CAPÍTULO 2 EL HOMBRE QUE TODOS RECUERDAN DIFERENTE #2
La mujer levantó la vista.
—Yo era bastante joven.
—Pero recuerda lo que ocurrió.
—Todo el pueblo lo recuerda.
—¿Qué recuerda usted?
La mujer tardó unos segundos en responder.
—Que desapareció en la montaña.
—Eso dice el expediente.
—Entonces ya sabe la historia.
—Quiero saber qué dice la gente.
La mujer miró hacia las mesas.
—La gente dice muchas cosas.
—Por ejemplo.
Bajó la voz.
—Algunos creen que se cayó. Otros decían que estaba buscando algo.
—¿Algo relacionado con El Teleno?
La mujer no respondió inmediatamente.
—Gabriel hacía preguntas.
—¿Sobre qué?
—Sobre cosas antiguas.
Clara esperó.
—¿Qué cosas?
La mujer negó lentamente con la cabeza.
—Eso debería preguntárselo a Elena.
—Elena Ordóñez.
—Su tía.
—¿Sigue viviendo en la Casa del Relojero?
La mujer asintió.
—Desde antes de que yo naciera.
Clara tomó nota.
—¿Y qué sabe ella?
—Probablemente más que cualquiera.
La respuesta parecía definitiva.
Clara decidió no presionar.
Cuando terminó de cenar, salió a caminar.
La noche había despejado ligeramente. Las nubes seguían cubriendo las montañas, pero las calles estaban secas y tranquilas.
Encontró la Casa del Relojero siguiendo las indicaciones.
Era una construcción de piedra de dos plantas, situada al final de una calle estrecha. Sobre la puerta había un reloj antiguo protegido por una pequeña estructura de madera.
Las agujas estaban detenidas.
Clara levantó la mirada.
23:17.
Sintió un pequeño escalofrío.
Sacó el teléfono.
18:56.
Volvió a mirar el reloj.
23:17.
Recordó inmediatamente el reloj de la fotografía.
No podía ser una coincidencia.
Se acercó a la puerta.
No llegó a llamar.
—¿Busca a Elena?
La voz procedía de la calle.
Clara se giró.
Era Mateo.
—Sí.
—No está recibiendo visitas.
—¿Está usted seguro?
—Sí.
—¿Vive aquí?
—A veces.
Clara señaló el reloj.
—¿Siempre está parado?
Mateo miró hacia arriba.
—Desde hace años.
—¿Por qué?
—Es viejo.
—Eso no explica por qué se detuvo.
Mateo la miró.
—En este pueblo muchas cosas se detuvieron hace mucho tiempo.
Clara no supo si aquello era una respuesta o una forma de terminar la conversación.
—Necesito hablar con Elena.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Mateo tardó demasiado en contestar.
—Porque todos los que investigan a Gabriel terminan queriendo hablar con ella.
Clara guardó el teléfono.
—¿Usted también habló con ella?
—Hace mucho.
—¿Qué le dijo?
—Que algunas preguntas no tienen una respuesta que ayude a nadie.
—¿Eso fue antes o después de la desaparición?
Mateo no respondió.
Clara comprendió que había encontrado una pregunta que no quería contestar.
—¿Conocía bien a Gabriel?
—Lo conocía.
—Eso tampoco responde.
—Es la respuesta que puedo darle.
Mateo se marchó.
Clara observó cómo desaparecía por la calle.
Después volvió a mirar el reloj.
23:17.
Esta vez tomó una fotografía.
No sabía por qué.
Tal vez porque ya había aprendido que las cosas pequeñas podían ser importantes.
Al día siguiente, poco después de las nueve, Clara encontró a Daniel Soria en la biblioteca municipal.
Lo reconoció inmediatamente por una fotografía que había visto en internet.
Tenía treinta y ocho años, barba corta y una expresión tranquila. Llevaba una camisa azul y varios libros bajo el brazo.
—Clara Varela —dijo él antes de que ella se presentara.
—¿Tan famosa soy?
Daniel sonrió.
—En un pueblo pequeño, cualquier persona que llega con una libreta termina siendo conocida.
—Entonces sabe por qué estoy aquí.
—Gabriel.
Clara asintió.
Daniel dejó los libros sobre una mesa.
—Podemos hablar.
Su actitud era completamente distinta a la de Mateo.
No parecía incómodo.
Tampoco parecía nervioso.
—¿Qué sabe de Gabriel?
—Que era inteligente. Que hacía demasiadas preguntas. Y que cometió el error de pensar que siempre encontraría respuestas.
—¿Usted cree que murió en la montaña?
Daniel se quedó pensativo.
—No lo sé.
—¿Y qué cree?
—Creo que la versión oficial tiene demasiados huecos.
Clara levantó ligeramente las cejas.
—Eso es interesante.
—Soy historiador. Los huecos me interesan.
Daniel sacó una carpeta.
Dentro había varias reproducciones de documentos.
—Estos son registros municipales de aquella época.
Clara comenzó a examinarlos.
Había fechas, nombres y referencias a caminos de montaña.
—¿Qué busca?
—Lo mismo que usted.
—¿Gabriel?
—La verdad sobre lo que ocurrió con él.
Daniel señaló una línea.
—Mire esto.
Clara se inclinó.
Había una referencia a la antigua cantera.
—¿Gabriel estuvo allí?
—Eso parece.
—¿Y por qué no aparece en el expediente?
Daniel cerró la carpeta.
—Esa es una buena pregunta.
Clara lo observó.
Era amable, pero no parecía ingenuo.
—¿Conoció a Elena?
—Sí.
—¿Habla con ella?
—De vez en cuando.
—¿Cree que debería verla?
Daniel sonrió ligeramente.
—Creo que Elena decidirá si quiere verla.
No quiso decir más.
Al regresar al hotel, Clara llevaba varias páginas de notas.
Había aprendido poco, pero cada dato abría otra pregunta.
Accidente.
Investigación.
Cantera.
Elena.
Mateo.
Daniel.
Y el reloj detenido.
Subió a su habitación.
Sacó la fotografía original.
La extendió sobre la cama.
Volvió a estudiarla.
Gabriel estaba junto a la estructura de piedra.
Al fondo aparecía la cantera.
Y, cerca de uno de los muros, una figura apenas visible.
Clara amplió la imagen con el teléfono.
No podía distinguir el rostro.
Pero ahora reconocía algo.
La misma marca que había visto en la fotografía aparecía grabada en una piedra.
Clara tomó su libreta.
Entonces escuchó un ruido en el pasillo.
Un roce.
Después pasos.
Se levantó.
Abrió la puerta.
No había nadie.
Pero había un sobre blanco en el suelo.
Clara miró hacia ambos lados.
Lo recogió.
No tenía nombre.
No tenía remitente.
Entró y cerró la puerta.
Dentro había una segunda fotografía.
Clara la colocó bajo la lámpara.
Esta vez Gabriel estaba más cerca de la cámara.
La imagen parecía haber sido tomada en la misma zona.
Pero había algo diferente.
Gabriel llevaba una chaqueta que Clara había visto en fotografías anteriores.
En la parte posterior de la imagen había una fecha escrita a mano.
Clara la leyó.
Tres días después de su desaparición oficial.
Sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Volvió a mirar la fotografía.
Gabriel estaba vivo.
O alguien había querido que ella creyera que lo estaba.
Clara dejó la fotografía sobre la mesa.
Por primera vez desde que había comenzado la investigación, dejó de pensar en un error administrativo, en una fotografía mal fechada o en un expediente incompleto.
Alguien estaba siguiendo sus pasos.
Y ahora alguien sabía exactamente qué había venido a buscar.
Clara miró hacia la puerta cerrada.
No había ruido al otro lado.
Solo silencio.
Pero antes de apagar la luz, volvió a comprobar el pasillo.
Estaba vacío.
El sobre ya no estaba allí.
Ella lo había recogido.
La segunda fotografía también.
Y, sin embargo, Clara tuvo la incómoda sensación de que aquella noche no había sido ella quien había cerrado la puerta.
Había sido alguien al otro lado quien había decidido que la conversación podía esperar .