El Teleno CAPÍTULO 11 LA HABITACIÓN CERRADA #2
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CAPÍTULO 11 LA HABITACIÓN CERRADA #2

—Nunca llegué a saberlo.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

Mateo apoyó las manos sobre la mesa.

—Recibí un mensaje suyo. Decía que necesitaba verme en la montaña y que no podía hacerlo en el pueblo.

—¿Conservaste el mensaje?

—No.

—¿Qué decía exactamente?

—No recuerdo todas las palabras.

Clara suspiró.

—¿Y aun así fuiste?

—Sí.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Qué encontraste?

Mateo permaneció callado.

—Mateo.

—Encontré el vehículo de Gabriel.

—¿Dónde?

—Cerca del sendero que llevaba a la cantera.

—¿Estaba vacío?

—Sí.

—¿La puerta estaba abierta?

—Una de ellas.

—¿Había señales de violencia?

Mateo negó.

—No vi sangre. No vi un cuerpo. Nada que me permitiera decir que Gabriel había muerto.

Clara sintió que una idea se abría paso.

—Entonces nunca viste su cadáver.

—No.

—Nunca supiste que hubiera muerto.

—No.

—Pero la versión oficial afirma que desapareció aquella noche.

—Sí.

—Y tú sabías que no era tan sencillo.

Mateo asintió.

—Encontré algo más.

Clara esperó.

—Una mochila.

—¿De Gabriel?

—Eso creo.

—¿Qué había dentro?

—Poco.

—¿Qué?

—Papeles. Una linterna. Un cuaderno pequeño.

Clara sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿La libreta?

—No.

—¿Qué hiciste con ella?

—La dejé donde estaba.

—¿Por qué?

—Porque escuché voces.

Clara se inclinó hacia delante.

—¿Cuántas personas?

—Dos.

—¿Gabriel estaba entre ellas?

Mateo cerró los ojos.

—Una de las voces era la suya.

Clara sintió un silencio profundo.

—¿Y la otra?

—No pude identificarla.

—¿Hombre o mujer?

—Hombre.

Clara recordó el testimonio de Rafael.

Una persona junto a Gabriel.

Un hombre que no había podido identificar.

—¿Qué decían?

—No podía oír todo.

—¿Qué escuchaste?

—Una discusión.

—¿Sobre qué?

—Sobre las pruebas.

Clara abrió su cuaderno.

—¿Qué pruebas?

—Eso fue lo que me llamó la atención.

—¿Por qué?

—Porque Gabriel dijo que ya no podía seguir ocultándolas.

Clara dejó de escribir.

—¿Ocultarlas?

—Sí.

—¿Qué pruebas?

—No lo sé.

—¿Seguro?

—Si lo supiera, te lo habría dicho.

Clara recordó la libreta encontrada en la estructura abandonada.

Gabriel investigaba algo mucho más amplio.

Documentos.

Personas.

Acontecimientos antiguos.

Y alguien estaba dispuesto a mantener aquello oculto.

—¿Qué ocurrió después?

—Escuché un golpe.

—¿Un disparo?

—No.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Entonces?

—Algo metálico cayó al suelo.

—¿Y después?

—Silencio.

—¿Fuiste hacia ellos?

Mateo negó.

—No.

Clara lo miró incrédula.

—¿Por qué?

—Porque escuché otra voz.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Otra persona?

—Sí.

—Entonces había al menos tres.

—Sí.

Clara sintió que la historia volvía a fragmentarse.

Gabriel.

Otro hombre.

Una tercera persona.

Rafael había visto a alguien.

Mateo había oído a varias personas.

Pero ninguna versión coincidía completamente.

—¿Qué hiciste?

—Me fui.

—¿Sin saber qué había ocurrido?

—Sí.

—¿Y no volviste?

—No esa noche.

—¿Nunca?

Mateo tardó en responder.

—Volví años después.

—¿Para qué?

—Para comprobar si el lugar seguía igual.

—¿Y?

—No.

Clara recordó los caminos modificados, los documentos alterados y la estructura abandonada.

—Alguien había estado allí.

—Sí.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—¿Qué encontraste?

Mateo la miró.

—La llave.

Clara frunció el ceño.

Mateo introdujo la mano en el bolsillo interior de su chaqueta.

Sacó un pequeño objeto metálico envuelto en un trozo de tela.

Lo dejó sobre la mesa.

Clara lo observó.

Era una llave antigua, estrecha, ligeramente oxidada.

—¿La encontraste en la montaña?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Años después.

—¿Dónde?

—Cerca de la entrada de la cantera.

Clara la tomó con cuidado.

Tenía una pequeña marca grabada en el metal.

La reconoció inmediatamente.

El mismo símbolo.

—¿Por qué no me la enseñaste antes?

—Porque no sabía si debía hacerlo.

—¿Y ahora sí?

—Ahora ya no tengo elección.

Clara levantó la llave.

—¿Qué abre?

—No lo sé con certeza.

—Pero has dicho que está relacionada con la Casa del Relojero.

Mateo asintió.

—Gabriel me habló de ella.

—¿Qué te dijo?

—Que allí había algo que no debía caer en manos equivocadas.

Clara recordó la habitación cerrada.

Los relojes.

La hora.

El papel oculto dentro del mecanismo.

El número.

—¿El número?

Mateo la miró.

—¿Qué número?

Clara no respondió inmediatamente.

Sacó de su carpeta el pequeño papel que había encontrado dentro del reloj.

Lo puso junto a la llave.

—Este.

Mateo observó el número.

Su expresión cambió.

—¿Dónde encontraste eso?

—Dentro de un reloj de la Casa del Relojero.

Mateo se inclinó.

—Entonces no era una casualidad.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

—Mateo.

—Clara, no lo sé.

Ella estudió el papel.

El número podía ser una referencia.

Una habitación.

Un cajón.

Una fecha.

O quizá una combinación.

La llave podía ser inútil.

Pero después de todo lo que había encontrado, ya no podía asumir que ninguna pieza carecía de significado.

—¿Por qué Gabriel hablaba de la Casa del Relojero?

—Porque Elena sabía algo.

—¿Sobre qué?

—Sobre aquella noche.

Clara recordó la reacción de Elena cuando había visto el reloj detenido.

Había reconocido algo.

No solo la hora.

Algo más.

—¿Crees que Elena sabe qué abre esta llave?

Mateo asintió.

—Probablemente.

—Entonces volveré a verla.

—No vayas sola.

Clara lo miró.

—Ya me has dicho eso.

—Esta vez lo digo en serio.

—¿Por qué?

Mateo señaló la llave.

—Porque alguien ha estado intentando recuperar todo lo relacionado con Gabriel.

Clara recordó a Rafael.

Las fotografías destruidas.

Los documentos modificados.

La habitación.

La marca.

—Y ahora tenemos una llave que alguien dejó escondida durante décadas.

Mateo negó.

—No sabemos que alguien la dejara.

—¿Entonces?

—Quizá Gabriel la escondió.

Clara pensó en ello.

Era posible.

Y si Gabriel la había escondido, significaba que esperaba que alguien pudiera encontrarla algún día.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó Mateo.

Clara cerró la carpeta.

—Voy a volver a la Casa del Relojero.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Y si Elena no quiere hablar?

Clara guardó la llave.

—Entonces averiguaré qué está intentando proteger.

Mateo la observó.

—Clara.

Ella se detuvo junto a la puerta.

—¿Qué?

—Si encuentras algo allí, no confíes inmediatamente en lo que parezca evidente.

Clara recordó el mensaje anónimo.

El hombre equivocado.

La segunda fotografía.

La fecha imposible.

Y ahora la llave.

—Eso es precisamente lo que llevo intentando hacer desde que llegué.

Abrió la puerta.

Por primera vez, la Casa del Relojero dejó de parecerle simplemente una vivienda antigua.

Era una pieza del mecanismo.

Y Clara estaba a punto de regresar a ella para descubrir qué había detrás de la llave .