El Temerario (La Saga de los Boston Hawks 2) 4 Claire
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4 Claire

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CUATRO

CLAIRE

—¿Qué tal es vivir con él? —susurra Indy a gritos mientras Noah trastea en el baño de arriba.

—¿Está buscando alcohol? —Arqueo una ceja hacia mi prima.

Se le encienden las mejillas cuando se deja caer sobre un taburete y señala con la barbilla las magdalenas que he preparado y he dejado sobre la isla de la cocina.

—¿Estás horneando para él? —le brillan los ojos.

—Indiana.

Indy suspira.

—Mira, Austin está preocupado, ¿vale?

—No puede ir fisgoneando entre las cosas de su hermano.

—Como si tú no lo hubieras hecho ya. —Me deja en evidencia y le enseño el dedo corazón.

Indy se ríe—. Créeme, lo entiendo. Es solo que todo el mundo está preocupado por él.

Nadie piensa que vaya a salir a comprar un paquete de seis cervezas, pero, si por casualidad encuentra algo de alcohol y eso le provoca una recaída y…

—¿No registró ya Noah toda la casa antes de que Easton saliera de rehabilitación? —pregunto mientras coloco una magdalena en un plato y se la deslizo por la isla.

—¡De arándanos! Dios mío, no paro de tener antojos de fruta. —Coge la magdalena y la contempla con admiración. Después, levanta los ojos hacia mí y asiente—. Sí. Pero se olvidó del baño de invitados… de tu baño. Además, también quiere recoger algunas cosas para llevárselas a mi casa.

—No me puedo creer que vayáis a vivir en esa caja de zapatos diminuta. —Me río mientras introduzco una cápsula descafeinada de Nespresso en la máquina para ella.

—Ya. —Sonríe—. Pero, sinceramente, me encanta mi pequeño piso en ese edificio antiguo. No sé si será práctico cuando nazca el bebé, pero, por ahora, mientras Noah y yo todavía estamos conociéndonos y todo es tan… nuevo, mudarnos supondría demasiado estrés.

—Sé a qué te refieres. —Dejo la taza delante de ella y suelta un jadeo.

—¿Magdalena y cafeína? Soy, sin lugar a dudas, tu prima favorita.

—Soy tu única prima —le recuerdo mientras cojo una magdalena para mí y me inclino sobre la isla—. Y no te emociones tanto. Es descafeinado.

Indy arruga la nariz. Da un mordisco enorme a la magdalena y gime de placer.

—Está buena, ¿verdad?

—La mejor, Claire. Como no encuentres trabajo pronto, podrías probar suerte con la repostería.

Pongo los ojos en blanco.

—Limítate a comerte la magdalena.

Indy da otro mordisco.

—Por cierto, ¿dónde está East?

—En una reunión de Alcohólicos Anónimos.

—¿Va todos los días?

—A veces va dos veces el mismo día.

—Guau. Estoy muy orgullosa de él —dice Indy con suavidad, pensativa.

—Sí, yo también.

—¿Y vivir con él ha sido… llevadero?

—Ha estado bien.

Indy entorna los ojos.

—¿Solo bien? Claire, llevas suspirando por Easton desde…

—¡Chist!

Las dos dejamos de hablar y escuchamos por si Noah nos ha oído desde arriba. Un instante después, se le cae algo y suelta un gemido sonoro.

—Yo no suspiraba por él —empiezo, pero el resoplido de Indy me interrumpe—.

Es solo que ahora todo es distinto. Antes, al menos, éramos amigos.

Este Easton me mira como si no pudiera soportarme.

No para de llamarme niña. Niña, Indy, como si fuera una preadolescente con un enamoramiento ridículo.

Es irritante. Y vergonzoso, porque es verdad.

Me meto un trozo enorme de magdalena en la boca para detener el torrente de palabras que se me escapa.

Odio que Easton me hiciera daño, pero me lo hizo.

Durante un segundo, apenas un parpadeo, cuando entró en la sala de juegos, pensé que podríamos pasar el rato juntos.

Mantener una conversación, ver la televisión, comportarnos de manera informal.

Normal. Pero entonces me recordó lo diferentes que somos.

Que yo soy una cría inmadura y malcriada y él es un dios del hockey, y la distancia entre ambos arañó todas mis inseguridades.

Por lo general, las mantengo enterradas tan hondo que la mayoría de la gente ni siquiera cree que las tenga. De cara al mundo proyecto seguridad, pero, a veces, es muy frágil.

Sé que se me da genial coquetear. Soy divertida y extrovertida. No tengo problemas para hablar con nadie.

Pero Easton consigue que pierda el equilibrio y, la otra noche, fue como si me hubiera empujado hasta hacerme caer.

Entre la falta de perspectivas laborales y mi inexistente vida amorosa, el subidón en el que vivía desde que me gradué en la universidad se va desinflando poco a poco a medida que la realidad se impone.

Indy me lanza una mirada compasiva.

—Claire, me dijiste que Easton y tú siempre habíais tenido una relación basada en las bromas. Estoy segura de que no lo dice con mala intención.

Niego con la cabeza.

—Ahora es distinto. Es como si algo… no encajara.

—Bueno, los dos tenéis muchas cosas encima.

—Él más que yo. —Desmigajo la magdalena con los dedos.

—No le quites importancia a lo tuyo. Graduarte e intentar encontrar tu sitio después de la universidad es difícil.

—Ojalá tuviera un trabajo de verdad. Con un sueldo —suspiro.

—Lo tendrás. Te lo juro. —Levanta una mano antes de que pueda decir nada—.

Y antes de que empieces, ya sé que yo no estuve en tu situación.

Sé que tuve muchísima suerte al conseguir mi puesto en la Universidad Brighton.

Pero, Claire, cuando encuentres trabajo, vas a pasarte los próximos cuarenta o cincuenta años trabajando.

Sé que ahora no te lo parece, pero, si miras el panorama completo, pasar ocho, diez o incluso catorce meses buscando empleo no va a ser el fin del mundo.

Mírate: vives en esta casa preciosa con un chico al que adoras.

—Me sonríe—. Aprovecha este tiempo para perfeccionar tus habilidades y ampliar todo lo posible la búsqueda de empleo. No seas tan dura contigo misma.

Da un sorbo al café y me mira por encima del borde de la taza.

—He estado diseñando logotipos para grupos y portadas de discos por diversión —suelto de repente.

—¿Portadas de discos? —La sorpresa impregna su tono, pero se inclina hacia mí, interesada—. ¿Por lo de Derek?

Pongo los ojos en blanco. Liarme con Derek durante el verano fue una decisión espantosa.

Claro que está buenísimo y es imprudente, salvaje y desinhibido.

Cuando canta en el escenario, las mujeres gritan su nombre y me avergüenza admitir que yo era una de ellas.

Pero, después de unas semanas vertiginosas llenas de altibajos extremos, acabé un poco magullada emocionalmente y sin un duro.

—Sí. Me presentó a otros grupos independientes, la mayoría locales, que buscaban a alguien para diseñar portadas, logotipos y merchandising.

—No sabía que habíais vuelto a hablar. —La voz de Indy se vuelve rígida y sus ojos escudriñan los míos.

Su desaprobación es evidente, y me entran ganas de abrazarla y darle las gracias por estar siempre de mi lado.

—No hemos vuelto a hablar —le aseguro.

Expulsa un suspiro de alivio.

—Gracias a Dios. Lo que hizo al dejarte con aquella cuenta en Carters Steakhouse fue…

—Una mierda.

—Y muy turbio.

La noche en que invitaron a Derek y a su grupo, The Burnt Clovers, a salir de gira como teloneros de The Failed Poets, fuimos todos a Carters, un asador increíblemente elegante del centro en el que cenar cuesta una pequeña fortuna, para celebrarlo.

Había estado bebiendo toda la noche, animando a mi chico, y ya iba bastante borracha antes siquiera de abrir la carta.

Desde luego, estaba demasiado achispada para preguntarme cómo demonios había conseguido una reserva en el último momento.

Para cuando llegó el postre, la mayoría de los miembros del grupo y sus parejas ya se habían largado. Taylor, el batería, me dirigió una mirada compasiva mientras me besaba la mejilla para despedirse.

—¿Quieres que te acompañe fuera? —se ofreció.

Pero negué con la cabeza, señalando a Derek y a Callie, una chica con la que llevaba años siendo amigo y que seguía sentada a la mesa.

Unos minutos después, Callie le susurró algo a Derek y él asintió mientras me dedicaba una mirada prolongada.

Me dijo que volverían enseguida y supuse que iban a fumar porros, meterse una raya de coca o hacer alguna otra mierda en la que yo no tenía ningún interés.

Me equivoqué.

Porque acabé pagando una cuenta de tres mil doscientos dólares que vació por completo mis escasos ahorros.

Después encontré a Derek follándose a Callie en el callejón por el que atajé para reunirme con el conductor de mi Uber.

Fue una noche horrible y humillante. Y el golpe de realidad que necesitaba desesperadamente para espabilar de una puta vez y empezar a pensar en serio en las decisiones que estaba tomando.

—¿Cuándo se puso en contacto contigo? —pregunta Indy, devolviéndome a nuestra conversación.

—Antes de Acción de Gracias. Sinceramente, no pensaba responder a su llamada, pero pudo más la curiosidad.

—¿Al menos se disculpó?

Asiento.

—¿Va a devolverte el dinero? —pregunta.

Le lanzo una mirada y ella niega con la cabeza.

—Pero, como ahora a The Burnt Clovers les va genial, me pidió que volviera a trabajar para ellos. Esta vez fui profesional, redacté un contrato y todo.

—Bien por ti. —Indy golpea la encimera con los dedos.

Le sonrío, aliviada de que al menos una persona en el mundo se ponga de mi parte en esto.

—Y me ha puesto en contacto con un montón de grupos a los que les gustó mi trabajo, así que…

—Así que no lo odiamos, pero sigue cayéndonos fatal.

—Exacto. Aunque me encanta el trabajo, Indy. Es creativo y me permite experimentar, probar cosas nuevas.

Indy me sonríe con calidez y estira el brazo sobre la isla para agarrarme de la muñeca.

—Eso es fantástico, Claire. Me alegro mucho por ti.

Me sonrojo y pongo los ojos en blanco.

—Gracias. Pero no estoy segura de que mamá y papá lo vieran de la misma manera.

—¿Por qué no? Estás perfeccionando tus técnicas y ganando algo de dinero.

—Pero no es algo que pueda incluir en una carta de presentación. Además, podría dedicar ese tiempo a hacer prácticas a cambio de una ayuda para la comida. O a establecer contactos.

Recito los argumentos favoritos de mi padre cada vez que hablamos de mi búsqueda de empleo.