El Temerario (La Saga de los Boston Hawks 2) 5 Easton
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CINCO

EASTON

—Has estado bien hoy. —Austin me da un manotazo en el hombro al sentarse a mi lado en el banco del vestuario.

Levanto la cabeza con esfuerzo y lo miro.

Hace una mueca, con expresión comprensiva.

—Era el día de tu vuelta, tío. Sabes que esto va a ser un camino largo. Volverás a estar como antes. Pero hoy lo has hecho bien.

Me golpea un lado del cuello antes de levantarse del banco para ir a ver por qué está gritando Torsten.

Agacho la cabeza y cierro los ojos. Mierda. Estoy dolorido. Me duele todo el cuerpo. Tengo la cabeza hecha un desastre. El rostro de mi padre cobra vida en mi mente: furioso y decepcionado, los ojos reducidos a dos rendijas y una boca que escupe veneno.

—Se te veía bien ahí fuera —dice Noah mientras se sienta en el sitio que ha dejado libre Austin.

—Déjate de gilipolleces —gruño, intentando borrar a mi padre de la cabeza a base de parpadear.

—No te estoy diciendo ninguna gilipollez. Para ser alguien que no ha hecho una mierda sobre el hielo en tres meses, se te veía bien.

Levanto la cabeza a la fuerza al oír la seriedad en el tono de mi hermano. Noah me mira a los ojos, dispuesto a que vea la verdad reflejada en los suyos.

Niego con la cabeza.

—Sentía que me arrastraba.

—Te arrastrabas.

—Me notaba lento, pesado.

Noah asiente.

—Ya me duele todo.

—Baño de hielo. —Le tiembla el labio, pero no sonríe.

—Suéltalo ya, tío. Sea lo que sea que has venido a decirme. —Me froto la nuca, intentando aflojar los músculos mientras espero a que Noah me eche la bronca.

—He venido a decirte que se te veía bien ahí fuera.

—Noah baja la voz—. Te conozco, East. Te estás machacando porque no eres el mismo jugador que eras hace seis meses.

Pero, tío, ya no eres el mismo hombre. Has pasado los últimos noventa días ejercitándote de otras maneras.

Afrontando mierdas, luchando contra nuestra infancia, trabajando tus problemas.

No puedes esperar presentarte y adueñarte de la pista. Tienes que volver a ganártelo.

—Ya —murmuro.

Sé que Noah tiene razón. Durante los últimos tres meses me he exigido mental y emocionalmente, pero los entrenamientos físicos a los que estoy acostumbrado han quedado relegados.

Igual que mi vida social. Por supuesto que los chicos del equipo se alegran de que esté bien, pero eso no significa necesariamente que se alegren de que haya vuelto.

En el pasado he sido demasiado poco fiable como para que confíen en mí ahora. Y el tío que ocupó mi puesto, Sims, está haciendo un trabajo de puta madre.

—Tú, Austin y yo llevamos mucho tiempo jugando juntos. —Me aclaro la garganta.

Noah asiente. Los tres hemos formado la línea de ataque durante varias temporadas.

—Pero Sims es un buen jugador.

—Lo es —coincide Noah—. Pero esto no va de Sims, Easton. Va de ti. Si quieres recuperar tu puesto de titular, si quieres liderar el equipo, si quieres volver a tener lo que tenías, tendrás que aparecer y demostrarlo. ¿Me oyes?

Expulso una profunda bocanada de aire y asiento.

—Sí, Noah. Te oigo.

—Vale. —Noah me da una palmada en el hombro mientras se pone de pie—. Tengo que irme. Pero seguimos con lo de cenar mañana por la noche, ¿verdad?

—Sí, allí estaré.

—Bien.

Noah se da la vuelta, pero se detiene y chasquea los dedos hacia mí como si acabara de recordar algo.

—Trae a Claire. Ya la he invitado.

—Vale —digo despacio, sin entender por qué, además de compartir piso, ahora también tengo que ser su puto chófer.

—No tiene coche —explica Noah, leyéndome el pensamiento.

Echo la cabeza hacia atrás y me río.

Por supuesto que no. Claire Merrick aparece allá donde mire. Está en mis pensamientos. Está en mi casa. Y anoche soñé que estaba en mi cama.

¿Por qué no iba a venir también a cenar a casa de Indy y Noah?

—Tío, lo está intentando —dice Noah con suavidad.

Cuando lo miro, no entiendo la expresión que tiene en la cara.

—Lo que tú digas. La llevaré.

Justo después de volver a casa y soportar otra noche incómoda tratando de mantener las distancias entre nosotros.

La noto en cuanto entro en casa. No es solo porque mis botas de invierno estén perfectamente alineadas junto a la puerta. Ni porque la lámpara del salón esté encendida. No es ninguna de esas pequeñas cosas que Noah y yo nunca nos molestábamos en hacer.

Es una sensación. Claire está aquí y la casa parece más cálida, más segura.

Inspiro y casi gimo al percibir los deliciosos aromas que llegan desde la cocina.

Parte de la frustración del entrenamiento se desvanece ahora que estoy en casa, a punto de comer algo bueno y sin tener que pasar la noche solo.

—Claire —la llamo mientras dejo caer la bolsa de deporte al suelo.

Me quito el abrigo y el gorro de invierno y empleo unos segundos de más en colgarlos donde corresponde. De hecho, incluso guardo el equipo de entrenamiento.

—Estoy aquí —responde—. He preparado la cena.

—Ya me he dado cuenta.

Entro en la cocina y se me encoge el pecho al verla, toda pelo rubio y ojos azules, descalza, en mi cocina.

—Huele increíble.

La tensión que rodeaba sus ojos se relaja y odio haber conseguido que sienta que tiene que andar con pies de plomo a mi alrededor. Pero, Dios, mantenerla a distancia resulta muy difícil.

Quizá no debería esforzarme tanto.

Trago saliva y me aclaro la garganta.

No. Eso es una locura. No puedo dejar entrar a Claire. Si lo hago, nunca seré capaz de sacarla de mi vida.

—¿East? —pregunta, y niego con la cabeza.

—¿Perdona?

—Solo te estaba preguntando qué tal ha ido el entrenamiento.

Suelto una maldición y ella me ofrece una sonrisa suave.

—Siempre has sido demasiado duro contigo mismo.

Se vuelve hacia los platos para servirnos la comida.

—¿Qué quieres decir? —pregunto, intrigado.

Es algo que he oído miles de veces, pero nunca de su boca. ¿Se fija tanto en mí? ¿En mi vida? Apenas hemos hablado en un año.

Levanta dos platos y señala la mesa del comedor con la cabeza.

Me vuelvo y se me atasca el aliento en la garganta al ver que lo ha preparado todo, con una vela encendida en el centro.

Saber que ha dedicado tiempo a hacer algo bonito por mí hace que se rompa la poca determinación que me quedaba.

Sé que no puedo tener a Claire Merrick, pero eso no significa que no pueda conocerla.

¿Verdad? Quiero decir, podríamos ser amigos. Tener una relación amistosa.

—No tenías que hacer todo esto. —Me siento donde me indica.

Claire se encoge de hombros mientras deja los platos sobre la mesa.

—Quería hacerlo. Hoy no habrá sido fácil para ti.

—Ha sido una mierda —coincido, levantando la mirada hacia ella—. El pollo piccata es mi plato favorito.

Se sonroja.

—Me acordaba.

Me muerdo el labio inferior. Ya van dos veces. Primero Claire recordó lo del chocolate caliente y ahora me ha preparado mi comida favorita. ¿Siempre ha estado más pendiente de mí de lo que pensaba? ¿Siempre se ha fijado en mí tanto como yo en ella?

Se sienta en la silla frente a la mía.

—Gracias, Claire. De verdad. —Inclino la barbilla para asegurarme de que vea la sinceridad en mis ojos.

Sonríe.

—Ha sido un placer, East.

Tengo que reprimir un gemido solo con oír la palabra placer salir de su boca. Dios, ¿qué coño me pasa? Es la hermana pequeña de Austin. La hija de Joe.

Claire corta un trozo de pollo y se lo lleva a la boca. Mastica pensativa, con expresión cautelosa.

—No está exactamente igual que el de mamá.

—No. —Niego con la cabeza mientras doy un segundo bocado—. Está mejor.

Claire se ilumina y le devuelvo la sonrisa.

—¿Qué querías decir antes? Eso de que soy demasiado duro conmigo mismo.

—Ah. —Hace un gesto despreocupado con la muñeca—. Siempre has sido así. ¿No recuerdas la competición de habilidades del campamento de hockey? La de Muskoka.

Me río al recuperar un recuerdo que había olvidado hasta que Claire me lo ha traído de vuelta.

—La competición entre las cabañas —digo, recordando aquel verano en Muskoka, Ontario.

Fue el verano en que conocí a Austin y al resto de los Merrick.

—Claire, tendrías unos siete años.

—Ocho —me corrige—. Pero recuerdo haber oído a Noah, a mi hermano y a ti discutir durante meses por el resultado de aquella competición. Estabas furioso contigo mismo por haber fallado ese tiro.

—¡Nos costó la competición!

Se ríe de mi intensidad y le brillan los ojos.

—Excepto que Austin y Noah fallaron antes.

—Sí, pero todo dependía de mí. Tenía que marcar.

Claire niega con la cabeza.

—No dependía solo de ti. También dependía de ellos. Siempre cargas con los problemas de todo el mundo. ¿Qué me dices de la vez que mamá se quedó sin gasolina durante aquella tormenta de nieve?

Gimo al recordar aquella noche con absoluta claridad. El peso de la culpa sigue instalado en la boca de mi estómago cuando pienso en ello.

—Debería haberle llenado el depósito. Había usado su coche.

Claire niega con la cabeza.

—East, utilizaste su coche tres días antes de que llegara la tormenta. No fue culpa tuya.

—Estaba lleno cuando me lo prestó y a tres cuartos cuando se lo devolví —digo.

Claire sonríe de lado.

—¿Ves a qué me refiero? Encuentras formas de cargar con responsabilidades que no te corresponden y después te machacas por ellas. ¿Qué ha pasado hoy? ¿En el hielo?

Niego con la cabeza, dejo el tenedor sobre la mesa y me recuesto en la silla.

—Estaba lento de cojones. He fallado dos goles y me han estampado contra la valla tantas veces que he perdido la cuenta. Parecía que Austin y Noah tenían que cubrirme.

—Ah, o sea que has jugado como alguien que lleva tres meses sin hacerlo.

Sonrío ante el sarcasmo de su voz.

—Escucha, listilla, todo mi futuro depende de este momento. De esta temporada. Si no rindo, puede que los Hawks no me renueven el año que viene.

—¿Se te acaba el contrato? —pregunta, abriendo la boca al comprenderlo.

—Dentro de diez meses.

—Entonces tienes diez meses para poner en orden tu mierda, Scotch. Pero ni de puta coña vas a jugar en un sitio que no sea Boston.

Me río ante la determinación de su tono.

—¿Así de fácil, Claire?

—Así de fácil. Puedes celebrar tu pequeña fiesta de autocompasión durante lo que queda de noche, pero mañana volverás al hielo y empezarás a trabajar para conseguir lo que quieres.

Me paso una mano por la mandíbula mientras le sonrío.

Está preciosa a la luz de la vela. Le brillan los ojos y frunce los labios pensativa, pero es su presencia lo que cambia por completo la energía de la casa.

El simple hecho de tenerla aquí inyecta un poco de optimismo en unas venas que llevo demasiado tiempo llenando de veneno.

Me descubre mirándola y sonríe con suavidad, casi tímida.

Es tan condenadamente dulce que quiero recordarla así para siempre.

Claire siempre ha tenido una personalidad arrolladora.

Es una fuerza de la naturaleza en cualquier situación social.

Pero, a veces, cuando solo estamos nosotros dos, se relaja un poco, libera parte de toda esa energía y se vuelve demasiado tierna para su propio bien.

—Me alegro de que estés aquí, Claire.

Y lo digo en serio.

Una comisura de sus labios se eleva.

—Yo también. Vivir con mamá y papá Merrick es más estricto que estar en rehabilitación.

Resoplo y niego con la cabeza. Todo el mundo que conozco evita hablar de rehabilitación como si la palabra pudiera provocarme una recaída. Todo el mundo menos Claire, que hace una broma al respecto.

—¿Eso crees?

—¿Cómo fue de verdad?

—Eres la primera persona que me lo pregunta.

—Entonces cuéntamelo.

Me muerdo la comisura del labio, pensando bien las palabras.

Si me lo preguntara cualquier otra persona, le soltaría alguna respuesta genérica sobre lo duro pero necesario que fue, sobre la importante experiencia de aprendizaje que supuso en mi camino hacia la recuperación.

Pero, ante la compasión y no la lástima de los ojos de Claire, admito la verdad.

—Fue una puta mierda. Fue duro. Cada maldito día parecía una batalla que seguramente iba a perder. Todavía lo siento así. Como si luchara constantemente por empujar el agua cuesta arriba. Por no volver a joderlo todo.

Claire se inclina hacia delante, seria.

—Estoy orgullosa de ti, Easton.

Suelto una risa irónica para ocultar el tajo que sus palabras me abren en el pecho.

—¿Por qué? No he hecho nada de lo que merezca la pena estar orgullosa, Claire.

—Eso no es verdad. —Niega con la cabeza y se muerde el labio inferior—. Si lo fuera, entonces yo tampoco habría hecho nada.

—¿Qué? —Me incorporo—. ¿Otra vez con esto? ¿De qué estás hablando?

—Mírame, East.

—Lo estoy haciendo. —Dejo que mi mirada recorra su rostro.

—No me refería a eso. —Sonríe antes de volver a ponerse seria—.

Soy un desastre de veinticuatro años y estoy en paro.

Hasta la semana pasada, y gracias a la generosidad de Noah y tuya, seguía viviendo con mis padres.

Ellos me pagan la factura del móvil. Estoy dolorosamente soltera.

Cada vez que salgo y conozco a un chico, conectamos sin problemas.

Tenemos unas cuantas citas, pero nunca surge nada.

Mi mejor amiga, Rielle, es adicta al trabajo, mi hermana se ha mudado a Nueva York e Indy está embarazada.

Se encoge de hombros y sus ojos se encienden con una emoción que no sé identificar.

Contengo la respiración mientras se me forma un nudo en la garganta.

—Siento que todos los que forman parte de mi vida me llevan cinco pasos de ventaja y que, por mucho que lo intente, no consigo alcanzarlos.

Así que, si tú crees que no debería estar orgullosa de ti, de alguien que ha triunfado en la profesión que eligió, que tiene estabilidad económica sin depender de nadie, que ha admitido sus errores y ha tomado medidas concretas para corregirlos, que intenta hacer lo correcto cada uno de los días… entonces ¿dónde me deja eso a mí?