CAPÍTULO 10 NADIE SALE DEL PUEBLO #2
—¿Has hablado con él? —preguntó Mateo cuando Clara lo llamó.
—No responde.
—¿Desde cuándo?
—Desde anoche.
—Voy a pasar por su casa.
—Voy contigo.
—No.
—Mateo...
—Quédate en el hotel.
—No voy a quedarme sentada.
—Entonces espera diez minutos.
Clara no tuvo tiempo de discutir.
Mateo ya había colgado.
La casa de Rafael estaba cerrada.
Las persianas permanecían bajadas.
No había ningún vehículo frente a la vivienda.
Mateo caminó alrededor de la casa sin tocar nada.
Clara permaneció junto a la puerta.
—¿Qué ves?
—Nada.
—Eso no es una respuesta.
—Precisamente.
Mateo señaló la entrada.
—No hay señales de que haya salido con prisa.
—¿Entonces?
—No lo sé.
Clara miró la ventana.
—¿Podría estar dentro?
Mateo llamó.
Esperó.
Volvió a llamar.
Nadie respondió.
—¿Quieres que llame a alguien? —preguntó Clara.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si se ha ido voluntariamente, no tenemos nada que denunciar. Y si no se ha ido voluntariamente...
No terminó la frase.
Clara comprendió.
No necesitaba hacerlo.
Daniel llegó poco después.
—¿Qué ha pasado?
Clara lo miró.
—Rafael no responde.
Daniel se acercó a la puerta.
—¿Desde cuándo?
—Desde anoche.
—¿Sabemos si se fue?
—No.
Daniel examinó la casa.
—Quizá decidió marcharse.
Mateo lo miró.
—¿Sin avisar?
—Puede ocurrir.
Clara observó a Daniel.
—Estaba a punto de decirme un nombre.
Daniel sostuvo su mirada.
—Lo sé.
La respuesta fue demasiado rápida.
Clara sintió una pequeña tensión en el estómago.
—¿Cómo lo sabes?
Daniel pareció darse cuenta de su error.
—Porque estaba allí.
—Eso no explica el tono.
—No pretendía explicar nada.
Mateo intervino.
—¿Sabías quién iba a mencionar?
Daniel negó.
—No.
Clara siguió mirándolo.
—¿Seguro?
—Sí.
Daniel parecía sincero.
Pero ya había aprendido que la sinceridad y la verdad no siempre eran lo mismo.
—Voy a investigar dónde estuvo ayer —dijo Daniel—. Quizá alguien lo vio.
—Hazlo.
—Lo haré.
Daniel se marchó.
Clara permaneció en silencio.
Mateo la observó.
—No confías en él.
—No sé si confío en alguien.
—Buena respuesta.
Clara miró nuevamente la casa.
—Rafael dijo que alguien podía explicar lo ocurrido.
—Sí.
—Y desaparece antes de decirme quién.
—Eso no puede ser casualidad.
Clara sacó su cuaderno.
—El mensaje.
Mateo la miró.
—¿Qué mensaje?
—"Deja de buscar al hombre equivocado."
—Lo recuerdo.
—Quizá ahora lo entiendo de otra manera.
—¿Qué quieres decir?
Clara pasó las páginas.
—Al principio pensé que hablaban de Gabriel.
—¿Por qué?
—Porque quizá estaba investigando a la persona equivocada.
Mateo permaneció callado.
—Después pensé en Daniel.
—¿Y ahora?
—Ahora no sé si el mensaje hablaba de un hombre.
Mateo frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Quizá hablaba de una identidad.
—Eso es demasiado ambiguo.
—Precisamente.
Clara cerró el cuaderno.
—La persona que está detrás de esto no quiere que encuentre una respuesta. Quiere que persiga una explicación concreta mientras oculta otra.
Mateo asintió lentamente.
—Eso encajaría con todo.
—¿Con qué?
—Con la forma en que han aparecido las pistas.
Clara lo miró.
—Explícate.
—Las fotografías.
—Sí.
—El archivo.
—Sí.
—La habitación de Elena.
—Sí.
—La libreta.
Mateo señaló la casa.
—Y ahora Rafael.
Clara sintió que todo formaba una secuencia.
No destruían todas las pruebas.
No eliminaban todos los testigos.
Solo intervenían cuando alguien se acercaba demasiado a determinada información.
—Están controlando lo que encontramos —dijo.
—O intentando hacerlo.
Clara levantó la mirada.
—¿Crees que nos están siguiendo?
Mateo tardó en responder.
—Creo que debemos actuar como si fuera así.
Daniel regresó cerca del mediodía.
—He hablado con dos vecinos.
—¿Y?
—Rafael salió ayer por la tarde.
Clara se incorporó.
—¿A dónde?
—No lo saben.
—¿Solo?
—Sí.
Mateo frunció el ceño.
—¿Hora?
—Un poco después de las seis.
Clara recordó la entrevista.
Rafael había pedido tiempo.
Hasta mañana.
Pero alguien podía haberlo visitado después.
—¿Lo vio alguien regresar?
Daniel negó.
—Nadie.
—¿Su teléfono?
—Sigue activo.
Clara sintió un escalofrío.
—Entonces alguien podría tenerlo.
Daniel la miró.
—O simplemente lo dejó en casa.
Mateo observó a Daniel.
—¿Y tú qué harías?
Daniel se encogió de hombros.
—Seguir buscando.
—¿Dónde?
—En los lugares que Rafael frecuentaba.
Clara pensó en ello.
—La montaña.
—Probablemente.
—¿Qué zona?
Daniel sacó una hoja.
—Hay un pequeño mirador antiguo al este de la cantera.
Clara lo miró.
—¿Cómo sabes eso?
Daniel se detuvo.
—Porque aparece en los mapas antiguos.
Clara recordó algo.
—El mapa de Gabriel.
Daniel la observó.
—¿Qué pasa con él?
—También marcaba esa zona.
Por primera vez, Daniel pareció incómodo.
Fue apenas un instante.
Pero Clara lo vio.
—¿Lo conocías? —preguntó.
—¿A Gabriel?
—Sí.
—Ya te dije que sí.
—¿Sabías que investigaba ese lugar?
—No.
—¿Seguro?
Daniel sostuvo su mirada.
—Clara, llevo toda la mañana intentando ayudarte.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo por qué dudas de mí.
—Porque cada vez que aparece una pista nueva, tú ya conoces el contexto.
Daniel respiró profundamente.
—Soy historiador local.
—Eso no explica todo.
—Tampoco significa que sea culpable.
—No he dicho que lo seas.
Daniel bajó la mirada.
—Entonces deja de buscar culpables antes de tener pruebas.
Clara no respondió.
Daniel se marchó poco después.
Mateo esperó hasta que desapareció de vista.
—¿Qué piensas?
—Que sabe más de lo que dice.
—¿Y?
—Que todavía no sé si eso significa algo.
Aquella tarde, Clara regresó sola al hotel.
Cerró la puerta.
Dejó la mochila sobre la cama.
Sacó la libreta de Gabriel.
Durante unos minutos intentó reconstruir la cronología.
Gabriel.
Tomás.
Mateo.
Elena.
Daniel.
Rafael.
Cada uno había proporcionado una parte.
Ninguno había contado la historia completa.
Clara abrió el cajón de la mesilla para guardar el cuaderno.
Entonces se detuvo.
Había algo dentro.
Una pequeña hoja doblada.
Clara no la había dejado allí.
La abrió.
No había ningún mensaje.
Solo una marca.
El mismo símbolo tallado en la piedra de El Teleno.
Clara sintió que se le helaban las manos.
Miró la puerta.
Seguía cerrada.
Comprobó el pestillo.
Estaba puesto.
Nadie debería haber podido entrar.
Pero la hoja estaba allí.
Clara se acercó a la ventana.
Desde el cuarto piso podía ver la calle.
Personas caminando.
Un vehículo detenido.
Un hombre cruzando la plaza.
Nada extraño.
Hasta que lo vio.
El hombre se detuvo.
Levantó la cabeza.
Miró directamente hacia las ventanas del hotel.
Clara retrocedió.
Cuando volvió a mirar, el hombre ya se había marchado.
No podía identificarlo.
Ni siquiera estaba segura de que hubiera estado mirándola.
Pero había una certeza que ya no podía ignorar.
Alguien sabía dónde estaba.
Alguien había entrado en su habitación.
Y alguien había dejado deliberadamente una marca que solo podía significar una cosa:
habían estado observando cada paso de su investigación .