CAPÍTULO 14 LO QUE QUEDÓ BAJO LA PIEDRA
Clara no volvió a mirar a Daniel inmediatamente.
La fotografía seguía entre sus dedos.
L as iniciales D. S. podían significar muchas cosas. No eran una prueba. Ni siquiera eran necesariamente las iniciales de una persona. Pero después de todo lo que había descubierto, Clara ya no estaba dispuesta a considerar ninguna coincidencia como irrelevante.
—¿Qué significa esto? —preguntó finalmente.
Daniel observó la fotografía.
—No lo sé.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Clara dejó la imagen sobre la mesa.
—No te he preguntado si sabes quién aparece. Te he preguntado qué significan esas iniciales.
Daniel bajó la mirada.
—Podrían ser una referencia.
—¿A qué?
—A un archivo. A un nombre. A cualquier cosa.
Clara permaneció en silencio.
Mateo se acercó a la mesa.
—Déjame verla.
Clara le pasó la fotografía.
Mateo examinó la esquina.
—La marca es igual.
—Sí —dijo Clara—. La misma que encontramos en El Teleno.
Daniel cruzó los brazos.
—Eso no demuestra que yo la pusiera.
—Todavía no he dicho que lo hicieras.
Aquella respuesta hizo que Daniel la mirara directamente.
Clara volvió a colocar las pruebas sobre la mesa.
Había llegado el momento de dejar de contemplarlas como fragmentos aislados.
La fotografía.
Los informes alterados.
El reloj detenido a las once y veinte.
El número oculto.
La marca de la montaña.
La libreta de Gabriel.
La grabación parcialmente destruida.
El testimonio de Rafael.
La confesión de Mateo.
Las declaraciones de Tomás.
Lo que Elena había ocultado.
Todo tenía que formar una secuencia.
Pero una secuencia no significaba necesariamente una verdad.
Alguien había introducido piezas nuevas.
La primera pista había llegado a Clara antes de que siquiera pisara Santa Brígida.
Una fotografía.
Después había aparecido otra.
Luego el mensaje.
Después la referencia a la cantera.
La marca.
La llave.
Rafael.
La estructura abandonada.
Era demasiado ordenado.
—No estaba descubriendo las pistas —dijo Clara.
Mateo levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—Alguien me las estaba entregando.
Daniel negó lentamente.
—Eso es una interpretación.
—Sí.
Clara tomó la fotografía recibida en el hotel.
—Pero una interpretación que explica demasiadas cosas.
Daniel se inclinó para observarla.
—¿Qué cosas?
—La primera fotografía contradice la desaparición oficial.
—Correcto.
—La segunda contiene una fecha imposible.
—También correcto.
—El mensaje me dice que deje de buscar al hombre equivocado.
Daniel no respondió.
—Después encuentro la marca en la montaña.
Clara señaló el símbolo.
—Luego aparece la llave.
—Y después la caja —añadió Mateo.
Clara asintió.
—Exactamente.
Daniel miró las fotografías.
—Eso podría significar que alguien quería que encontraras la verdad.
—O que alguien quería controlar qué verdad encontraba.
Daniel no respondió.
Clara tomó el papel con el número encontrado en el reloj.
—Once veinte.
Lo colocó junto a la fotografía.
—Al principio pensé que era una hora. Pero también podía ser una referencia.
Mateo observó el papel.
—¿A qué?
—Al reloj.
Clara miró hacia Elena.
—¿Quién conocía la habitación?
Elena tardó en contestar.
—Gabriel.
—¿Y quién más?
—Mi familia.
—¿Mateo?
—No.
Clara volvió hacia Daniel.
—¿Tú?
Daniel negó.
—Nunca había estado allí.
Clara sostuvo su mirada.
—Pero conocías la existencia de la Casa del Relojero.
—Todo el pueblo conoce la casa.
—No la habitación.
Daniel no respondió.
Clara recordó algo.
Daniel había reconocido demasiado rápido algunos documentos del archivo.
Había sabido interpretar referencias que Clara todavía no le había mostrado.
Y había dado explicaciones convincentes sobre lugares que, según él, llevaba años estudiando únicamente desde los registros.
—Hay otra contradicción.
Daniel levantó una ceja.
—¿Cuál?
Clara abrió la carpeta del archivo.
—Dijiste que el refugio de la montaña había sido abandonado en 1978 y que los registros demostraban que nadie lo utilizaba después.
—Eso dije.
—Pero existe una inspección en 1984.
—Una inspección administrativa no significa que alguien viviera allí.
—No.
Clara deslizó otra hoja hacia él.
—Pero esta inspección menciona reparaciones recientes.
Daniel tomó el documento.
Por primera vez, su expresión cambió.
—No había visto esta página.
—Eso dijiste.
—Porque es cierto.
—Entonces ¿cómo sabías que el lugar estaba abandonado?
Daniel dejó el documento.
—Porque lo estudié.
—¿Cuándo?
—Hace años.
—¿Antes o después de conocer a Gabriel?
Daniel no respondió inmediatamente.
Clara no apartó los ojos de él.
—Después.
La respuesta fue baja.
Mateo dio un paso hacia delante.
—¿Por qué nunca lo mencionaste?
Daniel lo miró.
—Porque no pensé que fuera relevante.
Clara negó.
—Eso ya me lo dijiste antes.
Daniel respiró profundamente.
—Clara, estás interpretando cada silencio como una prueba.
—No. Estoy comparando lo que dijiste con lo que aparece en los documentos.
Elena permanecía sentada, observando a ambos.
—Daniel —dijo finalmente—. ¿Qué sabías de Gabriel?
Daniel no respondió.
Clara encontró entonces una segunda hoja.
Era una copia de una solicitud de acceso al archivo municipal.
La firma estaba parcialmente borrada.
Pero la fecha era clara.
Años después de la desaparición.
Y debajo aparecía una anotación:
"Consultar expediente G.O. — cantera."
Clara la colocó delante de Daniel.
—Esta solicitud fue hecha por alguien que conocía exactamente la referencia que Gabriel utilizaba.
Daniel miró el papel.
—Podría haber sido cualquiera.
—Sí.
Clara sacó otra copia.
—Por eso busqué las solicitudes posteriores.
La segunda hoja contenía un registro más reciente.
La misma referencia.
La misma estructura.
Y una inicial.
D. S.
Daniel permaneció inmóvil.
—¿Qué quieres que piense?
—Quiero que me digas la verdad.
—No puedo demostrarte que no fui yo.
—No te estoy pidiendo que demuestres nada.
Clara tomó la fotografía de la estación.
—Quiero saber por qué alguien escribió tus iniciales aquí.
Daniel miró la imagen.
—No sé quién lo hizo.
—¿Conocías esta fotografía?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Clara sacó una ampliación.
En la parte posterior había una anotación apenas visible.
La misma tinta aparecía en otra fotografía.
Una fotografía que Daniel había proporcionado personalmente.
Clara la colocó junto a la primera.
—Misma tinta.
Daniel la observó.
—Eso no demuestra que las haya escrito yo.
—No.
Clara señaló el borde.
—Pero demuestra que alguien tuvo acceso a ambas.
Daniel se quedó callado.
Mateo miró a Clara.
—¿Qué estás pensando?
—Que la persona que manipuló parte de mi investigación tenía acceso a documentos antiguos, fotografías y lugares que no eran de conocimiento público.
Elena habló con voz baja.
—Y conocía a Gabriel.
—Sí.
—¿Quién podría cumplir todas esas condiciones?
Clara no respondió.
Daniel sí.
—Podrían ser varias personas.
—Correcto.
—Entonces no puedes señalarme.
—Todavía no.
Daniel levantó la mirada.
—¿Todavía?
Clara dejó las pruebas sobre la mesa.
—Porque hay algo que no encaja contigo.
—¿Qué?
—Si hubieras querido impedir mi investigación, habrías destruido las pruebas.
Daniel frunció el ceño.
—¿Y qué crees que significa eso?
—Que quizá no querías detenerme.
—¿Entonces?
Clara miró las fotografías.
—Querías dirigirla.
El silencio fue absoluto.
Daniel no protestó.
Eso fue lo que más inquietó a Clara.
—¿Por qué? —preguntó.
Daniel respondió después de varios segundos.
—Porque algunas verdades destruyen a personas que no tienen culpa.
Clara sintió que aquellas palabras eran demasiado personales.
—¿A quién estás protegiendo?
Daniel bajó la mirada.
—No todo el mundo que mintió aquella época lo hizo por las mismas razones.
—Eso ya lo sé.
—Entonces también deberías saber que descubrir la verdad no siempre significa hacer justicia.
Clara lo observó.
Aquello podía ser una explicación.
Incluso una explicación sincera.
Pero había algo más.
Recordó la fotografía recibida en el hotel.
La persona que se la había enviado sabía exactamente dónde encontrarla.
Recordó la segunda fotografía.
El mensaje.
La marca.
La llave.
El recorrido hacia la estructura.
Todo había ocurrido en un orden demasiado perfecto.
Clara tomó la grabación dañada.
—Gabriel estaba preocupado por alguien.
—Sí —dijo Daniel.
Clara se detuvo.
—¿Cómo sabes eso?
Daniel tardó en responder.
—Por lo que has contado.
—Nunca te dije exactamente qué decía la grabación.
Daniel quedó en silencio.
Mateo miró a Clara.
Ella comprendió que acababa de encontrar algo mucho más importante que una contradicción documental.
Daniel conocía información que Clara no le había proporcionado.
—¿Quién te contó lo de la grabación?
Daniel negó.
—Nadie.
—Entonces ¿cómo lo sabes?
No respondió.
Clara retrocedió un paso.
Ahora comprendía el verdadero problema.
No sabía todavía si Daniel era responsable.
No sabía si había manipulado las pistas para proteger a alguien.
No sabía si estaba intentando conducirla hacia una verdad concreta o alejarla de otra.
Pero sí sabía algo.
Desde el principio, alguien había conocido sus movimientos.
Alguien había anticipado sus descubrimientos.
Alguien había colocado piezas delante de ella antes de que pudiera encontrarlas por sí misma.
Y aquella persona no estaba necesariamente intentando detenerla.
Quizá estaba construyendo el camino que Clara debía seguir.
Clara miró a Daniel.
Por primera vez desde que había llegado a Santa Brígida, dejó de preguntarse quién estaba ocultando la verdad.
La pregunta correcta era otra.
¿Quién había estado escribiendo su investigación mientras ella creía ser quien la dirigía?
Clara no apartó la mirada de Daniel.
Durante unos segundos nadie habló.
Elena permanecía junto a la ventana, con las manos entrelazadas. Mateo estaba cerca de la mesa, atento a cualquier movimiento, aunque ninguno de los presentes parecía dispuesto a convertir aquella conversación en una confrontación física.
—Fuiste tú —dijo Clara finalmente.
Daniel cerró los ojos durante un instante.
No pareció sorprendido.
—Sí.
La respuesta fue tan sencilla que Clara sintió más desconcierto que alivio.
—¿Qué hiciste?
Daniel se sentó lentamente.
—No hice todo lo que crees.
—Entonces empieza por lo que sí hiciste.