El Teleno CAPÍTULO 12 EL VERDADERO TELENO
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CAPÍTULO 12 EL VERDADERO TELENO

C lara regresó a la Casa del Relojero poco después de las cinco de la tarde.

Mateo había insistido en acompañarla y ella no había discutido.

Después de la desaparición de Rafael, de la amenaza anónima y de la confesión de Mateo, la idea de entrar sola en aquella casa le parecía innecesariamente imprudente.

Elena abrió la puerta antes de que Clara llamara por segunda vez.

Durante un instante no dijo nada.

Sus ojos bajaron hasta la mano de Clara.

La llave sobresalía parcialmente entre sus dedos.

Elena palideció.

—¿Dónde has conseguido eso?

Clara no respondió inmediatamente.

—Entonces la reconoces.

Elena miró a Mateo.

—¿Se la has dado tú?

—Sí.

Elena cerró los ojos durante un segundo.

—Entrad.

La casa estaba igual que la última vez, pero Clara la percibió de otra manera.

Los muebles antiguos, los cuadros oscurecidos por los años y los relojes inmóviles parecían formar parte de un escenario cuidadosamente conservado.

No era simplemente una casa vieja. Era un lugar donde alguien había intentado mantener el pasado exactamente donde estaba.

Elena condujo a Clara hasta el salón.

—¿Qué sabes?

Clara dejó la llave sobre la mesa.

—Depende de lo que tú estés dispuesta a contarme.

Elena se sentó lentamente.

Mateo permaneció cerca de la puerta.

—Esa llave perteneció a Gabriel —dijo Elena.

Clara sintió que una pieza encajaba.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Qué abría?

Elena miró hacia el pasillo.

—No debería estar contigo.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Porque no quiero responderla.

Clara sacó el pequeño papel encontrado dentro del reloj.

Lo colocó junto a la llave.

—¿Y esto?

Elena observó el número.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Dónde lo encontraste?

—Dentro del reloj.

—¿Qué reloj?

—El que estaba detenido a las once y veinte.

Elena se quedó inmóvil.

Mateo la observaba.

—¿Qué significa esa hora? —preguntó Clara.

—Nada.

—No te creo.

—Puedes creer lo que quieras.

—Rafael Mena recordó esa misma hora.

Elena levantó la cabeza.

—¿Has hablado con Rafael?

Clara guardó silencio.

La pregunta había salido demasiado rápido.

—Sí.

Elena palideció aún más.

—¿Dónde está?

—Ha desaparecido.

Elena se llevó una mano a la boca.

—No...

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Elena.

—No sé dónde está.

Clara se inclinó hacia ella.

—Estaba a punto de decirme quién podía explicar lo ocurrido con Gabriel.

Elena cerró los ojos.

—Entonces ya es demasiado tarde.

—¿Para qué?

Elena no respondió.

Clara comprendió que había tocado una zona que Elena llevaba décadas evitando.

—Necesito saber qué significa esta llave.

—No.

—¿Qué abre?

—No puedo decírtelo.

—¿Por qué?

—Porque algunas cosas se pueden encontrar una sola vez.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá cuando veas lo que hay dentro.

Clara sintió que el corazón se aceleraba.

—Entonces sabes qué abre.

Elena miró a Mateo.

—¿También te ha contado lo que encontró en la montaña?

—Sí.

—¿La estructura?

—Sí.

Elena se levantó.

—Venid.

Atravesó el pasillo hasta llegar a la habitación de los relojes.

La puerta estaba abierta.

Clara entró.

Los relojes seguían detenidos.

El de las once y veinte ocupaba el lugar central de la pared.

Clara se acercó.

—¿Quién detuvo este reloj?

—No lo sé.

—Mientes.

Elena no reaccionó.

—Lo arreglaba mi padre —dijo después—. Yo aprendí a mantener algunos mecanismos, pero nunca conseguí reparar ese.

—¿Por qué?

—Porque no estaba roto.

Clara la miró.

—¿Entonces?

—Alguien lo detuvo.

Mateo recorrió la habitación con la mirada.

—¿Cuándo?

Elena negó.

—No lo sé.

Clara sacó la llave.

—Voy a averiguarlo.

Se acercó al reloj.

No intentó abrir el mecanismo. Miró alrededor.

La pared parecía cubierta por madera antigua.

Pasó los dedos por una moldura.

Nada.

Después recordó el número.

Once veinte.

No parecía una hora.

Podía ser una referencia.

Clara observó los relojes de izquierda a derecha.

Había doce.

El cuarto reloj tenía una pequeña placa metálica debajo.

Un número.

Clara se agachó.

—¿Qué es esto?

Elena se quedó inmóvil.

—No lo toques.

Clara levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque no sabes qué hay detrás.

—Precisamente por eso estoy aquí.

Buscó con los dedos alrededor de la placa.

Encontró una pequeña ranura.

Introdujo la llave.

Encajó perfectamente.

Elena dio un paso hacia delante.

—Clara.

La llave giró.

Se escuchó un clic.

Una sección de la pared se desplazó unos centímetros.

Detrás había un compartimento estrecho.

No era un pasadizo.

No era una habitación secreta.

Era un espacio diseñado para guardar documentos.

Clara extrajo una caja metálica.

La dejó sobre una mesa.

Elena se sentó.

—¿Desde cuándo sabes que existe?

—Desde siempre.

—¿Y nunca lo abriste?

—No.

—¿Por qué?

—Porque Gabriel me pidió que no lo hiciera.

Clara se volvió lentamente.

—¿Gabriel?

Elena asintió.

—Poco antes de desaparecer.

Clara abrió la caja.

Dentro había sobres amarillentos, copias de documentos, fotografías y varias hojas escritas a mano.

La primera carpeta llevaba una fecha.

Era posterior a la desaparición de Gabriel.

Clara la abrió.

Encontró una copia de un informe policial.

La fecha de elaboración figuraba tres semanas después de la desaparición.

—Esto es imposible.

—No —dijo Elena—. Es exactamente lo que ocurrió.

Clara pasó las páginas.

Una declaración había sido sustituida por otra.

La primera copia hablaba de una búsqueda en la zona de la cantera.

La segunda mencionaba únicamente un accidente en un sendero situado varios kilómetros al norte.

—¿Quién cambió esto?

Elena no respondió.

—¿Quién?

—No lo sé.

Clara la miró.

—Sabes más.

—Sé que cambió.

—¿Cuándo?

—Después de la desaparición.

Clara siguió revisando los documentos.

Había anotaciones en los márgenes.

Fechas.

Iniciales.

Referencias a páginas que ya no existían.

Una hoja estaba marcada con una frase escrita a mano:

"No utilizar esta copia como documento original."

Debajo aparecía una fecha posterior.

Clara sintió un escalofrío.

—Alguien conservó las versiones anteriores.

—Sí.

—¿Tú?

Elena no respondió.

Clara tomó otra carpeta.

Había fotografías de la cantera.

Una mostraba el camino antiguo.

Otra, la entrada de la estructura.

Una tercera mostraba a Gabriel hablando con alguien.

El rostro de la segunda persona estaba parcialmente cubierto por una sombra.

Clara reconoció la composición.

Era similar a la fotografía que había encontrado anteriormente.

—¿Por qué guardaste esto?

Elena miró la imagen.

Sus ojos se humedecieron.

—Porque no pude destruirlo.

Clara levantó la mirada.

—¿Querías hacerlo?

—Muchas veces.

—¿Por qué?

Elena pasó un dedo por el borde de la fotografía.

—Porque conservarlo significaba recordar.

—¿Y destruirlo?

—Significaba aceptar una mentira.

Clara volvió a los documentos.

Encontró una hoja doblada.

La fecha era de dos meses después de la desaparición.

En ella aparecía una lista de nombres.

Algunos eran conocidos.

Otros no.

Junto a varios nombres había anotaciones.

"Confirmado."

"No hablará."

"Ya ha sido advertido."

Clara sintió que el aire se volvía pesado.

—¿Qué es esto?

Elena no respondió.

—¿Quién hizo esta lista?

—No lo sé.

—¿Gabriel?

—No.

—¿Entonces quién?

Elena miró hacia la puerta.

—Alguien que quería saber quién había hablado.

Clara siguió leyendo.

Encontró el nombre de Rafael Mena.

Al lado había una sola palabra:

"Vigilar."

Clara levantó lentamente la hoja.

—¿Lo vigilaban desde entonces?

Elena no respondió.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Elena.

—¡No lo sé!

La mujer golpeó la mesa con la mano.

El silencio posterior fue absoluto.

Elena respiró con dificultad.

—No sabes lo que estás preguntando.

Clara bajó la voz.

—Entonces ayúdame a entenderlo.

Elena se quedó mirando la caja.

—Gabriel sabía que alguien estaba intentando borrar todo.

—¿Cuándo lo supo?

—Antes de desaparecer.

—¿Y por eso escondió estos documentos?

Elena asintió.

—Me pidió que los conservara.

Clara volvió a examinar los papeles.

En el fondo de la caja había un sobre pequeño.

No tenía nombre.

Solo una fecha.

Clara lo abrió.

Dentro había una hoja doblada.

La letra era de Gabriel.

Reconoció inmediatamente sus trazos por las anotaciones de la libreta.

Solo había unas pocas líneas.

Clara leyó en silencio.

La primera frase hablaba de los documentos.

La segunda mencionaba la cantera.

La tercera parecía una instrucción.

Pero la última era la que importaba.

Gabriel había escrito que, si alguna vez alguien encontraba aquella caja, debía comparar los documentos conservados allí con los registros oficiales.

Clara dejó de respirar durante un instante.

No era una colección de recuerdos.

Era un archivo de respaldo.

Gabriel había previsto que alguien intentaría reconstruir la verdad.

Y había dejado instrucciones para hacerlo.

Clara levantó la mirada hacia Elena.

—Sabías que esto existía.

Elena asintió.

—Sí.

—¿Y nunca se lo contaste a nadie?

—No.

—¿Por qué?

Elena miró la fotografía de Gabriel.

—Porque durante todos estos años tuve miedo de que quien borró la verdad descubriera que todavía quedaba una copia.

Clara volvió a mirar la caja.

Ahora comprendía algo mucho más inquietante.

El encubrimiento no había terminado cuando Gabriel desapareció.

Había continuado durante años.

Y si alguien estaba manipulando pruebas otra vez, significaba que alguien sabía que aquella caja seguía existiendo.

Clara cerró lentamente la carpeta.

Entonces descubrió algo escrito en el reverso del último documento.

Una frase breve, trazada con la letra de Gabriel:

"Si estás leyendo esto, ya han vuelto a buscar."

Clara levantó la mirada.

Elena no necesitó preguntar qué había encontrado.

Por la expresión de Clara comprendió que el pasado acababa de dejar de ser pasado.

Clara mantuvo los ojos sobre la última frase durante varios segundos.

"Si estás leyendo esto, ya han vuelto a buscar."

No parecía una advertencia escrita para producir miedo. La letra de Gabriel era firme, incluso en las últimas palabras. Había dejado aquella frase porque esperaba que alguien encontrara el compartimento después de que otra persona hubiera intentado localizarlo.

Clara volvió a abrir la carpeta.

—Tenemos que revisar todo —dijo.

Mateo se acercó.

—¿Ahora?

—Ahora.

Elena permaneció sentada junto a la mesa.

—No encontraréis una respuesta completa.