El Teleno CAPÍTULO 2 EL HOMBRE QUE TODOS RECUERDAN DIFERENTE
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CAPÍTULO 2 EL HOMBRE QUE TODOS RECUERDAN DIFERENTE

L a carretera comenzó a estrecharse cuando Clara Varela dejó atrás las últimas poblaciones de la llanura.

Había conducido durante casi cuatro horas, primero por autovía y después por carreteras secundarias cada vez más solitarias.

A medida que ascendía, el paisaje cambiaba.

Los campos abiertos fueron sustituidos por laderas cubiertas de árboles, pequeños muros de piedra y casas dispersas que parecían resistirse a desaparecer.

Clara bajó ligeramente la velocidad.

No conocía Santa Brígida de Valdeoro, pero había visto fotografías suficientes para saber que el pueblo no aparecía así en ninguna de ellas.

Las imágenes que había encontrado durante su investigación mostraban una localidad tranquila, casi pintoresca.

Desde la carretera, en cambio, parecía más silenciosa que tranquila.

Miró el reloj del coche.

Las 16:42.

Todavía quedaban varias horas de luz.

Eso era bueno.

No le gustaba llegar a un lugar desconocido de noche.

El teléfono, colocado en el soporte junto al volante, vibró.

Clara no lo tocó.

Sabía quién podía ser.

Desde que había aceptado investigar la fotografía, había recibido suficientes mensajes de su editor como para entender que la historia le interesaba más a él que a ella.

La investigación había comenzado de una manera casi accidental.

Tres días antes, alguien había enviado un sobre a la redacción.

Sin remitente.

Sin carta.

Solo una fotografía antigua.

Clara la había encontrado sobre su escritorio al regresar de una reunión.

Al principio no le había prestado demasiada atención. En su trabajo recibía fotografías, documentos y pistas anónimas con cierta frecuencia. La mayoría no conducían a ninguna parte.

Pero aquella fotografía había sido diferente.

Mostraba a un hombre joven junto a una antigua construcción de piedra.

El hombre era Gabriel Ordóñez.

Clara había reconocido su rostro porque llevaba dos días trabajando en un artículo sobre desapariciones históricas de la región.

Gabriel había desaparecido hacía décadas cerca de El Teleno.

La versión oficial hablaba de un accidente en la montaña. Nunca se encontró el cuerpo.

Durante años, el caso había permanecido archivado.

Clara había leído el expediente por interés profesional, no porque pensara encontrar una gran historia.

Después había visto la fotografía.

Y había cambiado de opinión.

No por Gabriel.

Por el fondo.

En una esquina de la imagen aparecía una estructura que Clara identificó como parte de una antigua cantera.

Eso no era extraordinario.

Lo extraordinario era la fecha escrita en el reverso.

Tres días después de la fecha oficial de la desaparición.

Había revisado el documento cuatro veces.

Después había buscado fotografías antiguas de la zona.

Finalmente había llamado a su editor.

—Si la fotografía es auténtica, la cronología no encaja —le había dicho.

—¿Y es auténtica?

—No lo sé.

—Entonces averígualo.

Clara había aceptado.

No porque creyera que Gabriel hubiera sobrevivido.

Tampoco porque pensara que alguien estuviera ocultando una conspiración.

Había aceptado porque una contradicción documental era suficiente para justificar una investigación.

Su experiencia le había enseñado algo importante: los misterios rara vez comenzaban con grandes revelaciones. Empezaban con pequeñas cosas que no encajaban.

Una fecha.

Una firma.

Una fotografía.

Un nombre.

Una línea que alguien había borrado de un documento.

Clara llegó finalmente a un cartel oxidado que indicaba la entrada a Santa Brígida de Valdeoro.

Redujo la velocidad.

El pueblo apareció detrás de una curva.

Era más pequeño de lo que esperaba.

Un grupo de casas de piedra descendía por una pendiente hacia una plaza central. Había una iglesia, un pequeño edificio municipal y varios comercios con fachadas antiguas. En las calles había pocos coches.

Un hombre barría delante de una tienda.

Dos mujeres hablaban junto a una puerta.

Un niño cruzó la plaza en bicicleta.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

Clara aparcó frente al Hotel Valdeoro , donde había reservado una habitación.

Antes de bajar, volvió a mirar la fotografía.

Gabriel aparecía ligeramente de perfil.

Parecía tener unos veintisiete años.

Clara se preguntó qué clase de hombre había sido.

La investigación había producido datos, pero no una personalidad.

Sabía que trabajaba ocasionalmente con documentos históricos. Sabía que había preguntado por ciertos registros municipales antes de desaparecer. Sabía que varias personas lo habían visto durante las semanas anteriores.

Pero no sabía qué había descubierto.

Guardó la fotografía en su bolso.

Al entrar en el hotel, una mujer de unos cincuenta años levantó la mirada desde detrás del mostrador.

—¿Señora Varela?

—Sí.

—Tenemos su reserva.

La mujer le entregó una llave.

—Habitación siete.

Clara firmó el registro.

—¿Ha estado aquí antes? —preguntó la mujer.

—No.

La respuesta pareció sorprenderla.

—Pensé que quizá ya conocía el pueblo.

—¿Por qué?

La mujer sonrió de una manera demasiado rápida.

—Por nada.

Clara recogió su equipaje.

—¿Hay algún sitio donde pueda comer esta tarde?

—La taberna de la plaza todavía sirve comida.

—Gracias.

La mujer dudó un instante.

—Si busca información sobre el pueblo, quizá debería hablar con Daniel Soria.

Clara levantó la mirada.

—¿El historiador?

—Sí.

—¿Lo conoce?

—Todo el mundo conoce a Daniel.

Aquella respuesta le resultó más significativa que cualquier otra.

Todo el mundo conoce a Daniel.

Clara subió a su habitación.

Dejó la maleta sobre la cama y sacó la libreta que utilizaba durante las investigaciones.

En la primera página escribió:

GAbrIEL ORDÓÑEZ — SANTA brÍGIDA DE VALDEORO

Debajo anotó:

Desaparición oficial: fecha pendiente de confirmar.

Después:

Fotografía: aparentemente tres días posterior.

Se quedó mirando la frase.

La había escrito varias veces durante los últimos días.

Seguía sin parecerle menos extraña.

A las seis de la tarde salió del hotel.

La plaza estaba más concurrida.

Clara caminó lentamente, observando.

Una tienda de alimentación.

Una farmacia.

Un bar.

Una pequeña oficina de correos.

Una tienda de antigüedades.

Y, al fondo, una calle estrecha que ascendía hacia una zona de casas antiguas.

Preguntó a un hombre por la antigua cantera.

El hombre dejó de sonreír.

—¿La cantera?

—Sí.

—Está cerrada.

—No quiero entrar. Solo necesito saber dónde está.

El hombre señaló vagamente hacia las montañas.

—Por allí.

—¿Cuánto se tarda?

—Depende.

—¿De qué?

El hombre la miró.

—De por qué quiere ir.

Clara anotó mentalmente la respuesta.

Antes de continuar, escuchó una voz detrás de ella.

—La cantera no aparece en los mapas nuevos.

Se giró.

Un hombre de unos cuarenta años estaba junto a una camioneta verde.

Llevaba ropa de trabajo y una chaqueta impermeable.

—¿Mateo Ríos? —preguntó Clara.

El hombre pareció sorprendido.

—Sí.

—Soy Clara Varela.

—Ya sé quién es.

Clara tardó un segundo en responder.

—¿Nos conocemos?

—No.

Mateo cerró la puerta de la camioneta.

—La vi llegar.

No parecía amenazante.

Tampoco parecía especialmente amistoso.

—Estoy investigando a Gabriel Ordóñez —dijo Clara.

Mateo la observó durante unos segundos.

—Entonces ha venido por eso.

—¿Lo conocía?

—Lo suficiente.

—¿Qué significa eso?

Mateo miró hacia las montañas.

—Que hace mucho tiempo que no hablaba de él.

Clara esperó.

—¿Por qué?

Mateo volvió a mirarla.

—Porque aquí la gente recuerda las cosas de maneras diferentes.

Y se marchó.

Clara permaneció inmóvil mientras la camioneta desaparecía por la calle.

No sabía todavía si Mateo Ríos era una fuente, un testigo o simplemente un hombre que prefería no hablar.

Quizá las tres cosas.

Regresó a la plaza.

Preguntó por Elena Ordóñez , propietaria de la antigua Casa del Relojero .

La mujer que atendía el pequeño comercio le indicó una calle cuesta arriba.

—La encontrará allí.

—¿Vivía con Gabriel?

La mujer dejó de ordenar unas cajas.

—Era su tía.

—¿Sigue viviendo allí?

—Sí.

Clara agradeció la información.

Después preguntó por Daniel Soria .

La mujer volvió a mirarla.

Esta vez sonrió menos.

—Ya le han hablado de Daniel, ¿verdad?

—Solo me han dicho que es historiador.

—Eso es.

Clara no insistió.

Regresó al hotel cuando empezaba a oscurecer.

Desde la ventana de su habitación podía ver parte de la plaza.

Abrió la libreta y volvió a mirar sus notas.

Mateo sabía quién era.

La mujer del hotel había recomendado a Daniel antes de que Clara mencionara el caso.

La mujer de la tienda había cambiado de actitud al escuchar el nombre de Gabriel.

Y alguien había sabido que ella llegaría.

Clara se acercó a la ventana.

Abajo, junto a la entrada del hotel, un hombre permanecía apoyado contra una pared.

No parecía estar esperando a nadie.

Clara lo observó durante varios segundos.

El hombre levantó la cabeza.

Sus miradas se cruzaron.

Después se marchó.

Clara no pudo verle bien la cara.

Volvió a cerrar la cortina.

Por primera vez desde que había llegado a Santa Brígida de Valdeoro, tuvo la certeza de que su investigación no había comenzado cuando recibió aquella fotografía.

Alguien parecía haberla estado esperando desde antes.

Clara permaneció unos segundos junto a la ventana después de que el hombre desapareciera de la plaza.

No había visto su rostro con suficiente claridad para identificarlo. Tampoco podía afirmar que la estuviera observando. Quizá simplemente había coincidido con ella. Quizá el cansancio estaba convirtiendo cada gesto del pueblo en una señal.

Cerró la cortina.

—No empieces —murmuró para sí.

Era una de las reglas que se había impuesto durante sus años como periodista: no convertir una sospecha en un hecho solo porque resultara interesante.

Abrió la libreta y escribió una nueva línea.

Posible observador. Sin confirmar.

Después añadió:

Preguntar por Gabriel. Sin mencionar todavía la fotografía.

Bajó al comedor del hotel.

Había seis mesas ocupadas. Dos hombres jugaban a las cartas en una esquina y una pareja cenaba junto a una ventana. La mujer que la había recibido aquella tarde estaba detrás del mostrador.

Clara pidió algo ligero y, mientras esperaba, dejó la libreta abierta.

—¿Usted conoció a Gabriel Ordóñez? —preguntó.