El Teleno CAPÍTULO 1 EL REGRESO
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El Teleno

El Teleno

Por Blake Yates

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CAPÍTULO 1 EL REGRESO

PRÓLOGO: LA NOCHE QUE DESAPARECI Ó

La lluvia había borrado casi por completo el sendero.

G abriel Ordóñez avanzaba con una linterna en una mano y el cuello de la chaqueta levantado contra el viento. El agua le resbalaba por la frente y se mezclaba con el sudor que le provocaba la subida. A cada pocos pasos tenía que detenerse para comprobar que seguía en la dirección correcta.

No llevaba mapa.

No lo necesitaba.

Había memorizado el recorrido durante toda la tarde, aunque sabía que el camino real sería diferente bajo la tormenta.

En algunas zonas, el agua había convertido la tierra en barro.

En otras, las piedras estaban tan resbaladizas que un movimiento mal calculado podía enviarlo varios metros cuesta abajo.

Miró el reloj.

Las 23:17.

Volvió a guardarlo en el bolsillo.

Había salido de Santa Brígida de Valdeoro poco después de las diez de la noche. Nadie sabía adónde iba. Al menos, nadie que él conociera.

Eso era precisamente lo que quería.

El Teleno se levantaba delante de él como una masa oscura contra un cielo sin estrellas.

Las nubes habían cubierto por completo la parte superior de la montaña.

De vez en cuando, un relámpago iluminaba las laderas durante una fracción de segundo y transformaba los árboles en sombras blancas y retorcidas.

Gabriel siguió caminando.

No tenía miedo de la montaña.

Lo que le preocupaba eran las personas.

Durante las últimas tres semanas había aprendido algo que no podía demostrar todavía, pero que ya no podía ignorar.

La desaparición de un hombre ocurrida años atrás, un informe incompleto, una serie de documentos modificados y varias conversaciones que no encajaban entre sí parecían formar parte de la misma historia.

Al principio había pensado que se trataba de una coincidencia.

Después había pensado que alguien se había equivocado.

Finalmente había comprendido que alguien había querido que parecieran errores.

Se detuvo.

El viento golpeó las ramas sobre su cabeza.

Gabriel apagó la linterna.

Esperó.

Nada.

Solo lluvia.

Encendió de nuevo la luz y continuó.

Había llegado hasta allí porque una persona cuyo nombre no pensaba recordar en voz alta le había indicado que buscara una señal cerca de la antigua cantera. No le había explicado qué encontraría. Tampoco había querido decirle por qué debía ir de noche.

Solo había dicho una frase:

—Si quieres saber qué pasó, mira dónde dejaron de buscar.

Gabriel había pensado en esas palabras durante días.

Ahora empezaban a tener sentido.

La cantera abandonada estaba al otro lado de una zona de bosque que apenas aparecía en los mapas modernos. El antiguo camino de acceso había desaparecido hacía décadas, pero Gabriel había encontrado referencias a él en documentos municipales que alguien había intentado corregir.

No borrar.

Corregir.

Esa diferencia le había llamado la atención.

El primer indicio apareció unos minutos después.

Una huella.

Gabriel se agachó.

El barro estaba lleno de marcas producidas por la lluvia, pero aquella era reciente. La suela había dejado un dibujo perfectamente visible. Alguien había pasado por allí después de que comenzara a llover.

Gabriel iluminó el terreno.

Había otra huella.

Y otra.

No estaba siguiendo a alguien.

Alguien había seguido el mismo camino antes que él.

Se incorporó lentamente.

Miró hacia atrás.

El sendero estaba vacío.

Aun así, sintió una presión incómoda en el pecho.

Continuó.

Unos veinte metros más adelante encontró la segunda señal.

Una piedra plana sobresalía entre las raíces de un árbol. En su superficie había una marca tallada.

Gabriel se agachó.

La observó durante varios segundos.

Era un símbolo sencillo: dos líneas verticales atravesadas por una tercera línea diagonal.

No parecía una inscripción natural ni una marca hecha al azar.

Gabriel pasó los dedos por el corte.

La piedra estaba mojada, pero las hendiduras estaban limpias.

Recientes.

Sacó una pequeña libreta del bolsillo interior de la chaqueta y anotó la forma.

Debajo escribió:

23:31.

Después miró el reloj.

Seguía marcando las 23:17.

Frunció el ceño.

Volvió a mirar.

23:31.

Gabriel se quedó inmóvil.

No recordaba haber mirado el reloj desde que había apagado la linterna.

Sacó el teléfono.

La pantalla indicaba 23:18.

Miró otra vez el reloj de pulsera.

23:31.

Se lo quitó.

Lo acercó a la luz.

Las agujas no avanzaban.

El segundero estaba detenido.

Gabriel soltó una respiración lenta.

El reloj había funcionado perfectamente aquella tarde.

No era la primera anomalía temporal que encontraba durante su investigación.

Eso era precisamente lo que más le inquietaba.

Guardó el reloj en el bolsillo y continuó.

A las 23:26, según el teléfono, llegó a una pequeña elevación desde la que podía verse una parte del valle.

Entonces vio la luz.

Una luz amarilla, débil, situada mucho más arriba.

Gabriel apagó inmediatamente la linterna.

La luz desapareció.

Esperó unos segundos.

Volvió a encenderla.

La luz distante apareció otra vez.

No era un reflejo.

Alguien estaba allí.

Gabriel sintió que el estómago se le cerraba.

Se agachó y avanzó entre los árboles.

La lluvia se había reducido ligeramente, pero el viento era cada vez más fuerte.

La luz volvió a desaparecer.

Gabriel llegó a una zona rocosa.

Allí encontró un pequeño objeto metálico medio enterrado en el barro.

Lo recogió.

Era una hebilla.

Antigua.

Tenía una inicial grabada.

G.

Gabriel la sostuvo bajo la linterna.

Su respiración se volvió más lenta.

Había visto aquella inicial antes.

No exactamente en la hebilla, sino en una fotografía.

Una fotografía que oficialmente no debería existir.

La guardó en el bolsillo.

Entonces escuchó una piedra moverse detrás de él.

Se giró.

Nada.

Solo árboles.

—¿Hay alguien ahí?

Su voz desapareció bajo el viento.

Esperó.

Nadie respondió.

Gabriel sabía que debía marcharse.

También sabía que no lo haría.

Había llegado demasiado lejos.

Siguió el sendero hasta encontrar los primeros restos de la antigua cantera. Muros bajos, piedras ennegrecidas por el tiempo y una estructura de madera parcialmente derrumbada.

La luz apareció nuevamente.

Esta vez estaba más cerca.

Gabriel se ocultó detrás de un muro.

Vio una figura al otro lado de la cantera.

No podía distinguir el rostro.

La persona permaneció inmóvil durante varios segundos.

Después levantó una linterna.

Tres destellos.

Gabriel recordó la señal que había visto en uno de los documentos.

Tres luces.

Una pausa.

Dos luces.

Era imposible.

Apretó la libreta.

Alguien más conocía la misma señal.

La figura comenzó a caminar.

Gabriel retrocedió.

Pisó una rama.

El crujido fue seco y demasiado fuerte.

La figura se detuvo.

Gabriel apagó la linterna.

El silencio se hizo absoluto.

Escuchó pasos.

Uno.

Dos.

Tres.

Se acercaban.

Gabriel se deslizó detrás de una pared de piedra y contuvo la respiración.

Los pasos se detuvieron al otro lado.

No podía ver a la persona.

Solo una sombra.

Después escuchó una voz.

—Gabriel.

Se quedó paralizado.

Nadie debía saber que estaba allí.

La voz no volvió a hablar.

Gabriel esperó.

Entonces sintió algo dentro del bolsillo de su chaqueta.

Sacó el reloj.

Las agujas habían vuelto a moverse.

Marcaban las 23:17.

Gabriel miró el teléfono.

23:34.

El reloj volvió a detenerse.

Comprendió entonces que aquello no tenía nada que ver con el mecanismo.

Alguien había manipulado el reloj.

O quería que él creyera que lo habían hecho.

Metió la mano en el bolsillo y encontró otro objeto.

Un pequeño papel doblado.

No recordaba haberlo guardado.

Lo abrió.

Solo había una frase escrita:

NO ERA AQUÍ DONDE DEBÍAS MIRAR.

Gabriel levantó lentamente la cabeza.

Al otro lado de la cantera, la luz había desaparecido.

La persona también.

Pero ahora había otra luz detrás de él.

Gabriel no se movió.

Una linterna iluminó brevemente las piedras a su espalda.

Después se apagó.

Luego otra.

Y otra.

Tres luces.

Una pausa.

Dos luces.

La misma señal.

Gabriel entendió demasiado tarde que no había llegado a un lugar donde alguien lo esperaba.

Había llegado a un lugar preparado para él.

Guardó la libreta.

Miró una última vez hacia el camino por el que había venido.

Estaba vacío.

Entonces escuchó el sonido de una puerta metálica cerrándose en algún punto de la cantera.

Gabriel giró lentamente.

La tormenta volvió a rugir sobre El Teleno.

Y, por primera vez aquella noche, comprendió que quizá el verdadero peligro no era descubrir lo que había ocurrido años atrás.

Era descubrir quién había estado esperando que alguien lo descubriera .