El Teleno CAPÍTULO 8 EL LUGAR QUE NO APARECE EN NINGÚN MAPA #2
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CAPÍTULO 8 EL LUGAR QUE NO APARECE EN NINGÚN MAPA #2

—Eso es exactamente lo que estoy encontrando ahora.

Tomás respiró profundamente.

—Entonces tienes que parar.

—No.

—Clara.

—No voy a parar.

—No sabes con quién estás tratando.

—¿Tú sí?

Tomás no respondió.

—¿Esas personas siguen vivas?

Silencio.

—Papá.

—Algunas.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Y alguna de ellas sigue en Santa Brígida?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—No puedo asegurarlo.

—¿Daniel?

Tomás guardó silencio.

—¿Mateo?

Nada.

—¿Elena?

La respiración de Tomás se hizo más pesada.

Clara comprendió que había tocado algo.

—No voy a preguntarte nombres —dijo—. Voy a preguntarte otra cosa. ¿Estuviste allí?

Tomás no respondió.

—La noche de la desaparición.

Silencio.

—¿Estuviste en Santa Brígida?

Finalmente, Tomás habló.

—Sí.

Clara dejó de respirar durante un instante.

La confesión era exactamente lo que había temido.

—¿A qué hora llegaste?

—Por la tarde.

—¿Y te quedaste hasta la noche?

—Sí.

—¿Viste a Gabriel?

—Sí.

—¿Dónde?

—Cerca de la antigua carretera.

—¿Estaba solo?

Tomás tardó demasiado en contestar.

—No puedo decirte.

Clara cerró los ojos.

La misma respuesta.

La misma puerta cerrada.

—¿Quién estaba con él?

—No lo sé.

—Mentira.

—Clara...

—Todo el mundo utiliza la misma frase. "No lo sé." "No puedo decirlo." "No lo recuerdo." ¿Sabes qué significa eso?

—¿Qué?

—Que todos sabéis algo.

Tomás no respondió.

Clara se levantó.

—¿Hablaste con Gabriel esa noche?

—Sí.

—¿De qué?

—De lo que estaba investigando.

—¿Estaba asustado?

—Sí.

—¿Te dijo por qué?

—No exactamente.

—¿Te pidió ayuda?

Tomás tardó en responder.

—Sí.

Clara sintió que se le tensaban los dedos.

—¿Y qué hiciste?

—Intenté convencerlo de que se marchara.

—¿De Santa Brígida?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque había descubierto demasiado.

—¿Qué había descubierto?

—No lo sé.

—¿No lo sabes o no quieres decírmelo?

Tomás guardó silencio.

—No quiero decírtelo.

La honestidad de aquella respuesta fue peor que cualquier mentira.

—¿Por qué?

—Porque no sé qué harías con esa información.

—Soy periodista.

—Precisamente.

—Entonces ¿qué hiciste después?

Tomás respiró profundamente.

—Me fui.

Clara frunció el ceño.

—¿Lo dejaste?

—Sí.

—¿A dónde fuiste?

—A casa de un conocido.

—¿Quién?

—No importa.

—Todo importa.

—No podía quedarme.

—¿Por qué?

Tomás permaneció callado.

—¿Había alguien buscándolo?

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Otra vez.

—No sé quién era.

—Pero sabías que alguien lo buscaba.

—Sí.

Clara se sentó lentamente.

—Entonces sabías que Gabriel estaba en peligro.

—Sí.

—¿Y te fuiste?

Tomás bajó la voz.

—Pensé que estaría más seguro si yo no estaba allí.

—¿Eso te lo crees tú?

—Durante años.

Clara permaneció inmóvil.

—¿Qué ocurrió después?

—No lo sé.

—¿Nunca volviste a verlo?

Tomás tardó en responder.

—No.

Clara escuchó la palabra con atención.

No había dicho "nunca supe nada de él".

Había dicho "no volví a verlo".

—Eso no significa que muriera.

Tomás no contestó.

Clara sintió que el aire de la habitación se volvía más pesado.

—Papá.

—No sé qué ocurrió con Gabriel.

—¿Crees que murió?

—No lo sé.

—¿Viste su cuerpo?

—No.

—¿Recibiste confirmación?

—No.

—Entonces ¿por qué todo el mundo habla de él como si hubiera muerto?

—Porque eso fue lo que terminó aceptando el pueblo.

—Pero tú nunca lo aceptaste.

Tomás permaneció en silencio.

Clara sintió una extraña mezcla de alivio y miedo.

Durante semanas había investigado una desaparición.

Ahora descubría que su propio padre había estado allí.

Y, quizá más importante, que nunca había estado seguro de cómo terminó aquella noche.

—¿Qué significa esto para mí? —preguntó.

—Nada.

—No me mientas otra vez.

Tomás tardó en contestar.

—Significa que yo intenté protegerte.

—¿De qué?

—De esta historia.

—¿Por qué?

—Porque después de aquella noche recibí amenazas.

Clara se quedó quieta.

—¿Amenazas?

—No directamente.

—¿Qué significa eso?

—Mensajes. Advertencias. Personas que me hicieron entender que era mejor guardar silencio.

—¿Y nunca me lo contaste?

—Eras una niña.

—Después crecí.

—Y yo seguía pensando que era mejor no arrastrarte a esto.

Clara sintió que la rabia comenzaba a mezclarse con tristeza.

—No tenías derecho a decidirlo por mí.

—Lo sé.

—Me mentiste durante toda mi vida.

—Lo sé.

—¿Y ahora qué?

Tomás tardó en responder.

—Ahora ya no puedo protegerte.

Clara sintió que aquellas palabras contenían una advertencia mucho más grave.

—¿Por qué?

—Porque has empezado a hacer las mismas preguntas que Gabriel.

Clara miró las fotografías.

—¿Y eso qué significa?

—Que probablemente ya te han visto.

El silencio se apoderó de la habitación.

Clara recordó la fotografía dejada frente a la puerta del hotel.

El mensaje anónimo.

Las fotografías destruidas.

La advertencia sobre el "hombre equivocado".

Todo parecía formar parte de la misma estructura.

—¿Quién te amenazó?

—No puedo decirlo.

—¿Por qué?

—Porque prometí no hacerlo.

—¿A quién?

Tomás respiró profundamente.

—A alguien que creía que estaba protegiendo a su familia.

Clara frunció el ceño.

—¿La familia de quién?

Tomás no respondió.

—¿La nuestra?

Silencio.

Clara sintió que una respuesta empezaba a tomar forma.

No era solamente una historia sobre Gabriel.

No era solamente una conspiración local.

Había una conexión entre aquella noche y su propia familia.

Una conexión que su padre había ocultado durante décadas.

—¿Papá?

—Sí.

—¿Hay algo más que debas contarme?

Tomás permaneció callado.

—¿Hay algo relacionado conmigo?

La pausa fue suficiente.

Clara sintió que el miedo reemplazaba a la rabia.

—¿Qué significa?

Tomás habló finalmente.

—Significa que Gabriel sabía quién eras.

Clara se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—No quiero seguir hablando por teléfono.

—¿Por qué?

—Porque no sé quién puede estar escuchando.

—Papá...

—Prométeme que tendrás cuidado.

—No.

—Clara.

—No voy a prometerte nada hasta que me digas la verdad.

—Entonces al menos prométeme que no irás sola a la cantera.

Clara sintió que el pulso se aceleraba.

—¿Por qué?

Tomás no respondió.

—Papá.

La llamada terminó.

Clara permaneció mirando el teléfono.

No había obtenido una confesión completa.

Ni siquiera sabía exactamente qué había ocurrido con Gabriel.

Pero ahora tenía una certeza que cambiaba por completo su investigación.

Tomás Varela había estado en Santa Brígida de Valdeoro aquella noche.

Había hablado con Gabriel.

Sabía que estaba en peligro.

Y había decidido guardar silencio durante décadas.

Hasta ese momento, Clara había estado investigando la desaparición de un hombre.

Ahora estaba investigando también el pasado de su propia familia.

Y por primera vez se preguntó si Gabriel Ordóñez había desaparecido únicamente porque había descubierto un secreto.

O si aquel secreto había estado conectado con personas mucho más cercanas a ella de lo que jamás había imaginado .