El Temerario (La Saga de los Boston Hawks 2) 3 Easton
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Aparece envuelta en una explosión de rosa.

Con una bolsa de viaje de lunares colgada del hombro y una maleta con ruedas de color rosa, Claire se planta en el porche de mi casa.

Sus rizos rubios rebotan y, cuando sonríe, casi puedo saborear el chicle.

Dios, parece Reese Witherspoon en Una rubia muy legal.

No se entera de nada, pero tiene un corazón enorme.

Pongo los ojos en blanco y le doy la espalda en cuanto cruza el umbral de mi casa de piedra rojiza en Beacon Hill.

Claire me sigue hasta la cocina, deja caer el equipaje y se sube a uno de los taburetes de la barra.

Suspiro y me vuelvo hacia ella.

—¿Estás segura de esto?

—Haría prácticamente cualquier cosa con tal de no vivir con mis padres —admite.

Arqueo una ceja.

Sus mejillas se tiñen de rosa y acaba pareciéndose a sus maletas.

—Bueno, cualquier cosa tampoco.

Frunzo el ceño, molesto por la insinuación que acaba de soltar con tanta despreocupación.

Claire ladea la cabeza.

—Pero sí viviría contigo —añade con dulzura.

Resoplo y lleno dos vasos de agua. Deslizo uno por la isla hacia ella y Claire lo rodea con las manos. Se queda mirando el contenido antes de levantar los ojos y encontrarse con los míos.

Le sostengo la mirada sin ofrecerle nada mientras la tensión entre nosotros pasa de ser una brisa suave a una fuerte ráfaga de viento.

Siempre ha sido así con Claire. Bueno, no siempre, pero sí durante los últimos cinco años.

Por eso la mantengo a distancia. Por eso intento limitar los momentos que pasamos a solas.

Y ahora es mi compañera de piso.

Y yo estoy sobrio. Mierda. Me río y niego con la cabeza.

Claire entorna los ojos.

—Mira, entiendo que no me quieras aquí y no pasa nada.

Te juro que no estoy intentando pisarte los talones, cortarte el rollo ni hacer lo que sea que creas que estoy haciendo.

Solo necesito alejarme un poco de mis padres, tener algo de…

espacio para descubrir qué demonios quiero hacer con mi vida.

Y, aunque no me creas, odio pensar que vayas a estar solo durante todo esto.

Me señala con un gesto, como si el mero hecho de que esté de pie en mi cocina englobara toda la mierda que supone ser un alcohólico en recuperación.

Aun así, sus palabras me atraviesan el pecho porque, aunque no quiera desearla, una descarga de emoción me recorre al saber que piensa en mí.

Que le importo. Joder. Me aprieto el puente de la nariz, pellizcándome las comisuras internas de los ojos.

Durante años he hecho esto para intentar despejarme la cabeza.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, la tengo despejada. Cristalina. Y la certeza abrumadora de que Claire Merrick es demasiado buena, demasiado joven y demasiado complicada para mí me golpea de lleno en la cara.

Es la hermana pequeña de mi mejor amigo. Es literalmente la hija de las personas que desearía que fueran mis padres. Tiene veinticuatro años, no cuenta con un trabajo estable y, hasta hace una hora, todavía vivía con su madre y su padre.

La observo. Me fijo en el rubor que cubre la parte alta de sus mejillas, en la preocupación mezclada con fortaleza que hay en sus ojos, en que ni siquiera ha probado el agua.

La examino buscando algún defecto real, algo a lo que pueda aferrarme, pero, en lugar de encontrarlo, me entran ganas de inclinarme sobre la isla, atraerla hacia mí y besarla. Con fuerza.

Suspiro.

—Lo que tú digas, Claire. Me da exactamente igual que estés aquí o no.

No tengo intención de salir de fiesta ni de quedarme encerrado bebiendo hasta perder el conocimiento.

Noah ya ha registrado hasta el último rincón de la casa y no queda ni una gota de alcohol.

No necesito una niñera. Joder, ni siquiera necesito un amigo.

Pero, si tú necesitas un sitio donde desahogarte o encontrarte a ti misma, adelante.

—Señalo las escaleras con la barbilla—. La habitación de invitados es la primera puerta a la izquierda.

Paso junto al frigorífico y le doy una palmada con la mano.

—Coge lo que quieras.

Estoy a punto de salir de la cocina cuando la voz de Claire me deja clavado en el sitio.

—Eh… Necesito pedirte un favor.

Me detengo, sin volverme hacia ella. Por supuesto que sí. ¿Por qué coño pensó nadie que esto sería una buena idea? Noto su mirada fija en mi espalda y los hombros se me tensan bajo su escrutinio.

—¿Qué quieres? —pregunto con voz cortante.

—Una de las condiciones que han puesto mis padres para aceptar que me mude aquí es que vayamos a cenar a su casa todos los domingos.

Me doy la vuelta de golpe.

—¿Vayamos?

Asiente y me ofrece una sonrisa pequeña.

—Les he dicho que te encantaría.

¿Está de coña? A ver, quiero a Mary y a Joe, pero eso no significa que quiera sentarme todos los domingos alrededor de su mesa de madera con sus hijos perfectos y fingir que no soy el mayor desastre de la habitación.

—¿Sin preguntarme antes?

Pone los ojos en blanco y me muestra esa actitud suya que tanto ansío.

—¿Qué más da, Scotch? No es propio de ti rechazar una comida casera.

Expulso el aire y niego con la cabeza. Odio que tenga razón, pero me encanta cómo cocina Mary.

—Lo que tú digas, Merrick. Procura que esto no se convierta en una costumbre. —Señalo el espacio entre los dos.

—¿Esto? —Ladea la cabeza, con los ojos provocadores y los labios fruncidos.

Dios bendito, ¿por qué me afecta tanto esta chica?

—Sí, tomar decisiones por los dos. Como si fuéramos una especie de pack. Entiendo que ahora, técnicamente, somos compañeros de piso, pero ahí acaba la cosa. Tú haz tu vida y yo haré la mía.

Me mira con intensidad.

—Entendido, jefe.

—Ya nos veremos, Claire.

Salgo de la cocina y recojo su maleta y su bolsa de viaje.

La sangre me corre demasiado deprisa por las venas mientras subo las escaleras de dos en dos.

¿En qué coño estaba pensando mi hermano? Llevo cinco minutos fuera de rehabilitación y ya tengo una compañera de piso nueva, una carrera que pende de un hilo y una cena familiar semanal a la que asistir.

Niego con la cabeza y dejo las pertenencias de Claire en la habitación de invitados. Después entro en mi dormitorio y cierro la puerta de una patada. Aprieto las manos hasta formar dos puños y el deseo de encontrar una botella y bebérmela de un trago me araña la garganta en carne viva.

Hace tres meses, pensé que jamás sobreviviría a rehabilitación.

Ahora me pregunto si sobreviviré a Claire.

Cuando bajo a la sala de juegos en la que Noah y yo siempre pasábamos el rato, tengo que mirar dos veces.

Joder, durante un instante se me había olvidado que Claire estaría aquí. Y no solo aquí, en mi casa, sino aquí, invadiendo todo mi espacio.

Se mueve en el enorme sofá rinconero cuando me ve.

—Hola.

Su voz suena apagada y vuelve a pintarse las uñas de los pies de un tono rosa intenso del que no consigo apartar la mirada.

De fondo, un reality parpadea en la pantalla gigante, lleno de voces estridentes y amenazas vacías.

—¿Ves esta mierda?

—Es entretenida.

Me dejo caer en el sofá a su lado y apoyo los pies en el reposapiés.

—¿Qué tienes pensado hacer esta semana?

Me mira de reojo, con la expresión tensa.

Por primera vez, me fijo en lo rígida que parece.

Me molesta porque Claire siempre se ha mostrado muy relajada conmigo.

Haber crecido a su lado significa que ya la he visto en sus peores momentos miles de veces, así que verla insegura a mi alrededor ahora resulta… inquietante.

—No sé —suspira—. Supongo que enviaré otra tanda de currículums a empresas de las que seguramente nunca volveré a saber nada. Ni siquiera me mandan un mensaje genérico de rechazo.

Cierra el frasco de esmalte y se recuesta contra los cojines, colocando los pies en el otro extremo del reposapiés. Gira la cabeza para mirarme.

—La economía es una mierda, pero, aunque no lo fuera, tampoco estoy realmente cualificada para muchas cosas.

—¿De qué estás hablando? Tienes una carrera.

Resopla.

—En diseño gráfico.

Cierra los ojos y percibo la derrota que no quiere que vea.

—Me gradué en mayo, East. Han pasado más de seis meses y, aparte de unos cuantos trabajos que he encontrado por internet, no tengo mucho que enseñar. Si no fuera por Derek y su grupo, no habría tenido ningún encargo remunerado en los últimos dos meses.

¿Derek? Al oír el nombre de un tío al que no conozco, me incorporo un poco. ¿Está saliendo con alguien? ¿Tiene novio? ¿Un novio que toca en un puñetero grupo? Me aclaro la garganta.

—¿Derek?

Hace un gesto despreocupado con la mano.

—Solo es un chico al que conozco. Hice algunos trabajos para su grupo durante el verano y me ha puesto en contacto con otros artistas independientes. Menos mal, porque son los únicos clientes que tengo ahora mismo.

—¿Qué clase de trabajos?

Sé que le estoy dando demasiadas vueltas. Tiene que ser eso, porque Claire no ha pronunciado el nombre de Derek como lo haría si existiera algo entre ellos. Pero, aun así… Los músicos arrastran muchos de los mismos tópicos que los deportistas profesionales. Y yo los conozco demasiado bien.

—Diseño de logotipos e identidad de marca. Merchandising. Unas cuantas portadas de discos. Ese tipo de cosas.

La miro durante un largo instante y veo la frustración en sus ojos. Dejo escapar un suspiro.

—Escucha, niña, estás siendo demasiado dura contigo misma. —Niego con la cabeza—. Yo soy un jugador de hockey acabado que alcanzó su mejor momento hace unos tres años.

Arqueo una ceja cuando frunce el ceño.

—Acabo de salir de rehabilitación, Claire. ¿Crees que no sé lo que es sentirse inútil?

—No es lo mismo.

—¿Ah, no?

Se incorpora, con los ojos encendidos.

—Tú has triunfado, Easton. Eres un jugador de la NHL que puede permitirse su propia casa.

Abre los brazos para abarcar la increíble sala de juegos que Noah y yo decoramos hace años. Fue el primer espacio de la casa que diseñamos.

—Y sí, fuiste a rehabilitación. Pero la terminaste. Admitiste tus errores, te enfrentaste a tus demonios y saliste por el otro lado. —Su mirada se intensifica, puro fuego azul—. No nos parecemos en nada.

Su tono se vuelve suave al decirlo y sé que no está atacándome a mí, sino a sí misma.

Algo cambia dentro de mi pecho. Oigo lo defensiva que se pone cuando busca excusas para mí.

Es una compasión que no se concede a sí misma y me frustra.

Claire es quince veces mejor persona de lo que yo llegaré a ser jamás.

Y se equivoca: no he admitido una mierda.

Mis demonios me atormentan todas las malditas noches y son muchísimo más feos que no encontrar trabajo.

Paso la yema del dedo por la cicatriz que me atraviesa la ceja.

Chasqueo la lengua.

—Tienes razón.

Una llamarada de dolor prende en sus ojos. Joder, ha interpretado mal mis palabras. Por supuesto que sí. Nunca hago nada bien cuando se trata de Claire. Entonces, ¿por qué coño sigues intentándolo?

El dolor parece envolverla mientras se encoge sobre sí misma y centra toda su atención en los personajes de la televisión.

—Claire… —suspiro, deseando explicarle que lo que quería decir es que ella es muchísimo mejor, mucho más que yo.

—Déjalo, East.

—Venga ya, niña…

Se levanta del sofá y me lanza el mando a distancia.

—De todas formas, tengo que escribir unas cartas de presentación.

Aprieta con fuerza el esmalte entre los dedos y me deja solo en la sala de juegos.

Escucho sus pasos en las escaleras y me odio por haberla hecho sentir aún más insegura cuando jamás fue esa mi intención. La verdad es que Claire Merrick me tienta

de formas que no debería.

Es un ángel y un demonio a la vez. Dulce e inocente.

Joven y prudente. Pero también fuerte y feroz, salvaje y atrevida.

Llevo años queriendo saborear sus labios y hundir los dedos en su pelo.

Desde la noche de su vigésimo cumpleaños, cuando la vi bailar con los brazos en alto, con un ceñido vestido dorado que se le subía por los muslos, y comprendí que la chica a la que siempre me había esforzado por proteger se había convertido en una mujer.

Una mujer con la que no tengo derecho a fantasear.

Una mujer a la que hay que proteger de hombres como yo.

Me froto el centro del pecho con la base de la mano. Odio que haya malinterpretado mis palabras. Odio haber herido sus sentimientos después de pasarme años poniendo en su sitio a los niñatos inmaduros de su clase cuando se burlaban de ella por cualquier cosa.

Pero ¿no es mejor así?

Claire nunca será mía. No está hecha para un tío como yo y jamás seré lo bastante bueno para ella.