CAPÍTULO 9 EL TESTIMONIO IMPOSIBLE
Clara apenas había dormido.
L a conversación con su padre había cambiado algo que ya no podía deshacer.
Durante años había pensado en Tomás como un hombre reservado, quizá demasiado protector, pero esencialmente ajeno a las historias que ella investigaba.
Ahora sabía que había estado en Santa Brígida de Valdeoro la noche en que Gabriel Ordóñez desapareció.
Sabía también que Gabriel confiaba en él.
Y que Tomás había elegido callar.
A las siete de la mañana, Clara dejó sobre la mesa del Hotel Valdeoro todas las fotografías que había reunido. Las ordenó por fecha, después por lugar y finalmente por las personas que aparecían en ellas.
No encontró una explicación.
Solo patrones.
Gabriel.
La cantera.
El símbolo tallado.
La segunda persona.
Su padre.
Y una serie de documentos que parecían haber sido modificados después de la desaparición.
Clara tomó el teléfono.
Marcó el número de Mateo.
—¿Sí?
—Necesito volver a la montaña.
Hubo un silencio breve.
—¿Cuándo?
—Ahora.
—¿Está segura?
—No.
—Eso no es lo mismo que sí.
—Lo sé.
Mateo suspiró.
—¿Qué ha ocurrido?
Clara dudó.
—Mi padre conocía a Gabriel.
La respuesta fue inmediata.
—¿Tomás?
—Sí.
—¿Qué te ha dicho?
—Que estuvo en Santa Brígida la noche de la desaparición.
Mateo permaneció callado.
—¿Lo sabía? —preguntó Clara.
—No.
—¿Te sorprende?
—Sí.
—Entonces necesito saber qué más había en aquella montaña.
Mateo tardó unos segundos en responder.
—Hay un lugar.
Clara se incorporó.
—¿Qué lugar?
—Una entrada antigua.
—¿A la cantera?
—Cerca de ella.
—¿Por qué no aparece en los mapas?
—Porque hace décadas que dejó de utilizarse.
—¿Y tú sabes llegar?
—Sí.
—Entonces vamos.
—No he dicho que sea buena idea.
—Tampoco te lo he preguntado.
Mateo soltó una breve risa.
—Estaré abajo en veinte minutos.
El cielo estaba cubierto cuando Clara llegó al punto de encuentro.
Mateo ya estaba allí.
Llevaba la misma mochila de montaña y un mapa doblado bajo el brazo.
Clara bajó del coche.
—¿Dónde está?
—Más arriba.
—¿Cuánto?
—Una hora y media.
—¿Caminando?
—Si vamos por el camino normal.
Clara miró el mapa.
—¿Y el otro?
Mateo negó con la cabeza.
—No es un camino.
—¿Entonces?
—Es lo que queda de uno.
Comenzaron a subir.
Durante los primeros minutos ninguno habló.
Clara necesitaba ordenar lo que sentía.
Su padre había ocultado una parte de su vida.
Mateo había ocultado otra.
Daniel parecía saber más de lo que decía.
Elena protegía nombres que no quería pronunciar.
Y, en medio de todo aquello, Gabriel seguía siendo el único hombre cuya voz no podía escuchar.
—¿Tomás te mencionó alguna vez? —preguntó Clara.
Mateo tardó unos segundos.
—No.
—¿Nunca?
—No.
—¿Pero conocías a Tomás?
—Sí.
—¿Antes de que desapareciera Gabriel?
—Sí.
Clara lo miró.
—Todo el mundo parece conocerse desde hace décadas.
—Era un lugar pequeño.
—Eso ya no explica nada.
Mateo sonrió ligeramente.
—No.
Continuaron ascendiendo.
El sendero se hizo más estrecho.
La vegetación cubría partes del terreno y en algunos lugares las ramas obligaban a inclinarse para pasar.
Mateo avanzaba con seguridad.
—¿Cuándo recorriste este camino por primera vez?
—Hace unos treinta años.
—¿Con quién?
Mateo no respondió inmediatamente.
—Con otro guarda.
—¿Para qué?
—Habíamos recibido un aviso sobre una zona de desprendimientos.
—¿Encontrasteis la entrada?
—Sí.
—¿Y por qué no aparece en los mapas?
—Porque nadie consideró necesario conservarla.
—¿Quién decide eso?
—La gente que hace los mapas.
Clara sonrió.
—Otra respuesta de Mateo Ríos.
—No todas las preguntas tienen una respuesta interesante.
—En esta investigación, sí.
Llegaron a una zona rocosa.
Mateo levantó una mano.
—Espere.
Clara se detuvo.
—¿Qué pasa?
Mateo señaló el suelo.
Había una huella.
No estaba bien definida, pero el dibujo de la suela era visible sobre el barro.
Clara se agachó.
—¿Es reciente?
Mateo la observó.
—Uno o dos días.
—¿Seguro?
—Sí.
Clara levantó la mirada.
—¿Quién viene hasta aquí?
—Muy poca gente.
—¿Y tú?
—No desde hace meses.
Clara miró nuevamente la huella.
—Entonces alguien ha venido.
—Sí.
Siguieron avanzando.
Unos metros después encontraron una piedra apartada del borde del sendero.
Mateo se detuvo.
—Eso no estaba así.
Clara lo miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque recuerdo esa zona.
Movió la piedra con la punta de la bota.
Debajo había un pequeño objeto metálico.
Parecía una hebilla oxidada.
Clara la recogió.
—¿Qué es?
—No lo sé.
—¿Podría ser antigua?
—Podría.
Clara la observó.
En uno de sus bordes había una pequeña marca.
No era exactamente el símbolo que habían encontrado antes.
Pero se parecía.
—Mira.
Mateo se acercó.
—Sí.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—¿Seguro?
—No.
Clara lo miró.
Era la primera vez que Mateo admitía una duda de manera tan directa.
—¿Crees que tiene relación?
—Podría.
Guardó el objeto en una bolsa.
Continuaron.
La montaña comenzó a abrirse.
Frente a ellos apareció una pared rocosa parcialmente cubierta por vegetación.
Mateo se dirigió hacia ella.
—Aquí.
Clara miró alrededor.
No había ninguna puerta.
Ningún camino.
Solo roca, arbustos y restos de una estructura antigua.
—¿Dónde está la entrada?
Mateo apartó unas ramas.
Detrás apareció un muro de piedra.
—No la veo.
—Porque está cubierta.
Entre las piedras había una abertura estrecha.
Clara se acercó.
—¿Esto estaba así cuando viniste hace treinta años?
—No.
—¿Qué quieres decir?
Mateo señaló la vegetación.
—Alguien ha retirado parte de las ramas.
Clara examinó el suelo.
Había hojas húmedas.
Pero debajo se veía tierra recientemente removida.
—Esto es reciente.
—Sí.
Mateo avanzó unos pasos.
Apartó una rama gruesa.
Apareció una abertura rectangular.
Era suficientemente grande para que una persona pudiera entrar agachada.
Clara encendió la linterna del teléfono.
El haz de luz apenas penetró unos metros.
—¿Qué hay dentro?
—No lo sé.
—¿Nunca entraste?
Mateo negó con la cabeza.
—La entrada estaba cerrada cuando vine la última vez.
Clara se quedó mirando la oscuridad.
—¿Y ahora?
Mateo tocó una de las piedras del borde.
—Ahora alguien la ha abierto.
El silencio volvió a caer sobre ellos.
Clara pensó en las fotografías destruidas.
En el mensaje anónimo.
En Tomás.
En Gabriel.
Y en aquella segunda persona cuya identidad alguien parecía haber protegido durante décadas.
—¿Crees que Gabriel conocía este lugar? —preguntó.
Mateo observó la entrada.
—Si estaba investigando la cantera, es posible.
Clara iluminó la pared.
Allí estaba.
Tallado en la piedra, parcialmente oculto bajo una capa de suciedad, aparecía nuevamente el símbolo.
Las dos líneas verticales y la diagonal.
Clara sintió que el corazón se le aceleraba.
—Lo encontró.
Mateo no dijo nada.
—Gabriel estuvo aquí.
—No podemos saberlo.
—Pero alguien relacionado con él sí.
Mateo se agachó junto a la entrada.
Había marcas recientes en el suelo.
—Alguien ha entrado.
Clara se colocó a su lado.
—¿Cuándo?
Mateo examinó las huellas.
—Recientemente.
—¿Podría seguir dentro?
Mateo levantó la mirada.
—No lo sé.
Clara sintió una mezcla de miedo y determinación.
—Entonces tenemos que averiguarlo.
Mateo negó lentamente con la cabeza.
—Si entramos, no sabemos qué vamos a encontrar.
—Precisamente por eso.
Mateo la observó durante unos segundos.
Después sacó una linterna de la mochila y comprobó las baterías.
—Quédate detrás de mí.
Clara encendió la suya.
La abertura parecía más estrecha ahora que estaban frente a ella.
Al otro lado no se veía nada.
Solo oscuridad y el aire frío que salía del interior.
Clara dio un paso hacia delante.
Mateo hizo lo mismo.
Y ambos quedaron frente a la entrada oculta que durante décadas no había aparecido en ningún mapa.
Justo antes de entrar, Clara vio una última cosa.
En el suelo, junto al umbral, había una huella reciente.
Y encima de ella, casi cubierta por el barro, una pequeña inicial escrita a mano.
G.
Clara cruzó primero el umbral.
La linterna iluminó una pequeña estancia de paredes de piedra húmeda.
El techo era bajo y en algunos puntos había manchas oscuras provocadas por años de filtraciones.
No parecía una cueva ni un refugio construido para ocultar personas.
Era, sencillamente, una dependencia antigua de la cantera, probablemente utilizada como almacén o puesto de trabajo antes de quedar abandonada.
Mateo entró detrás de ella.
—Cuidado con el suelo.
Clara bajó la luz.
Había fragmentos de madera, piedras sueltas y restos de metal oxidado.
—¿Qué era este sitio?
Mateo recorrió la pared con la linterna.
—Podría haber sido un almacén.
—¿De herramientas?
—O de material.
Avanzaron unos metros.
A la izquierda apareció una segunda habitación.
Había una mesa vieja.
Dos estanterías.
Un armario metálico sin puertas.
Y una silla cubierta de polvo.
Clara se acercó a la mesa.
El polvo estaba acumulado de forma irregular.
En una zona rectangular había una superficie más limpia.
—Alguien ha dejado algo aquí recientemente.
Mateo iluminó la mesa.
—Sí.
—Pero se lo llevó.
—Parece.
Clara observó el suelo.
Había pequeñas marcas.
—No solo entraron. Estuvieron trabajando.
Mateo no respondió.
Ella abrió el armario.
Dentro encontró una caja de madera.
La tapa estaba rota.
—Mira.
Mateo se acercó.
Clara levantó la tapa.
Dentro había varios papeles antiguos, fotografías y pequeños objetos metálicos.
No parecía un conjunto organizado.
Más bien, alguien había guardado allí cosas que no quería conservar en un lugar evidente.
Clara sacó una fotografía.
Gabriel aparecía junto a una carretera.
En el fondo podía distinguirse la ladera de El Teleno.
—Otra.
Mateo tomó la segunda.
Era una imagen de la cantera.
—Este lugar...
—¿Lo reconoces?
—Sí.
Mateo señaló una construcción que apenas aparecía en el extremo de la fotografía.
—Eso estaba al otro lado de la cantera.
Clara miró la imagen.
—¿Sigue allí?
—No.
—¿Cuándo desapareció?
Mateo negó lentamente.
—No lo recuerdo.
Clara dejó la fotografía sobre la mesa.
La respuesta le recordó demasiado a las de los demás.
Continuó buscando.
Encontró un mapa doblado varias veces.
Al abrirlo, vio una versión antigua de la comarca.
Había líneas dibujadas a mano.
Círculos.
Fechas.
Iniciales.