El Teleno CAPÍTULO 7 LA MENTIRA DE TOMÁS #2
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CAPÍTULO 7 LA MENTIRA DE TOMÁS #2

Era una fotografía tomada cerca de la montaña.

Gabriel aparecía de perfil.

A varios metros, casi escondida detrás de una estructura de piedra, había otra figura.

Clara levantó la mirada.

—Otra vez.

Daniel se inclinó.

—Puede ser la misma persona.

—¿Eso es lo que piensas?

—No puedo asegurarlo.

Clara tomó la fotografía anterior.

Comparó ambas imágenes.

La persona de la primera fotografía llevaba una prenda oscura.

En la segunda, la figura parecía llevar algo similar.

—¿Quién tomó estas fotografías?

Daniel miró los reversos.

—No consta.

—¿Todas?

—La mayoría.

Clara siguió buscando.

Encontró una tercera.

Gabriel aparecía sentado en una mesa de una cafetería.

Al fondo había un reflejo en un cristal.

Una silueta.

Otra vez parcialmente oculta.

Clara sintió una presión en el pecho.

—Esto no es una coincidencia.

Daniel no respondió.

—La misma persona aparece tres veces.

—No sabemos si es la misma.

—Tú acabas de decir que podría serlo.

—Dije que podría.

Clara colocó las tres imágenes juntas.

—Mira el encuadre.

Daniel se acercó.

En cada fotografía, Gabriel era perfectamente visible.

La segunda figura no.

En una quedaba detrás de una estructura.

En otra aparecía recortada por el borde.

En la tercera solo podía distinguirse mediante un reflejo.

—Alguien está evitando mostrarla —dijo Clara.

Daniel permaneció callado.

—¿Qué?

—Nada.

—No. Has pensado algo.

—Estoy pensando que puede ser una casualidad.

—Tres veces.

—Las fotografías antiguas no siempre son precisas.

Clara lo miró.

—Pero tú eres historiador.

—Precisamente por eso.

Clara empezó a revisar las cajas restantes.

Entonces encontró algo diferente.

Una carpeta vacía.

En la etiqueta se leía:

GAbrIEL ORDÓÑEZ — MATERIAL FOTOGRÁFICO

Dentro no había fotografías.

Solo pequeños restos de papel quemado.

Clara levantó uno.

—¿Qué es esto?

Daniel se acercó rápidamente.

—No lo toques.

Clara lo miró.

—¿Por qué?

—Porque puede dañarse.

—Ya está dañado.

Daniel tomó la carpeta.

—No estaba así.

—¿Cuándo la viste por última vez?

—Hace unas semanas.

Clara se quedó inmóvil.

—¿Hace unas semanas?

—Sí.

—¿Y las fotografías?

Daniel abrió la carpeta.

—Había más.

—¿Cuántas?

—No lo sé.

—Daniel.

—Quizá diez. Quince.

—¿Y ahora?

—Ninguna.

Clara observó los restos.

Algunas esquinas conservaban imágenes parcialmente quemadas.

Una mostraba una parte del rostro de Gabriel.

Otra tenía el borde de una montaña.

Una tercera parecía contener una figura oscura.

—Esto no ocurrió hace décadas.

Daniel no respondió.

Clara señaló el papel.

—El papel está limpio.

—¿Qué quieres decir?

—Si hubiera estado almacenado aquí durante años después de quemarse, tendría otro aspecto.

Daniel la miró.

—No soy especialista en conservación.

—Pero eres historiador.

—Eso no significa que pueda fechar un incendio mirando una esquina de papel.

Clara recogió una pequeña fotografía chamuscada.

En ella se distinguía una parte de la misma figura que había visto antes.

—¿Reconoces esto?

Daniel negó con la cabeza.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Pero su reacción había cambiado.

Ya no parecía simplemente incómodo.

Parecía preocupado.

Clara guardó la fotografía en una funda.

—¿Quién tiene acceso a esta habitación?

—Yo.

—¿Inés?

—También.

—¿Alguien más?

Daniel tardó en responder.

—El personal autorizado.

—Nombres.

—No recuerdo todos.

Clara lo observó.

Otra respuesta incompleta.

Otra pequeña barrera.

Daniel dejó la carpeta sobre la mesa.

—Clara, alguien ha hecho esto recientemente.

—Eso parece.

—Entonces deberías tener cuidado.

—¿Por qué?

—Porque significa que alguien todavía tiene interés en Gabriel.

Clara sostuvo su mirada.

—¿Y tú?

Daniel tardó unos segundos.

—Yo también tengo interés.

—¿Por qué?

—Porque llevo toda la vida viviendo aquí.

No era una respuesta suficiente.

Pero tampoco era una confesión.

Una hora después, Clara encontró a Mateo cerca de las oficinas forestales.

Le mostró una de las fotografías.

—¿La conoce?

Mateo la observó.

—Sí.

—¿La has visto antes?

—Esta fotografía concreta, no.

—¿Y la persona?

Mateo guardó silencio.

Clara señaló la figura parcialmente oculta.

—¿Es la misma persona que viste con Gabriel?

Mateo no respondió inmediatamente.

Después dijo:

—No puedo saberlo por esta imagen.

—Pero te resulta familiar.

—Sí.

—¿Quién es?

—No lo sé.

Clara suspiró.

—Todos saben algo y nadie sabe nada.

Mateo ignoró el comentario.

—Mire la sombra.

—¿Qué?

Señaló la parte inferior de la fotografía.

—La segunda persona está más cerca de Gabriel de lo que parece.

Clara amplió la imagen.

Tenía razón.

La sombra de la figura se proyectaba hacia delante.

La perspectiva permitía comprender que no estaba detrás de la estructura, como ella había supuesto.

Estaba junto a Gabriel.

—Entonces no estaba intentando esconderse.

—No necesariamente.

—¿Qué significa?

Mateo señaló el borde de la imagen.

—La persona que tomó la fotografía estaba enfocando a Gabriel.

—¿Y la otra persona?

—Quizá no debía aparecer.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Quieres decir que alguien la recortó?

—No.

—Entonces...

—Quiero decir que quizá la fotografía fue tomada así deliberadamente.

Clara miró otra vez la imagen.

La figura había sido situada exactamente donde el encuadre dificultaba reconocerla.

No era una prueba.

Pero era una posibilidad inquietante.

—¿Crees que alguien ha protegido su identidad?

Mateo respondió con cautela.

—Creo que alguien ha tenido mucho cuidado con esa identidad.

Clara guardó la fotografía.

—Eso significa que quizá no sea una persona cualquiera.

Mateo la miró.

—No.

—¿Podría seguir viva?

—Sí.

Clara se quedó en silencio.

—¿Y seguir viviendo aquí?

Mateo no contestó.

No hacía falta.

Esa noche, Clara volvió a la habitación del Hotel Valdeoro.

Extendió sobre la cama las tres fotografías.

Gabriel.

La figura oculta.

El mismo patrón.

Después colocó junto a ellas la fotografía chamuscada.

Alguien había intentado destruir pruebas.

No solo documentos.

Fotografías.

Imágenes que podían revelar una identidad.

Y el intento había ocurrido recientemente.

Clara tomó su teléfono.

Amplió una vez más el rostro incompleto de la segunda persona.

No podía identificarlo.

Pero ya no creía que fuera accidental.

Alguien había pasado décadas evitando que esa persona apareciera claramente en las fotografías.

Y alguien, en el presente, seguía destruyendo las pruebas que podían permitir identificarla.

Clara se sentó al borde de la cama.

La conclusión era incómoda.

Si aquella persona había sido tan importante para Gabriel como sugerían las fotografías, quizá su identidad explicaba por qué la historia oficial había sido modificada.

Pero había algo todavía más inquietante.

Si alguien seguía protegiendo aquella identidad después de tantos años, significaba que el pasado no estaba realmente cerrado.

La segunda persona no era solo una pieza perdida de la historia de Gabriel.

Podía ser alguien que todavía tuviera un papel en la historia de Santa Brígida de Valdeoro.

Y quizá también en la investigación de Clara .