El Teleno CAPÍTULO 11 LA HABITACIÓN CERRADA
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CAPÍTULO 11 LA HABITACIÓN CERRADA

La desaparición de Rafael Mena cambió la naturaleza de todo.

H asta entonces, Clara había podido convencerse de que estaba siguiendo una investigación periodística difícil, incómoda y quizá peligrosa.

Había documentos alterados, fotografías contradictorias, testimonios incompletos y personas que llevaban décadas guardando silencio.

Pero todavía podía pensar que, en algún momento, encontraría una explicación racional que uniera todas aquellas piezas.

La ausencia de Rafael destruyó esa posibilidad.

El anciano había estado a punto de pronunciar un nombre.

Después había desaparecido.

Clara permanecía sentada en la habitación del Hotel Valdeoro con la puerta cerrada y las cortinas abiertas. Sobre la cama había extendido todas las pruebas que había reunido desde su llegada a Santa Brígida.

La primera fotografía de Gabriel.

La segunda, con la fecha imposible.

Las copias del expediente municipal.

La fotografía parcialmente destruida.

Las notas sobre la Casa del Relojero.

El número encontrado dentro del reloj.

La marca de la montaña.

La libreta de Gabriel.

El mapa.

La grabación.

Y sus apuntes sobre Rafael.

Clara los contempló durante varios minutos.

Había algo allí.

No sabía todavía qué era, pero estaba segura de que no se trataba de coincidencias independientes.

Tomó la primera fotografía.

Gabriel aparecía junto a una carretera.

Después tomó la segunda.

La fecha escrita detrás indicaba que había sido tomada tres días después de su desaparición oficial.

La dejó junto a la libreta.

En una página, Gabriel había escrito una lista de lugares: la cantera, la Casa del Relojero, el archivo municipal y el camino norte.

Clara colocó el mapa al lado.

Los cuatro puntos estaban conectados por líneas dibujadas a mano.

No formaban una ruta.

Formaban una figura.

Clara acercó la lámpara.

El símbolo aparecía junto a dos de los puntos.

La misma marca que había encontrado en la montaña.

La misma que alguien había dejado después en su habitación.

—No es una firma —murmuró.

Era una señal.

Una manera de identificar algo.

O de advertir a alguien.

Clara tomó las notas sobre el reloj.

La hora oficial de la desaparición coincidía con la posición de uno de los relojes de la habitación cerrada de Elena.

Después recordó lo que Rafael había dicho.

Las once y veinte.

La hora que aparecía relacionada con Gabriel.

Clara abrió su cuaderno y escribió los dos datos.

Hora oficial: 23:20.

Hora recordada por Rafael: 11:20.

Podían ser la misma.

Pero no tenía sentido que tantos elementos distintos apuntaran hacia la misma hora si nadie había manipulado la información.

La grabación volvió a su cabeza.

La voz de Gabriel.

Las interferencias.

La advertencia incompleta.

Y aquella frase:

Si me pasa algo...

Clara cerró los ojos.

Gabriel había pensado que algo podía ocurrirle.

No era una intuición retrospectiva.

Lo había escrito.

Lo había grabado.

Había escondido pruebas.

Y alguien había intentado eliminarlas.

La investigación no había descubierto simplemente un misterio antiguo.

Había encontrado las huellas de un encubrimiento que todavía parecía tener consecuencias.

Clara se levantó.

Fue hasta el escritorio.

Allí guardaba los documentos originales dentro de una carpeta.

La abrió.

Se detuvo.

Algo estaba mal.

La carpeta estaba exactamente donde la había dejado.

Pero los papeles no.

Clara comprobó las hojas una por una.

La copia del informe municipal estaba arriba.

El mapa debajo.

Las notas sobre Rafael al final.

Nada parecía faltar.

Entonces descubrió el detalle.

El papel con el número encontrado dentro del reloj estaba doblado de otra manera.

Ella recordaba haberlo dejado con la cara escrita hacia dentro.

Ahora estaba hacia fuera.

No era una prueba.

Pero era suficiente.

Alguien había tocado sus documentos.

Clara sintió que una tensión fría le recorría la espalda.

No habían robado nada.

No habían destruido nada.

Solo habían demostrado que podían entrar.

Mateo llegó media hora después.

Clara le mostró la carpeta.

—Alguien ha estado aquí.

Mateo observó los documentos.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Falta algo?

—No.

—Entonces quizá solo querían que lo supieras.

Clara levantó la mirada.

—Eso es lo que más me preocupa.

Mateo cerró la carpeta.

—Tienes que tener cuidado.

—Ya lo tengo.

—No suficiente.

Clara se cruzó de brazos.

—Rafael desaparece justo después de hablar conmigo. Encuentro una marca en mi habitación. Alguien mueve mis documentos. ¿Qué quieres que haga? ¿Volver a casa?

Mateo no respondió.

—Eso es exactamente lo que quieren —continuó Clara—. Que piense que es demasiado peligroso y abandone.

—Quizá deberías hacerlo.

Clara lo miró con incredulidad.

—¿Tú también?

—No.

Mateo bajó la voz.

—Pero quiero que entiendas que ya no estás investigando a personas que simplemente quieren proteger un recuerdo.

—¿Qué son entonces?

—Personas que tienen algo que perder.

Clara volvió a mirar la carpeta.

—¿Y tú?

Mateo no contestó.

—Tú también tienes algo que perder.

—Todos tenemos algo que perder.

—Tú sabes más de Gabriel de lo que me has contado.

Mateo apartó la mirada.

—Sí.

La respuesta fue demasiado directa.

Clara permaneció quieta.

—¿Cuánto?

—Más de lo que debería.

—¿Qué significa eso?

Mateo se sentó.

Durante unos segundos parecía estar buscando las palabras.

—Hay algo que nunca te dije.

Clara sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Sobre Gabriel?

—Sí.

—¿Sobre la noche de su desaparición?

Mateo levantó la mirada.

—Sí.

Clara esperó.

Mateo apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Estuve en El Teleno aquella noche.

Clara no respondió.

Ya lo había sospechado.

Había pruebas.

Había contradicciones.

Pero escucharlo directamente era diferente.

—¿Cuándo?

—Durante la noche.

—¿A qué hora?

—No puedo precisar la hora.

—¿Por qué estabas allí?

Mateo respiró profundamente.

—Porque alguien me pidió que fuera.

Clara sintió que todas las piezas volvían a moverse.

—¿Quién?

Mateo negó.

—Todavía no.

—¿Todavía no?

—Necesito explicarte algo primero.

—No, Mateo. Llevamos demasiado tiempo con medias verdades.

—Lo sé.

—Rafael desapareció.

—Lo sé.

—Alguien entró en mi habitación.

—Lo sé.

—Y ahora me dices que estuviste allí aquella noche.

Mateo bajó la mirada.

—Sí.

—¿Viste a Gabriel?

Silencio.

—Sí.

Clara sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Estaba vivo?

Mateo tardó en responder.

—Sí.

Aquella palabra pareció detener el tiempo.

Clara se levantó lentamente.

—¿Cuándo?

—Después de las once.

—¿Antes de las once y veinte?

Mateo no respondió.

Clara comprendió que la hora volvía a aparecer.

El reloj.

Rafael.

Gabriel.

La grabación.

Todo apuntaba hacia el mismo momento.

—¿Lo viste después de la hora oficial de su desaparición?

Mateo apretó la mandíbula.

—Sí.

Clara se quedó mirándolo.

Durante semanas había pensado que la contradicción temporal podía ser producto de una fotografía manipulada, un error administrativo o una memoria defectuosa.

Ahora tenía algo distinto.

Un testigo.

Mateo Ríos.

—Entonces la versión oficial es falsa.

—No necesariamente.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Porque todavía no sabes qué ocurrió después.

—Tú sí.

Mateo guardó silencio.

Clara se acercó.

—¿Qué viste?

—No todo.

—¿Qué significa "no todo"?

—Llegué cuando ya había ocurrido algo.

—¿Qué?

Mateo miró hacia la ventana.

—Había un vehículo.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Estaba Gabriel dentro?

—No.

—¿Dónde estaba?

Mateo cerró los ojos.

—Cerca de la cantera.

Clara recordó el mapa.

El símbolo.

La entrada.

La libreta.

—¿Estaba solo?

Mateo no respondió.

Clara sintió que el silencio era una respuesta.

—Mateo.

—No.

La palabra salió finalmente.

—No estaba solo.

Clara recordó la frase que Mateo había pronunciado días atrás.

Gabriel no estaba solo.

Pero esta vez había algo diferente.

Mateo ya no parecía estar hablando de un recuerdo incierto.

Parecía estar hablando de algo que había decidido ocultar.

—¿Quién estaba con él?

Mateo levantó la mirada.

—No puedo decírtelo todavía.

Clara sintió una mezcla de frustración y rabia.

—¿Por qué?

—Porque si te digo quién era, todo cambia.

—Todo ya ha cambiado.

—No.

Mateo negó lentamente.

—Todavía no.

Clara permaneció frente a él.

—Entonces dime qué ocurrió aquella noche.

Mateo respiró profundamente.

Y por primera vez desde que Clara lo conocía, pareció realmente asustado.

—Porque si te lo cuento, entenderás por qué nunca hablé.

Clara sostuvo su mirada.

—¿Por qué nunca hablaste?

Mateo tardó varios segundos en responder.

—Porque me amenazaron.

Clara no apartó la mirada.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Eso no es suficiente.

—Es la verdad.

Mateo se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí podía verse una parte de la plaza, las fachadas antiguas y, más allá, la silueta oscura de las montañas.

—Aquella noche recibí una llamada —continuó—. No vi a la persona. Solo escuché su voz.

—¿Qué dijo?

—Que sabía dónde vivía mi familia.

Clara permaneció inmóvil.

—¿Tu familia estaba en Santa Brígida?

—Mi madre y mi hermana.

—¿Qué te dijeron exactamente?

Mateo tardó en contestar.

—Me dijeron que si hablaba sobre lo que había visto, ellas pagarían las consecuencias.

—¿Una amenaza directa?

—No necesitaban ser más directos.

Mateo volvió a sentarse.

—Al día siguiente apareció una fotografía debajo de la puerta de mi casa.

—¿De quién?

—De mi madre.

Clara sintió un peso en el pecho.

—¿La habían fotografiado?

—Sí. Frente a su trabajo.

—¿Sabías quién la había tomado?

—No.

—¿Y qué hiciste?

—Nada.

—¿Por miedo?

—Por responsabilidad.

Clara comprendió la diferencia.

Mateo no estaba intentando justificarse.

Estaba explicando una decisión que llevaba décadas pesándole.

—¿Qué viste aquella noche? —preguntó.

Mateo bajó la mirada.

—Llegué a la montaña poco después de las once.

—¿Por qué?

—Porque Gabriel me había pedido que fuera.

Clara se quedó quieta.

—¿Gabriel?

—Sí.

—Entonces lo conocías mucho antes de lo que dijiste.

—Lo conocía.

—¿Qué relación teníais?

—Éramos conocidos. Habíamos hablado varias veces.

—¿Sobre qué?

—Sobre la cantera.

Clara sintió que la investigación volvía al mismo punto.

—¿Qué quería Gabriel de ti?

—Información sobre los caminos antiguos.

—¿Y se la diste?

—Parte.

—¿Por qué te pidió que fueras aquella noche?

Mateo negó.