CAPÍTULO 3 EL ARCHIVO INCOMPLETO
L a Casa del Relojero parecía más antigua por dentro que por fuera.
Clara lo comprendió en cuanto Elena Ordóñez abrió la puerta.
El recibidor era estrecho y oscuro, con paredes de piedra y un suelo de madera desgastado por décadas de pasos. Había relojes por todas partes. Grandes, pequeños, de pared, de mesa. Algunos funcionaban con un movimiento casi imperceptible; otros permanecían detenidos.
Clara miró uno de ellos.
Las agujas marcaban las 23:17.
No dijo nada.
—¿Señora Ordóñez?
—Elena.
La mujer tenía sesenta y siete años, el cabello completamente gris y una mirada que parecía evaluar a Clara antes de decidir si merecía una respuesta.
—Soy Clara Varela.
—Lo sé.
Clara no pudo evitar recordarlo: aquella era la segunda persona del pueblo que decía saber quién era antes de que ella se presentara.
—¿Podemos hablar?
Elena abrió un poco más la puerta.
—Puede pasar.
Clara entró.
En la habitación principal había una mesa redonda cubierta de papeles, fotografías antiguas y piezas de relojería.
—Usted está investigando a Gabriel —dijo Elena.
No era una pregunta.
—Sí.
Elena se sentó.
—Entonces siéntese.
Clara dejó la libreta sobre la mesa.
—Quiero empezar por algo sencillo. ¿Cómo era Gabriel?
Elena bajó la mirada.
Durante unos segundos no respondió.
—¿Qué versión quiere?
Clara levantó la vista.
—¿Hay varias?
—Siempre hay varias.
—Quiero la suya.
Elena respiró lentamente.
—Gabriel era curioso. Demasiado curioso. No aceptaba una respuesta si creía que faltaba una parte.
—¿Era conflictivo?
—No.
—¿Desconfiado?
—A veces.
—¿Obsesivo?
Elena la miró.
—Esa palabra la utilizan quienes no entienden por qué alguien sigue buscando cuando los demás ya han dejado de hacerlo.
Clara anotó la frase.
—¿Qué estaba buscando?
—Eso no lo sé.
—¿Seguro?
Elena sonrió sin humor.
—Si lo supiera, quizá no estaría hablando con usted.
Clara observó las fotografías sobre la mesa.
Una mostraba a Gabriel de joven.
Otra lo mostraba junto a un grupo de personas en la plaza del pueblo.
—¿Quiénes son?
—Vecinos.
—¿Alguno tenía una relación especial con él?
Elena señaló a un hombre de unos treinta años.
—Tomás Varela.
Clara se quedó quieta.
—¿El padre de Clara Varela?
—Sí.
La respuesta le produjo una sensación extraña.
No esperaba encontrar el apellido de su propia familia tan pronto.
—¿Qué relación tenía con Gabriel?
—Eran amigos.
—¿Cercanos?
—Lo suficiente.
Clara pasó la página de la libreta.
—¿Discutieron alguna vez?
Elena no respondió inmediatamente.
—Todos discuten.
—¿Ellos?
—Una vez.
—¿Sobre qué?
—No lo sé.
Era la primera respuesta que sonaba deliberadamente incompleta.
Clara no insistió todavía.
—¿Y qué hacía Gabriel durante las semanas anteriores a su desaparición?
Elena miró hacia uno de los relojes.
—Venía aquí.
—¿A menudo?
—Más de lo habitual.
—¿Para verte?
—Para preguntar por documentos.
—¿Qué documentos?
Elena se levantó.
Caminó hasta un armario y abrió un cajón.
Sacó una pequeña caja de madera.
—Gabriel estaba interesado en cosas que nadie consideraba importantes.
Abrió la caja.
Dentro había recortes de periódicos.
Clara reconoció inmediatamente una fotografía de la antigua cantera.
—¿Él guardaba esto?
—Algunos.
—¿Por qué?
—Decía que los documentos antiguos tenían una ventaja.
—¿Cuál?
Elena la miró.
—No podían cambiar de opinión.
Clara dejó de escribir.
—¿Qué quería demostrar?
—No quería demostrar nada.
—¿Entonces?
—Quería saber qué había pasado.
La diferencia entre ambas frases parecía importante.
Clara examinó los recortes.
Había noticias antiguas sobre accidentes, obras públicas y desapariciones menores.
Uno de los recortes hablaba de una persona que había desaparecido durante varios días en la zona de El Teleno.
La noticia tenía más de treinta años.
—¿Esto era lo que investigaba?
—Parte.
—¿Qué otra parte?
Elena cerró la caja.
—No voy a responder a todo.
—¿Por qué?
—Porque usted todavía no sabe qué preguntas está haciendo.
Clara estuvo a punto de sonreír.
—Eso parece una advertencia.
—Es un consejo.
Un golpe suave sonó en la puerta.
Elena levantó la mirada.
—Debe de ser Daniel.
Clara se volvió.
Daniel Soria apareció en el umbral con una carpeta bajo el brazo.
—Perdón. No sabía que tenía visita.
—Ya que estás aquí —dijo Elena—, entra.
Daniel saludó a Clara.
—Nos vimos ayer.
—Sí.
—¿Cómo avanza la investigación?
—Depende de a quién pregunte.
Daniel sonrió.
—Entonces avanza bien.
Clara observó la carpeta.
—¿Qué lleva ahí?
—Documentos.
—¿Sobre Gabriel?
—Algunos.
Elena se levantó.
—Voy a preparar café.
Daniel esperó hasta que ella salió de la habitación.
—Elena no habla fácilmente de Gabriel.
—Ya me he dado cuenta.
—Pero recuerda más de lo que parece.
—¿Usted también?
Daniel dejó la carpeta sobre la mesa.
—Todos recuerdan algo.
—Y todos recuerdan cosas diferentes.
Daniel asintió.
—Eso es lo interesante.
Clara abrió la carpeta.
Había copias de registros municipales, mapas antiguos y una fotografía aérea de la montaña.
—¿De dónde ha sacado esto?
—Archivo municipal.
—¿Puedo utilizarlo?
—Si cita el archivo.
Clara levantó una ceja.
—¿Siempre ayuda así de rápido?
—Me interesa la historia local.
—¿Y Gabriel?
Daniel se quedó pensativo.
—Gabriel era parte de ella.
La respuesta era correcta.
Demasiado correcta.
Clara pasó una página.
—Ayer me dijeron que Gabriel sufrió un accidente.
—Es una versión.
—También me dijeron que estaba investigando algo.
—Otra versión.
—¿Cuál cree usted?
Daniel la miró directamente.
—Creo que la gente suele recordar aquello que le permite dormir tranquila.
Clara dejó la carpeta.
—Eso no responde.
—No.
Daniel sonrió ligeramente.
—Pero quizá sea la respuesta más honesta que puedo darle.
Clara recordó entonces la segunda fotografía.
No dijo que había sido tomada tres días después de la desaparición.
Sacó una copia de su bolso.
—Recibí esto.
Daniel la observó.
Su reacción fue mínima.
Solo un instante de silencio.
—¿Dónde?
—En Madrid.
—¿Anónima?
—Sí.
Daniel miró la imagen.
—¿Y qué piensa hacer con ella?
Clara volvió a guardarla.
—Todavía no lo sé.
Daniel no insistió.
Pero antes de cerrar la carpeta, Clara vio algo.
En una de las páginas aparecía una referencia escrita a mano.
Tres números.
23:17.
Clara levantó la mirada.
Daniel ya estaba recogiendo los documentos.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé.
—¿Seguro?
Daniel se detuvo.
—En esta historia hay muchas cosas que no sé.
Era una respuesta razonable.
Quizá demasiado razonable.
Cuando Daniel se marchó, Elena regresó con dos tazas de café.
Clara miró hacia la puerta.
—¿Confía en él?
Elena dejó una taza delante de ella.
—¿En Daniel?
—Sí.
Elena tardó unos segundos.
—Confío en que sabe cuándo no debe hablar.
Clara tomó la taza.
—¿Y eso es bueno?
Elena la miró fijamente.
—Depende de lo que sepa.
Clara pensó en la fotografía guardada en su bolso.
En la fecha.
En el reloj.
En las 23:17.
Y en todas las personas de aquel pueblo que parecían conocer una parte de la historia que ninguna estaba dispuesta a contar completa.
Por primera vez comprendió que quizá el problema no era descubrir quién recordaba correctamente a Gabriel.
El problema era averiguar por qué cada persona necesitaba recordarlo de una manera diferente.
Clara no respondió inmediatamente.
La frase de Elena seguía resonando en su cabeza.
«Depende de lo que sepa.»
No era una acusación contra Daniel. Tampoco una defensa. Era algo más incómodo: una advertencia cuidadosamente incompleta.
Clara cerró la libreta.
—Quiero volver a Gabriel.
Elena permaneció sentada frente a ella.
—Ya hemos hablado de él.
—No lo suficiente.
—Nunca se habla suficiente de los muertos.
Clara observó su rostro.
—¿Gabriel era impulsivo?
Elena frunció ligeramente el ceño.
—A veces.
—Daniel lo ha descrito como alguien paciente y metódico.
—Daniel apenas lo conoció.
—Entonces, ¿cómo era?
Elena se quedó mirando una fotografía situada sobre la repisa.
—Dependía del día.
—Eso no ayuda mucho.
—Es la verdad.
Elena cogió la fotografía.
Gabriel aparecía sentado junto a una ventana, con un libro abierto delante.
—Cuando estaba con desconocidos podía parecer reservado. Cuando encontraba algo que le interesaba, no había manera de detenerlo.
—¿Y con sus amigos?
—Discutía.
—¿Mucho?
—Cuando creía tener razón.
Clara sonrió ligeramente.
—Eso sí parece una descripción más concreta.
Elena no devolvió la sonrisa.
—Gabriel no sabía dejar una pregunta sin terminar.
—¿Incluso si podía meterse en problemas?
Elena bajó la fotografía.
—Especialmente entonces.
Clara anotó la frase.
—¿Quiénes eran sus amigos?
—Algunos siguen aquí.
—¿Tomás Varela?
Elena levantó los ojos.
—Sí.
—¿Mateo Ríos?
—Lo conocía.
—¿Daniel Soria?
—Daniel era más joven.
Clara hizo una pausa.
—¿Y usted?
Elena pareció sorprendida.
—Yo era su tía.
—No me refiero a eso. ¿Cómo era su relación con usted?
Elena acarició el borde de la fotografía.
—Éramos cercanos.
—¿Le contaba lo que estaba investigando?
—A veces.
—¿Qué le dijo antes de desaparecer?
Elena cerró los ojos durante un instante.
—Que había encontrado algo.
Clara dejó el bolígrafo.
—¿Qué cosa?
—No lo sé.
—¿Nunca se lo dijo?
—No con claridad.
—¿Tenía miedo?
La pregunta produjo un silencio distinto.
Elena dejó la fotografía sobre la mesa.
—Gabriel no era un hombre que admitiera fácilmente tener miedo.
—No le he preguntado si lo admitía. Le he preguntado si lo tenía.
Elena miró hacia la ventana.
—Sí.
Clara sintió que acababa de obtener algo importante.
—¿De quién?
Elena tardó varios segundos en responder.
—No siempre se teme a una persona.
—Pero él temía a alguien.
—Tal vez.
—¿A quién?
Elena negó con la cabeza.
—No puedo decirlo.
—¿Porque no lo sabe?
—Porque algunas cosas se vuelven peligrosas cuando se pronuncian en voz alta.
Clara sostuvo su mirada.
—¿Gabriel discutió con alguien antes de desaparecer?
Elena respiró profundamente.
—Sí.
—¿Con quién?
—Con varias personas.
—¿Cuántas?
—Las suficientes.
—Necesito nombres.
—Todavía no.
Clara entendió que no conseguiría más.
Por el momento.
Se levantó.
—Volveré.
—Lo sé.
Aquella respuesta la hizo detenerse.
—¿Por qué dice eso?
Elena miró los relojes de la habitación.
—Porque Gabriel también volvió varias veces antes de marcharse.
Clara no preguntó qué significaba.
No estaba segura de querer saberlo.
Daniel la esperaba fuera de la Casa del Relojero.
—¿Todo bien?
Clara se sorprendió.
—¿Me estaba esperando?
—No exactamente.
—¿Qué significa exactamente?
Daniel sonrió.
—Vi su coche.
—Eso no explica nada.
—Elena puede ser difícil.
—Eso ya lo sé.
Caminaron juntos hacia la plaza.
Daniel llevaba varios documentos.
—He organizado las fechas principales del caso —dijo.
—¿Por qué?
—Porque si la cronología es realmente el problema, necesitamos una línea temporal.
Clara aceptó la carpeta.
Había una lista de acontecimientos.
La desaparición de Gabriel.
La búsqueda inicial.
El informe policial.
La declaración de los testigos.
La clausura temporal de la zona de la cantera.
Clara repasó las fechas.
—Aquí hay un problema.
—¿Cuál?
—Dice que Gabriel fue visto por última vez a las 21:40.
—Sí.
—Pero Elena me ha dicho que estuvo en la Casa del Relojero más tarde.
Daniel la miró.
—¿Cuándo?
—No lo especificó.
—Entonces quizá recuerde mal.
Clara levantó la vista.
—¿Por qué lo dices?
—Han pasado décadas.
—Pero tú acabas de decirme que debemos construir una cronología.
Daniel pareció comprender la contradicción.
—Quería decir que los recuerdos deben verificarse.
Clara no respondió.
Continuaron caminando.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Qué recuerdas?
Daniel metió las manos en los bolsillos.
—Que Gabriel estaba obsesionado con la cantera.
—¿La visitaba?
—Eso decían.
—¿Lo viste allí?
Daniel negó con la cabeza.
—No.
—Entonces también estás repitiendo recuerdos de otros.
—Supongo.
Clara sonrió.
—Empiezo a entender este pueblo.
—¿Qué entiendes?
—Que nadie sabe nada, pero todo el mundo recuerda algo.
Daniel soltó una pequeña risa.
—Eso es bastante exacto.
En la plaza se separaron.
—Si necesita documentos, puedo conseguir más —dijo Daniel.
—Lo haré.
—Clara.
Ella se volvió.
—¿Sí?
Daniel la observó durante un instante.
—Tenga cuidado con las fechas.
—¿Por qué?
—Porque una fecha puede ser más peligrosa que una mentira.
Antes de que Clara pudiera preguntarle qué significaba, Daniel se marchó.
Ella permaneció inmóvil.
Después regresó al hotel.
Subió a su habitación, cerró la puerta y sacó la segunda fotografía.
La había guardado dentro de un libro para evitar doblarla.
La colocó sobre la mesa.
Gabriel aparecía junto a la estructura de piedra.
La imagen parecía antigua, pero no lo suficiente para impedir que se distinguieran los detalles.
Clara volvió a mirar su ropa.
Después observó el fondo.
La cantera.
La piedra marcada.
Un árbol.
Y una sombra junto al borde de la fotografía.
Amplió la imagen.
No pudo identificar a la persona.
Volvió la fotografía.
La fecha seguía allí.
Esta vez la leyó despacio.
Tres días después de la desaparición oficial.
Clara abrió el expediente digital.
Comparó las fechas.
Después comparó la primera fotografía.
Volvió a mirar la segunda.
No había error.
La desaparición estaba registrada en una fecha concreta.
La fotografía estaba fechada tres días después.
Clara escribió en su libreta:
Opción 1: Gabriel seguía vivo.
Debajo:
Opción 2: fecha falsificada.
Y después:
Opción 3: fotografía tomada antes y fechada posteriormente.
Se quedó mirando las tres posibilidades.
La tercera era la más sencilla.
También la menos satisfactoria.
Clara había aprendido a desconfiar de las explicaciones demasiado fáciles.
Se levantó y colocó ambas fotografías una junto a otra.
Entonces vio algo que no había advertido antes.
En la segunda imagen, Gabriel llevaba un reloj en la muñeca.
La fotografía había sido tomada supuestamente después de su desaparición.
Clara buscó entre sus notas.
En el informe oficial había una descripción de los objetos que Gabriel llevaba aquella noche.
Un reloj.
Pero el informe indicaba que había sido encontrado entre sus pertenencias recuperadas.
Clara volvió a mirar la fotografía.
El reloj estaba en la muñeca de Gabriel.
No era una prueba definitiva.
Podía tratarse de otro reloj.
Podía haberse equivocado el informe.
Podía haber sido una fotografía manipulada.
Pero la contradicción existía.
Y ahora era imposible ignorarla.
Clara tomó el teléfono y fotografió ambas imágenes.
Después escribió una última frase:
La desaparición no puede estudiarse desde la fecha oficial. Hay que reconstruir las horas posteriores.
Cerró la libreta.
En el exterior, el pueblo había quedado en silencio.
Clara apagó la luz principal.
Antes de acostarse, volvió a comprobar la puerta.
Estaba cerrada.
El teléfono marcaba las 23:17.
Durante un segundo pensó en el reloj de la Casa del Relojero.
Después recordó la primera fotografía.
Y comprendió que quizá llevaba demasiado tiempo haciendo la pregunta equivocada.
No debía preguntarse solamente qué había ocurrido con Gabriel.
Primero tenía que averiguar cuándo había dejado de estar donde todos aseguraban que había estado.
Porque si la segunda fotografía era auténtica, la historia oficial no comenzaba con una desaparición.
Comenzaba con una mentira .