El Teleno CAPÍTULO 9 EL TESTIMONIO IMPOSIBLE #2
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CAPÍTULO 9 EL TESTIMONIO IMPOSIBLE #2

Y varios puntos marcados alrededor de Santa Brígida de Valdeoro.

Clara sintió que el pulso se aceleraba.

—Esto lo hizo Gabriel.

Mateo se inclinó.

—¿Cómo lo sabes?

En una esquina aparecían dos letras escritas con tinta azul.

G.O.

Clara pasó el dedo cerca de ellas sin tocarlas.

—La misma referencia del archivo.

Mateo observó el mapa.

—Ese punto de aquí...

Señaló una zona situada al norte.

—¿Qué es?

—Un antiguo camino.

—¿Y este?

—Una construcción que ya no existe.

Clara señaló otro círculo.

—¿Y este?

Mateo permaneció callado.

—Mateo.

—La Casa del Relojero.

Clara levantó la mirada.

—¿Qué?

—Ese punto está cerca de la casa.

Clara volvió a estudiar el mapa.

La marca no coincidía exactamente con la posición actual de la vivienda.

Estaba desplazada unos cientos de metros.

—Quizá sea un error.

—No necesariamente.

—¿Qué quieres decir?

Mateo señaló una línea casi borrada.

—Antes había otra construcción.

Clara recordó la habitación cerrada de Elena.

Los relojes detenidos.

El mecanismo.

El papel con el número.

—¿Qué construcción?

—No lo sé.

—Pero sabes que existió.

—He visto fotografías antiguas.

Clara tomó el mapa.

—Entonces Gabriel estaba relacionando la Casa del Relojero con la cantera.

—Parece.

—Y con otros lugares.

—Sí.

Clara sintió que la investigación se hacía más grande.

Gabriel no estaba buscando simplemente una explicación para su desaparición.

Había estado siguiendo una red de lugares.

Una historia.

Algo que conectaba a personas y acontecimientos separados por años.

Junto al mapa había una libreta.

La cubierta estaba desgastada.

Clara la abrió.

La primera página estaba casi ilegible.

En la segunda reconoció inmediatamente la letra.

—Es de Gabriel.

Mateo no se acercó.

—¿Qué dice?

Clara pasó varias páginas.

Había fechas.

Nombres.

Direcciones.

Preguntas.

Algunas frases estaban tachadas.

Otras aparecían encerradas en círculos.

En una página había una lista:

Cantera. Casa del Relojero. Archivo municipal. Camino norte. Tres testigos. Misma fecha.

Clara levantó la vista.

—Estaba comparando lugares.

Siguió leyendo.

En otra página aparecía una frase:

"Todos recuerdan el acontecimiento, pero ninguno lo cuenta igual."

Clara se quedó inmóvil.

—Eso explica mucho.

—¿Qué?

—La gente del pueblo.

Pasó otra página.

Había nombres.

Algunos le resultaban conocidos.

Elena Ordóñez.

Daniel Soria.

Tomás Varela.

Clara dejó de respirar durante un instante.

—Está mi padre.

Mateo se acercó.

Clara le mostró la página.

El nombre de Tomás aparecía junto a una fecha.

No había explicación.

Solo dos palabras:

"Sabe más."

Clara sintió una mezcla de rabia y tristeza.

—Gabriel sabía que mi padre estaba involucrado.

Mateo observó la página.

—No sabemos en qué sentido.

—Pero lo investigaba.

—Sí.

Clara pasó otra página.

Había una frase escrita con fuerza:

"No buscan proteger el pasado. Buscan proteger a alguien."

Debajo aparecía nuevamente el símbolo.

Clara sintió un escalofrío.

Era exactamente la misma marca que habían encontrado fuera.

—¿Qué ocurrió aquí? —murmuró.

Mateo no respondió.

La siguiente página estaba arrancada.

También faltaban varias hojas del centro de la libreta.

—Alguien quitó páginas.

Mateo asintió.

—Y no parece reciente.

Clara examinó el borde del papel.

—No.

Habían sido arrancadas mucho tiempo atrás.

Pero algunas hojas posteriores estaban intactas.

Eso significaba que quien las había quitado no había destruido toda la libreta.

Había elegido información concreta.

Clara volvió al interior de la caja.

Encontró una llave pequeña.

No tenía etiqueta.

Luego apareció un sobre con tres fotografías.

Una mostraba la cantera.

Otra, una parte de Santa Brígida.

La tercera mostraba a varias personas reunidas frente a una construcción.

Clara amplió la imagen.

No pudo reconocer a todos.

Pero uno de los hombres se parecía a Tomás.

—¿Es él? —preguntó.

Mateo observó la fotografía.

—No puedo asegurarlo.

—¿Te resulta familiar?

—Sí.

Clara guardó silencio.

En la última fotografía aparecía una mujer.

La imagen estaba deteriorada justo donde debería verse su rostro.

No era un deterioro casual.

Parecía haber sido raspado.

—Otra vez —dijo Clara.

Mateo la miró.

—¿Qué?

—La identidad.

La misma persona oculta.

La misma protección.

Clara volvió a la caja.

Debajo de las fotografías encontró un pequeño dispositivo de grabación.

Era antiguo.

Tenía una carcasa rayada y una etiqueta casi ilegible.

G.O.

—¿Funciona?

Mateo lo examinó.

—No lo sé.

Clara presionó el botón.

Durante unos segundos solo se escuchó estática.

Después apareció una voz distorsionada.

Clara reconoció a Gabriel.

—...si alguien encuentra esto...

La grabación se cortó.

Volvió la estática.

Después otra frase.

—...no confíes en...

Silencio.

Un ruido.

La voz regresó más baja.

—...ella sabe que...

La grabación volvió a deteriorarse.

Clara acercó el dispositivo al oído.

—¿Qué dijo?

Mateo negó con la cabeza.

—No se entiende.

Clara pulsó nuevamente.

La voz apareció entre interferencias.

—...si me pasa algo...

Después nada.

Solo ruido.

Clara apagó el dispositivo.

—Estaba preocupado.

Mateo no respondió.

—No estaba grabando esto por curiosidad.

—No.

—Creía que podía ocurrirle algo.

Mateo miró la puerta.

—Entonces quizá sabía que lo estaban siguiendo.

Clara volvió a leer la libreta.

Las pistas comenzaron a alinearse.

La cantera.

La Casa del Relojero.

El archivo.

El símbolo.

Las fotografías.

Tomás.

Y una persona cuya identidad alguien había protegido durante décadas.

Gabriel había estado reuniendo información mucho antes de desaparecer.

No estaba investigando su propio destino.

Estaba investigando algo que había ocurrido años antes.

Algo que varias personas de Santa Brígida recordaban de maneras diferentes.

Algo que alguien había intentado borrar de documentos, fotografías y testimonios.

Clara guardó la libreta en su mochila.

—Su desaparición fue una consecuencia.

Mateo la miró.

—¿De qué?

—De lo que descubrió.

Ambos permanecieron en silencio.

Clara volvió a mirar la caja.

Había polvo acumulado alrededor de ella.

Pero la tapa estaba limpia en uno de sus bordes.

Alguien la había abierto recientemente.

Y había dejado cosas atrás.

No porque hubiera olvidado llevárselas.

Sino quizá porque quería que alguien las encontrara.

Clara sintió una duda incómoda.

—Si alguien estuvo aquí recientemente...

Mateo terminó la frase:

—Entonces sabía que este lugar existía.

Clara miró la entrada.

—Y sabía que nosotros podíamos encontrarlo.

El viento pasó por la abertura.

Por primera vez, el lugar dejó de parecer un escondite abandonado.

Parecía una pieza colocada deliberadamente sobre un tablero.

Gabriel había guardado allí pruebas.

Alguien había destruido parte de ellas.

Y, décadas después, alguien seguía entrando para controlar lo que quedaba.

Clara sostuvo la grabadora.

La última frase de Gabriel seguía resonando en su cabeza.

Si me pasa algo...

Ahora entendía que aquellas palabras no eran una despedida.

Eran una advertencia.

La desaparición de Gabriel probablemente había sido el resultado de su investigación.

Pero eso planteaba una pregunta mucho más inquietante.

Si habían pasado décadas desde aquella noche, ¿por qué alguien continuaba intentando ocultar esas pruebas ?