podría acostumbrarme a esto.
Siempre he sabido que Easton Scotch era el hombre de mi vida.
Aunque él no tenga ni idea.