CAPÍTULO 8 EL LUGAR QUE NO APARECE EN NINGÚN MAPA
Clara no llamó a su padre aquella noche.
Esperó hasta la mañana siguiente.
H abía pasado varias horas revisando las fotografías y los documentos que había reunido en Santa Brígida de Valdeoro. Había intentado establecer conexiones entre Gabriel, la figura oculta de las fotografías, la cantera y las modificaciones del archivo.
Pero una pregunta seguía regresando.
¿Por qué tantas personas parecían conocer una parte de la historia que nunca aparecía en los documentos?
Y entonces había recordado algo que hasta ese momento había considerado irrelevante.
Su padre había crecido cerca de Santa Brígida.
No era un detalle nuevo. Clara lo sabía desde niña. Tomás Varela había hablado muchas veces de la comarca, de las montañas, de los inviernos largos y de los años en que todo el mundo conocía a todo el mundo.
Pero nunca había hablado de Gabriel Ordóñez.
Nunca.
Clara marcó su número.
Tomás respondió después del tercer tono.
—¿Clara?
—Hola, papá.
—¿Todo bien?
—Sí.
Hubo una pausa.
—Eso no ha sonado a que todo esté bien.
Clara sonrió ligeramente.
—Estoy trabajando.
—Ya me lo imaginaba.
—Quiero preguntarte algo.
—¿Sobre qué?
Clara miró las fotografías extendidas sobre la mesa.
—Sobre Gabriel Ordóñez.
El silencio al otro lado fue inmediato.
No fue una pausa normal.
Fue demasiado larga.
Demasiado precisa.
—¿Gabriel? —preguntó finalmente Tomás.
—Sí.
—¿Por qué estás preguntando por él?
Clara se incorporó.
—¿Lo conocías?
—No mucho.
La respuesta había llegado demasiado rápido.
—¿Cuánto es "no mucho"?
—Vivíamos en la misma zona. Lo conocía de vista.
Clara tomó una fotografía.
—Eso no parece cierto.
—¿Qué quieres decir?
—Tengo una fotografía de vosotros dos.
Tomás no respondió.
Clara esperó.
—¿Dónde la encontraste?
—Eso no importa.
—Sí importa.
—No, papá. Lo que importa es que me acabas de decir que apenas conocías a Gabriel.
—Porque apenas lo conocía.
—Entonces explícame la fotografía.
Tomás respiró profundamente.
—¿Qué fotografía?
—Una en la que apareces con él.
—Puede ser cualquier cosa.
—Estás sentado junto a él.
—Eso no significa que fuéramos amigos.
—No he dicho que fuerais amigos.
—Entonces ¿qué quieres?
Clara miró la imagen.
Era una fotografía tomada muchos años antes. Gabriel estaba sentado en el borde de una mesa de madera. Tomás aparecía a su lado.
No parecían dos conocidos casuales.
Había una familiaridad evidente.
En el reverso aparecía una fecha.
Clara la leyó otra vez.
Era varios meses antes de la desaparición.
—Quiero saber qué hacías con Gabriel.
—No recuerdo.
—Papá.
—Clara, fue hace décadas.
—Pero recuerdas muchas otras cosas de aquella época.
—No todas.
—¿Trabajabas con él?
—No.
—¿Investigabas con él?
—No.
—¿Fuiste a la cantera?
Tomás volvió a guardar silencio.
Clara cerró los ojos.
—¿Fuiste?
—No recuerdo haber ido.
—Eso no es una respuesta.
—Es la respuesta que puedo darte.
Clara sintió que algo se cerraba dentro de ella.
No era la primera vez que alguien respondía así.
Pero era la primera vez que ocurría con su padre.
—¿Conocías a Elena Ordóñez?
—Sí.
—¿A Daniel Soria?
—Lo conocí cuando era pequeño.
—¿Y Mateo Ríos?
—También.
Clara dejó la fotografía sobre la mesa.
—Entonces conocías a casi todas las personas relacionadas con Gabriel.
—Es un pueblo pequeño.
—No estamos hablando de eso.
—¿De qué hablamos entonces?
—De una desaparición que parece haber sido encubierta.
Tomás respiró profundamente.
—No deberías seguir con esto.
Clara se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque no sabes dónde te estás metiendo.
—Eso mismo me han dicho varias veces.
—Entonces deberías escuchar.
—¿Quién te ha dicho que pare?
—Nadie.
—No te creo.
Tomás no contestó.
Clara se levantó y caminó hasta la ventana.
—¿Sabías que Gabriel fue visto después de la hora oficial de su desaparición?
—No.
—¿Sabías que alguien estuvo con él?
Silencio.
—Papá.
—Clara...
—¿Lo sabías?
—He oído cosas.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años.
—¿Qué cosas?
—Rumores.
—¿Qué rumores?
—Que Gabriel no estaba solo.
Clara sintió un nudo en el estómago.
—¿Quién te lo dijo?
Tomás no respondió.
—¿Fue Gabriel?
Otra pausa.
—No.
—Entonces ¿quién?
—No importa.
—Para mí sí.
—No.
La respuesta fue más firme.
Clara se sentó.
—Papá, si sabes algo sobre aquella noche, tienes que decírmelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque hay cosas que no me corresponde contar.
—¿Aunque alguien haya desaparecido?
Tomás bajó la voz.
—Precisamente por eso.
Clara permaneció en silencio.
La frase no parecía una defensa.
Parecía una confesión incompleta.
—¿Estabas allí aquella noche?
Tomás tardó demasiado en responder.
—No.
Clara no dijo nada.
—¿Papá?
—No estaba allí.
—¿Seguro?
—Sí.
Clara volvió a mirar la fotografía.
Tomás aparecía junto a Gabriel.
Detrás de ellos se veía una pared de piedra.
Clara había visto aquella pared antes.
En una de las fotografías de la cantera.
La diferencia era que en la imagen antigua la piedra parecía formar parte de una construcción.
No de una casa.
No de una calle.
De una instalación industrial.
—¿Dónde se tomó esta fotografía?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
—Clara...
—Es la cantera, ¿verdad?
Tomás permaneció callado.
Ella sintió que había encontrado algo.
—¿Era la cantera?
—No estoy seguro.
—La fotografía tiene fecha.
—Las fechas pueden estar equivocadas.
—La reconoces.
—No.
—Papá.
Tomás suspiró.
—No quiero que sigas.
—Eso ya lo has dicho.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
—No puedo.
Clara se sentó nuevamente.
—¿Gabriel confiaba en ti?
Tomás no respondió inmediatamente.
—Sí.
La respuesta fue tan baja que Clara casi tuvo que pedirle que la repitiera.
—¿Qué?
—Sí.
—Entonces lo conocías bien.
—Más de lo que debería.
Clara sintió que la conversación acababa de cambiar.
—¿Qué significa eso?
—Significa que cometí errores.
—¿Qué errores?
—Decisiones.
—¿Qué decisiones?
Tomás volvió a guardar silencio.
Clara empezó a comprender que no estaba hablando con alguien que hubiera olvidado el pasado.
Estaba hablando con alguien que llevaba años intentando no recordarlo.
—¿Qué hiciste aquella noche?
—Nada.
—¿Qué hiciste antes?
—Clara...
—¿Qué hiciste antes de que desapareciera Gabriel?
Tomás respiró con dificultad.
—Intenté convencerlo de que abandonara la investigación.
Clara cerró los ojos.
—¿Por qué?
—Porque sabía que podía ser peligroso.
—¿Cómo lo sabías?
—Porque conocía algunas de las personas involucradas.
—¿Quiénes?
—No.
—Papá, necesito nombres.
—No puedo darte nombres.
—¿Porque tienes miedo?
—No.
—Entonces ¿por qué?
Tomás tardó varios segundos.
—Porque hice una promesa.
Clara sintió que el misterio acababa de adquirir una dimensión completamente distinta.
—¿A quién?
Tomás no respondió.
—¿A Gabriel?
—No.
—¿A Elena?
Silencio.
—¿A Daniel?
Tomás no dijo nada.
Clara comprendió que estaba agotando todas las posibilidades.
—¿La promesa tenía que ver con la desaparición?
Tomás cerró los ojos.
—Sí.
Clara dejó de escribir.
—¿Qué prometiste?
—No hablar.
—¿Sobre qué?
—Sobre aquella noche.
El silencio posterior fue largo.
Clara miró la fotografía que había utilizado para enfrentarlo.
Su padre había dicho que apenas conocía a Gabriel.
Pero había admitido que Gabriel confiaba en él.
Había admitido que intentó detener su investigación.
Había reconocido que conocía a personas relacionadas con aquella historia.
Y acababa de admitir que había hecho una promesa relacionada con la noche de la desaparición.
Ya no quedaban muchas posibilidades.
Tomás no estaba confundido.
No había olvidado.
No estaba confundiendo décadas.
Estaba eligiendo cuidadosamente qué decir y qué ocultar.
Clara sostuvo el teléfono con más fuerza.
—Estás mintiéndome.
Tomás no respondió.
Y aquella ausencia de respuesta fue suficiente.
Clara comprendió que su padre sabía mucho más sobre Gabriel Ordóñez de lo que había admitido durante toda su vida.
La única pregunta era por qué había decidido mentirle ahora.
—Estás mintiéndome.
Tomás no respondió.
Clara mantuvo el teléfono junto al oído y esperó. Durante varios segundos solo escuchó la respiración de su padre.
—Sí —dijo finalmente.
La palabra fue tan baja que Clara casi no la oyó.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio.
Clara cerró los ojos.
—¿Desde que te pregunté por Gabriel?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabía que acabarías preguntando.
—No has respondido.
—Porque no quería que llegaras hasta aquí.
Clara miró las fotografías sobre la mesa.
—¿Hasta dónde?
—Hasta la noche de la desaparición.
—Ya estoy allí.
Tomás permaneció callado.
—Entonces empieza por el principio —dijo Clara—. ¿Cómo conociste a Gabriel?
—Nos conocimos cuando éramos jóvenes.
—Eso ya lo sabía.
—No, no lo sabías.
La voz de Tomás había cambiado.
Ya no sonaba defensiva.
Sonaba cansada.
—Gabriel y yo trabajamos juntos durante un tiempo.
Clara frunció el ceño.
—¿Dónde?
—En una empresa que realizaba trabajos de medición y mantenimiento en la zona.
—¿Relacionada con la cantera?
—Indirectamente.
—¿Y por qué nunca me lo contaste?
—Porque no era algo que quisiera recordar.
—Eso no es una explicación.
—Para mí sí.
Clara respiró hondo.
—¿Erais amigos?
—Sí.
Aquella palabra golpeó más fuerte que las anteriores.
—¿Amigos de verdad?
—Sí.
—¿Y me dijiste que apenas lo conocías?
—Porque pensé que era mejor.
—¿Mejor para quién?
Tomás tardó en responder.
—Para ti.
Clara soltó una risa breve y amarga.
—Siempre dices eso cuando quieres decidir algo por mí.
—No entiendes lo que ocurrió.
—Entonces explícamelo.
—No puedo explicártelo todo.
—No necesito todo. Necesito la verdad.
—La verdad tiene consecuencias.
—Ya las está teniendo.
Tomás guardó silencio.
Clara tomó la fotografía de Gabriel y la observó.
—¿Qué investigaba realmente?
—No lo sé todo.
—Pero sabías que estaba investigando algo.
—Sí.
—¿Qué?
—Documentos antiguos. Movimientos de terrenos. Registros que no coincidían.
Clara sintió que varias piezas encajaban.
—La cantera.
—Sí.
—¿Qué encontró?
—Algo que le hizo pensar que alguien había manipulado información durante años.
—¿Quién?
—No lo sabía.
—¿Y tú?
—Yo sabía que tenía razón en una cosa.
—¿Cuál?
—Que había personas interesadas en que algunos documentos no volvieran a aparecer.
Clara miró hacia la ventana.