El Teleno CAPÍTULO 6 EL SEGUNDO NOMBRE
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CAPÍTULO 6 EL SEGUNDO NOMBRE

L a mañana había amanecido cubierta de nubes bajas cuando Clara encontró a Mateo Ríos junto al vehículo forestal.

El guardia forestal estaba revisando una mochila de montaña. Llevaba botas resistentes, una chaqueta impermeable y un mapa doblado que parecía mucho más antiguo que cualquiera de los que Clara había visto en internet.

—¿Ha cambiado de opinión? —preguntó Mateo.

—No recuerdo haber dicho que la hubiera cambiado.

—Ayer parecía decidida a no subir.

—Ayer no sabía por dónde empezar.

Mateo cerró la mochila.

—¿Y ahora?

Clara levantó su libreta.

—Ahora tengo demasiados sitios por donde empezar.

Mateo observó la libreta.

—La cantera.

—La cantera.

—No debería ir sola.

—No pensaba hacerlo.

—Eso no significa que sea buena idea venir conmigo.

Clara lo miró.

—¿Entonces por qué aceptó?

Mateo tardó unos segundos.

—Porque conozco la montaña.

—¿Solo por eso?

—Por ahora.

Clara guardó la libreta.

—Me sirve.

Comenzaron a caminar poco después de las ocho.

El primer tramo no presentaba demasiadas dificultades.

El sendero seguía una antigua pista utilizada durante años por trabajadores forestales, pero a medida que ascendían la superficie se volvía irregular.

La lluvia de los días anteriores había dejado zonas de barro y pequeños corrimientos de tierra.

Mateo avanzaba delante.

No consultaba el teléfono.

Tampoco parecía necesitar el mapa.

Cada cierto tiempo se apartaba del sendero y tomaba una dirección que, a ojos de Clara, parecía conducir simplemente hacia la vegetación.

—¿Seguro que es por aquí?

—Sí.

—No hay camino.

—Lo había.

—Eso no es lo mismo.

Mateo apartó unas ramas.

Detrás había una estrecha senda cubierta de hojas.

—Para quien no la conoce.

Clara siguió caminando.

—¿Cómo aprendió estas rutas?

—Trabajando.

—¿Desde cuándo?

—Muchos años.

—¿Su familia conocía la montaña?

Mateo la miró por encima del hombro.

—¿Siempre hace tantas preguntas?

—Cuando estoy trabajando.

—Entonces sí.

Clara sonrió ligeramente.

—¿Y cuándo no está trabajando?

—También.

Continuaron.

El bosque comenzó a cambiar.

Los árboles eran más bajos y el terreno se volvió pedregoso. En algunos lugares podían verse antiguas marcas de herramientas sobre las rocas. Clara reconoció parte del paisaje de las fotografías históricas de la cantera.

—¿Estamos cerca?

—A menos de un kilómetro.

—¿Por qué la cantera no aparece claramente en los mapas actuales?

—Porque dejó de utilizarse hace mucho.

—Eso ya lo sé.

—Entonces sabe la respuesta.

—No. Sé por qué desapareció de los registros comerciales. No sé por qué desapareció de algunos mapas.

Mateo guardó silencio.

Clara continuó:

—En el archivo encontré planos donde aparece un acceso norte.

—Sí.

—Y en otros documentos posteriores aparece como sendero.

—También.

—¿Quién cambió la denominación?

—No lo sé.

—¿Pero sabe que cambió?

—Todo el mundo que trabaja aquí lo sabe.

Clara se detuvo.

—¿Todo el mundo?

Mateo se volvió.

—Los guardas. Los técnicos. La gente que conoce la zona.

—¿Y Daniel?

Una pequeña pausa.

—Probablemente.

Clara volvió a caminar.

No insistió.

Había aprendido que con Mateo las preguntas directas producían respuestas cortas.

La montaña se hizo más silenciosa a medida que ascendían.

No había casas.

No había carreteras.

Solo el viento, el sonido de las ramas y el ruido de sus botas sobre la piedra húmeda.

En algunos puntos el terreno descendía bruscamente.

Mateo redujo el paso.

—Aquí.

Clara se acercó.

—¿Qué?

—Mire el suelo.

Había restos de una antigua estructura.

Piedras alineadas.

—¿Esto era un camino?

—Un acceso secundario.

—¿A la cantera?

—Sí.

Clara sacó el teléfono.

—¿Por qué no aparece en ningún mapa?

—Porque dejó de existir como camino.

—Pero usted acaba de llevarme hasta él.

—Un camino puede desaparecer de un mapa sin desaparecer del terreno.

Clara tomó varias fotografías.

Después guardó el teléfono.

—¿Gabriel conocía esta ruta?

Mateo permaneció mirando las piedras.

—Sí.

Clara lo observó.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque estuvo aquí.

—¿Lo vio?

—Sí.

La respuesta fue tan directa que Clara se quedó inmóvil.

—¿Cuándo?

Mateo no respondió.

—Mateo.

—Hace mucho tiempo.

—Eso no es una fecha.

—No recuerdo la fecha exacta.

—¿Fue el día de su desaparición?

Mateo miró hacia la montaña.

—Lo vi antes.

Clara sintió que había estado a punto de obtener una respuesta distinta.

—¿Cuánto antes?

—No lo sé.

—¿Días?

—Quizá.

—¿Semanas?

Mateo se encogió ligeramente de hombros.

—No puedo asegurarlo.

Clara empezó a caminar de nuevo.

No estaba convencida.

Pero tampoco tenía motivos para acusarlo de mentir.

El sendero se estrechó.

A la derecha había una pared natural de roca.

Mateo levantó una mano.

—Espere.

Clara se detuvo.

Él se agachó junto a una piedra.

—¿Qué ocurre?

Mateo pasó los dedos sobre la superficie.

Clara se acercó.

Había una marca tallada.

Dos líneas verticales atravesadas por una diagonal.

La misma señal.

La misma forma que había visto en la fotografía antigua.

—¿La reconoce? —preguntó Mateo.

Él tardó demasiado en responder.

—Sí.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

Clara lo miró.

—Esa respuesta empieza a ser costumbre.

Mateo se incorporó.

—Porque es la verdad.

—¿Gabriel la conocía?

—Probablemente.

—¿La utilizaban otras personas?

—No lo sé.

Clara fotografió la marca.

—Esto no parece reciente.

—No.

—¿Cuánto tiempo tiene?

Mateo examinó los bordes.

—Años.

—¿Décadas?

—Podría ser.

Clara volvió a mirar el símbolo.

—¿Por qué alguien tallaría esto aquí?

Mateo miró hacia el sendero.

—Para marcar algo.

—¿Qué?

—Una ruta.

—¿Una advertencia?

—También podría ser.

—¿Una señal para alguien?

Mateo no contestó.

Clara guardó el teléfono.

—En el archivo había una referencia a G.O. junto a la cantera.

Mateo permaneció en silencio.

—¿Le suena?

—No.

—¿Ni siquiera un poco?

—No.

Clara lo estudió.

—Está mintiendo.

Mateo la miró directamente.

—No.

—Entonces está ocultando algo.

—Eso sí puede ser.

La sinceridad de la respuesta la desconcertó.

—¿Por qué?

Mateo respiró hondo.

—Porque conocer la montaña significa aprender que no todo lo que encuentras debe ser tocado.

—Eso es exactamente lo que alguien me dijo en el pueblo.

—Probablemente tenía razón.

Clara guardó silencio.

Siguieron avanzando.

Poco después llegaron a una zona desde la que podía verse una depresión cubierta de vegetación.

—La cantera está detrás de aquella loma —dijo Mateo.

Clara observó el terreno.

—¿Y allí fue visto Gabriel por última vez?

—Según los documentos, sí.

—¿Y según usted?

Mateo tardó unos segundos.

—Según yo, no sé dónde fue visto por última vez.

Clara volvió la cabeza.

—Pero antes dijo que estuvo aquí.

—He dicho que lo vi aquí en algún momento.

—¿Y no recuerda cuándo?

—No.

Clara estuvo a punto de insistir.

Pero vio algo en la expresión de Mateo.

No parecía miedo.

Parecía cansancio.

Como si llevara muchos años evitando una conversación que finalmente estaba empezando a alcanzarlo.

—¿Le tenía aprecio? —preguntó Clara.

Mateo miró hacia el valle.

—Sí.

—¿Entonces por qué nunca habló?

Mateo tardó en contestar.

—Porque después de que Gabriel desapareciera, hablar dejó de ser tan sencillo como parecía.

Clara no dijo nada.

El viento pasó entre los árboles.

Por primera vez desde que habían comenzado el ascenso, Mateo dejó de parecerle simplemente un hombre reservado.

Parecía alguien que había visto algo.

Algo que todavía no estaba dispuesto a contar.

Y Clara comprendió que quizá la montaña no escondía únicamente rastros de Gabriel.

También conservaba los silencios de quienes habían sobrevivido a aquella noche.

Clara permaneció unos segundos contemplando la depresión cubierta de vegetación.

La cantera estaba al otro lado de la loma, oculta desde el sendero por una pared natural de roca. Mateo parecía dispuesto a continuar, pero ella no se movió.

—¿Dónde estaba exactamente?

Mateo la miró.

—¿Quién?

—Gabriel.

—No lo sé.

—Acaba de decir que lo vio aquí.

—He dicho que estuvo aquí.

—Y también ha dicho que aquella noche hablar dejó de ser sencillo.

Mateo bajó la mirada.

—Clara...

—No. Ahora quiero una respuesta.

El guardia forestal permaneció en silencio.

Ella sacó el teléfono.

—Mire esto.

En la pantalla aparecía una fotografía ampliada de uno de los documentos del archivo.

Era un registro de la noche de la desaparición.

Una anotación casi ilegible indicaba una presencia adicional en la zona de la cantera.

No había un nombre completo.

Solo una referencia.

M.R.

Mateo miró la pantalla.

Su expresión cambió.

No mucho.

Pero Clara lo vio.

—¿M.R.?

—Puede significar muchas cosas.

—Mateo Ríos.

—Sí.

—¿Estuvo aquí aquella noche?

El silencio respondió antes que él.

Clara sintió que acababa de cruzar una línea.

—Estuvo aquí.

Mateo cerró los ojos durante un instante.

—Sí.

Clara dio un paso atrás.

—¿Por qué no me lo dijo?

—Porque no era necesario.

—¿No era necesario?

—No para lo que está investigando.

—Usted estaba en la montaña la noche en que Gabriel desapareció.

—Sí.

—¿Y dejó que pensara que solo conocía la zona?

—Conocía la zona.

—También conocía a Gabriel.

Mateo no respondió.

—¿Lo vio aquella noche?

—Sí.

La respuesta fue baja.

Clara sintió que el estómago se le cerraba.

Durante días había buscado una persona que pudiera explicar las contradicciones.

Ahora estaba delante de ella.

—¿A qué hora?

—No lo sé exactamente.

—¿Antes o después de las 23:17?

Mateo miró hacia la montaña.

—Después.

Clara retrocedió un paso.

—Entonces estuvo allí después de la hora que figura en el expediente.

—Sí.

—Y Gabriel también.

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

Mateo negó con la cabeza.

—No puedo contárselo todo.

—¿Por qué?

—Porque no todo lo que vi puedo demostrarlo.

—Entonces dígame lo que sabe.

Mateo se sentó sobre una piedra.

Por primera vez desde que habían empezado el ascenso parecía cansado.

—Aquella noche recibí un aviso.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Cómo lo recibió?

—Un mensaje.

—¿Qué decía?

—Que fuera a la cantera.

Clara pensó inmediatamente en los mensajes anónimos que había recibido.

—¿Quién se lo envió?

—Nunca lo supe.

—¿Y fue?

—Sí.

—¿Solo?

Mateo la miró.

—Sí.

Clara esperó.

—¿Qué encontró?

Mateo permaneció callado durante varios segundos.

—Pensaba que Gabriel estaría allí.

—¿Por qué?