CAPÍTULO 4 LA CASA DEL RELOJERO
E l Archivo Municipal de Santa Brígida de Valdeoro ocupaba la planta baja de un edificio de piedra situado detrás del ayuntamiento. Desde fuera parecía una dependencia más del municipio. Una puerta gris, dos ventanas estrechas y una placa metálica con letras negras.
Clara llegó a las nueve menos diez.
Había dormido poco.
Durante la noche había vuelto varias veces a mirar las dos fotografías. No había encontrado ninguna explicación que eliminara la contradicción. La fecha seguía siendo tres días posterior a la desaparición oficial de Gabriel.
Necesitaba los documentos originales.
Las copias podían contener errores. Las fotografías podían estar manipuladas. Los recuerdos podían deteriorarse con los años.
Pero un documento original era diferente.
Al menos, en teoría.
Entró.
El interior olía a papel viejo, polvo y madera.
Una mujer de unos cincuenta años levantó la vista desde detrás de un escritorio.
—¿Clara Varela?
—Sí.
—Soy Inés Ferrer.
Inés tenía cincuenta y seis años, el cabello recogido y una expresión meticulosa que hacía pensar que llevaba años detectando errores antes de que los demás supieran que existían.
—Me dijeron que vendría.
—¿Quién?
—El ayuntamiento.
Clara dejó el bolso sobre la silla.
—Quiero consultar el expediente de Gabriel Ordóñez.
Inés no mostró sorpresa.
—Imagino que por las fotografías.
Clara la miró.
—¿Qué fotografías?
Inés tardó una fracción de segundo demasiado larga en responder.
—La investigación que está haciendo.
Clara sonrió ligeramente.
—Entonces sabe más de lo que pensaba.
—En un archivo municipal siempre sabemos quién consulta qué.
—¿Incluso antes de que llegue?
—No exactamente.
Inés se levantó.
—Acompáñeme.
La llevó hasta una sala interior donde había varias estanterías metálicas.
—El expediente está aquí.
Sacó una caja.
La colocó sobre la mesa.
—Hay una advertencia.
—¿Cuál?
—Está incompleto.
Clara abrió la caja.
Había carpetas, fotografías antiguas, informes mecanografiados y varios sobres.
—¿Qué falta?
—Una página del informe principal.
—¿Cuál?
—No lo sabemos.
Clara levantó la mirada.
—¿Cómo que no lo saben?
—Porque cuando se digitalizó el expediente ya faltaba.
—¿Desde cuándo?
—No puedo determinarlo.
Clara abrió el informe.
La primera página llevaba una fecha.
La segunda describía la búsqueda inicial.
La tercera hablaba de las condiciones meteorológicas.
Después venía la cuarta.
Clara pasó la página.
La quinta comenzaba a mitad de una frase.
—Aquí falta algo.
Inés asintió.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Una página completa, como mínimo.
Clara volvió a leer la última línea de la página anterior.
Se procedió a revisar el acceso norte de la cantera después de recibir...
La frase terminaba allí.
—¿Después de recibir qué?
—No lo sabemos.
Clara pasó los dedos por el borde del papel.
—¿Nunca intentaron localizar la página?
—Sí.
—¿Y?
—No apareció.
—¿Alguien denunció su desaparición?
Inés la miró.
—No consta.
Aquella respuesta le produjo a Clara más inquietud que una confirmación.
—¿Hay registros de la noche?
Inés sacó otra carpeta.
—Esto es lo que queda.
Clara abrió el documento.
Era una hoja con varias anotaciones manuscritas.
Horas.
Nombres.
Ubicaciones.
Pero había espacios vacíos.
—Aquí falta información.
—Sí.
—¿También?
—Ese registro es particularmente extraño.
Clara observó una línea.
23:17.
La misma hora.
El corazón le dio un pequeño vuelco.
—¿Qué ocurrió a las 23:17?
Inés negó con la cabeza.
—No hay explicación.
—¿Quién escribió esto?
—No lo sabemos.
Clara señaló una anotación situada debajo.
Acceso cantera — G.O.
—¿Qué significa G.O.?
Inés se quedó quieta.
—No lo sé.
—¿Seguro?
—En los documentos de esa época aparecen muchas iniciales.
—Pero estas son las iniciales de Gabriel Ordóñez.
—Podrían ser.
—¿Y la referencia a la cantera?
Inés cerró ligeramente la carpeta.
—Eso sí me parece relevante.
Clara la observó.
—¿Por qué?
—Porque el informe oficial no menciona que Gabriel estuviera en la cantera esa noche.
—¿Entonces qué hace esa anotación aquí?
Inés no respondió.
Una puerta se abrió al fondo.
Daniel Soria apareció con una carpeta bajo el brazo.
—Buenos días.
Clara se volvió.
—¿Qué haces aquí?
—Inés me pidió ayuda con algunos documentos.
Inés asintió.
—Hay registros antiguos que necesitan contexto.
Daniel se acercó.
Miró la hoja que Clara tenía delante.
—Ese registro es complicado.
—¿Lo conoces?
—Lo he visto antes.
Clara levantó la mirada.
—¿Dónde?
—En el archivo.
—¿Sabías que aparecía G.O.?
Daniel hizo una pausa.
—No recordaba las iniciales.
Clara señaló la anotación.
—Están aquí.
Daniel la observó.
—Sí.
—¿Y qué crees que significan?
—Probablemente Gabriel Ordóñez.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Clara cerró la carpeta.
—¿Por qué?
—Porque son sus iniciales.
—Eso ya lo sé.
Daniel sonrió.
—Entonces no necesitabas mi ayuda.
Clara no sonrió.
Inés intervino.
—Daniel conoce la terminología utilizada en los registros antiguos.
—Perfecto —dijo Clara—. Entonces quizá pueda explicarme esto.
Le mostró una anotación casi ilegible situada junto a la referencia de la cantera.
Daniel se inclinó.
—Aquí dice "acceso norte".
Clara lo miró.
—¿Cómo lo sabes?
—La palabra está parcialmente borrada, pero la conozco por otros registros.
—¿Qué otros registros?
Daniel no respondió inmediatamente.
—Mapas antiguos.
—¿Relacionados con Gabriel?
—No necesariamente.
Clara volvió a la caja.
Había otra carpeta debajo del expediente principal.
La abrió.
Era un inventario de objetos recuperados después de la desaparición.
Ropa.
Documentos.
Un reloj.
Una libreta.
Clara se quedó inmóvil.
—¿Una libreta?
Inés se acercó.
—Eso dice.
—¿Dónde está?
—No está.
—¿Cómo que no está?
—Solo queda constancia de que fue recuperada.
Clara volvió a leer.
Libreta personal, cubierta oscura.
Sin descripción adicional.
—¿Quién la recibió?
Inés señaló una línea.
—Aquí debería aparecer.
La línea estaba vacía.
Clara levantó la vista.
—Esto no es un expediente incompleto.
Inés no respondió.
—Esto es un expediente manipulado.
Daniel la observó.
—Es una conclusión fuerte.
—Entonces dame una explicación más débil.
Daniel no contestó.
Clara volvió al documento.
El reloj.
La libreta.
La página ausente.
El registro de las 23:17.
Las iniciales G.O.
La cantera.
Todo parecía formar parte de una historia que alguien había intentado desmontar pieza por pieza.
—¿Puedo hacer una copia de esto?
Inés asintió.
—De lo que esté autorizado.
—¿Y lo que falta?
—Eso no puedo dárselo.
—Porque no existe.
Inés sostuvo su mirada.
—No he dicho eso.
El silencio llenó la sala.
Clara comprendió que Inés acababa de decir algo mucho más importante de lo que pretendía.
Antes de salir, volvió a mirar el registro.
23:17 — Acceso cantera — G.O.
No sabía todavía qué significaba.
Pero ya no podía aceptar que Gabriel simplemente hubiera desaparecido en la montaña.
Alguien había dejado un rastro.
Y alguien más se había asegurado de que el resto desapareciera.
Clara permaneció unos segundos frente a la caja abierta.
No podía dejar de mirar la línea que mencionaba el acceso a la cantera.
23:17 — Acceso cantera — G.O.
Podía ser Gabriel Ordóñez.
También podía ser cualquier otra persona cuyas iniciales coincidieran.
Pero había demasiadas coincidencias.
La fotografía fechada tres días después de la desaparición. El reloj. La cantera. La página desaparecida. La libreta que figuraba como recuperada y que nadie sabía dónde estaba.
Clara volvió a sentarse.
—Quiero revisar las copias anteriores del expediente —dijo.
Inés la observó.
—¿Por qué?
—Porque si falta una página, quiero saber si alguna copia conserva lo que había antes.
Inés permaneció en silencio.
—Eso puede llevar tiempo.
—Tengo tiempo.
Daniel apoyó la carpeta sobre la mesa.
—Las copias antiguas no siempre son fiables.
Clara lo miró.
—Pero pueden ser útiles.
—Por supuesto.
Inés se dirigió hacia una estantería diferente.
Sacó una carpeta gris.
—Hay reproducciones realizadas hace muchos años.
La colocó delante de Clara.
El primer documento parecía idéntico al que acababan de consultar.
El segundo también.
El tercero tenía una diferencia.
Clara acercó el papel a la luz.
—Aquí hay una palabra distinta.
Inés se inclinó.
—Sí.
—En la copia dice "sendero norte".
—Y en el original dice "acceso norte".
Daniel examinó ambos documentos.
—Puede ser una corrección administrativa.
Clara levantó la vista.
—¿Una corrección?
—Quizá el término anterior fuera incorrecto.
—¿Y quién decidió cambiarlo?
—No lo sé.
Clara miró a Inés.
—¿Consta la modificación?
Inés negó con la cabeza.
—No.
—Entonces no es una corrección documentada.
—No necesariamente.
Clara continuó revisando.
Encontró otra diferencia.
Una fecha había sido modificada.
En una copia antigua aparecía el día 14.
En el documento actual aparecía el día 17.
Clara sintió que algo se cerraba en su pecho.
—¿Por qué cambia la fecha?
Inés se quedó mirando el documento.
—No lo sé.
—¿Quién tuvo acceso al archivo?
—Muchas personas durante décadas.
—¿Y quién pudo modificarlo?
—No puedo acusar a nadie sin pruebas.
—No le estoy pidiendo una acusación.
Clara señaló el papel.
—Le estoy preguntando si estos documentos fueron modificados.
Inés respiró lentamente.
—Sí.
La respuesta fue tan directa que Clara dejó de pasar páginas.
—¿Está segura?
—He comparado estos documentos antes.
—¿Por qué?
—Porque es mi trabajo.
—¿Y qué descubrió?
Inés bajó la voz.
—Que determinadas copias antiguas no coinciden con los documentos que conservamos actualmente.
—¿Cuántas?
—No muchas.
—¿Solo relacionadas con Gabriel?
—No.
Clara pensó durante unos segundos.
—Pero algunas sí.
Inés no respondió.
Eso bastó.
Daniel intervino.
—Hay que tener cuidado con las conclusiones.
—¿Por qué?
—Los archivos municipales sufren modificaciones por muchas razones. Digitalizaciones defectuosas, transcripciones, reorganizaciones, errores de catalogación.
Clara señaló la fecha.
—¿Y cambiar una fecha también es un error de catalogación?
Daniel no contestó inmediatamente.
—Podría ser.
—¿Y cambiar una referencia a una cantera?
—También.
Clara lo observó.
—Entonces todo puede ser un error.
—No he dicho eso.
—Pero es lo que parece.
Daniel permaneció tranquilo.
—Estoy intentando evitar que conviertas una serie de anomalías en una teoría antes de tener suficientes pruebas.
Clara asintió lentamente.
—Es razonable.
Guardó silencio.
Después añadió:
—Aunque dijiste antes que el registro de la cantera era complicado porque lo habías visto en otros documentos.
Daniel parpadeó.
—Sí.
—¿Y acabas de decir que no necesariamente estaba relacionado con Gabriel?
—No necesariamente.
—Entonces, ¿en qué otros documentos viste la misma referencia?
Daniel miró a Inés.
Fue apenas un segundo.
Pero Clara lo vio.
—No recuerdo exactamente cuáles.
Clara sonrió.
—Eso también es razonable.
Pero ya no le parecía casual.
Volvió a los documentos.
En uno de ellos encontró una anotación marginal.
Cantera vieja — revisar acceso norte.
No aparecía ninguna fecha.
Debajo había unas iniciales casi borradas.
G.O.
Clara tomó una fotografía del documento autorizado.
—¿Hay mapas de la cantera?
—Sí —respondió Inés.
Sacó varios planos.
Uno mostraba la zona tal como había sido décadas atrás.
La cantera estaba conectada con dos caminos.
Uno descendía hacia el pueblo.
El otro se internaba en la montaña.
—Este camino ya no existe —dijo Daniel.
Clara levantó la cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque desapareció hace años.
—¿Cuándo?
—No lo recuerdo exactamente.
Clara miró el mapa.
El sendero terminaba cerca de una pequeña construcción.
—¿Qué es esto?
Daniel se inclinó.
—Un antiguo almacén.
—¿Sigue allí?
—No.
Inés intervino.
—Según los registros, fue demolido.
—¿Cuándo?
Inés buscó una referencia.
—Años después de la desaparición.
Clara sintió que la investigación acababa de abrir otra puerta.
—Entonces Gabriel pudo haber llegado hasta aquí.
—Pudo —dijo Daniel.
—¿Y pudo haber dejado algo?
—También.
—¿Y la referencia G.O.?
Daniel permaneció en silencio.
Clara lo miró.
—No quieres responder.
—No sé qué significa.
—Pero tienes una idea.
—Tengo posibilidades.
—¿Cuáles?
Daniel negó con la cabeza.
—No sería responsable especular.
Clara cerró la carpeta.
—Curioso.
—¿Qué?
—Que todo el mundo en este pueblo sabe cuándo dejar de hablar.
Daniel no respondió.
Inés acompañó a Clara hasta la salida.
—Hay algo más —dijo.
Clara se volvió.
Inés parecía incómoda.
—¿Qué?
—Hace años encontré una copia de una declaración que no estaba incluida en el expediente principal.
—¿De quién?
—No lo sé.
—¿Dónde está?
—Ya no la tengo.
—¿Qué decía?
Inés dudó.
—Que alguien había visto una luz cerca de la cantera aquella noche.
Clara sintió que el pulso se aceleraba.
—¿A qué hora?
Inés la miró.
—23:17.
Ninguna de las dos habló durante unos segundos.
—¿Quién declaró eso?
—No recuerdo el nombre.
—¿La declaración era oficial?
—No estoy segura.
—¿Y la copia?
—Desapareció.
Clara comprendió que la historia estaba llena de documentos que aparecían y desaparecían según quién los necesitara.
—Gracias —dijo.
Salió del archivo.
La mañana estaba nublada.
Sacó el teléfono para fotografiar sus notas.
Entonces recibió un mensaje.
Número desconocido.
Clara abrió la pantalla.
Solo había una frase:
"Deja de buscar al hombre equivocado."
Nada más.
Clara permaneció inmóvil.
Volvió a leerla.
Después una tercera vez.
No había nombre.
No había número identificable.
Solo aquella frase.
Deja de buscar al hombre equivocado.
Guardó el teléfono.
¿Quién era el hombre equivocado?
Gabriel.
¿O alguien más?
Durante unos segundos pensó que podía tratarse de una amenaza vaga.
Después comprendió algo peor.
La persona que había enviado el mensaje sabía exactamente qué estaba investigando.
Sabía que estaba buscando a Gabriel.
Sabía que había consultado los documentos.
Y, probablemente, sabía lo que acababa de descubrir dentro del archivo.
Clara miró hacia la calle.
Una mujer entró en una tienda.
Un hombre pasó en bicicleta.
Un coche gris estaba estacionado al otro lado de la plaza.
Nada parecía extraño.
Sin embargo, Clara sintió la misma sensación que había tenido la noche anterior en el hotel.
La sensación de que alguien estaba observando.
Guardó el teléfono en el bolsillo.
No llamó a Daniel.
Tampoco a su editor.
Primero quería pensar.
Pero mientras caminaba de regreso al hotel, cambió varias veces de dirección sin motivo aparente.
No estaba intentando llegar antes.
Estaba comprobando si alguien la seguía.
Al doblar la última esquina, miró hacia atrás.
La calle estaba vacía.
Clara continuó caminando.
Por primera vez desde que había llegado a Santa Brígida de Valdeoro, dejó de preguntarse únicamente qué había ocurrido con Gabriel Ordóñez.
Ahora tenía otra pregunta.
¿Quién estaba siguiendo sus movimientos?
Y, sobre todo, ¿cuánto tiempo llevaba haciéndolo ?