CAPÍTULO 7 LA MENTIRA DE TOMÁS
L a frase de Mateo seguía resonando en la cabeza de Clara mientras descendían por la montaña.
Gabriel no estaba solo.
Había repetido aquellas palabras tantas veces que habían dejado de parecer una revelación y empezaban a convertirse en una pregunta.
¿Quién estaba con él?
Mateo caminaba unos metros por delante, concentrado en el sendero. Desde que había hablado, parecía haber cerrado nuevamente todas las puertas que Clara había conseguido abrir.
—¿Daniel conocía la cantera? —preguntó Clara.
Mateo no se volvió.
—Muchas personas conocían la cantera.
—No he preguntado eso.
—Entonces sí. Daniel la conocía.
—¿Había estado allí con Gabriel?
Mateo tardó en responder.
—No lo sé.
—Pero sabe que se conocían.
—Sí.
—¿Eran amigos?
—No exactamente.
Clara tomó nota mental de aquella respuesta.
Cuando llegaron al vehículo, Mateo se quitó la mochila.
—¿Va a contarle a Daniel lo que le he dicho?
—Todavía no.
—Bien.
—¿Por qué?
Mateo la miró.
—Porque si él no sabe que yo hablé, quiero saber qué dice cuando usted le haga las preguntas.
Clara comprendió la intención.
Mateo también sospechaba de Daniel.
No significaba que Daniel fuera culpable.
Pero significaba que no era el único que había notado contradicciones.
—¿Usted sospecha de él? —preguntó Clara.
—Sospecho de muchas cosas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darle.
Clara subió al vehículo.
Antes de cerrar la puerta, miró a Mateo.
—Si descubre algo más, dígamelo.
—Si descubro algo que pueda demostrar, lo haré.
—¿Y lo demás?
Mateo sostuvo su mirada.
—Lo demás puede ser peligroso.
Clara arrancó.
Daniel Soria estaba en la biblioteca municipal cuando Clara lo encontró.
La sala era pequeña y silenciosa. Había estanterías llenas de libros sobre la historia de la comarca y varias vitrinas con fotografías antiguas.
Daniel estaba revisando unos documentos.
—Pensé que seguiría en la montaña —dijo.
Clara dejó el bolso sobre una mesa.
—Ya he vuelto.
—¿Todo bien?
—Depende de lo que entiendas por bien.
Daniel sonrió.
—Eso suena preocupante.
Clara se sentó frente a él.
—Quiero hablar de Gabriel.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué has descubierto?
—Que conocías a Gabriel.
Daniel dejó el documento que tenía en las manos.
—Nunca dije que no lo conociera.
—No.
—Éramos conocidos.
—¿Solo eso?
—Vivíamos en el mismo pueblo.
—Eso tampoco responde.
Daniel apoyó las manos sobre la mesa.
—Gabriel era mayor que yo. Yo tenía veinte años cuando desapareció. Él tenía veintisiete.
Clara calculó rápidamente.
—Entonces lo conocías bastante bien.
—Lo suficiente.
—¿Hablabais de sus investigaciones?
—A veces.
—¿Sobre la cantera?
—Sí.
Clara observó su rostro.
No parecía sorprendido.
—¿Qué investigaba?
—No lo sé con exactitud.
—¿Nunca te lo dijo?
—Gabriel no confiaba fácilmente en los demás.
—¿En ti tampoco?
Daniel sonrió ligeramente.
—Especialmente en mí.
—¿Por qué?
—Porque discutíamos.
Clara se inclinó.
—¿Sobre qué?
—Sobre la interpretación de algunos documentos.
—¿Documentos históricos?
—Sí.
—¿Creías que estaba equivocado?
—En algunas cosas.
—¿Y él?
—Creía que yo era demasiado prudente.
Clara recordó las palabras de Mateo.
Gabriel no estaba solo.
—¿Lo viste la noche de su desaparición?
Daniel tardó una fracción de segundo en responder.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Dónde estabas?
—En mi casa.
—¿Toda la noche?
Daniel la miró.
—¿Eso es un interrogatorio?
—Es una investigación.
—Entonces pregunta lo que necesites.
Clara abrió su libreta.
—¿A qué hora te acostaste?
—No lo recuerdo.
—¿A qué hora viste a Gabriel por última vez?
—Dos días antes.
—¿Dónde?
—En la biblioteca.
—¿De qué hablasteis?
—De un documento.
—¿Cuál?
—Un registro sobre la antigua cantera.
Clara escribió la respuesta.
—¿Y qué quería?
—Quería saber quién había modificado determinados planos.
—¿Le ayudaste?
—Sí.
—¿Encontraste algo?
Daniel negó con la cabeza.
—Nada concluyente.
Clara sacó una fotografía de su bolso.
Era una imagen antigua, ligeramente deteriorada.
Gabriel aparecía en el centro.
Sonreía.
A su lado había una segunda figura.
La persona estaba parcialmente oculta detrás de Gabriel. Solo se veía una parte del rostro y un hombro.
Daniel miró la fotografía.
Su expresión cambió.
—¿Dónde la encontraste?
—Eso no importa.
—Sí importa.
—¿Reconoces a Gabriel?
—Por supuesto.
—¿Y a la otra persona?
Daniel volvió a mirar la imagen.
—No.
—Míralo bien.
—No puedo identificarla.
Clara señaló la esquina.
—Hay alguien más.
—Sí.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Podría ser alguien relacionado con la cantera?
—Podría.
—¿Tú estabas allí?
Daniel levantó la mirada.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué has reaccionado así?
—Porque nunca había visto esta fotografía.
Clara guardó silencio.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Pareces sorprendido.
—Lo estoy.
Daniel extendió la mano.
—¿Puedo verla?
Clara se la entregó.
Daniel examinó el reverso.
—No tiene fecha.
—Correcto.
—Entonces no puedes saber cuándo fue tomada.
—No.
—Ni quién aparece detrás.
—Todavía no.
Daniel devolvió la fotografía.
—Quizá esa persona no tenga importancia.
—Quizá.
Clara guardó la imagen.
—Mateo me dijo algo diferente.
Daniel levantó ligeramente las cejas.
—¿Qué?
—Que Gabriel estaba acompañado la noche de su desaparición.
Daniel permaneció completamente inmóvil.
—¿Mateo dijo eso?
—Sí.
—Entonces deberías preguntarle quién era la persona.
—Lo hice.
—¿Y?
—No quiso responder.
Daniel se levantó y caminó hacia una estantería.
—Mateo siempre ha sido reservado.
—Tú también.
—No tanto.
Clara lo observó mientras buscaba un libro.
—¿Dónde estabas exactamente aquella noche?
Daniel sacó un volumen.
—En casa.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Alguien puede confirmarlo?
—No.
Clara anotó mentalmente la respuesta.
Daniel abrió el libro.
—Hay algo que deberías saber.
—¿Qué?
—Gabriel no era el único que investigaba la cantera.
—¿Quién más?
—Había varias personas.
—Nombres.
Daniel cerró el libro.
—No todos siguen vivos.
—Eso no responde.
—Algunos nombres aparecen en los documentos. Otros no.
Clara recordó a Elena.
Personas que habían querido que Gabriel dejara de investigar.
—¿Y tú?
Daniel la miró.
—Yo quería que dejara de buscar cosas que no entendía.
Clara se quedó quieta.
—¿Por qué?
—Porque algunas historias antiguas pueden destruir la vida de personas que no tienen nada que ver con ellas.
—¿Te referías a Gabriel?
—Sí.
—¿Era una advertencia?
—Era un consejo.
—¿Y él lo ignoró?
—Por supuesto.
Clara pensó en la fotografía.
—¿Cuándo se tomó?
Daniel observó la imagen otra vez.
—Probablemente durante el verano.
—¿Por qué?
—Por la ropa.
Clara miró la fotografía.
Gabriel llevaba una camisa clara.
La persona parcialmente oculta llevaba una chaqueta oscura.
No había suficiente información.
—¿Estás seguro?
—Bastante.
—Antes dijiste que nunca la habías visto.
—No dije que no pudiera reconocer la época.
Clara cerró la libreta.
Algo no encajaba.
No sabía exactamente qué.
Pero recordó que Daniel había hablado de la fotografía como si conociera algo sobre ella antes de examinarla.
Y luego había dicho que no podía identificar a la segunda persona.
Tal vez era completamente inocente.
Tal vez simplemente estaba intentando no involucrarse.
Pero había una pequeña contradicción.
Y Clara sabía por experiencia que los misterios importantes rara vez se escondían en las grandes mentiras.
A menudo estaban en las pequeñas.
Guardó la fotografía.
—Volveré a hablar contigo.
Daniel asintió.
—Cuando quieras.
Clara salió de la biblioteca.
Mientras caminaba por la calle, sacó la fotografía otra vez.
Gabriel estaba en el centro.
La segunda persona permanecía detrás.
No podía verse el rostro completo.
Pero había algo en su postura.
Algo familiar.
Clara todavía no podía identificarlo.
Y quizá esa era precisamente la intención.
Alguien había dejado una imagen donde la verdad estaba delante de sus ojos, pero deliberadamente fuera de su alcance.
La pregunta ya no era solamente quién había acompañado a Gabriel aquella noche.
Era por qué alguien había pasado décadas asegurándose de que ese segundo nombre nunca apareciera en ninguna parte. :::
Clara no llegó directamente al Hotel Valdeoro.
Después de salir de la biblioteca, caminó sin rumbo durante casi veinte minutos, repasando mentalmente la conversación con Daniel. Había aprendido que una fotografía podía mentir sin necesidad de estar falsificada. Bastaba con elegir el encuadre adecuado, ocultar un rostro o eliminar una fecha.
La imagen de Gabriel seguía en su teléfono.
La amplió una vez más.
Gabriel aparecía en el centro, ligeramente inclinado hacia la cámara. Detrás de él, casi fuera del encuadre, estaba la segunda persona.
Clara aumentó el contraste.
La figura parecía estar mirando hacia Gabriel, no hacia quien tomaba la fotografía.
Había algo extraño en aquella posición.
No parecía alguien que hubiera quedado accidentalmente fuera de la imagen.
Parecía alguien que había intentado no aparecer.
Clara volvió a guardar el teléfono.
Necesitaba ver más fotografías.
No una.
Varias.
Si la segunda persona aparecía en otras imágenes, podría comparar ropa, postura, altura o cualquier otro detalle.
Regresó a la biblioteca.
Daniel seguía allí.
Cuando la vio entrar, levantó la mirada.
—¿Has olvidado algo?
—Sí.
—¿Qué?
—Las fotografías.
Daniel dejó el libro que estaba leyendo.
—¿Qué fotografías?
—Las de Gabriel.
—Ya hemos visto una.
—Quiero ver las demás.
Daniel permaneció unos segundos en silencio.
—No sé si hay más.
—Entonces averigüémoslo.
La respuesta pareció incomodarlo.
—El archivo fotográfico no está abierto al público.
—Pero tú tienes acceso.
—A algunas colecciones.
—Perfecto.
Daniel se levantó.
La condujo hasta una habitación situada detrás de la sala principal. Había armarios de madera y varias cajas numeradas.
—Estas son fotografías de acontecimientos locales —explicó—. Fiestas, obras públicas, accidentes, actividades escolares.
—¿Y Gabriel?
—Hay varias.
Daniel sacó una caja.
Clara se sentó.
Comenzaron a revisar fotografías.
Gabriel aparecía en algunas.
En una estaba junto a un grupo de jóvenes.
En otra, delante del ayuntamiento.
En otra, junto a una camioneta antigua.
Clara las fue colocando sobre la mesa.
—Esta es interesante.