El Teleno CAPÍTULO 10 NADIE SALE DEL PUEBLO
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CAPÍTULO 10 NADIE SALE DEL PUEBLO

C lara volvió al Hotel Valdeoro con la libreta de Gabriel guardada en el interior de su mochila y una sensación que no conseguía quitarse de encima.

Habían encontrado pruebas suficientes para demostrar que Gabriel había investigado mucho más de lo que cualquiera en Santa Brígida había admitido, pero todavía les faltaba una pieza esencial: alguien que pudiera decir qué había ocurrido después de aquella noche.

Mateo caminaba a su lado sin hablar.

—Hay algo que no me cuadra —dijo finalmente.

Clara lo miró.

—¿Qué?

—La grabación.

—¿La voz?

—No. La fecha.

Clara se detuvo.

—¿Qué pasa con ella?

—Si Gabriel dejó esa grabación en el refugio antes de desaparecer, significa que ya sospechaba que podía ocurrirle algo.

—Eso ya lo sabemos.

—No exactamente.

Mateo señaló la mochila.

—Si alguien encontró ese lugar después de él y retiró algunas páginas, tuvo tiempo de revisar sus cosas.

—Y no se llevó la grabación.

—Exacto.

Clara pensó unos segundos.

—Tal vez no la encontró.

—O tal vez quería que alguien la encontrara.

Antes de que Clara pudiera responder, su teléfono vibró.

Era un mensaje de Daniel.

He encontrado un nombre que quizá te interese. Rafael Mena.

Debajo aparecía una dirección.

Clara llamó inmediatamente.

Daniel respondió al segundo tono.

—¿Dónde estás?

—En el hotel.

—Entonces lee esto antes de venir.

—¿Qué has encontrado?

—Un registro de una entrevista que nunca llegó al expediente oficial.

Clara se incorporó.

—¿De Gabriel?

—Sí.

—¿Quién fue entrevistado?

—Rafael Mena.

Mateo levantó la mirada.

Clara puso el teléfono en altavoz.

—¿Quién es?

—Tiene setenta y dos años. Vivió en Santa Brígida durante toda su juventud y abandonó el pueblo hace años. Según el registro, habló con la policía poco después de la desaparición.

—¿Y qué dijo?

Daniel guardó silencio un instante.

—Que vio a Gabriel después de la fecha oficial de su desaparición.

Clara miró a Mateo.

Ninguno de los dos dijo nada.

—¿Dónde está ahora?

—En el pueblo.

—¿Seguro?

—Lo he comprobado esta mañana.

Clara tomó su chaqueta.

—Vamos.

Rafael Mena vivía en una casa pequeña situada en las afueras de Santa Brígida.

No parecía esconderse.

Pero tampoco parecía querer recibir visitas.

Cuando abrió la puerta, examinó primero a Clara y después a Mateo.

—¿Quién de ustedes es Clara Varela?

—Yo.

Rafael asintió lentamente.

—Entonces pase.

Su voz era firme.

Dentro de la casa había pocos muebles. Las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas y mapas de la zona. No había adornos innecesarios.

Rafael señaló una mesa.

—Siéntese.

Clara tomó asiento.

Mateo permaneció de pie.

Rafael lo miró.

—Usted es hijo de su padre.

Mateo frunció el ceño.

—No.

Rafael negó.

—Perdone. Se parece a alguien.

—¿A quién?

Rafael evitó responder.

Clara abrió su cuaderno.

—Usted conoció a Gabriel Ordóñez.

—Sí.

—¿Cuándo lo vio por última vez?

Rafael miró hacia la ventana.

—Después de que oficialmente desapareciera.

Clara dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Qué fecha?

—No puedo recordarla exactamente.

—¿Pero recuerda que fue después?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque cuando me enteré de que lo buscaban, comprendí que yo ya lo había visto.

—¿Dónde?

—En la montaña.

Mateo intervino.

—¿En qué zona?

Rafael lo miró.

—Cerca de la antigua cantera.

Mateo cruzó los brazos.

—¿Qué hora?

—Por la mañana.

Clara anotó la respuesta.

—¿Cómo sabe que era Gabriel?

Rafael pareció molestarse.

—Porque lo conocía.

—¿De dónde?

—Del pueblo.

—¿Lo conocía bien?

—Lo suficiente.

—Descríbamelo.

Rafael cerró los ojos unos segundos.

—Llevaba una chaqueta oscura. Tenía el cuello levantado porque hacía frío. Llevaba una bolsa de cuero pequeña colgada del hombro izquierdo. Caminaba deprisa, pero no parecía perdido.

Clara levantó la mirada.

—¿Una bolsa de cuero?

—Sí.

—¿Está seguro?

—Completamente.

Clara recordó las fotografías.

En varias aparecía Gabriel con una bolsa similar.

—¿Llevaba algo más?

Rafael pensó.

—Un papel doblado.

—¿Qué tipo de papel?

—No lo vi bien.

—¿Y hacia dónde iba?

—Hacia una zona elevada.

Mateo se inclinó ligeramente.

—¿Por qué camino?

Rafael señaló un punto imaginario sobre la mesa.

—Por el sendero viejo.

Mateo negó con la cabeza.

—Ese sendero estaba cerrado.

Rafael lo miró.

—No esa mañana.

Mateo permaneció en silencio.

Clara intervino.

—¿Qué vio exactamente?

Rafael tomó aire.

—Vi a Gabriel caminar solo.

—¿Está seguro de que estaba solo?

—Cuando lo vi, sí.

Clara sintió que aquella respuesta podía ser importante.

—¿Habló con él?

—No.

—¿Él lo vio?

—Creo que sí.

—¿Por qué cree eso?

—Porque se detuvo.

—¿Y después?

—Me miró.

Rafael bajó la voz.

—Y siguió caminando.

Clara anotó cada detalle.

—¿Qué ocurrió después?

—Esperé unos minutos y me fui.

—¿Por qué?

Rafael levantó los ojos.

—Porque tenía miedo.

—¿De Gabriel?

—No.

—¿De qué?

Rafael negó lentamente.

—No quiero hablar de eso.

Clara comprendió que había llegado al límite.

—Usted declaró algo parecido a la policía.

—Sí.

—Entonces ¿por qué su testimonio no aparece en el expediente?

Rafael la observó.

—Porque dejó de ser útil.

—¿Quién decidió eso?

—No lo sé.

—¿Le dijeron que no volviera a hablar?

Rafael permaneció callado.

Clara esperó.

—Sí.

La respuesta fue casi un susurro.

—¿Quién?

—No puedo decirlo.

Mateo se acercó a la mesa.

—Señor Mena, necesito saber algo.

Rafael lo miró.

—¿Qué?

—La noche de la desaparición estuve en la montaña.

Clara lo miró.

Mateo continuó:

—Y hay algo en su relato que no coincide con lo que recuerdo.

Rafael no pareció sorprendido.

—¿Qué cosa?

—La zona.

—¿Qué tiene?

—El sendero viejo no conducía hacia donde usted dice.

Rafael bajó la mirada.

—Quizá recuerda mal.

Mateo negó.

—Conozco esa montaña.

Daniel llegó en ese momento.

Había escuchado la última frase desde la puerta.

—Eso no significa que el recuerdo de Rafael sea falso.

Clara se volvió.

—¿Qué haces aquí?

—Me dijiste que ibas a entrevistarlo.

—No te dije dónde.

Daniel sonrió.

—El pueblo es pequeño.

Rafael lo miró durante un instante.

Su expresión cambió ligeramente.

Clara lo notó.

—¿Se conocen?

—Sí —respondió Daniel—. Hace muchos años.

Rafael no dijo nada.

Daniel dejó una carpeta sobre la mesa.

—He revisado algunos documentos.

Clara abrió la carpeta.

—¿Qué documentos?

—Registros de caminos y declaraciones antiguas.

Daniel señaló una página.

—El sendero que Rafael menciona existía, pero fue modificado posteriormente.

Mateo frunció el ceño.

—¿Modificado cómo?

—El trazado oficial cambió.

—¿Cuándo?

Daniel consultó sus notas.

—Dos años después de la desaparición.

Clara levantó la mirada.

Otra modificación.

Otra pieza del pasado alterada.

Rafael permanecía inmóvil.

Clara lo observó.

—Usted sabe algo más.

—No.

—Sí.

—No.

—Cada vez que mencionamos la cantera cambia su expresión.

Rafael apartó la mirada.

—Es una vieja historia.

—Entonces cuéntemela.

—No puedo.

—¿Por qué?

Rafael respiró profundamente.

—Porque algunas personas no quieren que se cuente.

Daniel intervino.

—También debemos considerar que los recuerdos de hace décadas pueden cambiar. Una persona puede estar convencida de algo que en realidad ocurrió de otra manera.

Rafael lo miró.

—Yo sé lo que vi.

—No digo que mienta.

—Pero lo está poniendo en duda.

—Estoy diciendo que necesitamos comprobarlo.

Clara observó a ambos.

Daniel hablaba con calma.

Demasiada calma.

Rafael, en cambio, parecía estar luchando contra algo.

—Volvamos a Gabriel —dijo Clara—. Cuando lo vio después de la desaparición oficial, ¿qué llevaba exactamente?

Rafael respondió sin dudar.

—La bolsa.

—¿Y el papel?

—Sí.

—¿Recuerda algo escrito?

Rafael cerró los ojos.

—Una hora.

Clara se inclinó hacia él.

—¿Qué hora?

Rafael abrió los ojos.

—Las once y veinte.

Mateo levantó la cabeza.

Clara sintió un escalofrío.

La hora aparecía relacionada con uno de los relojes de la Casa del Relojero.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Qué significa esa hora?

Rafael negó con la cabeza.

—No lo sé.

Clara sabía que no era verdad.

—¿Qué ocurrió después de que Gabriel siguiera caminando?

Rafael miró hacia la puerta.

—Lo vi entrar en un lugar.

—¿Dónde?

—Cerca de la cantera.

—¿La estructura?

Rafael no respondió.

Clara sintió que acababa de confirmar algo.

—¿Entró allí?

—Sí.

—¿Y salió?

Rafael bajó la mirada.

—No lo sé.

—¿Por qué?

—Porque me fui.

—¿Por qué se fue?

Rafael tardó unos segundos.

—Porque vi a otra persona.

La habitación quedó en silencio.

Clara se inclinó hacia delante.

—¿Quién?

Rafael apretó los labios.

—No vi su rostro.

—¿Hombre o mujer?

—No estoy seguro.

—¿Pero estaba esperando a Gabriel?

Rafael asintió lentamente.

—Creo que sí.

Clara intercambió una mirada con Mateo.

Otra persona.

Otra pieza que no aparecía en la versión oficial.

—¿Por qué nunca contó esto? —preguntó Clara.

Rafael la miró directamente.

—Porque me dijeron que si hablaba, alguien sufriría las consecuencias.

—¿Quién?

Rafael no contestó.

Clara esperó.

Finalmente, el anciano murmuró:

—Hay una persona que puede explicar lo ocurrido.

Clara sintió que el aire se detenía.

—¿Quién?

Rafael abrió la boca.

Pronunció apenas el comienzo del nombre.

—Es...

Y entonces se detuvo.

—Es...

Rafael se detuvo.

Clara esperó.

—¿Quién? —preguntó.

El anciano miró primero a Mateo y después a Daniel.

Su expresión cambió.

—No aquí.

Clara se inclinó hacia él.

—¿Dónde, entonces?

Rafael negó lentamente.

—Déjeme tiempo.

—¿Cuánto?

—Hasta mañana.

Clara quiso insistir, pero Rafael ya se había levantado.

—Volveré —dijo ella.

—No venga sola.

Aquellas palabras quedaron suspendidas en la habitación.

Clara las recordó durante todo el camino de regreso al hotel.

No venga sola.

No era la primera advertencia.

Y probablemente tampoco sería la última.

A las ocho de la mañana siguiente llamó a Rafael.

No respondió.

Volvió a intentarlo veinte minutos después.

Nada.

A las nueve, dejó un mensaje.

—Soy Clara Varela. Necesito hablar con usted. Llámeme cuando pueda.

Esperó.

A las diez, volvió a llamar.

El teléfono seguía encendido, pero nadie contestaba.

Clara miró la pantalla.

No parecía un hombre que hubiera decidido ignorarla.

Rafael había aceptado hablar.

Había estado a punto de revelar un nombre.

Y entonces había cambiado de actitud.