CAPÍTULO 5 LAS VOCES DE LA MONTAÑA
Clara regresó a la Casa del Relojero poco después del mediodía.
No había avisado a Elena.
D espués del mensaje recibido frente al archivo, había decidido que cualquier llamada podía convertirse en una oportunidad para que alguien supiera dónde estaba antes de que llegara.
La distancia entre el archivo y la casa era corta, pero Clara recorrió las calles secundarias, cambió dos veces de dirección y se detuvo frente a un escaparate para comprobar si alguien caminaba detrás de ella.
No vio a nadie.
Aun así, la sensación persistía.
Subió la calle estrecha hasta la casa de piedra.
El reloj situado sobre la puerta seguía detenido.
23:17.
Clara levantó la mirada.
—Claro —murmuró.
Llamó.
Nadie respondió.
Volvió a llamar.
Esta vez escuchó pasos.
Elena abrió la puerta.
No pareció sorprendida de verla.
—Sabía que volvería.
Clara entró sin esperar invitación.
—¿Cómo?
Elena cerró la puerta.
—Porque ya ha empezado a encontrar cosas que no debía encontrar.
Clara se quedó quieta.
—¿Qué cosas?
—No juegue conmigo, señorita Varela.
—No estoy jugando.
—Entonces sabe de qué hablo.
Clara dejó el bolso sobre una silla.
—Hoy he estado en el archivo.
Elena no respondió.
—Encontré una referencia a la cantera.
Silencio.
—Las iniciales de Gabriel.
Elena se acercó a la mesa.
—¿Qué más?
—Una página desaparecida. Registros modificados. Una declaración sobre una luz cerca de la cantera a las 23:17.
Elena cerró los ojos.
Fue un gesto breve, pero Clara lo vio.
—¿Quién le habló de eso?
—Una copia antigua.
—Entonces la han encontrado.
Clara sintió que aquellas palabras confirmaban algo.
—¿Qué significa "la han encontrado"?
Elena se sentó.
—Nada que pueda explicarle todavía.
—¿Por qué?
—Porque usted todavía no sabe cuánto daño puede causar una respuesta.
Clara sacó el teléfono.
—Alguien me envió un mensaje.
Elena levantó la mirada.
—¿Qué decía?
Clara dudó.
No sabía por qué, pero decidió no repetirlo exactamente.
—Que dejara de buscar al hombre equivocado.
Elena palideció.
No mucho.
Solo lo suficiente.
—¿Lo reconoce?
—No.
Pero la respuesta fue demasiado rápida.
Clara se sentó frente a ella.
—Elena, necesito que me cuente qué ocurrió antes de la desaparición.
—Ya se lo dije.
—No. Me habló de Gabriel. Yo le estoy preguntando por los meses anteriores.
Elena apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Qué quiere saber?
—¿Cuándo cambió?
La mujer la observó.
—Unos seis meses antes.
—¿Cómo?
—Empezó a dormir menos. Llegaba tarde. Se quedaba aquí durante horas revisando papeles.
—¿Qué papeles?
—Documentos antiguos.
—¿Sobre la cantera?
—Al principio, no.
—¿Entonces sobre qué?
Elena miró hacia los relojes del recibidor.
—Sobre personas.
Clara frunció el ceño.
—¿Personas?
—Nombres.
—¿Qué nombres?
—Algunos estaban relacionados con el ayuntamiento. Otros con empresas que habían trabajado en la montaña.
—¿Y Gabriel pensaba que esas personas ocultaban algo?
—Pensaba que alguien había cambiado una historia.
Clara recordó los documentos.
—¿La historia de la cantera?
—La historia de muchas cosas.
—¿Qué descubrió?
Elena permaneció callada.
—¿Gabriel tenía enemigos?
—No exactamente.
—¿Personas que querían detenerlo?
Elena respiró hondo.
—Sí.
—¿Quiénes?
—No.
—¿Por qué?
—Porque algunos siguen vivos.
Clara sintió un escalofrío.
—¿Y alguno de ellos sabe que estoy aquí?
Elena no respondió.
Aquello fue suficiente.
Clara abrió la libreta.
—Necesito saber cómo era Gabriel durante las últimas semanas.
Elena empezó a hablar con una precisión que sorprendió a Clara.
Recordaba fechas.
Recordaba conversaciones.
Recordaba incluso qué día Gabriel había llevado determinada chaqueta y cuándo había dejado un libro sobre la mesa.
Pero cada vez que Clara preguntaba por ciertas personas, la memoria de Elena se volvía repentinamente vaga.
—¿Quién vino a verlo la noche anterior?
—No recuerdo.
—¿Quién llamó a la puerta?
—No lo sé.
—¿Con quién discutió?
—No estoy segura.
—Pero recuerda qué libro dejó aquí.
Elena la miró.
—Los objetos son más fáciles de recordar que las personas.
Clara entendió que no era una respuesta casual.
—¿Qué pasó la última vez que vio a Gabriel?
Elena bajó la mirada.
—Me pidió que guardara algo.
—¿Qué?
—No puedo decírselo.
—¿Todavía lo tiene?
Elena levantó los ojos.
—Tal vez.
Clara se inclinó hacia delante.
—¿Tal vez?
Elena se levantó.
—Hay una habitación que nunca he abierto para nadie.
Clara permaneció en silencio.
Elena caminó hacia el fondo de la casa.
Subieron una escalera estrecha.
El aire se volvió más frío, aunque no había ninguna corriente evidente. El pasillo del piso superior estaba cubierto de fotografías antiguas y pequeños muebles.
Elena se detuvo frente a una puerta de madera.
La cerradura estaba cubierta de polvo.
—¿Qué hay dentro?
—Lo que quedó de Gabriel.
—¿Sus cosas?
—Algunas.
Elena sacó una llave de un pequeño llavero.
Tardó unos segundos en encontrar la correcta.
La introdujo en la cerradura.
El mecanismo se resistió.
Finalmente cedió.
La puerta se abrió con un sonido seco.
Clara entró.
La habitación no parecía abandonada.
Parecía conservada.
Había una mesa de trabajo cubierta de papeles antiguos, una estantería con libros, una silla junto a la ventana y varias cajas de madera.
Pero lo que dominaba la habitación eran los relojes.
Había docenas.
Relojes de pared.
Relojes de bolsillo.
Pequeños mecanismos abiertos sobre la mesa.
Algunos tenían las agujas detenidas.
Otros parecían haberse quedado sin cuerda.
Clara avanzó lentamente.
Uno marcaba las 02:46.
Otro, las 07:12.
Uno pequeño estaba detenido en las 18:03.
Otro en las 21:40.
Clara miró a Elena.
—¿Por qué hay tantos?
—Gabriel los coleccionaba.
Clara se acercó a una pared.
Había un reloj grande de madera oscura.
Sus agujas estaban detenidas.
23:17.
Clara sintió que el aire de la habitación cambiaba.
—¿Qué hora es esa?
Elena no respondió.
Clara miró hacia ella.
La mujer estaba inmóvil junto a la puerta.
—Elena.
—No lo toque.
La voz había cambiado.
Ya no era la de una mujer cansada.
Era una orden.
Clara retiró la mano.
—¿Es la hora de la desaparición?
Elena cerró los ojos.
Una lágrima apareció en el borde de uno de ellos, aunque su expresión permaneció firme.
—Sí.
Clara miró nuevamente el reloj.
—¿Lo puso Gabriel?
—No.
—¿Quién lo hizo?
Elena no respondió.
Clara se acercó un paso.
—¿Por qué está detenido exactamente ahí?
Elena apretó la llave que todavía tenía en la mano.
—Porque esa fue la última hora que Gabriel me dijo que recordara.
Clara sintió que acababa de cruzar una frontera que desconocía.
Miró alrededor.
Los relojes no formaban una colección cualquiera.
Cada uno parecía detenido en un momento diferente.
Y uno de ellos había elegido exactamente la hora oficial de la desaparición de Gabriel.
Clara volvió a mirar a Elena.
—¿Qué pasó a las 23:17?
Elena abrió la boca.
Durante un instante pareció dispuesta a responder.
Pero finalmente negó con la cabeza.
—Eso es lo que lleva décadas intentando averiguar todo el mundo.
Clara miró el reloj.
23:17.
Las agujas no se movían.
Y, por primera vez, comprendió que aquella habitación no conservaba simplemente las cosas de Gabriel.
Conservaba preguntas que nadie había conseguido cerrar.
Clara no apartó la mirada del reloj.
Las agujas permanecían inmóviles en las 23:17.
Durante unos segundos no hizo nada. Solo observó el mecanismo desde la distancia, intentando decidir si aquella coincidencia tenía una explicación sencilla.
Podía ser un reloj detenido desde hacía décadas.
Podía ser una elección deliberada. También podía ser una coincidencia que el misterio estuviera convirtiendo en algo más importante de lo que realmente era.
Pero Elena no había reaccionado como alguien que acabara de descubrir una coincidencia.
Había reaccionado como alguien que recordaba exactamente por qué aquel reloj estaba detenido.
—Quiero verlo de cerca —dijo Clara.
—No.
—Elena.
—He dicho que no.
Clara se volvió hacia ella.
—Si Gabriel dejó algo aquí, necesito saberlo.
—No todo lo que dejó estaba destinado a ser encontrado.
—Entonces alguien decidió que yo debía entrar en esta habitación.
Elena permaneció junto a la puerta.
—Yo decidí abrirla.
—¿Por qué?
—Porque ya ha encontrado demasiado.
Clara se acercó al reloj.
No lo tocó.
La caja de madera estaba cubierta por una fina capa de polvo, aunque una zona alrededor de la puerta trasera parecía menos sucia. Alguien había manipulado el mecanismo en algún momento.
—¿Cuándo fue la última vez que lo abrió?
Elena no contestó.
Clara miró sus manos.
—Usted lo ha tocado recientemente.
—He limpiado la habitación.
—No.
Clara señaló la parte posterior.
—No hablo del polvo. Hablo de aquí.
Elena se acercó.
Observó la pequeña puerta del mecanismo.
—Gabriel solía abrirlo.
—¿Para repararlo?
—Para esconder cosas.
Clara levantó la mirada.
—¿Qué cosas?
—Pequeños objetos.
—¿Documentos?
—A veces.
Clara sacó una pequeña navaja multiusos de su bolso.
—¿Puedo?
Elena dudó.
Finalmente asintió.
Clara abrió cuidadosamente la parte posterior del reloj.
El mecanismo era antiguo, pero estaba bien conservado.
Había engranajes de metal, pequeños muelles y una rueda dentada detenida en una posición concreta.
Clara iluminó el interior con el teléfono.
Nada.
Desplazó ligeramente el mecanismo.
Algo cayó.
Un pequeño papel doblado.
Clara lo recogió.
—¿Qué es eso?
—No lo sé.
—¿Nunca lo había visto?
Elena no respondió.
Clara abrió el papel.
Solo había un número.
4719
Nada más.
Ni letras.
Ni fecha.
Ni nombre.
Clara lo volvió a mirar.
—¿Le dice algo?
Elena palideció ligeramente.
—No.
Clara observó su reacción.
—Eso no ha parecido un "no".
—No sé qué significa.
—¿Quién podía conocer este escondite?
Elena se acercó lentamente.
—Gabriel.
—Alguien más.
—Quizá.
—¿Quién?
Elena miró el papel.
—No puedo decirlo.
—¿Porque no lo sabe?
—Porque no quiero decirlo.
La sinceridad de la respuesta resultó más inquietante que una mentira.
Clara guardó el papel entre las páginas de su libreta.
—No puedo dejarlo aquí.
Elena no intentó detenerla.
—Gabriel escondía cosas porque desconfiaba de alguien —dijo Clara.
—Gabriel desconfiaba de muchas personas.
—¿De quién?
—No lo sé.
—Sí lo sabe.
Elena caminó hasta la ventana.
Desde allí podía verse una parte del pueblo.
—Había personas que no querían que siguiera investigando.
—¿Cuántas?
—Varias.
—¿Quiénes?
Elena guardó silencio.
—¿Mateo?
Ninguna respuesta.
—¿Daniel?
Elena cerró los ojos.
—No convierta esto en una lista de sospechosos.
—No estoy haciendo eso.
—Todavía.
Clara dejó la libreta sobre la mesa.
—¿Gabriel discutió con ellos?
—Con algunos.
—¿Con Mateo?
—No voy a responder.
—¿Con Daniel?
Elena giró la cabeza.
—Tampoco.
—Entonces ambos tenían motivos para discutir con él.
—No he dicho eso.
—Pero tampoco lo ha negado.
Elena regresó hacia la mesa.
—Gabriel discutió con personas que usted todavía no conoce.
—Deme un nombre.
—No.
—Uno.
—No.
—¿Por qué protege a alguien?
Elena se quedó inmóvil.
Clara supo que había acertado.
—No estoy protegiendo a quien usted cree.
—Entonces, ¿a quién?
Elena bajó la voz.
—A alguien que cometió un error.
—¿Qué error?
—Intentó ayudar a Gabriel.
Clara sintió que la conversación acababa de cambiar.
—¿Y fracasó?
—Sí.
—¿Qué ocurrió?
—No puedo decírselo.
—¿Porque prometió guardar silencio?
Elena miró hacia el reloj.
—Porque algunas promesas duran más que las personas.
Clara dejó escapar lentamente el aire.
—¿Gabriel sabía que alguien intentaba ayudarlo?
—Sí.
—¿Y esa persona sabía lo que él estaba investigando?
—Una parte.
—¿La cantera?
Elena no respondió.
—¿La noche de la desaparición?
Silencio.
—¿La hora?
Elena miró el reloj.
23:17.
—Esa hora no fue casualidad —dijo finalmente.
Clara se acercó.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—No le creo.
—No tiene que creerme.
Clara observó el rostro de la mujer.
Había dolor allí, pero también algo más.
Culpa.
No necesariamente culpa por la desaparición.
Culpa por haber guardado silencio.
—¿Por qué nunca habló con la policía?
Elena bajó la mirada.
—Porque ya habían decidido qué había ocurrido.
—Eso no responde.
—Cuando alguien decide una versión antes de investigar, cualquier cosa que contradiga esa versión se convierte en un problema.
Clara pensó en la página desaparecida.
En los documentos modificados.
En la declaración sobre la luz.
En la libreta de Gabriel que había sido registrada como recuperada y que no aparecía.
—¿La policía sabía que Gabriel estaba investigando la cantera?
—Algunos lo sabían.
—¿Y aun así no aparece en el informe?
Elena no respondió.
—¿Quién modificó los documentos?
—No lo sé.
—¿Quién quitó la página?
—No lo sé.
—¿Quién ocultó la declaración?
—No lo sé.
Clara dio un paso atrás.
—Pero sabe que ocurrió.
Elena levantó la mirada.
—Sí.
La respuesta quedó suspendida entre ambas.
No era una sospecha.
Era una admisión.
Clara volvió a mirar el pequeño papel.
No sabía qué significaba.
Pero ahora tenía la certeza de que Gabriel no había escondido aquel número por casualidad.
—¿Por qué dejar una pista en un reloj?
Elena se sentó.
—Porque nadie mira los relojes cuando busca documentos.
Clara casi sonrió.
—Eso parece algo que Gabriel habría dicho.
—Lo dijo.
—¿Cuándo?
Elena no respondió.
Clara entendió que había llegado otra vez al límite.
Guardó la libreta.
—Voy a averiguar qué significa el número.
—Lo sé.
—Y voy a reconstruir lo que ocurrió aquella noche.
Elena la miró con tristeza.
—Entonces tendrá que aceptar que quizá algunas respuestas no sean las que espera.
Clara abrió la puerta.
Antes de salir, miró una última vez la habitación.
Los relojes seguían detenidos en horas diferentes.
23:17.
02:46.
07:12.
18:03.
21:40.
No parecía una colección.
Parecía una serie de momentos congelados.
Cuando Clara bajó las escaleras, comprendió algo que ya no podía ignorar.
La desaparición de Gabriel no parecía simplemente un caso mal investigado.
Había demasiados documentos incompletos.
Demasiadas fechas alteradas.
Demasiados silencios.
Demasiadas personas que recordaban algo distinto.
Y ahora había un número escondido dentro de un reloj detenido exactamente a la hora oficial de su desaparición.
Alguien había querido ocultar parte de la historia.
Y alguien había decidido, décadas después, que Clara debía empezar a encontrarla.
Lo que todavía no sabía era si quien estaba dejando aquellas pistas quería ayudarla o conducirla hacia una mentira mucho más elaborada. :: :